Contenidos con Blogs Relatos de Víctor M. Parreño .

Entradas con Blogs Relatos de Víctor M. Parreño .

17/03/2015 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
A hurtadillas

Había sido adiestrado por los mejores. Horas incontables de consejos, prácticas en los entornos más inhóspitos que puede concebir la mente humana,  habían conseguido templar mis nervios y convertirme en una rara especie de profesional.

Mi capacidad para mantener la calma en situaciones de riesgo, mi cuerpo esbelto y ante todo un don innato para pasar desapercibido y no hacer el más mínimo ruido, me convertían en uno de los mejores.

Aquella misión sería la última de la noche, pero sin ningún lugar a dudas, la más compleja de todas. Comencé deslizando mi juego profesional de ganzúas en la cerradura. Con un movimiento perfecto evité que los émbolos hicieran más que un imperceptible “clic”.

Dos segundos después me encontraba tras una puerta que había cerrado a mi espalda en completo silencio. Una posición semierguida y con las rodillas flexionadas era la mejor en aquel momento. La hora era demasiado próxima al amanecer y el más mínimo de los fallos acabaría conmigo descubierto.

Afiné la vista, dejando que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad reinante. Cuando pude distinguir las formas comenzó mi avance. Al principio me pegué mucho a una de las paredes para formar otro punto de apoyo además de mis pies, pero un parqué limpio hizo que mis zapatillas chirriaran y tuve que optar por un vergonzoso pero eficaz gateo a través de aquel pasillo sin fondo visible.

Finalmente me encontraba ante mi verdadero objetivo. Este se alzaba imponente en su color nacarado frente a mis ojos. Su tamaño y la constante ondulación y bamboleo de sus curvas me hicieron temer por mi seguridad. Pero ya no había vuelta atrás, no quedaba ningún lugar al que regresar, si antes no superaba aquella prueba atroz y despiadada.

Con mis manos desnudas me aferré a la superficie resbaladiza. La necesidad del silencio absoluto pesaba sobre mí con fuerza. Discreción, tranquilidad y confianza eran los consejos que me había dado mi maestro antes de abandonarme con mi primera gran prueba.

Mis pies rozaron durante un instante uno de los muchos objetos que había colocados contra mí. Afiné el oído durante los segundos infinitos que tardó en caer el primero de los tarros. Contuve la respiración durante lo que se me antojó una eternidad y finalmente expiré. Mi atención volvió lenta hacia el objetivo primero.

Me puse la capucha para evitar aquella extraña luz que me inundó y sin poder contenerlo más, intentando sin éxito evitar el ruido y ya completamente descubierto por mis padres, vomité mi borrachera sobre el retrete.

23/01/2014 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
El paso de las horas

De mirada curiosa y pelo liso, como el curso de un rio que se desgasta y espera llegar al mar. Cabeza agachada que busca los conocimientos necesarios para comenzar su vida. El esfuerzo, el dolor, el aburrimiento o el propio ruido no conseguirán distraerla.
Una botella de agua es su única compañera, su mente está dispuesta para enfrentarse a una tarde dura, otra de ellas. Los hombros se tornarán y combarán como la corteza de un árbol envejecido bajo el peso de las horas.

El lugar elegido para su combate contra sí misma está abarrotado. Un constante murmullo le dificulta la concentración, la incomodidad de su asiento se hace patente enseguida,  bajo la mirada de un respaldo demasiado duro y un asiento excesivamente bajo.

Piensa en descansar, en tomar un pequeño receso que aclare sus ideas y le ayuden a comenzar otra vez, con más fuerza. Todo lo que se abre ante ella se plantea novedoso y complejo. No consigue recordar de donde han nacido todos los conceptos nuevos, pero irremediablemente tiene que adquirirlos.
Una idea tras otra arrasan en su cabeza, el hilo de sus pensamiento se tornarán lento y tedioso con cada minuto que pasa. El tiempo es su gran enemigo, con sesenta largos segundos, seguidos de días siempre cortos, y nunca suficientes.

Con un movimiento compulsivo y espontaneo hace que su espalda se retuerza hacia atrás, llevando su cabeza por la inercia. El lento, lentísimo paso de las hojas se añade al peso de su mano cansada de escribir, repasar y subrayar.
Los pies comienzan un pernicioso movimiento y golpeteo sobre el suelo, mientras por primera vez mira el reloj, han pasado dos minutos. La conclusión no se hace esperar en sus labios.

- Va a ser una época de exámenes muy larga

16/01/2014 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Ladrón, capítulo 2

Todo se había convertido en una sombra. La oscuridad reinaba a mi alrededor y no podía vislumbrar nada, ni tan siquiera era consciente de tener ojos. Alcé las manos pero la sensación que me acompañó fue de vacío. No tenía cuerpo que mover, estaba encerrado en mi propia mente. Imaginé una luz y apareció suspendida y flotando sobre mi.

Giré con la libertad de no tener un cuerpo que entorpece los movimientos. Lancé luces con mi mente en todas direcciones, pero ante mi solo se abría un abismo sin final. Estaba suspendido en la más absoluta oscuridad. Sin forma y probablemente muerto, sentí miedo. La sensación me congeló el pensamiento y no pude cerrarme a ella, pues era todo lo que tenía.

Me aferré con todas mis fuerzas a los recuerdos de mi vida. Era un ladrón, había un hombre con capucha y una pequeña caja que al abrirla se había estallado en la cara. Después de eso, ya no había nada más. Solo el vacio donde me encontraba ahora.

Una cuchilla apareció en lo que supuse era arriba, pues sin nociones espaciales es muy difícil orientarse. El miedo que me había atacado antes, se hacía sólido. Lo primero que apareció fueron mis pies descalzos, igual a como los recordaba. Las piernas y el resto del cuerpo llegaron un instante después. Bajó mi cuerpo se materializó una carretera embarrada, con un bosque impenetrable a los lados.

La cuchilla apareció a mi espalda. Pasé las manos por mi pelo y lo acerqué a los ojos, seguía siendo de un rojo fuego imposible de disimular, algo que había sido un quebradero de cabeza para alguien como yo.

Sin espera respuesta alguna comencé a correr, lo más rápido que mis pies pudieron soportar. El barro me salpicaba por todo el cuerpo, pero no avanzaba. Me encontré prisionero de mi propia pesadilla. La guadaña que me perseguía cada vez estaba más cerca. Cortaba lentamente el aire que me envolvía, partiendo los árboles como si fueran espigas de trigo.

Respiré un aire cálido y cuando giré mi cabeza para contemplar mi muerte, encontré al mismo hombre encapuchado que recordaba. Alto y vigoroso, con una media sonrisa oculta tras las sombras.

- Es hora de despertar – Tocando mi hombro, tal y como había hecho antes del sueño, me susurró al oído.

09/01/2014 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Ladrón, capítulo 1

Destreza, rapidez, agilidad y manos pequeñas, estas son las cualidades que llevan a un ladrón a sobrevivir más allá de la adolescencia. El joven de pelo rojo como el fuego estaba sentado en una azotea de la gran ciudad, capital del imperio. Todavía no se atrevía con el barrio rico. Pero las oportunidades que el mercado de los burgueses ofrecían para alguien tan hábil como él eran enormes.

Aprendió su oficio por la obligación que impone el estómago, lo mejoró y llegó a la maestría a través de las manos cortadas de sus amigos, pocos de ellos quedaban. Solo los mejores se hacen mayores cuando te ganas la vida quitando baratijas a los demasiado ricos y despreocupados por ellas.

El día resultó magnifico, con dos monedas de plata herrumbrosa y una bolsa mediana, robada al primer objetivo importante en varios meses. Cuando el pequeño ladrón vio un hombre despreocupado, con una túnica negra de ribetes rojos y la bolsa a la vista, supo que tendría una comida caliente esa noche. Los años le habían enseñado los riesgos de robar a los magos, y los beneficios de hacerlo a los que solo querían parecerlo.

Recontó sus monedas y sopesó las cosas que podría comprar con ellas. Ropa para el invierno, una botas nuevas, tal vez una pequeña daga. Hizo saltar en su mano la bolsa del presunto mago, al descubrir su peso real la abrió lleno de expectación, solo había una pequeña caja de madera. Antigua y tallada, pero madera, ningún cambista le daría nada por ella. Cuando intentó abrir la caja, un golpe en su hombro le dejó paralizado.

- Si la abres no habrá vuelta atrás- llevada por el viento y profunda, la voz consiguió helarle la sangre- todo cuanto conoces cambiará para siempre.

Al girarse vio al extraño de túnica negra y roja, con unos ojos tan oscuros como la noche. No tenía miedo, al fin de cuentas no había nada que perder. Abrió la caja. Una sonrisa pareció asomarse a los labios del adulto.

12/12/2013 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Premio a la eficiencia

Estaba sentado en una boya, a unos doscientos metros de la playa. Al igual que el protagonista de Murakami, le gustaba nadar, pero él lo hacía por la noche. La placidez de un mar en calma y el ejercicio necesario le ayudaban a serenarse. Cuando acababa la jornada, se atrevía a ponerse el bañador y caminar hacia la playa. Disfrutaba con el tacto de la arena en sus pies, y la tranquilidad que ofrecía una playa desierta, sin aglomeraciones.

Una semana de “vacaciones” no sería suficiente para conseguir detener el mundo, disfrutando del simple hecho de vivir, pero hace tiempo había aprendido a conformarse. Desde pequeño la educación le enseñó a no quejarse, a ser complaciente y servicial, un perfecto engranaje, sustituible en el entramado de la sociedad. Con la libertad justa para no rebelarse, y la presión global suficiente para no atreverse a disentir, salvo en lo más intrascendente.

Un buen ciudadano acepta cualquier situación imposible siempre que el resto de la sociedad lo haga. Puede ser un auténtico esclavo dentro de un entramado mayor, pero asume su condición como natural. Una sola vez se había atrevido a levantar la voz de manera voluntaria y original, el premio, una semana sin empleo y sueldo a manos de su jefe.

Ahora nadaba bajo el pálido reflejo de la luna. Una brazada tras otra, sin detenerse ni perder el ritmo. Disfrutaba de la sensación de soledad, alejado del ruido y del ajetreo de aquella ciudad costera. Durante un momento pensó en la extraña condición del ser humano, que huye de su trabajo y las aglomeraciones, para dirigirse a un lugar más superpoblado. Quizás por eso él dormía durante el día y vivía por la noche.

Tumbado sobre la boya y flotando en la placidez del mar, recordaba la discusión con su jefe y su posterior suspensión. Todo porque en su insensata devoción hacia el trabajo, había pedido las cuentas para ponerlas al día. Durante meses solicitó una revisión de las facturas y los gastos sin resultado, hasta que un día le llamaron al despacho. No recordaba bien la conversación, pero sí la sonrisa taimada y recelosa de un hombre sentado tras una mesa, sin papeles ni llamadas constantes, como la suya.

Durante aproximadamente una hora, recibió quejas sobre su obsesivo comportamiento y absoluta eficiencia, que desmoralizaba a los compañeros. Nada parecía tener sentido en la conversación. Lo que sí consiguió recordar fue la última frase que su jefe le dijo, junto antes de invitarle a una semana sin empleo y sueldo.

- No necesita usted saber de dónde sale el dinero que paga su sueldo. A no ser que no quiera seguir cobrándolo. ¿Me ha entendido?

Porque ya no se amenaza como antes, ahora hemos aprendido y lo hacemos de manera sucinta, avergonzándonos y eludiendo nuestra propia responsabilidad. Somos una buenas ovejas fieles a su pastor y temerosas del perro. Lo extraño es que ni somos ovejas, ni el pastor sabe dirigir, y sobre todo, el perro no tiene dientes. Como decía Erick Fromm nuestro mayor miedo es la libertad, demasiado amplia y llena de posibilidades para comprenderla. Con el tiempo llegó a preferir su pequeña jaula, segura y fiable.

Mostrando 5 resultados.