Fernando Guardia
Personajes secundarios que por un rato toman un papel protagonista
Estoy sentado en una silla de madera oscura, escribiendo mientras miro al horizonte. Ante mí, una de las vistas más hermosas que haya contemplado: el valle de Malalea, en el corazón rural de Lesotho, un país que me está dejando una huella indeleble por su belleza, calidez y luz.

Suaves colinas en el valle de Malealea
Pero hoy, particularmente, la luz es poco cálida. Una tormenta implacable golpea con fuerza esta zona de la Tierra. Los rayos centellean con una periodicidad de diez segundos, los truenos ensordecen la escena tras ellos, siempre fieles. Cuando se habla de fidelidad, pocos fenómenos lo son tanto como los truenos con los rayos: siempre tras ellos, siempre persiguiéndolos. Muchas parejas he conocido con la misma dinámica, y casi nunca termina bien, aunque este fenómeno meteorológico parece bien avenido.
Miro al horizonte. Normalmente, la vista ofrecería una imagen preciosa de colinas suaves que circundan campos sembrados, todo de un verde intenso que, a estas horas, suele tornarse anaranjado, dando la impresión de que estas colinas son grandes melocotones. Detrás, suele apreciarse la silueta sempiterna de las cordilleras.
Pero hoy no. Hoy no es ese día, pues la tormenta lo envuelve todo y apenas deja ver más allá de mis propias narices. Pluma en mano, reflexiono sobre lo tenue de las figuras que tengo delante. Cómo lo que ayer se veía firme y perfectamente trazado, hoy ya no. Y cómo el paso del tiempo actúa igual: todo se difumina, se borra, se desvanece.
Por eso quiero empezar lo que espero sea una serie titulada «Gentes del Camino», en la que rindo un pequeño homenaje a personas que me han marcado de una manera u otra, que han dejado un surco en mí y a las que probablemente jamás vuelva a ver en mi vida. Gentes que, de otra forma, pronto pasarán a engrosar las páginas de un libro de aquellos que, en otras circunstancias, podrían haber sido amigos, socios o amantes, pero que, en estas, simplemente desaparecerán de mi vida.
Me acomodo en la silla de madera oscura. He optado por poner un almohadón, pues las diez horas que pasé ayer a caballo han dejado huella en casi toda mi anatomía. Mientras me acomodo, pienso en Javier, catalán de nacimiento pero afincado en Madrid. Setenta y pocos. Delgado, cabello canoso y rizado hasta media melena. Camisa de manga corta que no puede disimular su magra figura. El rostro surcado por arrugas, pero arrugas bien vividas. La vida no se mide por los años, sino por las historias que seas capaz de narrar, y Javier tiene de todos los colores.
Bajo el extraño título de «consultor de aguas», lleva décadas aconsejando gobiernos y elaborando informes sobre el uso del agua. Ahora está en Namibia, donde pasa varios meses estudiando acuíferos. Nos cuenta cómo las guerras en África se deciden muchas veces en los bares de los hoteles. Cómo arrimarse a un general e invitarle a un martini le pudo salvar la vida en Uganda hace veinticinco años. Cómo intentó ser contrabandista de ron en Santo Tomé y Príncipe. Se enreda en historias de vidas pasadas, se siente cómodo en su papel de narrador y, a medida que la botella de vino baja, su ímpetu aumenta. Es un ser apasionado, y me encanta escucharle y charlar con él.
La tormenta no parece amainar. Me levanto a estirarme un poco y aprovecho para tomar una bebida caliente. Cambio de asiento, me acomodo en una butaca mientras en mi mente aparece Thapelo, de quien ya hablé anteriormente. No solo admiré su entereza y su forma de ver la vida, sino su fuerza. Sus ojos tristes encajaban con su discurso melancólico. En nuestra primera conversación me dijo que había sido atleta. Yo pensé que habría competido en el instituto, como tantos otros. Una semana después de conocernos, yo estaba en Gaborone y le invité a comer. Resultó que era su cumpleaños, resultó que esa comida fue el único regalo que recibió. Me habló de cómo siempre había sido atleta. Sacó su móvil, un viejo smartphone con la pantalla hecha añicos.

Thapelo y yo en un largo viaje
—Mira, este soy yo —me dice mientras me muestra el teléfono.
Lo miro sin muchas expectativas y veo: subcampeón de África en 400 metros. Bronce en los Juegos Africanos.
—En esa época no podía salir a la calle, ¿sabes? La gente me conocía. No podía dar un paso sin que alguien me parara. En Botswana no hay figuras deportivas de importancia. Este era yo.
Poco después se lesionó. Nunca volvió a correr. Toda su vida con un propósito. Toda su vida interpretando un papel que jamás podrá volver a interpretar. Cuando has saboreado la miel con tanta frecuencia, ¿cómo puedes acostumbrarte a comer solo migas de pan? Ahora sobrevive vendiendo coches de segunda mano. La federación le dio la espalda, no le financió la operación que pudo haber salvado su carrera.
—¿Cómo encuentras la motivación para seguir? —le pregunto.
—Al principio fue imposible —me dice mirando al suelo, avergonzado—. La única solución era la bebida.
Ahora me mira a los ojos, orgulloso, y afirma:
—Por suerte, encontré a Dios. Es lo que me ayuda a levantarme a diario.
Pienso para mis adentros que, efectivamente, la fe mueve montañas y cómo la religión fue, es y será el consuelo de los desdichados.
Parece que la tormenta empieza a desvanecerse. Salgo otra vez a la terraza techada. El olor a petricor es embriagador. Petricor, según su definición, es un aroma fresco y penetrante que se produce cuando la lluvia cae sobre tierra seca. ¿No os encanta cuando hay palabras que definen cosas extremadamente específicas? Y mucho más si tienen una sonoridad tan bella, es decir, que son eufónicas. Ahí os dejo otra.
Inhalo profundamente. Pienso en Kim, un coreano al que conocí la otra tarde. Llegó al alojamiento donde yo acababa de registrarme. Lo escuché hablar con la recepcionista acerca de cómo visitar unas cascadas. Había venido con su coche. Yo no tenía coche, pero lo que sí tenía eran unas ampollas en los pies que me impedían andar. Necesitaba imperiosamente alguien con quien ir. Urdí mi plan y, a la mañana siguiente, en el desayuno, lo abordé con la propuesta de ir juntos a las cascadas.
Sé de buena tinta que los asiáticos suelen ser lo que en inglés llaman “people-pleasers”, es decir, complacientes e incapaces de decir que no. Así que le insistí una y mil veces que si no quería o no podía yo no me iba a ofender. Pero accedió, así que no solo fuimos a la cascada, sino que acabamos desayunando, comiendo y cenando juntos. Si hubiera sido un romance, habría sido de una intensidad supina, puesto que no nos separamos en las siguientes 12 horas.

Kim y yo en las cascadas de Malestsuyane
Resultó que era un tipo agudo, inteligente, generoso y, además, extremadamente interesante. Había estudiado ingeniería química, aunque lo suyo era la cooperación. Lo hizo en gran parte por agradar a sus padres, pero en cuanto terminó, se fue a Ghana a ser voluntario en una escuela. Sabía que su vocación era esa. Quería hacer un máster en gestión de recursos hídricos en Inglaterra, pero no tenía dinero. Sus padres le dijeron que se acabó la broma, que era hora de trabajar. Volvió a Corea, trabajó dos años, ahorró lo suficiente y se fue a Reino Unido a estudiar. Desde entonces ha trabajado para Naciones Unidas en Uganda, Mongolia, Sudán del Sur y ahora Lesoto.
Le expresé la admiración que sentía por él. Me dijo que era feliz con su vida, una vida errante, pausada y tranquila, a pesar de lo dificultoso que suponía asentarse y echar raíces.
Nos despedimos con un abrazo. Se notaba que no estaba acostumbrado a darlos. Quizá lo vea de nuevo en Maseru, probablemente no, pero no olvidaré su perseverancia, idealismo y la extrema calidez de su sonrisa.
Este raro atardecer grisáceo está dando paso a la negrura. La negrura del ocaso. Hoy no hemos tenido los acostumbrados colores pastel que tan bien sientan por estos lares. Me siento bien, me siento contento a pesar del cansancio que arrastro. Hace tres días estaba a setenta kilómetros, perdido en un pueblo de las montañas, y no sabía cómo iba a volver, dado que tenía los pies destrozados y no había forma de ir por carretera al estar aislado en un valle. Fue así como conocí a Bonnini. Fue fortuito, y sin creer yo demasiado en el destino, la forma en que la conocí fue tan casual que casi necesito creer.
Estaba yo un poco desesperado porque en una semana tenía que volar a reunirme con mi madre en las Cataratas Victoria y estaba a tres días a pie del lugar más cercano y sin posibilidad de caminar. Al salir de la farmacia, me topé con Bonnini, una chica alta, de facciones suaves y redondeadas, la tez color cacao y un arreglo de trenzas azuladas, casi grisáceas, en el pelo. De gran belleza, pero una belleza que, además, parece venir acompañada de una profundidad emocional, de una personalidad poderosa.
No intercambiamos palabra, sin embargo, volvimos a encontrarnos a la salida del supermercado y, una vez más, al lado de un riachuelo. Allí ya tuvimos que saludarnos. Tras cinco minutos de conversación que parecieron cinco horas por la profundidad que alcanzamos, me invitó a su casa a tomar café. Allí nos enfrascamos en un intercambio de palabras que resultó irrepetible por su naturalidad, espontaneidad e intimidad.

Bonnini, casual y sonriente
Nos mostramos emocionalmente sin vestiduras, hablamos sin tapujos y sin miedos de mostrarnos tal y como nos sentiamos. Fue hermoso, emocionante, único, real y excepcional. Reflexionando unas horas después, pensé que muchas veces una conversación puede ser infinitamente más íntima que un beso, una caricia e incluso que yacer con una persona.
Por si fuera poco, me ayudó a conseguir un caballo que, surcando valles, me devolvió a mi origen.
El ocaso ha llegado, las estrellas remolonean, alguna sale por aquí y por allá. Siempre busco a Sirio, la estrella más brillante del firmamento. No tengo ni idea de astronomía, pero ese dato siempre suele dejar a la gente impresionada.
Me siento a esperar la cena. Normalmente ceno algo que me preparo, pero hoy es un día de homenaje. Día de brindar por aquellos personajes que son secundarios, pero que adoptan roles protagonistas por unas horas.
Me viene a la mente Javier, otro Javier para cerrar de forma redonda este relato. Javier es la excepción porque ya lo he visto tres veces. La primera en Windhoek, la segunda en el sur de Namibia en un cruce de caminos cerca de Aus y, por último, en Ciudad del Cabo.
Javier es un idealista, un tipo cuya sonrisa es perenne, hasta que te preguntas si será que su cara es así y el estado anormal es la seriedad. Un tipo cuya calma, paz y serenidad te contagian y te hacen sentir que todo está perfecto tal y como está.
Javier salió hace dos años de Madrid en bicicleta. Viaja despacio, paladeando cada segundo. Cuando habla de su viaje, le brillan los ojos. Al principio tenía sus dudas, pero ya me ha confesado que su objetivo es seguir y dar la vuelta al mundo, tome el tiempo que tome

Javier, intrépido ciclista
.Javier puede pasar por tímido al principio, pero es una persona culta, reflexiva, inteligente y, sobre todo, feliz. Es la definición viva de alinear tu estilo de vida a lo que dicta tu corazón. Eso le honra y por eso me inspira.
Creo que es la única persona de las que aquí he hablado que tengo la certeza de que veré de nuevo. No me cabe ninguna duda.
Del restaurante empiezan a salir aromas y olores que me hacen salivar. Una horda de alemanes de sesenta para arriba hace cola. Como hoy ha llovido, se han pasado el día bebiendo cerveza; imagino que el hambre etílica apremia. Voy finiquitando, pues, aunque no he bebido nada tengo hambre, sigo recuperando fuerzas de mi extenuante caminata.
Espero que poner esto por escrito me ayude a que estos seres humanos permanezcan en mi memoria de forma un poco menos difuminada. Y si no, ¿qué le voy a hacer? Es parte del viaje, es parte del camino.
About me: Licenciado en Periodismo aunque apenas lo he ejercido. Apasionado de los viajes y de coleccionar historias para luego narrarlas.
Este no será tu clásico diario de viajes. Encontraras aquí mas bien un relato personal de gentes y sus historias, de lugares y su contexto.
Trato de retratar la cotidianidad de los lugares donde voy desde un prisma social, cultural, geográfico y humano.
Tambien creo videos en el canal Fernando Sauvage
Misión. Publicar un relato, articulo, crónica de manera semanal todos los miércoles. Acercar a nuestros queridos conquenses el punto de vista de un viajero independiente en un continente tan poco expuesto como Africa. Tematica libre, siempre viniendo esta marcada por el contexto del lugar en el que esté. Tratar así mismo de incluir fotografías que doten de cercanía y veracidad a la narración.