Pelayo pide a los conquenses en su pregón «que no conviertan la Semana Santa en una mera atracción turística»

Con un tono pausado, relajado pero no monótono y enfatizando más los verbos que los adjetivos, Pelayo ha pregonado la Semana Santa de Cuenca

El pregonero de la Semana Santa de Cuenca, el periodista y sacerdote Antonio Pelayo, ha pedido a los nazarenos conquense que no se dejen “arrebatar el tesoro de la Semana Santa”, solicitando “que nadie tenga la tentación de convertirla en una mera atracción turística”. En este sentido, ha pedido de corazón a los conquenses que la salven “del escaparate de vanidades y superficilidad que caracteriza nuestra sociedad moderna” porque “es una herencia de vuestros antepasados que tenéis que transmitir íntegra y sin fisuras a las generaciones venideras, a vuestros nietos y a vuestros hijos”.

Así lo ha indicado en su pregón, que ha declamado este Viernes de Dolores en un Teatro Auditorio de Cuenca prácticamente lleno para la ocasión. Pelayo ha pregonado la Semana Santa de Cuenca en un tono pausado, relajado pero no monótono, enfatizando más los verbos que los adjetivos en un texto caracterizado tanto por su vocación, el sacerdocio, como por su profesión, el periodismo.

Sobrio escenario el que ha dispuesto para la ocasión, con un Cristo crucificado presidiendo con la Virgen a sus pies sobre una mesa con un mantel morado y rodeado de vegetación y flores blancas. En el lado izquierdo, el guion de la Junta de Cofradías y el cartel obra de Enrique Martínez Gil; en el derecho un olivo como el de Getsemaní.

Pelayo ha destacado las “intensas emociones” que le ha producido escribir este pregón que se vio interrumpido en 2020 por la llegada de la pandemia y que le ha convertido en el pregonero de la Semana Santa que más tiempo lo ha sido. Así, ha rememorado el dolor sentido por las cancelaciones y la añoranza a los seres queridos que ha perdido, con un especial recuerdo a su primo carnal Gonzalo Pelayo.

El pregonero ha apuntado que la pandemia “no sólo ha causado muertes, sino que también ha disparado la pobreza”, recordando que el Papa ha subrayado que “la peor solución al drama de la pandemia es recluirnos en la torre de marfil de nuestro egoísmo, entregarnos a un soliloquio de tristeza y melancolía, paralizar nuestra solidaridad”. “De una crisis como la que estamos aún viviendo o se sale juntos o no se sale. No hay alternativa”, ha apostillado.

También ha señalado a la invasión rusa de Ucrania, sobre la que ha señalado que «a diferencia de la pandemia, contra la guerra no existen las vacunas, no hay remedios médicos ni planificaciones sanitarias». También ha emitido su crítica a la justificación de la guerra del patriarca de Rusia,

Sobre Cuenca, ha recordado su primer contacto con la capital, a la que ha calificado como «excepcional y mágica», y ha narrado el «pasmo» que le produjo su primera visita cuando tuvo el privilegio de ser invitado a su Semana de Música Religiosa. También de las primeras procesiones conquenses que vio admirando «la identificación absoluta de vuestra ciudad con esas manifestaciones de la piedad popular».

Un caleidoscopio de personas han compuesto las citas de su pregón, desde la cantante norteamericana Tina Turner hasta Pablo Neruda, pasando por el también sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo, Santa Teresa de Ávila, el historiador romano Flavio Josefo, Santa Edith Stein, Luis de Góngora o el poeta palentino Diego Gómez Manrique de Lara.

En su pregón ha incluido reflexiones sobre cuatro figuras de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que ha enlazado con la actualidad. Hablando de Judas Iscariote, ha criticado a «los religiosos que abusan de los menores disfrazando de cariño lo que no es más que patética lujuria»; de Poncio Pilatos ha lamentado los hitos por los que nos lavamos las manos: «Hay mucho de Pilatos en todos y cada uno de nosotros». El tercer personaje, Pedro, le ha servido para destacar que «Jesús comprende la fragilidad y perdona ofreciendo nuevamente la amistad al discípulo que cobardemente terminaba de distanciarse del Maestro». Por último se ha referido a María, la madre de Dios, aludiendo «a las madres angustiadas por el incierto porvenir que nuestra egoísta e injusta sociedad reserva a sus hijos».

El acto del pregón ha contado con la actuación del coro del Conservatorio de Cuenca dirigido por Pedro J. García Hidalgo y de la Banda de Música de Cuenca con Juan Carlos Aguilar a la batuta, que ha interpretado las marchas Cristo del Olvido, Danos tu Paz y San Juan. El acto ha sido presentado por el periodista de La Tribuna Leo Cortijo. En el acto se ha hecho entrega de una figura de barro tanto al pregonero como al cartelista, Enrique Martínez Gil.

El pregón ha contado con la presencia del alcalde, Darío Dolz, del obispo de la Diócesis de Cuenca, José María Yanguas, así como de una gran cantidad de representantes institucionales de todas las instituciones públicas, así como de los ediles de la corporación municipal.

Este es el pregón íntegro de Antonio Pelayo:

Esta tarde del 8 de abril -Viernes de Dolores- es para mi un momento de muy intensas emociones. Insisto por si alguien tuviera alguna duda sobre el significado de mis palabras: muy intensas emociones. Han pasado casi tres años desde que, con gran sorpresa por mi parte, se me hizo el honor de ser propuesto como Pregonero de la Semana Santa de Cuenca del 2020. Al aceptarlo con la natural alegría fui muy consciente de la responsabilidad que me echaba sobre los hombros y me puse a trabajar con todo el empeño del que soy capaz para escribir un Pregón que no desmereciese de los pronunciados por mis muy ilustres predecesores.

Mi alegría y mi sentido del deber se incrementaron en enero del 2020 al participar en la presentación del cartel y del pregonero, un acto que me permitió captar la intensidad con la que la ciudad de Cuenca -y no sólo los cofrades- viven su Semana Santa.

Semanas después vino el jarro de agua fría, helada sería el término más apropiado, al anunciarse que la expansión de la pandemia obligaba a cancelar en todo el país los actos multitudinarios y por lo tanto las procesiones de la Semana Santa. Consternación es la palabra que define mejor lo que pudisteis sentir entonces y lo que yo percibí en mi conversaciones con la Junta de Cofradías. No sólo se venía abajo el trabajo de todo un año sino que por primera vez en muchas décadas Cuenca, como otras ciudades españolas, se veía privada de su Semana Santa. Fueron días muy tristes y sólo la fe sirvió de refugio y consuelo ante una noticia tan desoladora.

Idéntica experiencia volvimos a vivirla el año pasado al constatar que la amenaza pandémica no disminuía y que, por lo tanto, seguían en pie las prohibiciones de sacar a la calle vuestros pasos. Por segundo año consecutivo quedaron en los armarios de vuestras casas las túnicas y los capuchones, las veneradas imágenes seguían recluidas en sus iglesias y la ciudad renunciaba una vez más a expresar públicamente su fe reservándola a los recintos religiosos y a las ceremonias litúrgicas.

No me parece justo extenderme más en estos amargos recuerdos del pasado ya que, por fin, las cosas han recobrado su normalidad y este año la Semana Santa de Cuenca volverá a revivir su incomparable historia y esta magnífica ciudad recobrará su entusiasmo, su fervor, su religiosidad durante los siete días que nos permitirán rememorar el acontecimiento más trascendental de la historia de la humanidad: el nacimiento del hijo de Dios y su pasión salvadora.

Pero, sin ahondar más en la herida, no puedo dejar de hacer una consideración sobre la causa y las consecuencias de este trauma que todos hemos padecido: la pandemia del coronavirus, el Covid-19. Al día de hoy la enfermedad se ha cobrador en el mundo millones de víctimas y la lista, por desgracia, no es aún definitiva. Sólo en España los fallecimientos han superado los cien mil. Ignoro los datos de Cuenca pero no se trata de números sino de seres humanos con su historia, su familia y sus amigos. En mi caso personal tengo que lamentar el fallecimiento de mi querido primo carnal Gonzalo Pelayo al que muchos de vosotros conocisteis y del que conserváis, sin duda alguna, el recuerdo afectuoso que se merece un hombre generoso, entusiasta y amante de su ciudad, de sus tradiciones y, en particular de su Semana Santa. Amor que ha sabido transmitir a sus hijos Gonzalo y Javier aquí presentes.

Pero la pandemia no sólo ha causado muertes sino que también ha disparado la pobreza. Según un informe de Caritas española ya son once millones de personas las que se encuentran excluidas de la sociedad- ¡once millones!-. Tres de cada diez familias se han visto obligadas a reducir sus gastos habituales en alimentación, ropa y calzado, dos millones de núcleos familiares están sin empleo, ni esperan que les llegue en algún momento. Los jóvenes son los que salen peor parados de estas tremendas estadísticas y también los emigrantes.

Durante estos años la voz del Papa no ha dejado de hacerse oír para advertirnos que la peor solución al drama de la pandemia es recluirnos en la torre de marfil de nuestro egoísmo, entregarnos a un soliloquio de tristeza y melancolía, paralizar nuestra solidaridad. Francisco nos ha dicho que de una crisis como la que estamos aún viviendo o se sale juntos o no se sale. No hay alternativa.

Y me place volver a evocar ahora como ya hice en mi anterior alocución conquense el testimonio de una mujer cuya fama ha traspasado todas las fronteras. La cantante norteamericana Tina Turner. Desde la atalaya de sus 83 años y tras una vida muy atormentada ya desde su infancia ha declarado que «la adversidad ha sido el mayor regalo que me ha dado la vida». Explicando este concepto afirmaba: «Los mayores dones de la sabiduría a menudo se encuentran dentro de los mayores problemas a los que nos enfrentamos. Y con la mirada adecuada podemos aprovechar cada
adversidad que nos depara la vida para aprender, crecer y hacer realidad nuestros sueños. Esa es la belleza y el valor de transformar el veneno en medicina».

Y como si quisiera reafirmar sus convicciones expresadas en su libro autobiográfico «La felicidad nace en ti», cuya lectura les recomiendo añade: «Tenemos una fuente de fortaleza interior a la que podemos acceder para crear un estado inquebrantable de alegría interior». Admirable testimonio.

Antes de proseguir en la lectura de este pregón me siento obligado a decir también unas palabras sobre el cataclismo que ha desencadenado el pasado 24 de febrero la invasión rusa de Ucrania. En pocas semanas el equilibrio mundial ha saltado por los aires y la humanidad entera está ahora pendiente de un conflicto que ensancha progresivamente sus fronteras y nos amenaza a todos.

A diferencia de la pandemia, contra la guerra no existen las vacunas, no hay remedios médicos ni planificaciones sanitarias. Francisco la ha definido como una «locura diabólica» porque sólo el diablo es capaz de invadir el corazón del hombre hasta transformarlo en una viscera inhumana que sólo genera y transmite terror y dolor. En esta Semana Santa, al contemplar y llorar las llagas de Cristo, vamos también a derramar nuestras lágrimas sobre las llagas que la locura y la maldad de un dictador han producido y van a producir todavía en centenares de miles de hermanos y hermanas nuestras. ¡Que Dios se apiade de su pueblo y de sus verdugos!.

Después de estos preámbulos permitidme que os abra de nuevo mi corazón para recordar mis emociones cuando tuve el privilegio de descubrir Cuenca que algún poeta ha definido como «ciudad inverosimil» y yo calificaría como excepcional y mágica.

Corrían los años sesenta y recuerdo el pasmo que me produjo mi primera visita. Tuve el privilegio de ser invitado a una de sus Semanas de Música Religiosa creada por su fundador Antonio Iglesias y asistir a algunos de sus conciertos en la Iglesia de San Miguel. Han pasado sesenta años y tan gloriosa tradición se mantiene hasta convertirse en un hito insustituible para la renovación de la música sacra española.

En otra visita, años más tarde, presencié algunas de las procesiones de vuestra Semana Santa y ya entonces admiré la identificación absoluta de vuestra ciudad con esas manifestaciones de la piedad popular. Naturalmente no me perdí la originalísima procesión de las turbas que hoy, gracias a vuestros esfuerzos, ha sido regenerada y devuelta a su original expresión.

Ya en esas primeras visitas me sorprendió la natural simbiosis entre un glorioso pasado histórico y un presente tan vanguardista como el de las colecciones que alberga el Museo de Arte Abstracto instalado, además, en las asombrosas Casas Colgadas. Ya entonces me sobrecogió por encima de todo esa misteriosa creatividad de la naturaleza que ha unido piedra y agua con una vegetación exuberante a la que las ráfagas de luz del alba y del ocaso convierten en un caleidoscopio inolvidable.

Dejadme que os cite estos versos :»Túnica triangular, polen de piedra, lámpara de granito, pan de piedra, serpiente mineral, rosa de piedra, nave enterrada, manantial de piedra, caballo de luna, luz de piedra, escuadra equinoccial, vapor de piedra, geometría, libro de piedra». Son metáforas que podrían aplicarse a Cuenca pero así describía el Premio Nobel de Literatura el chileno Pablo Neruda la hoy fantasmagórica ciudad de Machu Pichu en los Andes peruanos que con Cuenca comparte el honor de formar parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad. Separadas por miles de kilómetros ambas ciudades tienen como común denominador la piedra. Pero no una piedra inerte sino transfigurada en santuario donde los hombres alzan sus ojos al cielo y alaban a Dios creador de tanta belleza.

No estoy aquí, sin embargo, para entonar un canto de amor a Cuenca sino para pregonar vuestra Semana Santa. Tarea en la que me han precedido figuras muy ilustres y queridas para mí como el arzobispo emérito de Sevilla Cardenal Carlos Amigo que leyó su hermoso pregón en el año 2019. Quiero recordar también a dos pregoneras: Paloma Gómez Borrero con la que comparti tantos años en la corresponsalía vaticana y Pilar Ruipérez, hasta hace poco compañera de fatigas en Antena 3, conquense de pura cepa y nazarena como toda su familia. De su pregón me he quedado con estas frases que ahora os cito: «Aquí nacemos, recemos y envejecemos con la Semana Santa. Estamos fuertemente ligados a ella con un hilo. invisible trenzado por la fe y las tradiciones. Si alguien quiere conocer el alma de Cuenca tendrá que venir en Semana Santa. No se termina de conocer esta ciudad y a sus gentes si no se conoce su Semana Santa».

Documentándome en Roma sobre vuestra Semana Santa me enteré de que la Junta de Cofradías agrupa treinta y tres hermandades algunas de las cuales se remontan al siglo XIX y son herederas de otras más antiguas unidas a los gremios medievales. También he leído que el número de cofrades puede cifrarse hoy en torno a 30.000, cifra asombrosa, y única en el mundo, si se tiene en cuenta que la población de vuestra capital ronda en torno a los 55.000. Eso quiere decir que más de la mitad de los conquenses tiene asociada su vida a una Hermandad con nombres tan significativos como Hermandad del Huerto y el Beso de Judas, de la Negación de Pedro, de Nuestra Señora de los Dolores y de las santas Marías, de la Vera Cruz. Cofradías que llaman familiar y cariñosamente a sus esculturas «el Amarrao» o «San Juan el Guapo». Cofradías que se caracterizan por su túnica y capuchones de diferentes colores que se guardan en los armarios y que conservan la emoción de la primera vez que fueron utilizados en los años de la infancia o la juventud.

En muchas de nuestras iglesias y catedrales (y ahora que empleo esta palabra no quiero dejar de felicitar a vuestro Obispo Monseñor Yanguas por la feliz restauración de vuestro templo mayor) se conservan magníficos restables, obras de imagineros y escultores de la Edad Media, del Renacimiento o del Barroco; cada retablo es una catequesis, es como un libro abierto que facilita al pueblo sencillo la comprensión de los misterios de Dios.

En muchos de esos retablos se escenifica la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, los diversos trances que van desde el huerto de Getsemaní a la colina del Gólgota y en ellos aparecen reproducidos los personajes más significativos de esas horas. Os propongo que me acompañéis como si dirigiésemos hacia cada uno de ellos el zoom de nuestro objetivo para descubrir sus entrañas, sus sentimientos, su reacciones ante Jesucristo.

El primero en comparecer es JUDAS ISCARIOTE el traidor por antonomasia. Está sentado con los doce en la última cena y reaparece en Getsemaní para dar a Jesús un beso como gesto de identificación ofrecido a quienes habían venido para arrestar al Nazareno. Recibido el beso el Maestro le responde: «Amigo, haz aquello por lo que estás aquí». El final de su triste historia la describe Lucas en los Hechos de los Apóstoles: «Este habiendo comprado un campo con el precio de su iniquidad cayó de cabeza, se reventó de por medio y se derramaron todas sus entrañas». «Una muerte atroz- ha escrito el Cardenal Ravasi Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura- sella una vida tal vez plasmada por la ilusión y la desilusión causadas por una falsa imagen de Jesús soñado como un Mesías político y descubierto sin embargo como un maestro de horizontes demasiado altos y remotos».

Huyamos de condenar a Judas mientras nos perdonamos nuestras propia traiciones: las de los esposos fascinados por falsas y pasajeras felicidades fuera del matrimonio, las de los amigos que sólo son cómplices para compartir nuestras debilidades, las de los políticos que se llenan la boca con promesas que saben que no van a cumplir, las de los religiosos que abusan de los menores disfrazando de cariño lo que no es más que patética lujuria.

Otra figura emblemática es la de PONCIO PILATOS. De él se han destacado dos cosas: su pregunta ¿Qué es la verdad? y la escena en que se lava las manos proclamando ante la chusma azuzada por los escribas: «Soy inocente de la sangre de este justo». Un gesto que ha sido interpretado como expresión de quien no quiere implicarse, de quien se zafa de sus responsabilidades, de quien no quiere asumir los retos de la vida.

Hay mucho de Pilatos en todos y cada uno de nosotros: indecisión, cobardía, oportunismo. Rehuimos, por ejemplo, comprometernos en la batalla para detener la catástrofe climática amparándonos en la falsa idea de que nada podemos hacer. No luchamos contra las desigualdades de nuestra sociedad, nos deja indiferentes que mueran de hambre millones de niños mientras nosotros despilfarramos alimentos; la muerte de emigrantes en el Mediterráneo o en el Atlántico están más lejanas de nuestras preocupaciones que la propia geografía. Como el gobernador romano también nosotros nos lavamos las manos.

El tercer personaje clave es PEDRO la historia de cuya traición todos conocemos cuando una doncella le reconoce como seguidor del galileo. Lucas escribe: «El Señor volviéndose miró a Pedro y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho y saliendo afuera lloró amargamente». Cedo la palabra al Cardenal Ricardo Blázquez para que comente este momento: «No fue una mirada de venganza sino de compasión. Jesús sabe lo que hay en el corazón de cada hombre y por ello ante la seguridad de que alardeaba Pedro Jesús le previno y ahora sin rencor le reconviene. Los ojos de Pedro ya no son altaneros sino humildes y la mirada de Jesús comprende la fragilidad y perdona ofreciendo nuevamente la amistad al discípulo que cobardemente terminaba de distanciarse del Maestro».

En su obra «Vida y Misterio de Jesús el Nazareno» mi maestro el sacerdote y periodista José Luis Martín Descalzo también glosa así la escena: «Cuando el gallo cantó por segunda vez fue para Pedro como un relámpago que iluminara hasta las entretelas de su alma. Y, en un segundo, midió la hondura de su traición. Pero no tuvo tiempo para pensar. Justamente en aquel momento Jesús maniatado, golpeado por quienes le conducían pasaba delante de él. Y volviéndose el Señor miró a Pedro. No debió ser una mirada de reproche sino de infinita compasión. Pero Pedro se sintió sobrecogido. Cuando quiso devolver esa mirada Jesús ya se había alejado entre empellones. Y Pedro sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas».

Lágrimas que también nosotros deberíamos derramar ante nuestras numerosas traiciones. ¿Cómo calificar de otra manera cuando negamos no con palabras sino con hechos nuestra condición de cristianos? ¿Cómo nos autojustificamos al esconder ante los demás los compromisos de nuestra fe en la vida pública y privada? El papa Francisco ha repetido que la humanidad de hoy ha perdido el don de las lágrimas, la capacidad de llorar no por nuestros pecados, por esa «globalización de la indiferencia» que nos hace insensibles a las tragedias de nuestros hermanos y hermanas. No lloremos epidérmicamente como ante una romántica serie televisiva o ante un triunfo deportivo de nuestro equipo. El nuestro debe ser un llanto profundo acompañado de arrepentimiento y de una firme voluntad de no volver a las andadas. Jesús nos mira siempre con compasión y nos renueva siempre su amistad.

Otro grupo que reclama nuestra atención es el de los SUMOS SACERDOTES, LOS ESCRIBAS Y LOS ANCIANOS DEL PUEBLO. Antes de desarrollar este tema me permito recordar que el Vaticano Il enseña que «aunque las autoridades judías con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, lo que se perpetuó en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy». Advertencia, pues contra toda tentación de antisemitismo que levanta de nuevo su cabeza como una hidra en algunos sectores públicos. Los relatos evangélicos coinciden en mostrar cómo los dirigentes religiosos manipularon a la chusma para que pidieran la crucifixión de Jesús.

No fue la primera y no será la última vez, por desgracia, que los líderes de algunas religiones las pervierten y las transforman en máquinas de guerra. Ciertas formas de terrorismo se basan en soflamas supuestamente religiosas. Muy recientemente el patriarca de Rusia ha querido bendecir la invasión rusa de Ucrania como una guerra a la perversión del Occidente pero el Papa ha repetido hasta la saciedad que quien utiliza el nombre de Dios para justificar la guerra, blasfema. Y con él lo han hecho algunos de los más importantes y autorizados portavoces de la religión musulmana.

Os invito a volver de nuevo nuestra mirada a ese simbólico retablo en el que contemplamos al Señor clavado en la cruz rodeado de dos ladrones a los que la tradición ha dado el nombre de Dimas, el bueno, y Gestas, el malo. Imaginemos la escena: sobre la colina del Gólgota domina el macabro espectáculo de las tres cruces; en la del medio Jesús agonizante pronuncia o grita sus siete últimas palabras. Antes de ser crucificado el Señor ha sido sometido a los más atroces suplicios y humillaciones, como ha retratado con alguna evidente exageración el director australiano Mel Gibson en su película «Pasión». Pero la brutalidad de la crucifixión es un hecho que no se puede discutir ni minusvalorar. El historiador romano Flavio Josefo la definía como «un sufrimiento intolerable, la más penosa de las muertes». Antes de morir Jesús anuncia a uno de esos dos malhechores a los que el derecho imperial consideraba más peligrosos para la sociedad: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Una promesa que abre a la esperanza de todos nosotros pecadores.

Con una de sus fórmulas apasionadas San Pablo escribe en su carta a los Corintios: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los paganos, pero para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo fuerza y sabiduría de Dios». A los incrédulos o a los fieles de otras religiones les resulta desconcertante que los cristianos rindamos tanto homenaje a la cruz. Quizás puedan ayudarles a comprender esta paradoja los versos de nuestra mística por excelencia Santa Teresa de Ávila primera mujer declarada Doctora de la Iglesia:

«En la cruz está la vida y el consuelo

Y ella sola es el camino para el cielo.

Después que se puso en la cruz el Salvador

En la cruz está la gloria y el honor.

Y en el padecer dolor, vida y consuelo.

Y el camino más seguro para el cielo».

Esta devoción a la cruz es universal y se escenifica de forma irrepetible en nuestras procesiones de la Semana Santa, y de forma muy destacable en la de Cuenca. No creo equivocarme al afirmar que vuestra Hermandad de la Vera Cruz es una de las más antiguas y su imagen, el Cristo de la Vera Cruz, quizás la más venerada. Uno de los pregoneros conquenses le definió como «el Cristo de la agónica mirada, el de la reflexión interior. El Cristo de la Vera Cruz mira al cielo».

Hoy en plena avalancha del relativismo y del escepticismo más profundo muchos siguen preguntándose qué sentido puede tener adorar la cruz y al en ella crucificado. Quisiera, por eso, ayudaros a ahondar algo más en lo que podríamos llamar el «escándalo de la cruz» o si lo preferís «el misterio de la cruz» que se ha convertido en el símbolo fundamental de la cristiandad de todos los siglos.

Cuando se repite el dicho medieval «per crucem ad lucem» (por la cruz a la luz) se enuncia una verdad teológica de primer orden porque fue el sacrificio de Cristo en el Calvario la expiación que Dios pedía para reconciliarse con el mundo del pecado y del mal. La Cruz y la Pascua están íntimamente ligadas o si queremos otra expresión podemos repetir: «la cruz es la escala que nos hace subir al cielo». Lo formulaba a la perfección Santa Edith Stein, la intelectual judía convertida al cristianismo que se hizo carmelita y murió en el campo de concentración de Auschwitz. «La Cruz- escribió- no es un fin en sí misma. La Cruz se perfila hacia lo alto y sirve como anuncio de lo alto, símbolo triunfal con el que Cristo llama a las puertas del cielo y las abre de par en par. Entonces irrumpen los destellos de la luz divina sumergiendo a todos los que siguen al Crucificado».

Contemplando con esta mirada iluminada por la fe los «pasos» de nuestra Semana Santa ya sabemos que la Cruz no es un espanto, un horror, la forma de muerte más ignominiosa. Desde la cruz nos contempla no un fracasado, un visionario traicionado por los suyos, un iluso sino el propio Dios que ha cargado sobre sus hombros con todos los horrores y los crímenes de la humanidad para darnos una nueva vida, una vida que no podrá arrebatarnos ni la propia muerte.

Lo dijo con versos sublimes el poeta Luis de Góngora:

«Pender en un leño, traspasado el pecho,

y de espinas clavadas ambas sienes,

dar tus mortales penas en rehenes

de nuestra gloria bien fue su heroico pecho»

Este pregón quedaría incompleto sino dedicara su última parte a MARIA LA MADRE DE DIOS. Ella «stábat» (estaba de pie hay que traducir esta palabra latina) junto a la cruz asistiendo a la agonía de su amado hijo, sufriendo hasta el delirio por no poder librarle de la muerte, herida en su corazón por esa espada que le había profetizado el anciano Simeón durante la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén..

«Stabat Mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa (Estaba de pie la madre dolorosa llorando junto a la cruz) es el primer verso de una secuencia medieval atribuida a Jacopone di Todi y musicalmente interpretada por numerosos compositores, entre ellos el genial Giovanni Battista Pergolesi.

El dolor de la Virgen en esas terribles horas en que ve a su hijo escarnecido, escupido y torturado es casi imposible de trascribir. Lo intentó el gran poeta palentino Diego Gómez Manrique de Lara con estos cuatro versos:

«Entre tus penas extrañas

Y dolores tan crudos

Siete cuchillos agudos

Traspasaron tus entrañas».

Los imagineros de todos los tiempos han hincado en su pecho siete puñales. La piedad, la religiosidad popular han rendido siempre un culto muy especial a estas vírgenes llámense de las Angustias, de la Amargura, de la Soledad o de los Dolores. Son las imágenes que vais a ver desfilar dentro de unos días por las calles de vuestra ciudad. A esa Madre Dolorosa que acompaña a su hijo crucificado vais, sin duda, a dirigir vuestros ojos ojalá empañados de lágrimas. Sí, ella conoce muy bien nuestro sufrimiento, el de esas madres angustiadas por el incierto porvenir que nuestra egoísta e injusta sociedad reserva a sus hijos, el de esos padres que se han quedado sin trabajo o saben que su salario precario o cada vez más mezquino nos les va a permitir llegar a fin de mes, el de tantos jóvenes desquiciados en la búsqueda de una felicidad artificial a base de drogas, canutos o botellones, el de muchos ancianos solitarios ya abandonados y el de enfermos o discapacitados.

Os exhorto a que vuestra mirada se dirija a ella y con las palabras de la Salve le pidáis que vuelva a nosotros » esos tus ojos misericordiosos» porque ella, como Madre del amor derramará su bálsamo sobre nuestros dolores físicos o espirituales.

Queridos cofrades, queridos y amados vecinos de Cuenca me dirijo a todos y cada uno de vosotros y os hago este solemne llamamiento:

«NO OS DEJEIS ARREBATAR EL TESORO DE VUESTRA SEMANA SANTA. QUE NADIE SE ATREVA A MANIPULARLA. QUE NADIE CAIGA EN LA TENTACIÓN DE CONVERTIRLA EN UNA MERA ATRACCIÓN TURÍSTICA. SALVADLA DEL ESCAPARATE DE VANIDADES Y SUPERFICIALIDAD QUE CARACTERIZA NUESTRA SOCIEDAD MODERNA.OS LO PIDO DE TODO CORAZÓN. ES UN TESORO QUE ESTÁ EN VUESTRAS MANOS, UNA PRECIOSA HERENCIA DE VUESTROS ANTEPASADOS QUE TENEIS QUE TRANSMITIR INTEGRA Y SIN FISURAS A LAS GENERACIONES VENIDERAS, A VUESTROS NIETOS Y A VUESTROS HIJOS.

Gracias por vuestra atención, por el cariño con el que me habéis acogido que nunca podré agradecer y, si me lo permitís, consideradme un hijo adoptivo de esta maravillosa ciudad y un hermano de todos vosotros.