Esa amante inoportuna

F. Javier Moya del Pozo

Hoy he acompañado a un familiar a consulta médica; en un acto convertido, más que en un auxilio hacia aquél, en lo que era  un  deseo  de obtener una tranquilidad propia sobre su patología y tratamiento.  Nada más natural en el instinto de conservación que el  pretender  convencernos  que los seres queridos se encuentran bien.

Y,  reflexionando  en los  pasillos y salas de esperas de este Hospital de Virgen de la Luz, en una consulta cercana al servicio de Hemodinámica, donde mi esposa desarrolló su última actividad profesional, me ha llamado la atención la abundancia de pacientes de la tercera edad, muchos de ellos con problemas de movilidad, que acuden al médico en una dolorosa soledad.  Sí, dolorosa,  porque  la incertidumbre que conlleva todo examen de nuestra salud viene  acompañada  de “ esa amante inoportuna que se llama soledad”, según la famosa canción de Joaquín Sabina.

Ni la solícita atención de los celadores, ni las instrucciones pacientes de las enfermeras,  ni siquiera el cordial trato profesional de los médicos ( “ Bien aventurados los que sanan…..”) conseguirán  paliar   el penoso esfuerzo  de atravesar,  en solitario, el desierto  en el que ascensores y escaleras llevan a una consulta que albergará  una noticia tranquilizadora  o un diagnóstico preocupante que  el anciano no  podrá  compartir en el momento de la noticia con nadie, porque de nadie viene acompañado.

Entonces,  la soledad, esa enfermedad no visible, sale de la consulta con el anciano paciente sin ser diagnosticada,  ni menos aún sometida a tratamiento efectivo.

Ni siquiera le quedará  el consuelo de poder  decir lo que yo, a lo largo de estos tres últimos años, he logrado  expresar  de diferentes maneras, pero con un mismo sentido de gratitud:


Del amor, del dolor y soledad

he aprendido en todo este tiempo un poco.

Pero cuando crees que no puedes más

viene alguien y te abraza, sin hablar.

Y te levantas, aunque sigas roto.

Sólo  si tienes la suerte de que la vida te regale la compañía de alguien querido, de un ser que, a través de la ayuda a los demás, se está ayudando a sí mismo, entonces, aún  herido, dudando y  tambaleándote, podrás seguir caminando, porque lo harás  acompañado.

Decía Santo Tomás de Aquino que “ hay que evitar el estado desordenado de la tristeza”; pero eso nunca es fácil, y mucho menos en soledad no deseada. Creo, sinceramente, que sólo a través de la amistad , en la que incluyo, naturalmente, la compartida  con hijos y hermanos ( leí una vez la frase que dice “ no siempre un hermano es un amigo, pero siempre un amigo es un hermano”) uno puede seguir caminando en pos de la serenidad.

Que no es poco:

Es tan duro atravesar un desierto

nublados los ojos,  seca la boca,

y en tu cuerpo señales de derrota.

La noche,  receptora de tus miedos

tras un día que es puro desconcierto.

Pero encuentras  antídoto al veneno

de tu soledad,  que ya no está sola:

la amistad es la sombra protectora

en un páramo que antes era infierno

y ahora un oasis para este viajero.