A propósito de Ciudadanos

Antonio Carrasco

Los resultados de las recientes elecciones autonómicas y locales han ratificado la desaparición de Ciudadanos como actor político con alguna relevancia. Este hecho, no por previsible, deja de constituir un acontecimiento anómalo en la trayectoria de un partido político que hace escasamente 4 años obtuvo 57 escaños en el Congreso y más de 4 millones de votos o, en el ámbito local más cercano, en Cuenca capital, 3 concejales en las elecciones municipales de 2015. Traducido numéricamente, en 8 años ha pasado de casi 3.000 votos y más de un 10 %, a menos de 500 votos y un 1,81 %. En el conjunto de Castilla La Mancha, no ha alcanzado ni el 1 %. Resulta difícil encontrar un ejemplo de debacle electoral tan apabullante, ni tan siquiera acudiendo al recurrente caso de UCD en las elecciones generales de 1982.

Desempeñé el cargo de coordinador provincial en la constitución del partido, allá por el año 2014 y tuve el honor de servir como concejal durante el mandato 2015-2019. Aunque hace varios años que me desvinculé de Ciudadanos y no soy afiliado, no puedo dejar de sentir tristeza por la extinción de un movimiento que, en su momento, encarnó el deseo de regeneración de la vida política española.

La opinión mayoritaria sitúa el origen del fin de Ciudadanos en la decisión de no pactar un gobierno de coalición con el PSOE tras las elecciones generales de 2019. Este es sin duda un punto de inflexión que marcó el inicio del declive, fundamentalmente porque Ciudadanos perdió el carácter de utilidad que debe impregnar cualquier actividad política. Pero este factor no es el único y no puede desligarse de un factor endógeno que afectó a la gestión de la vida interna del partido.

Ciudadanos sucumbió a los males que aquejan a toda organización y, especialmente, a los partidos políticos. Escribía Robert Michels a principios del siglo pasado acerca de la “tendencia aristocrática” de los partidos y de cómo son habituales los comportamientos autoritarios y las tendencias oligárquicas. Pero a esta tendencia, que ya de por sí resulta preocupante, se añade otro factor: La consolidación en los cargos orgánicos de aquellos que buscan una profesión en la política, de aquellos que en lugar de prestigiar a la política, buscan obtener su propio prestigio en la actividad política. Como señala mi admirado profesor Eduardo Vírgala, quienes ostentan los cargos no son siempre los más valiosos, sino aquellos que tienen un coste de oportunidad más bajo de mantenerse en ellos, porque carecen de alternativas profesionales fuera del partido o las condiciones de estas alternativas son peores.

Ciudadanos no supo o no quiso poner límite a esta tendencia. En una mal entendida lealtad, se prefirió la inquebrantable adhesión personal a la “incomodidad” de escuchar otras opiniones divergentes. Como consecuencia, aquellos que no eran escuchados, que no buscaban una profesión en la política, abandonaron ante la expectativa de pertenecer a una organización que no premiaba el talento o el mérito sino la estricta obediencia a las directrices de los cargos orgánicos cuyo fin último, en muchos casos, era buscar la consolidación en sus puestos.

Con el paso del tiempo, resulta enternecedor comprobar cómo algunos de aquellos dirigentes que abandonaron el partido, se marcharon criticando precisamente aquello que ellos mismos practicaron. Muchos de ellos recalarán en las próximas semanas en otros partidos, justificando de esta forma cual era su verdadero objetivo: Vivir de la política y no servir a la política.

El resultado de todo ello es el triunfo de la mediocridad. Como describía el filósofo Alexander Zinoviev, los que sobreviven son los mediocres, y la mediocridad tiene más posibilidades de alcanzar el éxito. Gráficamente lo decía Alain Deneault cuando afirmaba que los mediocres se asegurarán devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo. De esta forma, en lugar de atraer talento, el partido se convirtió en un imán para la mediocridad, desplazando la meritocracia en favor de la mediocracia.

En su momento, nadie quiso tomar decisiones que frenaran este proceso sino más bien al contrario, se fomentaron por un interés particular y no general;  y ahí, en ese momento, murió el partido de la sociedad civil, el de los profesionales, los autónomos, el partido de aquellos que podían acreditar una trayectoria fuera de la política, el partido en el que primaba el interés de todos y no la ambición personal de unos pocos y se sustituyeron las ideas por los argumentarios huecos y las propuestas por los globos y los eslóganes de quita y pon. Y de aquella irresponsabilidad derivan estos resultados. Ahora hablarán de nuevo de reflexionar o de refundar. No se hizo nada en su día, y ahora, es demasiado tarde para relanzar algo que ya no existe.

Seguro que en Ciudadanos permanecen algunas personas que de buena fe solo buscan contribuir a la mejora de la sociedad y a velar por el interés general, y es precisamente ese interés general el que reclama hoy la ordenada disolución del partido, en lugar de asistir al bochornoso espectáculo de una innecesaria agonía.

Al menos, será un último servicio a nuestro país. De eso se trata en política, de servir y no de servirse.