Contenidos con Blogs Despacito y buena letra .

Entradas con Blogs Despacito y buena letra .

30/10/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Espacios que dicen mucho

Los lugares también hablan, nos cuentan mucho de quien los habitan y nos hacen sentirnos de una manera u otra: cómodos, relajados, motivados, saturados, tensos, angustiados, o también, neutros, indiferentes. Últimamente estoy tomando más consciencia de todo esto y ando dándole vueltas a eso del espacio, de mis espacios, mi clase y mi casa; y siento que necesito renovarlos, darles unas mil vueltas más, reinventarlos. Así que aquí estoy inmersa en un proceso de cambio, compartiendo con vosotros mis primeras reflexiones y algún pasito que otro ya dado con la ilusión y esperanza de que me hagáis llegar vuestras sugerencias y experiencias.

Siempre ha habido en mí ciertas incoherencias internas en cuanto al orden: soy algo desordenada y sin embargo, me gusta que las cosas estén ordenadas. De hecho, de vez en cuando me entran unas ganas locas de ordenarlo todo y se podría decir que hasta disfruto haciéndolo. Además, soy una “acumuladora” empedernida: guardo y guardo sin remedio. Que si esto tiene valor sentimental, que si aquello quizá pueda reconvertirlo en otra cosa, que tal vez mañana necesite aquello… Y así, me cuesta desprenderme de muchas cosas que, aunque algunas de ellas sí que puedo aprovechar o realmente me hace ilusión mantenerlas, la mayor parte me pasan desapercibidas o no vuelvo a usarlas, ni me acuerdo de lo que tengo. Sin embargo, luego me agobio cuando veo mis cajones, estanterías y cajas repletos de cosas; compro más cosas chulas de almacenaje y ya tengo la excusa perfecta para seguir almacenando…

La primera lucecita que encendió en mí la necesidad de repensar sobre los espacios que yo construyo de manera directa, fue leyendo “Reduvolution” de María Acaso. Hay un capítulo en el que habla de la necesidad de “habitar el aula”, de darle importancia al “espacio pedagógico”, a la manera en que lo definimos, desde el tipo de relaciones que queremos que se establezcan en él, hasta la decoración que, en apariencia puede no tener importancia, pero que al fin y al cabo, todo cuenta. Hasta ese momento siempre que pensaba en “espacio pedagógico” me limitaba a decidir cómo colocar las mesas de los alumnos y, a lo sumo, qué pósters iba a poner en las paredes, o cómo iba a decorar el aula según las estaciones. Pues no, es mucho más, de hecho la decoración del aula condicionará el vínculo de los que la habitan, esto es, nosotros y nuestros alumnos. La autora ofrece sugerencias para mejorar ese espacio, hacerlo más nuestro, más de todos, que sume y aporte a lo que queremos que sea nuestro día a día en las aulas.En estas reflexiones andaba yo cuando comencé a oír hablar de Marie Kondo y su revolución del orden. Tiene libros, vídeos en youtube, conferencias, cursos y talleres, y no sé cuántos clientes que corroboran que su técnica les ha cambiado la vida. Así que comencé a leer la “Magia del Orden”. Desde las primeras páginas pensé que merecía la pena probar el cambio, que podría ser interesante reordenar mi espacio para reordenar mi vida pero también fui consciente de que me iba a suponer tiempo y esfuerzo, así que decidí leerme el libro entero y tratar de ponerlo en práctica al acabar. Quince páginas me quedan y estoy más convencida aún que al principio. Os resumo un poquito: se parte de la idea que ordenar no es sinónimo de almacenar; lo primero que hay que hacer es desechar, deshacernos de todo lo que no nos haga feliz o ya no nos aporte. Comenzar por una categoría, y no hacerlo por ubicación, sino juntar todos los libros, o toda la ropa, e ir separando lo que queremos mantener y lo que no. La autora afirma que el impacto visual de ver todo lo que tenemos nos ayuda a ser más selectivos. Una vez que nos hemos deshecho de aquello que ya no nos aporta, se ordena. Ella propone un orden a seguir, incluso: ropa, libros, papeles, objetos y objetos con valor sentimental. A partir de ahí plantea diferentes pautas para almacenar y ordenar las cosas, bastante claras y algunas de ellas, sorprendentes, ¡hasta la forma de doblar la ropa! Si bien es cierto que hay cosas que no acabo de creerme o convencerme, hay cosas que sí estoy dispuesta a aplicar tanto en casa, como con las cosas del cole, y el aula.

¿Alguien lo ha puesto ya en práctica? ¿Cómo organizáis vuestra clase? ¿Alguna sugerencia? En 15 páginas comienzo el proceso, que con todo lo que tengo acumulado y el poco tiempo disponible, lo mismo me lleva todo el curso…¡Ay! El tiempo… Pero de eso, hablaremos en otro artículo, que tiene también lo suyo.

26/09/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Validación emocional

A veces cuesta volver a la rutina; otras, en cambio, casi que estamos deseando retomar el ritmo del día a día. Sea como sea, cualquiera de esas dos opciones es igualmente válida, porque es algo que sin más nos sucede, que realmente no elegimos. Si bien, a partir de ahí, lo que hagamos con ello sí que es nuestra responsabilidad. Y es precisamente este tema con el que me propongo estrenar nuevo curso en el blog: la validación emocional.

Comencé el verano leyendo un libro “Aprender a educar” de Naomi Aldort, el cual me decepcionó, en líneas generales, bastante. Así que no voy a hablaros del libro, ni os lo voy a recomendar, aunque sin embargo, sí que rescato y comparto el concepto de validación emocional, que tanto me ha hecho reflexionar y que a partir de ahora me gustaría tener en cuenta a la hora de relacionarme con mis hijos, con mis alumnos y, por supuesto, con los adultos que me rodean.

¿Qué es eso de la validación emocional? La definición como tal no viene dada en el libro, simplemente habla de ella. Y sobre eso, he elaborado mis propias conclusiones del concepto. Por lo que aviso de que este artículo no pretende dar una explicación exacta del concepto, sino más bien, una aproximación a una herramienta para gestionar nuestras propias emociones y las de los que nos rodean de una manera asertiva. Y es que la validación emocional es precisamente eso, no es una técnica en sí misma, sino más bien una herramienta en nuestras manos, una habilidad emocional que nos ayude a mejorar nuestras relaciones con los demás, niños y adultos, desde el respeto, la comprensión y el amor. Básicamente consiste en validar las emociones que estamos sintiendo o que están sintiendo otros, como primer paso para solucionar el problema si lo hubiera, hacer las paces con la realidad y poder avanzar. Yo desde el primer momento le he encontrado mucha relación con la aceptación de las emociones o sentimientos que nos vienen al practicar Mindfulness o la Conciencia o Atención Plena, de la que ya he escrito en otras ocasiones.

Veámoslo con un ejemplo: nuestro hijo o alumno se enfada (llegando incluso a coger una buena rabieta) porque le prometimos ir al parque o salir al patio y resulta que se ha puesto a llover y, desgraciadamente, no hace día para salir fuera. Nuestra primera reacción, o al menos la mía, solía ser decirle que el tiempo no está en nuestras manos y que no puede enfadarse por eso. Normalmente lo que consigo con eso es que el enfado del niño vaya a más y ahora comprendo por qué: además de no poder ir al parque, que era lo que más deseaba en ese momento y lo habría estado esperando, yo no le muestro mi comprensión, le niego la posibilidad de expresar esa desilusión y el enfado que le ha supuesto, y el sentirse comprendido. Como adultos, ya hemos aceptado que los planes pueden cambiar repentinamente por las condiciones meteorológicas y que no depende de nosotros. Aún así, quién no se ha desilusionado porque llueva cuando querías ir a pasar el día en el campo, no nieve cuando querías irte a esquiar, etc., cosas así. ¿De verdad no tiene el niño razones para enfadarse o sentirse desilusionado? Las tiene y debemos validarlas. Que eso no significa que justifiquemos su rabieta, sus malos modos si los hay, o un mal comportamiento. No, necesitan nuestra guía y orientación para gestionar esas emociones negativas que pueden llegar a sacar lo peor de nosotros. Pero hay que hacerlo desde la aceptación de esa emoción, nuestra comprensión desde el respeto y el amor. Cuando hemos podido expresar lo que sentimos, nos sabemos comprendidos, cuando se nos valida lo que estamos sintiendo, ya sólo con eso, nos comenzamos a sentir mejor, más capaces de aceptar lo que no se puede cambiar, afrontar lo que sí y damos los primeros pasos en la búsqueda de alternativas.

Sé que el ejemplo ha sido demasiado sencillo, pero esto es extrapolable a situaciones más complejas. Además, creo que quizá en asuntos más intensos estamos más sensibilizados y concienciados, afortunadamente. Pero en lo pequeño, en lo más cotidiano, esto también pude servirnos a sentar las bases de relaciones más sanas, fuertes y positivas con los que nos rodean. No nos engañemos: los celos, la envidia, el miedo, la frustración, la desilusión, el agobio, la tristeza…, nos pasa, a pequeños y mayores, con más frecuencia de la que quizá nos gustaría; negarlas no hace más que alimentar el malestar. Validémoslas y aprendamos a conocernos mejor a nosotros mismos, a ayudar a que se conozca  y conocer mejor a ese alumno que se enfada continuamente, a nuestro hijo, que nos parece tan sensible y tememos que sufra por ello.

A veces la validación, pasa por el silencio, y sólo podemos ofrecer nuestra compañía y atención. También eso es aceptación y respeto, es un acompañamiento silencioso en momentos especialmente complicados que requieren su tiempo.

Antes de terminar, sí que me gustaría aclarar que validar no significa no hacer nada al respecto cuando las conductas o reacciones de nuestros hijos y alumnos merezcan ser orientadas y corregidas. Tenemos la responsabilidad de educarles, de ayudarles a encontrar alternativas saludables para gestionar esas emociones. Mi propuesta parte de la validación emocional como un primer paso, no como objetivo final, como podría serlo si se tratase de un amigo. Para nuestros hijos y alumnos, somos eso y algo más.

16/06/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Ganas de celebrar

Coincido en que esto de las celebraciones se nos está yendo de las manos, parece incluso algo competitivo, la obligación de llegar a un listón en fiestas, que puede resultar inalcanzable y en algunos casos, hasta ridículo. Comparto también esa sensación de que las comuniones se están convirtiendo en bodas, los cumpleaños en increíbles fiestas temáticas, que difícilmente pueden prepararse y costearse año tras año, o que celebrar una fiesta de graduación al finalizar cada curso carece de sentido.

Partiendo de estas premisas iniciales: festejar para celebrar y no para impresionar o competir, sin dejarse un riñón en el intento y que la fiesta en sí sea coherente a lo que se celebra y no algo desorbitado o desmesurado; he de confesar que a mí me parecen sanas y estupendas las ganas de celebrar.

Celebro mi cumpleaños desde antes de ser siquiera consciente de ello, porque la vida es un regalo y celebrarlo cada año es importante para mí. Así se lo transmito a mis hijos y a mis alumnos (los cumples en el cole también son importantes eventos que, por supuesto, tienen su hueco en mi programación de aula), y celebro tanto el mío como el de mis seres queridos. Es cierto que no siempre tengo tiempo ni presupuesto para hacer la super fiesta del siglo, con todo detalle, pero basta con esas ganas de celebrar para pasar un rato inolvidable. Así que si me preguntan qué pienso de las fiestas de cumpleaños, estoy a favor de ellas. Eso sí, confieso que los parques de bolas, la “obligación social” de invitar a toda la clase, aparte de llevar el almuerzo y otros aspectos sobre esto, dan para al menos, otra entrada en el blog.

En cuanto a los bautizos, comuniones, bodas, etc. No recuerdo mi bautizo, sí mi comunión y cómo participé en algunos preparativos. La boda la tengo grabada en mi memoria y mi corazón, no sólo por el día en sí sino por todos los preparativos que con tanta ilusión llevamos a cabo. Y aún hubiera hecho más cosas si el tiempo y el presupuesto lo hubieran permitido. No sufro por todo lo que hice ni por todo lo que no pude hacer. Lo que quiero decir, de nuevo, es que las ganas de celebrar, de compartir esos momentos de tu vida tan importantes con la gente que tú amas, es el motor real de todo el evento. ¿Qué hay de malo en ello? Al contrario, yo veo que es sano. Mis hijos no han hecho aún la Comunión pero he visto a madres ilusionadas tratando de hacer una tarta de chuches con forma de campo de fútbol, a primos, tíos, recortando corazones de cartulina para decorar un “photo call”. Sí, es cierto que en nuestras comuniones no había de todo eso y aún así pasamos un día estupendo, mágico e inolvidable. Sin duda, todos esos detalles y preparativos no son la esencia ni lo importante, para nada, pero no veo por qué han de ser tan criticados. Si sabemos qué lugar ocupan en la celebración y qué importancia han de tener, aplaudo esas ganas de celebrar.

No tuve graduación en Infantil, tampoco en EGB, a pesar de ser el último curso en mi cole que cursaría 8º, ni tampoco en ESO, aun acabando así la educación obligatoria. Sí tuve mi graduación en Bachillerato, la cual fue muy especial, y en la Universidad, que también recuerdo con muchísimo cariño y tras la cual llegamos a la conclusión de que si hubiéramos organizado algo así a mitad de la carrera, nos hubiéramos conocido mejor unos a otros, y no sólo a nuestro grupo de amigos. ¿Estoy traumatizada? No. ¿Tengo peor recuerdo por ello de mis años en el cole y el instituto? Tampoco. Pero qué hay de malo si quiero celebrar con mis alumnos que terminan Infantil, si dedico tiempo a que se aprendan un baile, una poesía, una canción, si paso mis tardes preparando diplomas, birretes, lo que se nos ocurra, para celebrar junto a ellos que terminan una etapa, y que el curso que viene comienzan otra; probablemente en el mismo cole, en el mismo edificio y con los mismos compañeros, pero ahí estarán estrenando etapa apoyados en todo lo aprendido en su etapa anterior, que con nuestra mejor intención hemos querido reflejar en una sencilla fiesta de graduación. Ahí están de nuevo las ganas de celebrar, tan respetables, por supuesto, como las ganas de no hacerlo.

Hace unos días leí un artículo en el que se criticaban todas estas cosas, y aunque con alguna de esas críticas puedo llegar a estar de acuerdo, quería compartir con vosotros mis matices. Además, me sentí algo confundida por la cantidad de comentarios mostrando su grado de acuerdo, cuando luego lo que veo a mi alrededor es lo contrario, ¿quién no prepara detalles con mimo para la comunión de su sobrino? ¿quién no ha disfrutado preparando detalles y sorpresas para los invitados en el día de su boda? ¿a quién no le hace ilusión que su hijo se gradúe? A mí desde luego, sabiendo dar a todos estos aspectos su valor correspondiente, sin confundirlo con lo esencial y siendo coherentes con lo que festejamos, las ganas de celebrar me hacen la vida más feliz, la colorean. 

28/04/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
A flor de piel

Sin caer en utilizar el blog a modo de diario personal en el que descargar mi más profundas inquietudes, sí que el artículo de este mes lo escribo con las emociones a flor de piel. He estado tentada a no hacerlo, a pensar en otro tema que me toque menos y me dejara un margen de distancia más cómodo sobre el que escribir con cierta neutralidad emocional, si es que eso es posible. Pero no, precisamente eso sería incoherente conmigo misma y con la reflexión que hoy me gustaría compartir con vosotros.

¿Quién no ha oído hablar hoy en día de la importancia de la educación emocional? ¿Quién no ha participado en alguna conversación más o menos formal entre padres y/o profesores debatiendo el papel que ésta debería jugar en las aulas frente a aquellos que lo ven como algo exclusivo del hogar? Pues bien, tanto como madre como maestra, me he dado de lleno con una oportunidad, para nada deseada, pero inmensamente enriquecedora, para poner en práctica eso sobre lo que tanto he buscado, leído y tratado de hacer realidad en el día a día con mis hijos y con mis alumnos.

No hace falta entrar en detalles, baste decir que un suceso muy triste ha irrumpido en nuestra vida, afectando por supuesto a todo y todos los que me rodean. Sin generalizar, porque para nada ha sido así la reacción de la mayoría, algunos comentarios y consejos con los que me en encontrado han sido estos: “Ana, ¿se lo vas a decir a tus niños del cole?, ¿Y a tus hijos qué les has dicho?, “Quítale importancia y pasa página cuanto antes, por su bien y por el tuyo”.  Y confieso que en algún momento hasta yo misma me he sorprendido pensando por unos instantes de esa manera, como tratando de proteger del dolor y la tristeza a mis hijos y mis alumnos: “si al menos se hubieran quedado al margen de esto”, “quizá podría no contarles lo sucedido, darles otra razón, otra explicación”… ¿Acaso había otra opción auténtica y coherente que decir la verdad? Por supuesto, esa verdad, adaptada a la edad de con quien hablo, pero verdad al fin y al cabo, aunque esa verdad sea triste, duela, cueste comprenderla y nos deje con las emociones a flor de piel, porque eso es, en mi opinión, educación emocional de la que deja huella, la que nos proporciona un aprendizaje de ése que perseguimos, significativo, que nos acompañe a lo largo de nuestra vida.

Todo esto me ha llevado a la reflexión de que a la hora de la verdad, trabajar las emociones auténticas, ésas que nos ponen todo patas arriba, asusta; precisamente por eso, porque ponen al descubierto que somos vulnerables, niños y mayores, y que gestionarlas es algo realmente complicado. Pero, pese a que habrá quienes me tachen de poco profesional quizá en mi trabajo, y de madre poco protectora para con mis hijos, no le he cerrado la puerta a mis emociones y sin más, les he hecho partícipes de ellas, porque no podía negar el golpe… Eso sí, en todo momento he tratado, estoy tratando más bien, de poner en práctica todo eso que pretendo enseñar, no perder de vista la resiliencia, la visión optimista y esperanzadora, la confianza en uno mismo, la sabiduría de pedir ayuda y apoyarte en lo que tienes a tu alcance para levantarte.

¿Y sabéis qué? Estoy aprendiendo mucho de esto y estoy muy orgullosa de los niños, porque me están demostrando lo emocionalmente inteligentes que son y que, aunque los cuentos, los cortos, las películas, y otras actividades o dinámicas que podamos realizar son un buen recurso; las emociones reales a las que nos enfrentemos en nuestro día a día también son una fuente de aprendizaje principal, a las que no le quiero cerrar la puerta, aunque sean demasiado intensas. Yo opto por abrirles la puerta,  evidentemente de mi casa, pero también de mi aula, porque está claro que en mi opinión (y es sólo una opinión), no pueden dejarse fuera si lo que buscamos no sólo es enseñar, sino educar.

16/03/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Escuchar para educar, de César Bona

Ése fue el título elegido por César Bona para la charla que impartió en Cuenca hace tan sólo unas semanas. No pretendo en este artículo hacer un resumen exhaustivo de lo que dijo, puesto que fuimos muchos los interesados en temas de educación los que allí nos dimos cita para escucharle, por lo que gran parte de vosotros dispondréis de la fuente primaria, que sin duda, siempre es más auténtica que la secundaria. Por tanto, sólo pretendo compartir con vosotros las reflexiones que en mí han despertado tras su testimonio.

            Lo primero de todo el título: “Escuchar para educar”. Me encanta. Escuchar… Parece que como padres o profesores hemos de tener el don de la palabra adecuada en todo momento, de los que se espera que llevemos la voz cantante en el proceso y así es muy fácil relegar nuestra capacidad de escucha, que como toda capacidad es entrenable, aprendible y mejorable, a un segundo plano en el que lo habitual es que las dudas y preguntas vayan al final y no cuando realmente surjan, la asamblea caiga en desuso una vez estrenada la primaria, y en las clases se aspire a que el silencio sea sinónimo de nuestra eficaz disciplina en el aula. Y, sin embargo, César nos habla de escuchar a nuestros alumnos, a nuestros compañeros de trabajo y que precisamente sea ése nuestro punto de partida. Para escuchar debemos dar, en primer lugar,  voz al otro; y luego cuidar nuestra disposición y actitud de escucha, la cual pasa por cualidades y valores como el respeto o tener una mente abierta.

            Otro aspecto en el que me quedé pensando mientras hablaba y que permanece en mi cabeza dando vueltas, fue cuando dijo algo así como: “no sé quién se inventó ese estúpido conflicto entre innovación y tradición como si todo lo nuevo fuese bueno y todo lo antiguo, malo; hay cosas que por muy novedosas que sean no me funcionan, y otras que se llevan haciendo años que son absolutas maravillas y que a los chavales les continúan enganchando año tras año”. Y ahí está este asunto rondando mi cabeza porque a veces me sorprendo a mí misma usando recursos, llamemos tradicionales y sintiéndome por ello algo avergonzada, como si no avanzara; mientras que otras veces trato y trato de meter con calzador nuevos recursos o actividades con los que yo ni mis alumnos acabamos sintiéndonos cómodos. Tan negativo me parece tener la mente y el aula cerrada a la innovación, al cambio, (y ojo, aquí no se habla sólo de tecnología), como desechar algún recurso o actividad por el mero hecho de ser tradicional. Tengo compañeros  a los que sólo un par de años les separan de la jubilación y de los que estoy aprendiendo “trucos”, haciendo mías sus ideas y sugerencias porque realmente me parecen brillantes. Pero hasta ahora poco había leído en rescate de lo tradicional en el ámbito educativo, aunque claro está no todo lo tradicional me vale, por supuesto, y hay, probablemente más que cambiar que rescatar, pero no caigamos en el error de meter todo en el mismo saco.

            Sin duda, otro asunto que me llevo y eso forma parte de mi vida en el aula, y, obviamente en casa también, es lo esencial que es cuidar lo emocional, lo afectivo, como elemento clave del buen clima que se debe respirar en nuestras casa o en nuestras aulas. Para mí, este curso en el que estoy de tutora en un aula unitaria está siendo un lujo porque nos hemos convertido en una comunidad de aprendizaje, una pequeña familia en la que aprendemos y crecemos codo con codo. César propuso una canción con la que daba comienzo su día a día, yo comparto otra: cuando llego al cole suelo poner “Cuando me siento bien” de Efecto Pasillo y conforme van llegando ya se dejan enganchar con esta melodía, bailotean, tararean, se quitan los abrigos con ritmo y para cuando la canción ha acabado ya estamos todos con una medio sonrisa en la cara dispuestos a comenzar la asamblea. ¡Funciona!

            ¿Y a vosotros qué es lo que llamó vuestra atención de esta charla? ¿Hay algo que particularmente os funciona con vuestros chicos? ¡Soy todo oídos! Bueno, más bien ojos, para leeros y escucharos de esta manera…

12/02/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Valores que se puedan tocar

Hace unos días, concretamente el 30 de enero, profesores y alumnos celebramos el Día Escolar de la Paz y la No Violencia. Es evidente que esto , como tantas otras cosas, no tiene sentido celebrarlas un día, si el resto del curso, del año, no luchamos por que se vivan y sean una realidad. Pero soy de las que opinan que viene bien que haya días especiales, que nos sirvan para hacer balance, reflexionar y proponernos compromisos nuevos para hacer un mundo mejor.

Sin embargo, debo confesar que tras el 30 de enero siento un vacío, una sensación de valores incompletos que no puedo dejar pasar. Os pongo en situación: este curso he tenido la suerte de aterrizar en una escuela unitaria, en la que somos una familia; un total de ocho alumnos de edades comprendidas entre los tres y los once años de edad alegran mi día a día. Se ayudan unos a otros, comparten, colaboran y se cuidan entre ellos. Como es natural, de vez en cuando surgen conflictos normales, fruto de una convivencia intensa, que no sólo ocupa las horas escolares, sino las tardes y los fines de semana. Dicho esto, queda claro que aunque tengo otros retos y dificultades, el de la disciplina, acoso escolar y otros problemas disruptivos de comportamientos no son una de mis preocupaciones de este curso escolar. Aun así decidí que para el Día de la Paz íbamos a trabajar desde dos perspectivas: por un lado, reflexionaríamos sobre la paz a nivel internacional, parándonos a pensar en los países en conflicto, los refugiados, las razones que llevan a los países a estar en guerra y lo que podíamos hacer nosotros para colaborar. De este enfoque surgieron preciosos mensajes de paz prendidos en forma de banderines, que el viento simbólicamente haría viajar por todo el mundo.

Por otro lado, íbamos a reflexionar sobre nuestro entorno más inmediato, qué cosas enturbiaban la paz en nuestro cole, en nuestro pueblo, qué conflictos surgían y cómo podíamos solucionarlos o incluso evitarlos. Elaboramos entonces una caja del compromiso, en la que de manera anónima cada uno iba a escribir un compromiso concreto para mejorar la convivencia entre nosotros. Yo les miraba y hubiera sido capaz de decirles uno a uno qué podían escribir para que de una forma muy sencilla muchos de los conflictos más recurrentes en nuestro día a día desaparecieran. Me contuve, se trataba de un compromiso personal al que debían llegar por sí mismos. Después íbamos a abrir la caja, compartir los mensajes, hacer un bonito mural con ellos y convertirlo en nuestras renovadas normas de aula, que diariamente iríamos valorando su cumplimiento en la asamblea y de manera individual. Las primeras dificultades aparecieron a la hora de escribir sus mensajes. No se les ocurría nada. La soltura con la que escribían esos lindos mensajes de paz al viento se había esfumado y ahora su mente y su corazón estaban completamente en blanco, bloqueados, no sabían ir más allá de palabras como “respeto”, “igualdad”, “solidaridad”, etc. Traté de ayudarles y en asamblea tratamos de concretar esos valores, hacerlos realidad poniendo ejemplos de lo que era ser solidario, generoso o respetuoso en nuestro día a día. Cuando creí que la idea estaba captada, volví a repartir las tarjetas del compromiso, pero llegado el momento de leerlas y ponerlas en común, volvimos a encontrarnos con esos bonitos mensajes de paz que no alcanzaban a tocar el suelo de nuestra clase.

A día de hoy aún  no hemos renovado nuestro mural de normas de convivencia que hicimos al principio de curso, considero que debemos seguir trabajándolo y que todos caigamos en la cuenta y ejercitemos lo que realmente está en nuestra mano, lo que Ana puede mejorar de sí misma para que tanto ella como el que tiene al lado vivan con más paz. La Educación en Valores es en mi opinión, necesaria y urgente, pero deberíamos revisar el enfoque. Los valores no son sólo ideas abstractas que vuelan libres en un mundo utópico, los valores también pueden tocarse, materializarse en forma de personas comprometidas y dispuestas a hacer un mundo real mejor. La pregunta que surge siempre es ¿pero cómo? Una vez más no tengo la receta mágica, pero conocemos algunos ingredientes, intentémoslo hasta dar con la fórmula. ¿Te animas?

21/12/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente

Es tiempo de escribir la esperada carta a los Reyes Magos y me está costando más de un dilema... No es que no sepa qué pedir, que creedme si os digo que tengo una lista bastante larga, mi problema es precisamente ése: ¿pido demasiadas cosas? ¿Incito a que mis hijos y alumnos pidan sin medida? Sí, he leído sobre “la regla de los cuatro regalos” (1. Algo que sirva para llevar, es decir, ropa, zapatos o complementos; 2. Algo para leer; 3. Algo que realmente deseen; y 4. Algo que realmente necesiten), y aunque sin duda estas cuatro categorías aparecen en nuestras listas de deseos, y me atrevo a profetizar que estarán representadas casi con total seguridad tanto en los regalos que yo reciba como en los que, al menos, reciban mis hijos; seamos sinceros, no sólo mis hijos, sino la inmensa mayoría de los adultos y niños de mi entorno más cercano, recibirán más de cuatro regalos.

Por mis creencias, para mí la Navidad es mucho más que regalos, luces y comilonas, incluso algo más que reencontrarse con la familia y los amigos, que ya de por sí es algo maravilloso. Además, yo le añado el valor que como cristiana tiene para mí esta celebración. A esto hay que sumarle, que lo que más me gusta regalar y que me regalen son presencias, momentos compartidos que llenan de luz y amor mis días, y no sólo durante estas fechas, sino todo el año. Y, sin embargo, el 6 de enero, mi hogar amanecerá repleto de regalos para mis seres queridos, que se sumarán a otros tantos que otros reciban en otras casas y a otros tantos que recibamos nosotros en otros lugares, rompiendo en mil pedazos esa regla de la que os hablaba al principio y que tan bien suena.


Por supuesto, que quiero educar a mis hijos en la solidaridad, en la generosidad, en los valores profundos que sustentan el mundo y que hacen valiosas a las personas, por encima de lo que materialmente se posea, y que, aunque esto es algo que se trabaja durante todos los días del año, durante todos los meses del año, y durante todos los años de nuestra vida, la Navidad ablanda nuestros corazones y hay que aprovecharlo para hacer un poquito más de lo que deberíamos hacer por costumbre, siendo Reyes Magos no sólo para amigos y familiares, sino para aquel que lo necesite, tanto a nivel material como emocional, como humanos.

Al menos, honestamente, así trato de vivirlo. Y sin embargo, el 6 de enero ya sabéis como acaba la historia en mi entorno inmediato. Y me siento afortunada por ello, no por el número de regalos, ni por lo que cuesten económicamente, ni siquiera por lo que es, sino por todo lo que implica hacer un regalo. Me parece un acto tan bonito, que andemos todos locos tratando de sorprendernos los unos a los otros, independientemente del presupuesto, no está en eso el secreto, sino en la intención. Y qué queréis que os diga, es que no puedo sentirme culpable por ello, quiero transmitir esa ilusión que haga creer que los Reyes Magos existen, los vemos a diario.

Sí, ya sé que esta moneda tiene otra cara, amarga, oscura y peligrosa: la saturación de juguetes, el no valorar lo que tenemos, una avalancha de regalos que no podemos ni asimilar, el consumismo, el materialismo, etc. Y estoy completamente de acuerdo: con esto no le hacemos ningún favor a los niños, y añado, tampoco a los adultos que “tenemos de todo y no sabemos ya qué pedir”. Pero me pregunto, ¿realmente esto es culpa de los Reyes Magos? Porque me temo que no, o al menos en mi opinión,  no solamente por su culpa. Y con una buena educación y bien afrontado el tema, los Reyes Magos no son un problema sino algo de lo que podemos aprender mucho, prácticamente todo lo contrario de lo que a primera vista puede parecer… Así, para empezar, nuestra capacidad de ilusionarnos, de soñar, ¡¿cómo no se nos va a ocurrir qué pedirles a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente?!

08/11/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Niños Optimistas de Martin E.P. Seligman

Éste es el prometedor título del último libro que me he leído. Bueno, en realidad que aún me estoy leyendo, porque he de confesar que se me está haciendo un poco cuesta arriba, ya que describe con detalle todo el proceso de investigación subyacente a las conclusiones, las que sin duda sí me han parecido muy interesantes desde el minuto cero. Por eso esta entrada se ha hecho esperar, pero ahí van.

En primer lugar podríamos identificar las hipótesis contrastadas que sirven de base a la propuesta:
- La depresión está directamente relacionada con el pesimismo.
- A ser pesimista o, por el contrario, optimista se aprende.
- El optimismo actúa como vacuna contra la depresión, mejorando así nuestra calidad de vida y nuestro estado de salud.

Ante esas afirmaciones, no pude hacer otra cosa que leerme el libro, porque si el optimismo se aprende, podremos como educadores enseñar o al menos facilitar a nuestros hijos y alumnos su aprendizaje, ¿no? Además, el número de casos de  depresión infantil y adulta va creciendo de manera alarmante año tras año, y resulta que podemos hacer algo para evitarlo. Se ha de reconocer el papel que la genética puede jugar en las dimensiones de nuestro carácter, pero en este libro se nos muestran evidencias de que no es tanto nuestros genes los que terminan que seamos más o menos optimistas- pesimistas, sino las experiencias de éxito- fracaso vividas y el patrón o modelo explicativo aprendido de los adultos, jugando un papel relevante los padres y otros educadores (profesores, entrenadores, etc.).

¿Qué es eso del estilo explicativo? Constituye la base del rasgo psicológico del optimismo y hace referencia a la explicación que damos las personas a los sucesos que nos pasan, sean éstos buenos o malos. Para valorar nuestro estilo explicativo hemos de atender a tres dimensiones: duración (permanente vs. transitorio), alcance (específico vs. global) y personalización (externo vs. interno). En este sentido, no es que se proponga una definición exacta del estilo explicativo ideal, más bien se trata de ser conscientes de estas tres dimensiones y ser capaces de elaborar una explicación realista, responsable, balanceada y equilibrada a lo bueno y lo malo que nos pase. De hecho en el libro se analizan diferentes respuestas y se hace una crítica del “pensamiento positivo” actualmente muy de moda, algo superficial que se basa en meras visualizaciones o repeticiones de frases positivas y automotivadoras que carecen del apoyo psicológico necesario para realizarlas; eso ayuda pero por sí solo no es suficiente. Así como tampoco es adecuado enseñar a los niños a eludir responsabilidades, eludiendo siempre a causas externas para explicar nuestros fracasos. (Quizá esto da para otra entrada porque tiene mucha miga, ¿qué opináis?)

Por otro lado, también se hace especial hincapié en la repercusión tiene vivir la “experiencia de dominio” para poder desarrollar una autoestima equilibrada y ajustada para llegar a ser personas optimistas. Así, debemos procurar un ambiente en el que nuestros hijos y alumnos puedan experimentar situaciones de éxitos y no sólo fracasos detrás de otros fracasos. Esto enlaza de manera evidente con otro aspecto del que los educadores hemos de estar pendientes: las expectativas de logro y la definición adecuadas de metas y retos.

En el libro además de abordar con más detalle y profundidad  todos y otros conceptos implicados en este campo, se presenta el Programa de Prevención Infantil llevado a cabo en colegios y con familias de diferentes zonas de EEUU, y aunque los cuentos y actividades planteadas requerirían de una adaptación a la cultura y contexto de nuestro país, sí que he podido sacar ideas para tratar de aplicarlas en mi vida diaria como madre y maestra. Por ejemplo, ahora soy más consciente y selecciono con cuidado no sólo las formas, sino también las palabras que elijo a la hora de corregir a los niños, tratando de no caer en un estilo explicativo inadecuado, permanente, global e interno. No es fácil, pero es que educar es todo un arte…


 

30/09/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Recetas y varitas mágicas

No sé la de veces que habré oído en el ámbito educativo que no existen las recetas ni las varitas mágicas que sirvan para enfrentarse y solventar situaciones complicadas ante niños y adolescentes que nos pueden acontecer en casa o en las aulas. Yo misma la habré utilizado un montón de veces en charlas, talleres, tutorías o conversaciones cotidianas. Pues bien, aunque es cierto que no tenemos la fórmula exacta, sí que creo que conocemos de sobra los ingredientes que no deben faltar en nuestro día a día para poder saborear una buena experiencia, o los versos que todo hechizo debe recitar para vivir momentos mágicos e inolvidables con nuestros hijos  y/o alumnos.

Todo esto surge a raíz de la breve reseña, que en principio quería que inaugurara el blog este curso, sobre el libro La Buena Educación de César Bona, el cual leí a finales del curso pasado y del que no había comentado nada en el blog. No sabía qué poner, y no porque el libro no sea interesante y enriquecedor, que lo es y mucho; de hecho me resultó ante todo inspirador, me renovó las ganas de hacer, de soñar, de mejorar profesionalmente. Pero no encontraba algo novedoso que destacar, que captara la atención, como si todo lo que había leído en el fondo ya lo supiéramos, estuviéramos artos de leerlo y escucharlo. Y es que lo realmente novedoso que introduce César Bona es que él lo ha llevado a la práctica. Porque creo que todos conocemos sobradamente ciertos aspectos y matices que pueden acercarnos al “éxito” con nuestros alumnos, con nuestros hijos, y lo que cuesta es hacerlo realidad. Por ejemplo, Bona parte de una premisa básica: escuchar a sus alumnos, no sólo hablarles, darles, sino escucharles y recibir de ellos todo lo que pueden aportar. Escuchar.  Ese planteamiento no es nada nuevo, pero él, al igual que otros muchos, se ha atrevido a hacerlo y eso es lo que ha marcado la diferencia en sus clases.

Así que hoy, lo que quería compartir con vosotros es esa sensación de que somos conocedores de lo que se necesita, de esos ingredientes, de esas palabras mágicas, y este curso que acabamos de estrenar nos brinda la oportunidad de ponerlas a prueba. Eso sí cada uno habrá de darle ese toque personal, especial, auténtico, genuino, que se desprende de cada una de las situaciones y contextos únicos e irrepetibles con los que nos podemos encontrar.

¿Cuáles son tus ingredientes favoritos? ¿Me pasas alguno de tus trucos mágicos? ¡Gracias por adelantado!

29/06/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Escuelas creativas de Ken Robinson

Tal y como me propuse y así he venido haciendo durante este curso, hoy quiero compartir con vosotros el último libro de temática educativa que he leído: Escuelas Creativas de Ken Robinson. Lo primero que he de decir es que, a diferencia de El Elemento, obra del mismo autor y que recomiendo con entusiasmo, este libro es más pesado y duro de leer, quizá mis expectativas eran demasiado altas o al menos esperaba un planteamiento algo más novedoso, práctico y conciso que pudiera explicar desde ya en mi día a día.

No obstante, sí que encierra ciertos “tesoros” en forma de ideas, anécdotas y experiencias reales llevadas a cabo en escuelas inglesas y norteamericanas que pueden servirnos de inspiración. Además, para aquellos que no sean profesionales de la educación pero que se sientan interesados por estos temas o busquen convertirse en familias creativas o en personas creativas, les será fácil encontrar la aplicación adaptada a su propósito.

Este libro es ante todo, una llamada al cambio, a repensar y reinventar los sistemas educativos, las escuelas y las aulas. Esa llamada no va dirigida sólo a los políticos o dirigentes de altas esferas, ni tampoco es una llamada exclusiva o especialmente dirigida a directores de centros educativos, sino que la hace extensa a todos los que componemos la comunidad educativa, y ahí, por supuesto estamos incluidos estudiantes, padres y profesores. Hemos de ser parte de ese cambio, agentes de cambio, para lo que el autor nos habla de la necesidad de tres formas de discernimiento: “una crítica de la situación actual, una visión de cómo debería ser y una teoría transformadora para pasar de una a otra” (p. 23). Es decir, basta de excusas, ya sabemos que las condiciones no son las ideales, siendo muy críticos, podrían no ser ni buenas, pero una vez que pisemos el aula, en mi familia, con mis compañeros, hay mucho que está en mi mano. Y basta también de dar palos de ciego, ¿tenemos esa visión, sabemos dónde queremos llegar? A esto, aún ando yo dándole vueltas… Y demos un paso más, no nos estanquemos en la crítica, ni en esa visión utópica que aun sirviendo de empuje y motor, es insuficiente, ¡articulemos el cambio!

Os decía que yo sigo dándole vueltas a esa visión, de tener claro cómo debería ser el sistema educativo, nuestros coles, nuestras clases, nuestros hogares. Y sobre este asunto, Robinson, también nos aporta su visión, a mi parecer bastante enriquecedora e interesante, al hablarnos de los cuatro objetivos fundamentales de la educación: personal, cultural, social y económico; los cuales desarrolla y justifica ampliamente a lo largo del libro. Además, enlaza todo este tema con una de sus mayores aportaciones: “el elemento”, asumiendo que una de nuestras responsabilidades últimas como maestros es capacitar a los alumnos para que conozcan sus talentos naturales y puedan realizarse como individuos y convertirse en ciudadanos activos.

Otra de las aportaciones que me gustaría destacar es su analogía de la educación con la agricultura orgánica, la cual estaría basada en cuatro principios fundamentales: salud (búsqueda del desarrollo integral del individuo), ecología (interdependencia de todos los aspectos del desarrollo en el individuo y en el conjunto de la comunidad), justicia (búsqueda y cultivo del potencial de todos y cada uno de nuestros alumnos) y cautela (buscando condiciones óptimas para alcanzar ese desarrollo del individuo).

Robinson también aboga por un aprendizaje competencial, pero le da una vuelta al asunto. Estas son las competencias que las escuelas deberían facilitar a sus alumnos para que tengan éxito en la vida: curiosidad, creatividad, crítica, comunicación, colaboración, compasión, calma y civismo.

Sobre estos ejes que he comentado, Robinson articula su propuesta y los conecta con  los diferentes elementos del proceso educativo: la metodología, el rol del profesorado, la organización escolar, la evaluación, los contenidos a enseñar, etc. Se trata de una reflexión, rica en ejemplos reales, experiencias concretas que han funcionado en otros contextos pero que pueden servirnos de inspiración cuando reanudemos nuestra labor en septiembre. Ahora es tiempo de descansar, leer, pasear,   y… ¿desconectar? Creo que nunca lo hacemos del todo, seguiremos soñando con una escuela mejor, creativa, que nos ayude a todos a encontrar nuestro elemento…

¡Feliz verano! A la vuelta, más y mejor.

12/05/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
“Hiperpaternidad”

Quizá hayáis leído un artículo cuyo título era toda una advertencia: “¡Cuidado! Llega la hiperpaternidad”. Si no lo habéis leído, os lo recomiendo, pues invita a la reflexión sana, a la autocrítica constructiva sobre lo que estamos haciendo con nuestros hijos, o incluso alumnos, pues también podemos pecar de “hiperdocentes”.

Es la primera vez que oigo denominar de esta manera al estilo de padres, modelo de crianza, o como queramos llamarlo, que parece caracterizar a las familias del siglo XXI. Un “hiperpadre” vendría a ser aquel que ejerce casi en exclusiva de chófer y secretario de sus hijos en su tiempo libre, carga con sus mochilas de camino al colegio, y otra serie de detalles, tareas y responsabilidades que, aun siendo capaces de hacerlas los propios niños, es el padre, la madre, el abuelo, la tía, el maestro, etc., quien se encarga de realizarlas. Por eso, creo que esta reflexión nos viene bien a todos, puesto que corremos el peligro de convertirnos en un “hipereducador” casi sin llegar a ser conscientes de ello.

Es precisamente esto último de la inconsciencia una de las cosas que más me han hecho pensar, puesto que muchos de los planteamientos subyacentes a comportarnos de esta manera son buenos, o al menos, bienintencionados. Veamos un ejemplo: un padre que apunta los exámenes de sus hijos en su propia agenda o que manda un mensaje a otro padre para saber los deberes que llevan para casa, lo hace porque quiere estar informado de lo que pasa en el cole, quiere echarle una mano, ponerse a estudiar con él, que lo lleve preparado, etc. ¿Cómo puede ser esto negativo? Pues esto, poco a poco y sin darnos cuenta, puede estar obstaculizando que nuestros hijos sean responsables de sus cosas, aprendan a organizarse y gestionar su tiempo.

No quiero decir con esto que no haya que estar al tanto de lo que sucede en las aulas, nada más alejado que eso. Pero puede que sea más sano para todos interesarnos por lo que están aprendiendo, sus amistades, intereses  y gustos, y no sólo en convertirnos en los secretarios que llevan al día sus agendas, aunque eso traiga de la mano algún suspenso o descuido en aquello que es su responsabilidad.

En edades más tempranas es muy común ver a unos padres quitar y poner abrigos, desenvolver bocadillos, dar de comer, recoger, preparar mochilas, tirar papeles a la papelera,…, cosas que sus hijos ya están sobradamente preparados para hacer. La autonomía y responsabilidad empiezan a cultivarse en tareas como éstas. Entristece ver cómo se presume de lo bien que un niño de tres años maneja una tablet, en lugar de valorar que ya se viste solo, por ejemplo.

Una de las propuestas que se mencionaban en  el artículo para no caer en esto de la “hiperpaternidad” sorprende nada más leerla: no hacer tanto caso a los niños. Esto puede sonar disparatado pero si se profundiza en la respuesta, quizá no sea tan descabellado. Definamos “caso” como esa atención desmesurada que puede llevarnos a ocuparnos de cosas que son responsabilidad de nuestros hijos, y no nuestra; que nos llevan a diseñar y cumplir horarios imposibles en los que encajar todas las actividades extraescolares con las que les desbordamos y que llegan a requerir nuestra ayuda para poder afrontar todas sus obligaciones; a desentenderles de pequeñas tareas domésticas y/o hábitos que han de ir adquiriendo poco a poco, etc. Y esta solución desembocaba en la idea, en mi opinión, estrella del artículo: relajémonos. Los niños necesitan padres relajados, que disfruten de su paternidad. A lo que añado: necesitan profesores que disfruten de su profesión, monitores que transmitan la pasión por lo que enseñan; y no tanto alcanzar la perfección, ni por ellos mismos, ni a través de unos padres que así lo sean, midiendo todas y cada una de nuestras acciones.

No, no llegamos a todo. Hay cosas que se quedan por hacer, actividades que se pierden porque no da más de sí el día, cumpleaños a los que no van porque se tienen otros compromisos, trabajos que no se entregan porque no se apuntaron debidamente en la agenda, exámenes que se suspenden, ropa que se mancha porque comen solos, abrigos puestos del revés, cosas que se olvidan en casa porque se preparan ellos solos el material para el día siguiente,… Y no pasa nada, porque lo mejor no es que nuestros hijos sean los mejores, sino que lo hagan lo mejor que puedan; lo mejor no es que tengan los mejores padres, sino que lo hagamos lo mejor que podamos. ¿Y tú en qué crees que consiste hacer lo mejor?

07/04/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¿Amor o miedo?

En el mes de febrero volví a tener la oportunidad de colaborar en una de las charlas para padres y educadores que el Centro de Atención a la Infancia de Aldeas Infantiles organiza cada curso. Una vez más el tema a abordar era el de los límites, las normas, los problemas de conducta, etc. Y es que éste es un aspecto que se nos resiste, tanto a padres y educadores, unos por exceso y otros por defecto, cuesta encontrar el equilibrio entre el permisivismo y el autoritarismo.

Comenzamos la intervención compartiendo los aspectos básicos a la hora de plantear y mantener normas y límites de una manera sana, activa y colaborativa. Así hablamos de fijar las normas y límites que se consideren convenientes de manera previa, consensuados, dialogados, compartidos y conocidos por todos; al igual que haremos con las consecuencias que de su incumplimiento se derivarán. Estas consecuencias, a su vez, habrán de ser claras, coherentes y lo más inmediatas posible y nunca establecidas “en caliente”. Además, trataremos de no llenar nuestra aula u hogar de normas y límites, sino que reflexionaremos y seleccionaremos las que verdaderamente sean necesarias.

Éste ha sido un resumen quizá demasiado escueto, por lo que animo si a alguien le interesa el tema o está en una de esas situaciones de “reforma interna”, por necesidad o por deseo de mejora, y le vendría bien más información o material, sólo tenéis que pedirlo, ya que llevo ya unos años recopilando bastantes cosillas, de las cuales, algunas me han resultado bastante útiles e interesantes.

Y es que en esta entrada del blog, quería reflexionar junto a vosotros precisamente sobre este último punto: los límites verdaderamente necesarios. Cuando estaba preparando este tema, cayó en mis manos una propuesta que abordaba el tema desde una perspectiva diferente, lanzando la siguiente pregunta a padres y educadores: “Límites: ¿desde el amor o el miedo?”. La pregunta desencadenó en ese mismo momento que comenzara a replantearme las normas que vertebran mi casa y el aula, tanto las que considero más esenciales o básicas, como aquellas que en determinados momentos podrían saltarse sin ningún cargo de conciencia. Así que con el interés a flor de piel, ya toda mi búsqueda de información y lectura fue por esa línea.

La propuesta ponía de manifiesto que muchos límites que marcamos a nuestros hijos o alumnos, pese a estar definidos de una manera coherente y son, por así decirlo, buenos y positivos de una manera muy obvia, no siempre son planteados de la manera correcta. La motivación que nos lleva a establecerlos es más miedo que amor (aunque se parte de la base que siempre estamos movidos por el amor a nuestros hijos y alumnos, indudablemente) y ahí puede ser la raíz de por qué no funcionan, no logramos que los niños los hagan suyos y los cumplan. Es decir, que aunque nuestras normas sean coherentes, concretas, claras, comprensibles, consensuadas y dialogadas, respetuosas, equilibradas, etc., si no partimos desde el amor desde su planteamiento, es probable que  no lleguemos a buen puerto. Pongamos dos ejemplos para trasmitiros mejor la idea, uno de  matiz más familiar y otro más propio del contexto escolar:

- Norma: “Comer de todo”. ¿Quiero que mis hijos se coman el puré de verduras porque les quiero y sé que una dieta sana y equilibrada es lo mejor para su salud, nutrición y crecimiento? ¿O quiero que se lo coman porque tengo miedo a que cada vez que haya algo que no les guste me monten el número y siempre me van a pedir que les ponga de comer sólo lo que les gusta?

- Norma: “Escuchamos sin interrumpir”. ¿Quiero que se escuchen unos a otros sin interrumpirse porque es una forma de respeto al prójimo y una forma saludable y esencial de convivencia? ¿O quiero que lo cumplan porque si no tengo miedo al alboroto que se puede liar en el aula, es imposible explicarles nada, ni yo, ni el profesor con que les toque clase, etc.?

Sé que esto de primeras puede sonar simplón y absurdo, porque aunque evidentemente la primera respuesta es la que de fondo nos convence, y con la que sin dudar yo, al menos, me identificaría de base siempre, sí que es verdad que a veces puedo verme identificada con la segunda opción. Y eso, aunque parezca mentira, lo cambia todo.

Desde hace meses me repito esta pregunta cuando entra en juego algún límite o norma, tanto si es de nueva fijación, como alguna que haya surgido sobre la marcha, o si alguien no los ha cumplido; y me he sorprendido de las veces que, en el ajetreo de cada día, aunque el amor siempre está en la base, he tenido que reconducir mi planteamiento, pues en ese momento me he identificado más con el miedo que con el amor. ¿Quién se atreve a preguntar? ¿Amor o miedo?

03/03/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
El arte de estar plenamente presentes

Hoy quería compartir con vosotros un tema que hace tiempo llamó mi atención y sobre el que por fin he podido leer algo. Aviso: no soy una experta sobre el tema, tan sólo es un concepto que me ha parecido muy interesante y sobre el que estoy aprendiendo. Quizá por encontrarme en un nivel tan básico, me cuesta referirme a ello sin recurrir a su término en inglés: mindfulness. En español, atención o conciencia plena. Sin embargo, no acaban de convencerme del todos estas traducciones, ya que se pueden apreciar diferentes matices entre estar atentos a algo y ser conscientes de algo, ¿no os parece? Quizá sea ésta una de las veces en las que expresar con una sola palabra una idea, un concepto, es posible en un idioma, mientras que en otro resulta complicado dar con la palabra exacta. Sea como sea, aquí os dejo una definición de las más claras y completas que he leído: “Mindfulness es la aptitud de la mente para prestar atención a lo que hay aquí y ahora, estando totalmente conscientes de cada momento que vivimos” (prestada del libro “Tranquilos y atentos como una rana” de Eline Snel), o dicho de manera más poética y que a mí me ha enamorado, “el arte de estar plenamente presentes”, que da título a esta entrada. Y es que, hoy en día, estar plenamente presentes en una sola cosa es algo que no solemos hacer: vivimos pendientes de la llegada de un nuevo Whatsapp, de una nueva publicación en Facebook, de las noticias, de una llamada, etc., es más, las mujeres solemos presumir de poder hacer varias cosas al mismo tiempo, pero, ¿es siempre necesario estar en modo “multitarea”? ¿Afecta eso a nuestro rendimiento, a nuestra eficacia, a la calidad con la que hacemos o vivimos las cosas? ¿Qué modelo de atención estamos ofreciendo a nuestros hijos y/o alumnos? Hay mucho en nuestra vida, que requiere nuestro 100%, ¿realmente sabemos dárselo?


Puede que el ritmo de vida nos haya llevado a un punto en el que ya no sea una cuestión de actitud (querer o no querer estar 100% atentos, conscientes o presentes), sino de capacidad, y que esto nos suceda no sólo a los adultos sino también a los niños y adolescentes. Bien, que no cunda el pánico, porque esta capacidad mental puede entrenarse, aprenderse, en definitiva, mejorarse. Ha aquí el mayor beneficio de incorporar Mindfulness en nuestra vida, en nuestro hogar o en nuestro aula. Con este objetivo en mente seleccioné los libros que he leído sobre el tema, aparte de material encontrado en internet, y que referencio a continuación para quien esté interesado:


-    Schoberlein, D. (2011). Mindfulness para enseñar y aprender. Estrategias prácticas para maestros y educadores. Madrid: Gaia Ediciones.
-    Snel, E. (2013). Tranquilos y atentos como una rana. Barcelona: Editorial Kairós.

Mientras que el primero es algo más completo a nivel teórico y conceptual, también hizo de su lectura más pesada. El segundo es muy fácil de leer, y como iniciación conceptual es suficiente. A la hora de trabajarlo con niños, también habría una diferencia bastante clara: las técnicas y ejercicios propuestos en el primer libro los veo aplicables en secundaria y quizá en el último año de primaria fundamentalmente, con la excepción de algún ejercicio. Sin embargo, el de Eline Snel está específicamente orientado a niños entre 5 y 12 años, además viene acompañado de un CD para poder realizar los ejercicios de relajación propuestos. Sobre este libro también he de decir que aunque es perfectamente aplicable en el aula, va dirigido a las familias. De hecho este libro me ha llevado a otro en el que está basado y que recoge un programa diseñado y llevado a cabo por la autora en diferentes escuelas: “La atención funciona”, el cual tengo pendiente de comprar y leer, puesto que me ha gustado muchísimo el primer contacto con su material.

Por mi parte os animo a que leáis sobre esto y lo incorporéis a vuestras vidas de aula y familia, pues supondrán una mejoría en vuestro día a día. Yo como aperitivo os dejo unas cuantas pistas sobre por dónde va el asunto: todo empieza con la respiración, nos entrenarnos en la conciencia y atención plena de este acto que no paramos de realizar, sin pensar en nada más, sin dejarnos llevar por pensamientos y emociones, simplemente dejándolos pasar por delante de nosotros, sin juzgarlos ni valorarlos, siendo amables en todo momento con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Y es que en todo este proceso, la amabilidad juega un papel muy importante, ¿no te animas a descubrir cuál es?

04/02/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Cada caso es un fracaso

Realmente me gustaría no tener que escribir sobre esto, pero los últimos acontecimientos no me dejan indiferente: una nueva víctima mortal alimenta el lamentable fenómeno del acoso escolar. Una frase que resuena en mi cabeza una y otra vez: “no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir”.  Del acoso escolar me duele todo: por supuesto los acosados, pero también los agresores que llegan a comportarse de esa manera y las razones o situaciones que les llevan a ello (la agresión es la punta del iceberg de muchos problemas subyacentes: baja autoestima, posibles víctimas de otros abusos, falta total de valores, límites y buenos modelos, etc.); me duelen los testigos- cómplices pasivos que adormilados con la misma anestesia que parece entontecer también a la sociedad adulta, son y somos capaces de mirar hacia otro lado una y otra vez; me duelen los padres de todos ellos, sea cual sea el papel de nuestros hijos en este drama, sobrepasados con la situación, desorientados sin saber qué hacer, cómo ayudar, cómo evitar, a quién acudir; y me duele el profesorado, todos aquellos que hacemos de la educación nuestra vocación y profesión, y vemos como nuestro lugar de trabajo es el infierno para quienes deberían ser los protagonistas de nuestra labor, a quienes deberíamos ser capaces de ofrecer un espacio de aprendizaje en el que se sientan seguros, cómodos y valorados. ¿No resulta frustrante? Cada caso de acoso escolar, grave o leve, salga o no en los periódicos, se comente o no en la sala de profesores, alerte o despreocupe a los padres, es un verdadero fracaso para la toda la comunidad educativa. Y lo es desde muchas perspectivas, por los daños personales y los colectivos, desde una dimensión afectiva, psicológica, física, académica y social. Así que, en mi opinión, hay que hacer algo desde ya, no sólo a nivel institucional o de centro, con planes y normas de convivencia, sino cada uno en su aula, cada uno en su casa y desde lo cotidiano.

Los últimos programas de prevención e intervención contra el acoso parecen centrarse en el papel de los alumnos como testigos que pueden frenar estas situaciones, actuando como radar de posibles situaciones de abuso o maltrato (siempre incluyendo tanto el verbal como el físico) y frenando con su intolerancia este tipo de conductas. Por lo que he leído, la última propuesta de Finlandia en su lucha contra el acoso va en esta línea y están viendo cómo los casos se reducen. Sin embargo, creo que a este tipo de tumor hay que atacarle desde diferentes frentes para su auténtica erradicación. Por un lado, deberíamos trabajar la autoestima de nuestros hijos y alumnos para fortalecer su autoconcepto y alimentar su resiliencia. No somos perfectos pero nos queremos a nosotros mismos sin fisuras, complejos ni inseguridades por las que se pueda colar el maltrato y acabar convirtiéndonos en víctimas.

El otro día, hablando con varias personas sobre esto, casi todas eran capaces de reconocerse a sí mismas en situaciones desagradables a lo largo de su infancia y adolescencia, en las que han sido insultadas o ridiculizadas por razones todas ellas injustificadas, pero que ahí están: aspecto físico, personalidad, forma de vestir, algún incidente desacertado, etc. No podemos evitarles esas cosas a nuestros hijos o alumnos, pero sí podemos dotarles de herramientas para que se conozcan y valoren, se sientan cómodos y seguros consigo mismos y no consientan que se les trate de cualquier manera. En mi opinión, ésta es la mejor prevención, que nadie sea “carne de cañón”, que nadie concuerde con el perfil de víctima.

No obstante, y aunque creo en la bondad del ser humano, aún así habrá quienes den rienda suelta a su agresividad, inseguridad, a su falta de moral, a su necesidad de imponer, dominar o ridiculizar a otros para sentirse bien. Por lo que una educación emocional y en valores que no mire hacia otro lado en las pequeñas situaciones cotidianas, nos permitirá educar personas tolerantes, respetuosas, capaces de solucionar conflictos internos y externos sin dañar a otros. Cada vez estoy más convencida de que todo surge con pequeños gestos y concesiones en lo poco, pasar por alto un conflicto en el aula, en el patio o fuera del recinto escolar, permitir ciertos motes en clase, detalles de rechazo, una mala contestación… Conductas y actitudes a las que hay que prestar tolerancia cero y atajar cuando son granos de arena y no grandes montañas, ante las que nos sentimos desbordados e ineficaces.

Y por supuesto, necesitamos despertar de nuestro aletargamiento, todos, pequeños y mayores y dejar de sentirnos cómodos en ese “si yo no hago mal a nadie”, porque no hacer el bien ya está mal. ¡Reaccionemos! Que niños y adolescentes vean en nosotros gente comprometida, coherente e implicada con el que tiene al lado.

Lo reconozco, no estoy siendo amable en el texto y lo siento. Que nadie se sienta ofendido por mi crítica, me la hago a mí la primera, porque un niño de 11 años se ha suicidado como única vía para no ir al colegio, y eso es un fracaso absoluto…

05/01/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
A propósito de propósitos

Los que nos dedicamos a la enseñanza tenemos la suerte de celebrar algo así como dos “años nuevos”. Uno en septiembre (como ya creo recordar que comentamos en un post) y otro en enero, el que estamos compartiendo en estos momentos. Digo suerte porque realmente creo que ese espíritu renovador y regenerador es como un soplo de aire fresco, la carrerilla que puede lanzarnos a ganar la carrera del curso escolar, o, como es el caso, del nuevo año que estrenamos.

Hay personas que ven en esto de los propósitos mucha incoherencia e hipocresía, vanas palabras que nunca se llegan a cumplir. Sin embargo, yo creo que son una oportunidad más que podemos poner a nuestro servicio como educadores, ya que tienen bastante potencial. La clave está, en mi opinión y por mi experiencia personal, en saber definirlos correctamente. Por ejemplo, creo que una de las causas de incumplirlos no es tanto la falta de voluntad sino la falta de concreción. Si yo digo “este año voy a leer más” pero no concreto el cómo ni cuándo, es difícil mantener ese compromiso, aunque sepas que es beneficioso, o incluso, aunque adores leer. Será más fácil cumplirlo si concretas: “voy a leer todos los días antes de dormir”, “voy a leer al menos un capítulo los fines de semana”,… Eso ya cada uno como mejor se organice, pero concretando cómo y cuándo. Aprovecho para compartir, por si os sirve, el propósito que sobre este tema me planteé yo para el 2015 y puedo decir muy satisfecha que he logrado cumplir por fin un propósito de Año Nuevo: leer cada día un poco antes de dormir (bastaba con una página, pero había que abrir el libro por lo menos) y que alternaría un libro de ocio, por así decirlo, con otro de interés profesional, pero no los dos simultáneamente, sino ir alternándolos conforme los terminaba. Os aseguro que he leído un montón.

Un propósito realmente necesario y bien planteado no exige grandes dosis de fuerza de voluntad, ya que conforme lo vas cumpliendo te vas motivando, te sientes bien, satisfecho, notas la mejoría en tu día a día y lo incluyes en tus rutinas.

Otro aspecto a tener en cuenta es el número de cosas a proponerse. A veces, hay tantas cosas que queremos mejorar que no priorizamos y tratamos de intentar llevar a cabo todos los propósitos de golpe. Ante esto, yo he optado por dos posibles alternativas: priorizar y seleccionar dos o tres propósitos para todo el año, o según cómo sean éstos, elegir uno o dos para todo el año y otros planteármelos por meses (mensuales, trimestrales, según veamos lo que nos cuesta asimilar un propósito y convertirlo en un buen hábito).

Además, también me resulta bastante enriquecedor plantearse propósitos también colectivos, como familia, con nuestra tutoría o grupos a los que demos clases. Sería bueno que se planteasen entre todos y que de alguna manera ideemos una forma de hacer un seguimiento, ya que a los niños, bueno, y a los adultos también, nos ayuda ver cómo vamos progresando en su cumplimiento. Trasmitir ese deseo por tratar de ser mejores y aprender será una gran herramienta para crecer como personas a lo largo de su vida, para ir sacando poco a poco lo mejor de nosotros mismos.

Para terminar, os dejo una idea que leí hace unos días y que curiosamente tiene que ver con el artículo que abría el año 2015 del blog: el valor de saber ser agradecidos (por educación y por desarrollo personal). Se trata de coger un bote vacío, ponerle un letrero en el que ponga “Buenos momentos 2016”, “Cositas buenas” o lo que se nos ocurra, y ponerlo en lugar visible y accesible para todos los implicados en la propuesta. Cuando nos ocurra algo bueno, o al finalizar el día o la clase, escribiremos lo positivo que nos haya pasado, no tienen por qué ser cosas extraordinarias, también valen pequeños detalles que nos hayan sacado una sonrisa, o nos hayan servido de ayuda. De vez en cuando, cuando haya algún problema o dificultad, podremos echar mano del bote y comprobar todo lo bueno que hay en nuestro día a día. Al finalizar el año o el curso, se podrá hacer un mural, o un librito que recoja todas esas buenas experiencias. Además, al tener que ser conscientes de lo bueno que nos pasa, será más sencillo darse cuenta y agradecérselo al que tenemos al lado. Estoy segura de que nuestro bote del 2016 y el vuestro estará a rebosar. ¡Feliz Año!

27/11/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
A preguntas complicadas respuestas sencillas

Esta semana tuve la suerte de compartir un rato muy especial con padres y algún que otro  maestro del colegio La Milagrosa. Este centro organiza una escuela de familias que ofrece mensualmente charlas y talleres prácticos, a cada cuál más interesante. La sesión de ayer inauguraba este nuevo curso de la escuela de familias y la verdad es que me fui con la agradable sensación del que comparte y aprende, y además disfruta haciéndolo. Por eso, he querido también tratar el tema con vosotros.

En un primer momento, el tema que me fue encomendado estaba centrado en la sexualidad infantil, orientado a cómo tratar estos temas con nuestros hijos, pero tras darle varias vueltas llegamos a la conclusión de abrir el campo a todos aquellos temas que nos resultan complejos, incómodos o que de alguna manera no sabemos cómo responder, tanto a nivel de contenido como de forma. Aun así, yo llevaba preparadas varios recursos que podían ser útiles sobre niños y sexualidad, pesando que sin duda éste sería uno de los temas que saldrían a relucir. Y ahí llegó la primera sorpresa: prácticamente al comenzar la sesión les pedí a los padres que escribieran en un trocito de papel y de forma anónima la pregunta de sus hijos a la que más temían, más respeto les daba o más complicada que les habían hecho ya o que creen que tarde o temprano harán. Doblamos los papelitos y los metimos en una caja para enfrentarnos a ellas una vez compartidas diferentes herramientas y recursos que, de un modo general, sea cuál sea el tema, nos pueden ayudar en la comunicación con nuestros hijos, en estas conversaciones tan importantes. Llego el momento de abrir “la caja de pandora” y resulta que de todas las preguntas que salieron a relucir sólo dos eran sobre sexualidad. En cambio, hablamos todo lo largo y tendido que pudimos sobre la muerte y lo que hay después de ella, el alma, las emociones, la bondad, la maldad, etc. Y a mí me pareció fabuloso, no porque no quisiera hablar sobre alcohol, tabaco, drogas o sexo, sino porque esas inquietudes de los padres reflejan de alguna manera una implicación emocional con sus hijos, que a veces, con lo gris que vemos todo, nos puede haber pasado desapercibida  o infravalorada. Y ahí está, por encima de todo, el deseo de que sus hijos se sientan seguros, amados, protegidos y que sean felices, que aprendan a dar valor a la vida, que sean buenas personas y que vayan más allá de lo material o superficial.

No quiero extenderme más con esto, pero me ha parecido que no nos vendría mal un sorbo de optimismo, aparte de compartir algunas de las herramientas que pueden ayudarnos  a la hora de enfrentarnos a una pregunta de ésas que pueden hacernos sudar la gota gorda.

Lo primero que tenemos que tener presente es valorar de forma muy positiva que un niño o adolescente (hijo, alumno, sobrino, etc.) acuda a nosotros con una pregunta complicada, de ésas que no se formulan con facilidad y que, al menos en principio, no se hacen a cualquiera. Reforzar positivamente el hecho que nos hagan preguntas facilitará que vuelvan a acudir a nosotros con otros temas y conforme vayan creciendo. Por eso es importante que les hagamos sentir cómodos, valorados, respetados y que, por supuesto, se lleven resueltas sus dudas, obtengan una respuesta adecuada a su edad, pero que sea cierta y útil. En base a esta idea identificamos en primer lugar lo que no se debe hacer: escandalizarse, juzgar, cambiar de tema, escurrir el bulto o pasar la “patata caliente” (“eso pregúntaselo a tu madre”, si te lo preguntan a ti, tú eres con quien necesitan hablarlo aunque no te sientas el más preparado), aplazarlo de forma indefinida (“ya lo sabrás cuando seas mayor”), sermonear, regañar, responder con otra pregunta (el típico - “Mamá, ¿por qué…? ¿qué es…?; - ¿Y tú por qué quieres saberlo? No habrás…”).

Si bien, es cierto que puede suceder que no sean el momento y lugar adecuados y que haya que posponer la conversación al llegar a casa, cuando estemos todos o incluso hasta el fin de semana. Pero hay que buscar y propiciar ese momento cuanto antes. También puede pasar que necesitemos asesoramiento para dar una respuesta adecuada a su edad, pues busquémoslo para poder responder de la mejor manera lo antes posible (hay páginas web muy buenas, preguntadme si os interesa; también se puede contar con  los orientadores de los centros, así como otros recursos a los que acudir). Y una vez en faena, mantener la calma, la naturalidad, ser respetuosos y mantener el diálogo. Sus preguntas llevarán a otras preguntas que precisamente nos irán aportando información sobre lo que realmente quieren y están preparados para saber.

La comunicación es una herramienta fundamental en la educación de nuestros hijos y alumnos, y es algo que se aprende y se puede mejorar a lo largo de la vida, que sea parte de la relación con ellos. Seamos ejemplo de buenos comunicadores, no sólo creadores de monólogos, entrevistadores, detectives o jueces. Seamos conversadores, emisores y receptores. Sólo así, podremos transformar preguntas complejas en respuestas sencillas y enriquecedoras, educativas al fin y al cabo.

29/10/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
La Ciudad de los Niños (Francesco Tonucci)

He pensado que podría ser interesante incluir en el blog artículos sobre libros de temática educativa que haya leído, y compartir así con vosotros mis impresiones sobre los mismos. No se trataría de hacer un resumen, sino más bien, un intercambio de ideas e inquietudes que su lectura haya podido despertar en nosotros. Además, os invito a que añadáis sugerencias, si un libro nos lleva a otro y así sucesivamente, iremos confeccionando un camino muy interesante y enriquecedor.

Hoy voy a echar mano de un libro que tengo relativamente reciente, ya que lo leí este verano, y que además, forma parte de esa lista de temas que fui apuntando durante las vacaciones y que no querría dejar en el tintero. La Ciudad de los Niños, de Francisco Tonucci, es una obra dirigida a políticos pero que educadores y padres también estamos invitados a leer por el propio autor. Reconozco que ha habido alguna parte en la que se me ha hecho algo pesado, por lo que recomiendo enfocar su lectura sin prisa, aprovechando el corte natural de los capítulos, porque merece la pena leerlo e ir adaptando sus ideas a la realidad de nuestros espacios, quizá no tanto nuestra ciudad porque no tenemos esa competencia, pero sí, nuestra casa, nuestra escuela o nuestra aula.

Como pedagoga, maestra, educadora en general, me quedo con una idea fundamental: incluso los espacios que son diseñados para los niños, han sido pensados desde la perspectiva de los adultos, y eso muchas veces tiene consecuencias desagradables: los niños molestan, nos vemos obligados a sobreprotegerlos ante los peligros de la ciudad, se portan mal, rompen, estropean mobiliario u otros recursos, se aburren y desmotivan, etc. Pensemos en parques, plazas, calles, salas de espera, restaurantes o tiendas. Pero concretemos un poco más: pensemos en nuestros colegios, institutos, en nuestras aulas. ¿Hemos tenido en cuenta sus necesidades e intereses? ¿Han participado en su diseño, planificación u organización? ¿Les hemos preguntado y escuchado su voz? Quizá tienen algo que decir al respecto, algo que aportar. Un cambio de perspectiva del adulto al niño podría ayudar a resolver ciertas situaciones problemáticas, conductas disruptivas, falta de motivación, etc., quizá puede que alguno de nuestros problemas más comunes en el día a día con los alumnos no llegaran a existir. Pienso no sólo en los espacios como tales, sino en su organización, en el diseño y desarrollo de las actividades, en definitiva, en nuestra programación. Si uno lee el libro, sueña con esa “ciudad de los niños” y suspiramos porque no está del todo en nuestra mano (aunque podemos hacer más de lo que nos pensamos), pero sí está en nuestra mano que nuestro quehacer diario mereciese llamarse algo así como la “programación de los niños”.

Como madre me hago las mismas preguntas pero adaptadas al ámbito familiar, me gustaría que mi casa, mi hogar fuera realmente también de los niños, de mis hijos, en el que puedan ser ellos mismos, sentirse cómodos, seguros y desarrollarse plenamente. Pero a todo eso, el autor le añade un “tirón de orejas” a los padres: ¿estamos dispuestos a bajar esas barreras que el miedo ha levantado? Miedo a la ciudad, a salir a la calle, a la autonomía e independencia de nuestros hijos. Creedme si os digo que a mí también me da vértigo pensar en mis hijos yendo solos al colegio dentro de unos años, bajando a jugar al parque, a la plaza sin la presencia de un adulto que los cuide y proteja. Y es ahí donde está la clave: la ciudad cuidaría de ellos, una ciudad habitada por ciudadanos (valga la redundancia) responsables y comprometidos con el bien de todos. Así aparecen las figuras del policía, comerciantes, viandantes, conductores, etc.,  como cómplices de una ciudad segura para todos y en la que todos cuidan y, en definitiva, educan.

¿Creéis que esta idea de ciudad roza la utopía? Confieso que yo también lo pensé en un primer momento, pero en el libro se detallan ejemplos concretos de ciudades en lo que todo esto se va haciendo realidad y entonces comencé a soñar con una Cuenca de los niños…

¿Creéis que los padres dejaríamos de sobreproteger o limitar la autonomía e independencia de nuestros hijos si se pudiera confiar de nuevo en la ciudad? Porque ésa es mi gran pega como madre: lo haré cuando vea que es seguro hacerlo. Me comprometo a ser valiente y apoyar este tipo de iniciativas desde el minuto cero, pero necesito ver que hay esas iniciativas. No quiero meterme en política, pero quizá podría regalarle el libro a alguien…

07/10/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Lo natural es más sano

Puede que este título os lleve a pensar que voy a escribir sobre hábitos de alimentación pero, aunque no descarto que hablemos sobre esto algún día, en realidad me refiero, una vez más, a la salud emocional. Y es que en esta faceta, lo natural también resulta ser lo más sano.

Sin querer aburriros con anécdotas de madre, sí que me gustaría compartir con vosotros uno de esos momentos con los niños en los que te enseñan muchas cosas y te hacen pensar. Estando de vacaciones este verano mi hijo Alejandro de 3 años se hizo una amiga en la piscina algo mayor que él, Sara,  tendría unos 5 años. Hicieron buenas migas y cuando coincidían jugaban juntos. Un día, Sara apareció en la piscina con un parche en el ojo, de ésos que mandan poner los oftalmólogos. Yo en cuanto la vi, pensé “espero que Alejandro no le diga nada que le haga sentir incómoda con su parche” y traté de explicárselo antes y evitar así los temidos comentarios que la sinceridad de los tres años podían provocar. Pero no llegué a tiempo, Alejandro y Sara se saludaron de la siguiente manera:

  • “Llevas un parche en el ojo.
  • Sí, mira.
  • ¿Es como de pirata?
  • De pirata sirena.
  • ¿Y cómo ves?
  • Veo.
  • Ah, vale, ¿jugamos?”

Y se pusieron a jugar. Fin del problema, afrontado el asunto con naturalidad, el parche de Sara no tuvo la menor relevancia. Quizá si yo hubiera logrado hablar con mi hijo a tiempo, aunque cargada de buena intención, hubiera complicado la situación y entonces sí que hubiera sido un encuentro más peliagudo.

No digo que a los niños se les deba enseñar a decir lo primero que piensan sin pensar en si eso hace daño o molesta a los demás. Pero creo que desde el respeto mutuo, la sinceridad y la naturalidad son valores que se deberían fomentar. Para respetar al otro, hay que conocerlo, aceptar las diferencias entre nosotros, los problemas y dificultades que cada uno pueda tener, y también las potencialidades. Y a ese conocimiento no se llega ocultando la diversidad, dando rodeos para afrontarla, maquillándola o colmándola de tabús. Los niños ven esa diversidad, perciben esas peculiaridades individuales y tienen gran capacidad de aceptarla, de valorarla. Sólo hemos de ir cultivando estos valores, sin girar la cabeza hacia otro lado, sino afrontando esos pequeños encuentros con los obstáculos, los complejos, los prejuicios, etc., con naturalidad, y así, podremos seguir “jugando” todos, flexibilizando reglas, redefiniendo el juego según las necesidades personales.

 

07/09/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¡Feliz Curso Nuevo!

Comparto con muchos esa sensación de que septiembre es como Año Nuevo: renovamos propósitos, estrenamos agenda, redefinimos metas y proyectos, y despertamos sueños aletargados por el verano. Esta ilusión se convierte en el motor de arranque del nuevo curso, que ya adelantamos requerirá grandes dosis de energía.

No tenía pensado que éste fuera el tema que inaugurara esta temporada del blog, al menos no estaba en la lista de inquietudes y reflexiones que se me han ido ocurriendo en vacaciones y que me gustaría compartir con vosotros. Pero ahora estoy invadida por el espíritu “vuelta al cole” y convencida de que empezar con buen ánimo y buen pie puede salvarnos de muchos males a lo largo del curso, he creído que podría ser buena idea intercambiar estrategias, trucos y propósitos de cara al nuevo curso que estrenamos. Así que, por mi parte, compartiré ciertas cosillas que como madre y profesora, me ayudan en mi día a día del curso. Ahí van:

- La agenda: una bonita (cada cual a su gusto) práctica pero también  alegre (que luego vienen días grises…), incluso, personalizada, que sea nuestra. Y esto vale para niños y mayores. Yo las prefiero en papel, pero es cuestión de gustos. Una agenda bien utilizada, más allá de señalar los cumpleaños y apuntar el horario, no sólo nos va a permitir liberar nuestra memoria de listas mentales, sino que además, puede sernos muy útil a la hora de organizar y distribuir mejor nuestro tiempo.

- Calendario de aula/ de casa. Que sea común y compartido por todos y en el que cada uno pueda apuntar exámenes, citas del médico, eventos extraordinarios, días festivos, etc.,  según sea para el aula o tu casa. Nos da perspectiva del tiempo y facilita la planificación y  organización del estudio, el tiempo libre, etc. Hay a quienes le resulta motivador ir tachando los días que van pasando hasta algo especial, como las vacaciones, un puente, una fiesta… Para que sea útil es fundamental que todos lo sientan como propio y vayan apuntando sus cosas, porque se trata de tener en cuenta al conjunto del grupo o la familia para poder organizarse de manera lo más eficaz posible.

- Ropa y material. El curso trae consigo nuevas necesidades de ropa y material, lo que conlleva un gasto considerable. Es una buena oportunidad para educar la responsabilidad en los niños y adolescentes. Será de ayuda que los interesados colaboren en la compra de las nuevas cosas para hacerles ver el tiempo y el dinero que invertimos, y dentro de unos ciertos límites, que decidan qué es lo que más les gusta. Además, pueden colaborar en la identificación del material, ubicación dentro del aula, decoración de la clase, etc. Cuidamos más aquello que nos gusta y sentimos nuestro.

- Horarios. Esto va especialmente para los padres que lean este blog, y sé que es algo complicado de equilibrar porque queremos darles lo mejor a nuestros hijos. Tengamos siempre en mente que lo mejor que podemos regalarles es tiempo: tiempo para jugar y estar con ellos, más allá de darles la cena, ayudarles con los deberes y hacer de taxistas de acá para allá. ¿En nuestra organización les hemos reservado un hueco? ¿Les hemos diseñado un horario de actividades frenético que ni un adulto soportaría? ¿Les gustan las actividades a las que van a ir? Son sólo una serie de preguntas que yo, como madre, me hago y he de confesar que es un tema en el que me siento inquieta y preocupada: ¿dónde está el equilibrio de dotarles de herramientas buenas para su futuro y desarrollo pleno (arte, idiomas, deporte…) y la saturación y el estrés que les quitan tanto tiempo de juego? (Quizá esto podamos tratarlo en otro artículo, ¿qué os parece?)

- Identificar aspectos que no funcionan todo lo bien que deberían. Yo aquí meto esas cosas que vamos arrastrando a lo largo del curso, que especialmente nos agobian o interfieren en nuestro buen funcionamiento pero que no podemos librarnos de ellas, hay que hacerlas y punto, son como piedrecitas en el zapato que no nos hacen estallar pero que nos complican la vida. Yo trato de identificar una o dos durante el verano y trato de plantearlas de otra manera desde el principio para ver si así deja de ser algo molesto o estresante y se incorporan mejor en la rutina.
- Actitud positiva. Cuesta arrancar, volver al runrún de cada día pero es una suerte poder seguir creciendo y avanzando como personas, familias, profesionales, cada cual en su camino. El caso tan triste de miles y miles de refugiados huyendo del horror, luchando por sobrevivir en lugar de vivir, me ha hecho reflexionar sobre la cantidad de planes y proyectos que este curso estarán en pausa para tantas personas.

Septiembre ha llegado, ¿estáis preparados? ¿Alguna sugerencia para facilitarnos la vida este curso, para empezar con buen pie? ¡Gracias!

11/06/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Del dicho al hecho

Se dice que del dicho al hecho hay un trecho, dando a entender que una cosa es decir las cosas, la teoría, y otra muy distinta ponerlas en práctica, que suele ser lo más complicado. A este refrán no le falta razón, por eso, y tal y como adelanté en el artículo anterior, esta entrada va exclusivamente dedicada a compartir con vosotros recursos concretos, ideas y propuestas factibles para trabajar la Educación Emocional. Pido perdón de antemano ya que seguramente dejaré en el tintero iniciativas tanto o más interesantes que las que voy a exponer. No es mi intención ofrecer un inventario amplio y exhaustivo, sino más bien, ofrecer los primeros pasos que pueden ser el inicio de una andadura más completa. Además, tampoco quiero perder la perspectiva de tratar de ser útil tanto a padres como a profesores, educadores, sea cual sea la edad de los niños con los que tratamos, o incluso pensando en nuestro propio enriquecimiento a nivel personal. Allá vamos:

- Cuentos, fábulas y otras historias: los hay para todas las edades y abordan temas muy diversos. Son especialmente útiles para los más pequeñitos. Hay títulos que abordan emociones muy habituales como el de Vaya Rabieta de Mireille d´Alliance, la autoaceptación y la necesidad de sentirse acogido como el de ¿Quieres jugar conmigo? de Éric Battut. Otros ayudan a afrontar miedos, situaciones especialmente complejas y delicadas como la llegada de un hermano, el comienzo del cole, la oscuridad, etc. Y, por supuesto, también los encontramos para niños más mayores, adolescentes y adultos, incluso en formatos más atractivos para determinadas edades como pueden ser los cómics, los monólogos, las recopilaciones de relatos breves, etc.

- Documentales, películas y cortos. Hay algunos especialmente pensados para trabajar emociones  y habilidades concretas propias de la inteligencia emocional, que ya comentamos en el artículo anterior, y otros, que aún sin haber sido pensados con ese propósito, son muy útiles para identificar diferentes emociones, analizar las diferentes conductas que originan y las consecuencias que esas conductas conllevan. Os dejo, a modo de ejemplo un enlace en el que podéis encontrar cortos muy divertidos y sencillos que se pueden ver en casa o en el aula.

- Inventarios emocionales: en esta categoría podríamos incluir todos aquellos recursos que tratan de aumentar y enriquecer nuestro vocabulario emocional, lo que resulta imprescindible para conocer cómo nos sentimos, saber identificarlo y autorregular de una manera más eficaz nuestras conductas.  En este sentido los diccionarios emocionales pueden resultarnos muy útiles, como el Emocionario de la editorial Palabras Aladas, o la recopilación de diferentes emoticonos que reflejen diferentes estados de ánimo.

- Dinámicas: hay un sinfín de pequeñas actividades individuales o grupales, para hacer en casa o en el aula, para niños, adolescentes y adultos que pueden ayudarnos a desarrollar las habilidades prácticas propias de personas emocionalmente inteligentes. Vuelvo a dejaros un enlace en el que podréis encontrar una gran variedad de ideas.

Me hubiera gustado poder profundizar en los diferentes recursos, debatir su potencialidad, diferentes usos y adaptaciones, pero afortunadamente hay tantas ideas y posibilidades, que  bien merecen un blog exclusivamente dedicado a este tema (que, por cierto, hay muchos y algunos muy buenos). Por eso, basten estas ideas como un primer paso y de aquí que cada uno diseñe su propia trayectoria. Seamos creativos, curiosos e inquietos, esto ha sido sólo una pequeña muestra de los materiales que se pueden encontrar, hay muchísimos más y lo mejor aún está por llegar: el uso que cada uno pueda darle en su casa o en su aula, y las ideas que os pueden inspirar. ¡Manos a la obra!

13/05/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Educación emocional

“Las personas con habilidades emocionales bien desarrolladas tienen más posibilidades de sentirse satisfechas y ser eficaces en su vida.” (Dr. Daniel Goleman)

Muchas cosas se dicen y escriben sobre la felicidad: que se trata de un estado personal,  más que de una situación; que se trata de un camino, más que de una meta; que está dentro de nosotros y no fuera… Todo esto refleja una preocupación universal a la que tratamos de dar respuesta, dándonos pistas, compartiendo experiencias y reflexiones para ayudarnos a ser felices. Lo que ya de por sí es bonito. Por eso, yo no quería pasar por alto un tema que me apasiona: la educación emocional.

Y es que todas o al menos la inmensa mayoría de las teorías sobre cómo alcanzar la felicidad tienen un denominador común: las emociones, como la clave para alcanzar ese estado tan deseado. Las emociones nos acompañan a diario, muchas veces ni somos conscientes de ellas, pero siempre están ahí, ¿no os parece? Unas veces nos hacen sentirnos capaces de todo, y otras capaces de nada, son un motor o un freno, el botón de encendido, apagado o simplemente de pausa. Pero ahí las tenemos, como parte inseparable de nosotros mismos, y que además parecen jugar un papel fundamental en nuestra capacidad de ser felices, ¿no os parece que deberíamos prestarles más atención? Seguro que a más de uno le ha venido a la cabeza su grupo de niños, su tutoría, el equipo al que entrena, o sus propios hijos. Pero en realidad este artículo está pensado para todos, y, de una manera especial, a nosotros mismos, puesto que son habilidades y recursos que una vez interiorizados los llevaremos a todos nuestros mundos: el laboral, el personal, el familiar, el de ocio… Por eso, no trato en este artículo de reivindicar la importancia de trabajar la educación emocional en las aulas y en casa, cosa que, si me permitís, ya doy por supuesta, aunque estaría también encantada de debatirlo con aquellos que creen que eso es sólo cosa de los padres. De lo que se trata hoy es de compartir algunos conceptos sobre educación emocional que podemos incorporar a nuestras vidas para enriquecerlas, y  de ahí a todos lados.

Howard Gardner desarrolló una teoría que revolucionó la forma de entendernos a nosotros mismos y que debería haber revolucionado también nuestro sistema educativo: la Teoría de las Inteligencias Múltiples, en la que reconocía que en el ser humano no hay un único tipo de inteligencia, sino varios, y no todos están igual de desarrollados en cada uno de nosotros, ni nos motivan e interesan por igual, pero es necesario que todos sean trabajados y potenciados para lograr el desarrollo integral de los individuos. Esta teoría tiene también mucho que ver con el “elemento” del que habla Ken Robinson, que quizá habéis oído o leído algo sobre ello. Pero todo esto bien merece otro artículo, centrémonos hoy en dos  tipos de inteligencia de entre los ocho que propone Gardner: la intrapersonal y la interpersonal. Estas dos conforman la inteligencia emocional, en la que entra en juego otro autor relevante llamado Goleman (añado los nombres por si alguien está interesado en el tema y quiere profundizar más).

La inteligencia emocional es la capacidad que nos permite reconocer, expresar y gestionar las emociones propias (nivel intrapersonal), por un lado; y por otro,   conocer y reconocer las emociones de los demás, utilizando este conocimiento para mejorar nuestras relaciones con los demás (nivel interpersonal). Estas habilidades pueden tener cierto componente innato, al igual que otras, pero lo asombroso es que, de nuevo al igual que otras, también se pueden aprender. Por tanto, tiene sentido hablar de educación emocional, como puerta que nos acercaría un poco más a nuestra felicidad. ¿Quién no quiere eso para sí mismos, sus hijos o sus alumnos? ¡Pues manos a la obra! Empecemos por conocer cuáles son las habilidades a nivel práctico que hay que poner en marcha: en el nivel del yo, intrapersonal, serían la autoconciencia (identificar y conocer nuestras emociones), la autorregulación (control emocional) y la motivación; mientras que el nivel interpersonal, hacia los demás, serían las habilidades sociales y la empatía (capacidad de ponerse en el lugar del otro).

Para trabajar estas habilidades por separado y en conjunto hay muchos recursos a nuestra disposición, puesto que el tema ha despertado el interés de muchos profesionales. Yo conozco algunos de ellos pero día a día descubro nuevas iniciativas y propuestas que estaré encantada de compartir con vosotros y, más aún, de descubrir gracias a vosotros, ¿empezamos?

20/04/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Ayudar no es hacer (segunda parte)

Tal y cómo prometí en el artículo anterior, comparto con vosotros no sólo el resto de la conversación sobre los deberes, sino también todo lo debatido y leído hasta hoy sobre el tema, pues desde ese día han llegado a mis manos artículos muy interesantes sobre el tema y a mis oídos conversaciones y debates que me han aportado mucho. Aprovecho para agradecéroslo desde aquí porque de verdad ha sido realmente enriquecedor.

Quizá también por eso, por la multitud de ideas, opiniones, experiencias y enfoques, me resulta complejo encauzar todo lo que quiero llevar a la mesa. Os adelanto que quizá hoy no encontréis tanto una opinión consolidada sobre el tema, como una actitud inquieta de búsqueda, de querer hacer las cosas de otra manera pero a la que no le convencen ni los más amantes defensores de los deberes ni los profundos detractores que ven en los deberes raíces de desigualdad e injusticia.

Podría comenzar con una confesión: como docente me he visto forzada en alguna ocasión a mandar deberes sin yo querer hacerlo por presiones de padres y superiores. Esto, se mire por donde se mire, está mal, muy mal porque considero que aunque las cosas se pueden proponer y debatir, es el profesor quién debería tomar sus propias decisiones. Además, cediendo ante estas presiones alimentamos, a mi parecer, una concepción bastante equivocada sobre lo que es aprender, que va más allá de los cuadernos y sus interminables listas de ejercicios, copias, etc. No me quiero desviar del tema, pero apunto este aspecto como asunto pendiente para otro momento.

Muchos padres me preguntan, e incluso lo demandan como uno de los temas estrella en escuelas de padres, cómo pueden ayudar a sus hijos con los deberes, a que mejoren su rendimiento. Parto de la base de que, sin duda, esta preocupación es buena. Sin embargo, creo que está mal enfocada: considero que la clave no está tanto en ayudar a los niños con los deberes, sino en implicarnos con su aprendizaje en todas sus dimensiones. No es tanto qué ejercicios tienen para mañana, sino qué están dando en clase y cómo podemos ver reflejado todo eso en el mundo real, cómo pueden aplicarlo en su cotidianidad. Os aseguro que eso ayudará mucho a vuestros hijos porque lo aprendido así tiene sentido, es significativo para ellos. Preocuparnos porque lleven una vida equilibrada con tiempo para cultivar aficiones, jugar, aprender otras cosas que lamentablemente no se imparten en las aulas escolares y leer, que como ya comenté en una de las primeras entradas de este blog, es un tesoro que les servirá para muchas cosas a lo largo de su vida, entre ellas a mejorar su rendimiento. Además, debemos mostrar interés por todo lo que se vive en el cole, no sólo por los exámenes y las notas.

No obstante, los deberes, los exámenes y las notas siguen por desgracia ahí y nosotros queremos echarles una mano para que saquen todo adelante y “vayan bien en el cole o el instituto, que es lo importante”.  Y aquí sigo manteniendo la idea que ha dado título a estos dos artículos: ayudar no es hacer. No les hacemos ningún favor haciéndoles trabajos, ejercicios, resúmenes de libros o las tareas de plástica. Tanto si es porque no saben hacerlo como por  falta de tiempo, es un problema que no sólo no solucionaremos por hacérselo nosotros, sino que además les ofrecemos un modelo inadecuado de conducta en el que el engaño tiene cabida. Eso sí, como padres debemos replantearnos por qué se ha llegado a esa situación y adoptar las acciones necesarias que estén en nuestra mano para solucionarlo: reunirnos con el tutor, trabajar con nuestros hijos la planificación y gestión del tiempo, o incluso replantearnos la cantidad de actividades extraescolares a las que van nuestros hijos, que aun siendo buenas pueden resultar en algunos casos excesivas.

Ahora bien, dando un paso más sobre este tema, cabe preguntarse por la raíz de todo este asunto: ¿son los deberes necesarios? ¿Mejoran el aprendizaje de los alumnos? Y aquí el abanico de opiniones se abre generosamente: hay quienes ven en las tareas que se mandan a casa la llave de la asimilación de los contenidos que se trabajan en las aulas, imprescindibles para afianzar los conocimientos. Mientras otros educadores los califican de “equivocación pedagógica” que no sólo no son necesarios sino que empeora a la larga el rendimiento de los alumnos. Ambos argumentos aportan experiencias, estudios y comparaciones entre países, lo que hace más complicado, al menos desde mi punto de vista, descartar por completo una de las dos perspectivas y me mantiene en una posición intermedia que aún anda dándole vueltas al asunto en busca de la mejor opción para mis hijos y alumnos. Ahí va: en primer lugar, considero que es responsabilidad del docente lograr que todos y cada uno de sus alumnos aprendan y que, por tanto, no deberían ser necesarias las clases particulares de apoyo y refuerzo que no todos se pueden permitir (soy consciente de que las ratios actuales dificultan esta labor). También encuentro parte de verdad en que confiar para casa la asimilación de los contenidos puede ser una fuente más de desigualdad añadida a la realidad de niños y adolescentes y que también deberíamos prever tiempo en las aulas para hacer todo aquello que sea necesario para aprender algo. Sin embargo, reconozco que ciertos aprendizajes en distintos niveles y materias requieren un trabajo individual extra, más allá de lo vivido y compartido en el aula: leer, practicar, complementar con información adicional, etc. Por tanto, mi propuesta personal es replantearnos qué entendemos por deberes, tanto en cantidad como en calidad, priorizando y revisando las tareas que realmente son enriquecedoras, motivadoras y útiles, no dejando lo necesario para casa sino aquello que puede portar valor y que en el aula por razones de tiempo y recursos quizá no puede llevarse a cabo.

Termino con un aspecto fundamental, válido para todas las edades: el trabajo no acaba nunca, siempre se podría hacer más, pero hay que saber ponerle punto final a la jornada  diaria y dedicarle tiempo a otras cosas tanto o más necesarias e importantes,  como jugar, leer, cultivar una afición, caminar, hacer deporte, conversar… Por lo que cuando queráis continuamos hablando sobre el tema tomando algo o dando un paseo, ¿quién se anima?

26/03/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Ayudar no es hacer (primera parte)

Hace unos pocos días me serví un buen plato de discusión y debate sobre un tema que, para mi sorpresa, genera gran diversidad de opiniones y actitudes en los padres: los deberes. Surgió, como tantas ocasiones, a raíz de un post que leí en algún lugar de internet, en el que una madre se negaba a ser la agenda de sus hijos. La idea llamó mi atención y lo leí confirmando mis sospechas: hay una tendencia a crear grupos de whatssapp con todos los padres de la clase de los hijos para estar comunicados y echarse una mano unos a otros, pudiéndose facilitar así los deberes que han mandado para el día siguiente, las fechas de los exámenes, o incluso hacer fotos de las tareas que se mandan y realizan… Lo que en principio nació para ser una ayuda a los padres acaba convirtiéndose en una fuente de cierta esclavitud que convierte a los padres en secretarios de sus hijos, y cuyo resultado acaba siendo perjudicial para ambos: para los padres porque acaba saturándoles y para los hijos porque les quitamos la oportunidad de aprender a ser responsables de su propio trabajo. Son ellos los que tienen que aprender a organizarse, a saber qué tienen que hacer y para cuándo, de qué herramientas se pueden servir para recordarlo y lo más importante: a gestionar su propio tiempo.

Esto no es fácil ni sencillo, ni se consigue de un día para otro. Y por supuesto, padres y profesores, debemos ayudar a los niños y adolescentes en esta conquista hacia una verdadera autonomía. Pero ayudar no es hacer, es decir, ayudar no es que el profesor anote en cada una de las agendas los deberes para el día siguiente, ayudar es que reservemos un tiempo en nuestras clases para que los alumnos tomen nota de lo que hay que hacer, lo dejemos apuntado en la pizarra por si hay algún despistado o rezagado y supervisemos que todos lo han anotado. Insisto en la idea: como padres ayudar a nuestros hijos no es decirles “ahora mando un whatsapp para saber cuándo tienes que entregar el trabajo”, ayudar es reforzar el hábito de apuntar las cosas en la agenda, que previamente les hemos comprado, revisándolo a diario, apuntar las fechas de exámenes y trabajos en un calendario, tener su horario a la vista en el lugar donde hagan los deberes, utilizar códigos de colores, ayudarles a planificarse hasta que ellos mismos se conozcan lo suficiente para ir gestionando poco a poco y ellos solos su tiempo y aprendan a organizarse cumpliendo los plazos. Esto son sólo un par de ideas, y las hay más modernas que incluso pueden resultar más atractivas para los niños y adolescentes, como pueden ser las aplicaciones en móviles y tablets,  sírvase a gusto del consumidor.

Dependiendo de cada niño nos costará más o menos conseguir que en esto también sean autónomos, pero no olvidemos que ésta es la meta, y aunque sea más fácil tirar de whatsapp, les hacemos un flaco favor solucionándoles el problema de hoy sin pensar en el mañana. ¿O es que también nos vamos a incluir en los grupos de whatsapp (o lo que sea en el futuro) cuando vayan a la universidad? Sé que suena algo exagerado y muchos pensarán que en ese momento, los hijos ya habrán alcanzado la madurez suficiente para encargarse ellos solos; pero la realidad es que estas cosas no suelen llegar por el simple hecho de cumplir años y muchos, aunque no lo creáis, fracasan sus primeros años de estudios superiores precisamente por eso, por no saber gestionar el tiempo.

Estrechamente relacionado con esto, el debate hiló con el tema de los deberes: cantidad, plazos, necesidad de academias de apoyo o refuerzo educativo, implicación de los padres, etc. Y como la segunda parte de la conversación fue tan interesante como la primera, también me gustaría compartirlo con vosotros en el siguiente artículo, que prometo no tardará tanto en llegar como éste. ¡Hasta pronto!

27/02/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Rabietas, broncas y otras malas maneras

La semana pasada tuve el placer de ser invitada de nuevo a colaborar con el Centro de Atención a la Infancia de Aldeas Infantiles en Cuenca. En esta ocasión nos centramos en el tema de la conducta en niños de 0 a 3 años, siendo las rabietas un tema recurrente al que los padres me llevaban una y otra vez. Y es que esa escena en la que ese niño, nuestro hijo o nuestro alumno que normalmente es un ser adorable y gracioso al que te comerías a besos, se pone a patalear, gritar y llorar sin control, es lamentablemente un episodio frecuente para quienes tratamos con niños de esa edad.

Pero no respiréis aliviados padres y educadores que trabajen con niños más mayores, puesto que tal y como están las cosas, he visto niños de 8 años sumergidos en rabietas de manual o también, qué me decís de los adolescentes enfrascados en eternas discusiones en las que las malas contestaciones y portazos son el pan de cada día. Por eso, he considerado que éste podría ser también un tema a tratar en este blog y que a raíz de él pudiéramos compartir experiencias y trucos para afrontar con éxito y sin perder la calma estas  situaciones en las que los niños juegan con nuestra paciencia y nos llevan al límite.

En primer lugar, debemos reconocer que las rabietas, por poco que nos gusten, son normales, son parte de su desarrollo, tanto en la etapa de la primera infancia como en la adolescencia. Son momentos de autoafirmación, de descubrimiento y formación de su propio yo, tratan de diferenciarse del adulto y lo hacen poniendo todo su empeño. De ahí ese afán por llevarnos la contraria casi de manera automática. Sin embargo, que esas broncas o pataleos sean normales a cierta edad (en otras edades este tipo de comportamientos se mantienen simplemente porque han aprendido que así acaban consiguiendo lo que quieren) no significa que debamos tolerarlas sin más. Al contrario, debemos saber afrontarlas y conseguir que los niños aprendan a manejar sus emociones. Sirva este conocimiento para darnos un plus de comprensión y paciencia que no nos va a venir nada mal.

En el caso de los niños pequeños, que aún no dominan el lenguaje, el llanto, el grito o el pataleo son una forma de expresar emociones fuertes, como puede ser el enfado, la rabia o la frustración al no conseguir lo que desean en ese momento. Las rabietas son, entonces, intentos desesperados por llamar nuestra atención en primer lugar y, en segundo, obtener lo que quieren. Vayamos por partes, porque ser conscientes de esto nos aporta las claves de por dónde ha de ir nuestra intervención. Además, esto puede sernos útil, como ya dije al principio sea cuál sea la edad del niño que nos ha puesto en esa situación:

- “Intentos desesperados”: los desesperados son ellos, que recurren a ese método porque no saben expresarse o manejar sus emociones de otra manera. Por tanto, nosotros, por muy mal que nos veamos, que sintamos que nuestra paciencia roza su límite de agotamiento, no podemos caer y desesperarnos también; usemos un lenguaje adecuado en su contenido y en su forma, controlemos nuestra emoción. Esto se traduce en controlar qué les decimos sin caer en insultos, juicios desmedidos, amenazas incumplibles y, por supuesto, no nos liemos a dar gritos, porque, además de ofrecer un modelo inadecuado de conducta (que no sé si recordaréis lo tratamos en un artículo anterior), lejos de calmar la situación, la empeorará, se pondrán aún más nerviosos y descontrolados.

- “Por llamar nuestra atención”. Lo hemos leído probablemente mil y una veces y es algo que, al menos yo, no acabo de interiorizar (aunque lo intento): prestamos más atención a los niños cuando hacen algo mal que cuando lo hacen bien. Y con esto también pasa. Los niños han aprendido a que determinados comportamientos negativos llaman de una manera inmediata nuestra atención y, además, identifican incluso en qué situaciones resulta más eficaz: supermercado, centro comercial, cuando hay gente en casa, etc. No soy partidaria de la ignorancia absoluta, incluso aunque el espacio que nos rodea sea seguro. Creo que el niño o adolescente necesita una orientación, un recordatorio de que así no sólo no va a conseguir lo que quiere sino que no se puede ni dialogar. Baste una frase del tipo: “mira, te estás poniendo muy nervioso y así no se puede hablar, cuando te tranquilices tratamos el tema”. Cada uno que lo adapte a su forma de expresarse y a la edad de sus hijos o alumnos. Y en la medida de lo posible, dar al niño espacio, lejos del lugar donde la situación conflictiva ha tenido lugar: un juego, un cuentacuentos, el parque, la habitación donde estemos, etc. Sin darle más bombo al asunto, retirar nuestra atención y seguir con nuestras cosas hasta que se calme y ayudándole cuando veamos que lo está intentando. Pero en plena rabieta no tiene sentido prestarle más atención que ésa.

- “Obtener lo que quieren”. No cedáis nunca, pues aprenderán que aunque cueste, si os llevan al extremo acaban consiguiendo lo que quieren. No os rindáis, que no quiere decir que ciertas cosas no se puedan negociar, pero nunca de esas maneras. No permitáis gritos, insultos, exigencias ni patadas o manotazos, por muy pequeñitos que sean. Es un tipo de comportamiento que es importante cortar de raíz porque, en mi opinión, pueden ser las semillas de futuros comportamientos más violentos y problemáticos.

No podemos ni debemos evitar que los niños se enfaden o frustren, es de hecho necesario para el desarrollo de una personalidad equilibrada, pero como educadores debemos ayudarles a que poco a poco vayan controlando qué hacer con esas emociones, cómo expresarlas y cómo transformarlas en una conducta que nos haga crecer y madurar. 

04/02/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Otra forma de hacer las cosas

El ser humano es un ser de costumbres y aunque, en cierta medida, esto es bueno y necesario, tiene también un lado oscuro: tendemos a hacer las cosas de la misma manera, quedándonos estancados, sin crecer ni aprender, sin adaptarnos a un medio que, además,  está en continuo cambio. Y sí, sin más paños calientes, ya lo han dicho muchos antes que yo, de muchas maneras y por diferentes razones: a nuestra escuela le está pasando esto. Y aunque estemos acostumbrados, o incluso esclavizados, al uso de libros de texto, a una enseñanza unidireccional, a reducir la evaluación a una mera medición y calificación de nuestros alumnos, a que el medio escolar sea más competitivo que cooperativo y un etcétera de más de lo mismo; el caso es que se puede enseñar y aprender de otra manera. Y no, no es utópico, sólo hay que pararse y mirar ejemplos reales de sistemas educativos diferentes que están dando grandes resultados. Y no,  tampoco hace falta irse tan lejos, que sin salir de nuestras fronteras también hay ejemplos de iniciativas en forma de escuelas que ofrecen una alternativa a la escuela tradicional, a esa a que tan acostumbrados estamos.

Lo bueno es que este discurso es generalmente compartido por muchos padres y profesionales de la educación. Lo malo es que es muy difícil cambiar las cosas cuando las reglas del juego no sólo no lo facilitan sino que lo dificultan: el ratio de alumnos por aula, que las leyes de educación bailen al son del gobierno de turno, los recortes en personal,… Sea como sea, hemos llegado a un punto de insatisfacción con el sistema educativo con un horizonte que incluso, para los optimistas, nos hacen fruncir el ceño.
Sirva como prueba de ello la cantidad de gente que acudió a la reunión informativa convocada por una asociación de padres y madres que quieren promover la creación de una escuela Waldorf en Cuenca. Probablemente muchos de los que estáis leyendo esto no habíais oído hablar de ella hasta ahora, al igual que muchos de los que fueron a dicha reunión. Pero esa inquietud e interés por la educación de nuestros hijos, sumado a ese descontento por los métodos tradicionales, es razón más que de sobra para escuchar con interés una alternativa. Eso es en esencia lo primero que puedo decir de esta metodología, de la que aviso, no soy ninguna experta. Aunque puedo compartir lo poco que conozco y las dudas con las que fui y, lamentablemente también volví de aquel encuentro.

La Pedagogía Waldorf recoge los planteamientos filosóficos y educativos de Steiner, quien fundó la primera escuela Waldorf alrededor de 1919 en Alemania. Actualmente hay Escuelas Waldorf en varios países europeos, entre ellos España, y también en Estados Unidos. Esta Pedagogía se presenta como una alternativa a la enseñanza tradicional, basada en la libertad del niño, en el respeto a su desarrollo natural e integral. Como datos prácticos podemos decir que esto se traduce a un planteamiento diferente del espacio- aula, donde no se trabaja por libros de textos ni por asignaturas, los niños van elaborando su propio material de trabajo y estudio. Tampoco los contenidos están organizados por asignaturas, sino que el planteamiento se hace desde un enfoque más global. Además, no hay exámenes, ya que el objetivo que persiguen no es el de medir resultados sino el de valorar los procesos de aprendizaje seguidos por cada niño. Se cuida mucho de que el ambiente sea cooperativo y no competitivo. Los agrupamientos de los niños no son rígidos, sino que al contemplar el desarrollo evolutivo del niño por septenios, la flexibilidad juega a su favor. Otros pilares esenciales sería el fomento de la creatividad, de la expresión oral, etc.

Todo esto suena bastante tentador, aunque me quedé con las ganas de ver cómo se traduce en la vida diaria de las escuelas. Otro aspecto que no se tocó y que me parece de vital importancia, y además, por lo que he podido indagar despierta polémica, es el tema de la deidad. Parece que se trata de una enseñanza aconfesional, sin embargo adopta una postura definida sobre este aspecto, que no me queda clara por más información que busco.

Mi hijo mayor comienza el cole el próximo septiembre y la verdad es que me gustaría poder brindarle una educación diferente a lo que la costumbre y la tradición ofrece pero, en mi humilde opinión, no sé si Waldorf es lo que ando buscando, aunque sí hay alternativas pedagógicas que me convencen, y mi sueño sería poder encontrarlas en cualquier centro educativo de nuestro sistema. Pero esto parece ser que sí es utópico, al menos de aquí a septiembre…

15/01/2015 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Es de bien nacido ser agradecido

No puedo dejar de darle vueltas a este refrán tras los aún recientes momentos vividos en Navidad, especialmente a raíz de la visita de S.S.M.M. Los Reyes Magos de Oriente. Y es que creo que tanto a mayores como a pequeños se nos olvida a veces añadir ese toque final que cierre de manera adecuada un momento agradable, como puede ser recibir un regalo, que te ayuden o hagan un favor, o algo tan sencillo como que te cedan el paso o te pregunten cómo estás.

Sé que ya hablé en un artículo de los buenos modales, y dar las gracias es uno de ellos, no hay duda, pero hoy quería enfocarlo desde una perspectiva un tanto más profunda. No se trata de dar las gracias como autómatas que repiten un buen hábito siempre que tienen ocasión, me refiero a sentir la necesidad real de agradecer. Y eso, en mi opinión, es algo que también se puede educar.

En más ocasiones de las que me gustaría, he tenido la sensación al hablar con ciertos niños, adolescentes y adultos hechos y derechos, de que en esta vida todo se les debe, como si todo lo bueno  que les pasara es algo que el destino, el cosmos, o como queráis llamarlo, les devuelve justamente porque sin más se lo merecen. Todo son derechos. Derecho a recibir exactamente todos los regalos que pido para mi cumpleaños, derecho a que me cedan el lugar en la cola del supermercado porque soy mayor, derecho a recibir palabras amables aunque yo no lo sea,… Por supuesto que todos tenemos derecho fundamental a que nos traten con respeto y dignidad, nada más alejado que ponerlo en duda, pero sin perder de vista dos cosas: la primera es lo que a mí me gusta llamar el “valor añadido” de las cosas. Hay gente que a todo le pone ese valor añadido: te saluda sí, como mucha gente a la que te encuentras, pero lo hace con una sonrisa, se esfuerza en conseguir un regalo especial para ti, te hace un favor antes de que se lo pidas, etc., pero no sólo por quedar bien, sino porque se preocupa realmente por ti. Y eso es algo que agradecer profundamente.

El segundo aspecto que no deberíamos perder de vista es que nadie está obligado a hacer nada por nosotros. Es cierto que hay determinadas responsabilidades a las que tenemos la obligación moral de responder, como pueden ser las que adquirimos padres y educadores con nuestros hijos y alumnos, o incluso hacia nuestros amigos y hermanos. Pero me gustaría pensar que cuidamos a nuestros seres queridos más allá de lo que nos exige esa obligación moral, que hay un amor, una vocación, una ilusión que sobrepasa esos límites más formales, ¿no?

Y son precisamente estas dos ideas las que creo que hemos de saber transmitir a nuestros hijos y alumnos, saber estar agradecido con los detalles que recibimos a lo largo del día, con la vida que podemos disfrutar, y, por supuesto, ser capaces de demostrarlo: Gracias. Quizá sólo la palabra baste, o quizá queramos acompañarlo de un abrazo, un beso, una caricia, una nota, un detalle… Como sea, pero gracias. Y nada de “no hay de qué” porque “sí hay de qué”…
Me entristece en el fondo escuchar, tras estos días de Navidad, las quejas de tantas comidas y cenas, de quejarnos porque el regalo no es justo lo que queríamos… Yo la primera que lo hago. Y sé que en realidad sólo es cansancio, saturación tal vez, que no es lo que realmente pensamos pero me preocupa pasar por alto esta actitud quejicosa y poco agradecida y que acabe anidando en mi forma de ver la vida o la de mis hijos. Quisiera saber transmitir el valor de las cosas, de los detalles, de los buenos gestos y personas que nos rodean. Que tras un regalo hay una persona que ha pensado en nosotros, se ha ilusionado buscando qué podría gustarnos; tras ese favor hay quien se ha preocupado por nosotros y ha dejado de hacer sus cosas para ayudarnos.

No creo que haya niño que no haya escrito su carta pidiéndole cosas a Los Reyes Magos, incluso muchos de nosotros lo hayamos hecho también. Se me ocurre, que junto a la leche con galletas que les dejamos preparada esa noche añadamos una nota dándoles las gracias, o por qué no, puede que una carta dándoles las gracias tampoco sea una mala idea. Esto es sólo anecdótico, lo sé, pero las grandes personas se cuecen a fuego lento, con pequeñas cotidianidades que están en nuestra mano a diario.

Voy a aplicarme el cuento: muchas gracias por vuestro tiempo, por compartir conmigo esta reflexión.

16/12/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Papel vs pantalla

Tras el artículo en el que se decía que Finlandia, referente en el mundo educativo, iba a eliminar la caligrafía de su currículo, y aunque luego se ha visto que no era tan radical la cuestión, muchos somos los que nos hemos quedado algo inquietos ante este profundo cambio. Y es que, aunque es cierto que se va seguir trabajando la letra escrita, la alarma me ha despertado de cierto letargo educativo: la necesidad de trabajar también la escritura a nivel digital.

Sin embargo, ¿está esta necesidad reñida con la capacidad de escribir a mano? Y no hacerlo de cualquier manera: que sea ortográficamente correcta y, por supuesto, legible. Si no, qué sentido tendría. ¿Es realmente cierto que los ordenadores y tablets van a acabar desterrando a los folios y cuadernos? Quizá estoy algo oxidada y anclada en este sentido, pero la verdad es que creo que se utilizan para cosas distintas y no sólo son recursos compatibles, sino complementarios; por lo que podrán seguir conviviendo unos cuantos años más. Al menos yo creo que mis hijos, y los hijos de los hijos de mis hijos, aún sabrán qué es y cómo se utilizan un  bolígrafo de tinta y un papel. Y que no serán piezas de museo, sino que aún formarán parte de su vida cotidiana. Pero quién sabe, lo mismo en 10 años tengo que comerme mis palabras una por una y la que parecerá una pieza de museo seré yo…

El caso es que a día de hoy, como siempre ocurre al hablar del futuro,  habrá que arriesgarse y tomar ciertas decisiones. Considero que no hay que olvidarse de la competencia digital que tan bonita suena en nuestros currículos y que quizá haya que trabajar más y mejor. Incluir en las aulas el manejo de tablets y ordenadores como algo cotidiano, no sólo a nivel de contenidos sino a nivel instrumental, puede dotar a los alumnos  de una herramienta de gran utilidad para su futuro: saber escribir, moverse con facilidad por una pantalla táctil, dibujar, elaborar gráficos y mapas conceptuales con la misma soltura con la que manejamos un lápiz de toda la vida.

Pero no creo que por trabajar estas destrezas haya que restarle importancia a saber hacer eso mismo con los recursos tradicionales. En mi opinión, como ya he dicho, son habilidades complementarias y que ambas han de ser trabajadas en las aulas y fuera de ellas.
Una vez más, el equilibrio es la clave.

Para terminar me gustaría compartir con vosotros una cotidianidad que también me hace reflexionar sobre esto, independientemente de lo que Finlandia trabaje o no con sus alumnos. Mi hijo de casi tres años me pide muchas veces el i-pad con insistencia, para tocar un instrumento musical virtual, colorear imágenes, jugar… Hay que reconocer el potente atractivo de la tecnología. Y yo muchas veces reacciono con cierta resistencia ofreciéndole papeles y mil pinturas de colores, su tambor, etc. Confieso que prefiero que coloree con pinturas y papeles reales, que juegue con los instrumentos de siempre pero, ¿es que acaso lo digital no es real? Lo es y mucho.  A partir de ahora, trataré de ser consciente de que ambos recursos son útiles, buenos y necesarios y seré consecuente con ello, no siendo tan reacia, aunque siga fomentando el uso de las cosas de toda la vida.

20/11/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Consecuencias educativas

Retomando el tema del último post, hoy quería profundizar un poco más sobre este tema. Además, ¿no os pasa a vosotros que cuando empiezas a darle vueltas a un asunto de repente y como por arte de magia se presentan ante ti muchas cosas relacionadas? Por ejemplo: si vas a comprarte un coche y dudas entre dos modelos, de repente no dejas de verlos en todas partes. Dicen que más que casualidad es cuestión de atención, nos fijamos más en aquello en lo que estamos interesados (esto también me resulta muy interesante, seguramente escriba sobre ello el día menos pensado). No hay duda de que este último argumento resulta más razonable. Sea como sea, el caso es que al haber escrito el último día sobre modificación de conducta, premios, castigos, he tenido varias conversaciones sobre esto, diversas situaciones en las que ponerlo en práctica de manera urgente o incluso, un par de artículos hablando sobre lo mismo, desde la misma u otra perspectiva. De todos esos artículos el más interesante en mi opinión ha sido uno que pone de manifiesto que el halago fácil y gratuito no estaba convirtiendo a los niños en seres más seguros y competentes, sino todo lo contrario ya que los niños acostumbrados sólo a oír lo bien que hacen las cosas, evitaban aquellas tareas que pusiesen en peligro recibir ese etiquetado, es decir, que les supongan un reto con cierta probabilidad de equivocarse.

Tras leerlo, llevo varios días dándole vueltas a la cabeza principalmente por dos razones: una es que la equivocación, el error es algo intrínseco al aprendizaje, sin él no hay aprendizaje. Forma parte del proceso y por ello no sólo es bueno sino deseable que ocurra, y si ya desde pequeños le cogemos miedo y empezamos a evitarlo no iremos en buena dirección. Esto sólo creo que también da para escribir pronto otro artículo. Y el otro motivo es el que está más relacionado con el post anterior: el elogio, el halago tiene que ser también consecuencia de una conducta o actitud, si lo damos continuamente sin ton ni son acabará perdiendo su potencial educativo. Eso sí, esto no quiere decir que sólo elogiemos los resultados, más bien al contrario, estemos pendientes de reforzar lo que más valor tiene: el proceso. Así, si un niño ha hecho algo mal pero ha puesto todo su empeño, es nuestro deber elogiar su esfuerzo y trabajo, pero no decirle que el resultado es bueno cuando no lo es. No son tontos, son capaces de verlo. Sin embargo, tenemos que ser capaces de transmitirle que lo que realmente importa es todo lo que ha aprendido por el camino, y que el resultado tarde o temprano, aprendiendo todo lo que está aprendiendo llegará. Aunque claro, esto no es fácil, todos nos desanimamos cuando las cosas no nos salen todo lo bien que esperábamos y lo primero es creernos nosotros mismos de verdad que la esencia es el camino, y no tanto el destino.
No era mi intención incluir esta reflexión sobre el auténtico proceso de aprendizaje pero está todo tan relacionado que ha sido inevitable. Reconduciendo con el tema que nos ocupa: ¿y qué tiene que ver esto con la modificación de conducta? Pues porque toda conducta tiene su consecuencia. Verdad verdadera, real como la vida misma, tarde o temprano “el tiempo pone las cosas en su sitio”, ¿no?

Como educadores, debemos tratar que esas consecuencias sean lo más educativas posibles. Es lo que en el marco de la pedagogía moderna se conoce como “consecuencias educativas”. Como veis, igual que rescato términos tradicionales que han caído en desuso, hay muchas cosas de las nuevas corrientes que sí me convencen, y mucho. Y ésta es una de ellas. Prefiero este término al de “premios y castigos” porque aunque en apariencia puede parecer lo mismo, en esencia a mí no me lo parece. Cuando hablamos de premios y castigos el protagonismo se lo damos a la persona- juez que premia o castiga según crea conveniente. Mientras que con las consecuencias educativas, el auténtico protagonista es quien comete la acción, puesto que según sea ésta así serán las consecuencias. Incluso acabarán surgiendo de manera natural y será el propio niño el que las identifique por sí sólo. Para ello, estas consecuencias han de ser coherentes, útiles y factibles para el sujeto.

Esto que parece sencillo no siempre lo es, porque muchas veces tomamos decisiones en caliente, especialmente cuando las conductas no son positivas y lo que nos sale de dentro es “un castigo y verás como no lo vuelve a hacer”. Plantearlo así suele generar más rechazo, es echar más leña al fuego. Es más útil y sano esperar e identificar qué consecuencias reales tiene la conducta en cuestión. Termino con un ejemplo para que nos ayude a reconocer estas consecuencias educativas en situaciones cotidianas: tirar los papeles al suelo, no recoger la habitación, etc., tendrán como consecuencias recogerlo, echar una mano en la limpieza de la casa o el aula… No es que les castiguemos sin recreo, sin salir o sin ver la tele; podrán hacerlo cuando reparen lo que han hecho o no han hecho. ¿Se os ocurren más? Tanto si son positivas no negativas, es muy conveniente tenerlas pensadas de antemano, o incluso dejarlas fijadas con nuestros hijos o alumnos.

30/10/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Modificación de conducta

Sé que el título de primeras puede no sonar nada atractivo, incluso anticuado. ¿Quién escribe hoy sobre esto? Está mucho más de moda escribir sobre educación desde perspectivas más innovadoras: pedagogía en y para la libertad, respetando sin coaccionar en nada al educando. Sin embargo,  ¿están realmente reñidos? ¿son incompatibles ambos postulados?

En mi opinión, no lo están en absoluto. De hecho creo que una estrategia meramente conductista no podría considerarse auténtica educación, pero tampoco podríamos hablar de educación en un aula, una familia, o cualquier otro contexto que pretenda ser educativo, si no reina un buen clima que nos permita trabajar. Y de verdad que con este clima que menciono, no pienso en niños sentados, calladitos, de brazos cruzados, sino en un ambiente en el que todos se sientan seguros y cómodos, incluido el profesor, y en el que se puedan plantear y desarrollar diferentes tipos de temas y actividades para lograr un aprendizaje lo más significativo posible. En el que no hay miedo a opinar y a equivocarse, y en el que pueda tener lugar un proceso personal, libre y autónomo. Pero no se puede negar que para que este clima sea posible, los niños han de haber interiorizado ciertas normas y límites necesarios para poder convivir y desarrollar todas sus dimensiones en armonía.


Desde este punto de partida, planteo el tema que quería compartir con vosotros hoy, ya que es algo con lo que me enfrento a diario, tanto con mis hijos, como con mis alumnos: ¿cómo lograr eliminar conductas no adecuadas y potenciar aquellas que sí lo son?

No pretendo iniciar un debate de qué consideramos inadecuado, al igual que tampoco es el objetivo de este artículo entrar en una revisión de las teorías educativas que tratan este aspecto, quiero enfocarlo desde un plano real, cotidiano y práctico Pero como siempre, estoy atenta a vuestros comentarios y estaría encantada de profundizar en este asunto en  tertulia virtual o presencial, que seguro será interesante y enriquecedora.

Lo primero que tenemos que tener claro es cuál es nuestro objetivo, es decir, qué pretendemos corregir o, por el contrario, fomentar. Porque no es lo mismo y por tanto, no debemos actuar de la misma manera.  Si lo que queremos es eliminar una conducta inadecuada, no deseada, nos serviremos del castigo, puesto que eso es lo que en teoría pretendemos conseguir con él. Mientras que si lo que queremos es reforzar una conducta, que ésta se mantenga, el refuerzo positivo es nuestra mejor opción. Pongamos un ejemplo: supongamos que nuestro hijo o un alumno ha tirado un papel al suelo y le castigamos por ello a limpiar el aula o su habitación (que yo creo que el concepto de “consecuencia educativa” definiría con más precisión esta alternativa, aunque sobre eso me gustaría escribir con más detalle en otra ocasión). Nuestro objetivo aquí sería conseguir que este niño no tirara más papeles al suelo, pero puede guardárselos en el bolsillo, tirarlos en otro lugar sin que le veamos, etc. Mientras que si lo que pretendemos es que aprendan a tirar los papeles a la papelera, reforzaremos positivamente cada vez que se dé esta conducta en el niño, para que ésta se repita y se convierta en un hábito. Este refuerzo no tiene por qué ser algo material, puede que un elogio sea suficiente. Al igual que ocurre con el tema de los castigos, hablar sobre tipos de refuerzos da, como poco, para otra entrada del blog, así que ¡ya tenemos tema de para la quincena que viene!

De momento, quedémonos con esta idea y decidamos qué enfoque queremos dar a nuestras intervenciones educativas; siendo conscientes y fieles a esto, probablemente seamos más eficaces. Yo, por mi parte, quisiera compartir con vosotros mi opinión personal: me convence mucho más cogerlo por el lado positivo, es decir, prestar atención y reforzar aquellas conductas buenas que quiero que se mantengan en mis hijos y alumnos. Los resultados son más significativos, una inversión a largo plazo. Sin  embargo, he de reconocer que en determinadas ocasiones, un buen castigo, coherente y como algo excepcional, también puede sernos de utilidad a la hora de corregir determinados comportamientos. Y es que, una vez más, creo que en la búsqueda del equilibrio podremos encontrar la solución que nos permita lograr lo que nos propongamos…

10/10/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¡Sin gritar!

La verdad es que hay muchos aspectos, detalles o matices de las corrientes pedagógicas modernas que no acaban de convencerme, que me dejan la sensación de un “sí pero no” en la conciencia. Sin embargo, sí hay una idea a la que me uno fielmente: “educar sin gritar”. De hecho, hay un libro con ese título  de Guillermo Ballenato, el cual recomiendo a quién le interese el tema. Creo recordar que está especialmente dirigido a padres, pero también se puede extrapolar a otros contextos educativos como puede ser un aula u otras actividades más propias de la educación no formal e informal.

Aviso de antemano que la propuesta que voy a exponer es más fácil de escribir que de cumplir, que requiere un control emocional que no siempre se logra alcanzar. Por eso, yo me lo planteo a mí misma muchas veces como una meta o reto a alcanzar, algo que tener siempre presente y que trato de ejercitar en todos los ámbitos de mi vida: no alzar la voz, corregir con amabilidad, no perder los papeles, cuidar la forma en la que digo las cosas (con especial cuidado si lo que decimos puede no resultar agradable al receptor).  Esto, como más de uno ya estará pensando, no siempre es fácil ni entre adultos, de ahí que lo intente tener presente en todas mis interacciones. Pero aquellos que tengan hijos o trabajen con niños y/o adolescentes coincidirán conmigo en que el desafío es prácticamente continuo: malas contestaciones, interrupciones continuas en las clases, desobediencias deliberadas cuando comprueban tus límites, etc.

Sobra decir que los niños nos aportan mucho más que eso, que tratar con ellos es todo un regalo. Hoy hablo de estas situaciones difíciles porque es cuando el educador pone a prueba su paciencia, su control emocional y ha de ser capaz de decir las cosas con tono firme y serio cuando sea necesario, pero sin perder por ello la amabilidad, el saber estar. Y ahí los gritos no tienen cabida, no sólo nos hacen perder los papeles sino que además, suelen empeorar la situación. ¿Por qué? Porque los gritos no calman, enfurecen y en algunos casos hasta pueden bloquear, sobre todo a los niños más pequeños, aunque dependiendo del carácter, pueden anularnos a cualquier edad. Sea como sea, no conozco a nadie que le guste que le hablen a gritos o que no lo consideren una falta de respeto; las cosas hay que decirlas bien, sea cual sea la edad del interlocutor.
Además, a base de errores cometidos, he podido comprobar que,  lejos de conseguir apaciguar o calmar una situación, los gritos llaman a más gritos, no tranquilizan, animan los nervios. No sirven para mandar callar, y si consiguen atraer la atención, suele ser momentáneamente, sacrificando el buen clima de aula o familiar que nos esforzamos por crear, y debilitando el modelo que debemos ofrecer a los pequeños. No les podemos enseñar a que controlen su genio, no den malas contestaciones, que no hablen a gritos o faltando al respeto, si  ven que en determinados momentos sí está permitido porque nosotros lo hacemos…. Nunca debería estar justificado que las personas se falten el respeto unas a otras, se hablen de malas maneras. Insisto: hay que corregir, dar toques de atención, velar por un ambiente de trabajo y orden en una clase, etc., pero hay que hacerlo bien, y gritar no es la opción adecuada, nos aleja de nuestro objetivo como educadores.

¿Cómo se puede, entonces, marcar la diferencia cuándo estamos enfadados a cuándo no lo estamos? Porque los niños necesitan saberlo, es parte de nuestra responsabilidad marcarles límites, enseñarles normas de conducta, establecer rutinas, que les darán autonomía y seguridad afectiva y emocional. Yo suelo apoyarme de elementos de comunicación no verbal: la expresión corporal y facial, busco el contacto visual y el gesto serio. Además, cuido de utilizar un tono firme, seguro, sin titubeos. Y cuando en alguna ocasión alzo la voz de más y los gritos dominan por un momento mi discurso, me disculpo y hablamos de cómo a veces las situaciones nos enfadan y que tenemos que decir lo que nos molesta, pero sin dejarnos llevar por nuestro genio.

Una madre, tras una charla sobre este tema, me confesó que al gritar, al menos se desahogaba, que sabía que sus hijos así no le iban a hacer caso, pero que era un desahogo hacerlo y que así sentía que estaba tomando cartas en el asunto, que si no les regañaba ella, que era su madre, quién lo iba a hacer. Mi respuesta fue sencilla: no confundamos regañar con gritar, no son sinónimos en absoluto. Y para el desahogo, control emocional, y ése es un tema que bien podría ocupar un artículo él solito… ¡quizá sea el siguiente!

24/09/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Por favor, no miremos hacia otro lado

Hace unos días leí una reflexión que no me dejó indiferente. Ante el desfile de corrupción, violencia, egoísmo y engaño, que tan lamentablemente y con tanta frecuencia, caracteriza a la pasarela de nuestra sociedad actual, la autora del texto se preguntaba en qué momento un niño alegre, sano y feliz se convertía en un adulto amargado, corrupto, mentiroso, egoísta o violento. No fue tanto la pregunta, sino la respuesta inmediata que me vino a la cabeza, lo que me estremeció, porque precisamente ese momento trascendental por el que se preguntaba en ese artículo es la infancia y adolescencia.  Y parece increíble que, cuando más se habla de educación en valores en el ámbito educativo, esté sucediendo esto…


Sin dejarme llevar por un pesimismo amargado, creo firmemente que hay más buena gente que mala,  pero tratando de no cerrar los ojos a una realidad que nos salpica por varios frentes, bien sea el político, el económico o incluso nuestro entorno más cercano, en el que nos encontramos con personas egoístas que no ven más allá de sí mismos, de lo que pueden conseguir para sí, sin importarle quien caiga detrás, el sufrimiento ajeno, etc. ; quiero que esta entrada del blog sea una llamada a no mirar hacia otro lado, a no centrar el discurso en si la educación en valores corresponde más a las familias que a los centros escolares, o a la sociedad en general, si son temas transversales o asignaturas en sí mismas… Centrémonos en hacer algo porque es urgente. Como madre no puedo desentenderme de mi responsabilidad como educadora de mis hijos, pero es que como maestra, profesora, u orientadora, tampoco. No importa qué nombre reciba, lo ajetreado del ritmo de vida que llevemos, la cantidad de materia que tengamos que impartir, lo retrasada que lleve la programación o lo cansada que vuelva a casa del trabajo. Educar,  ya nos  lo han dicho mil y una veces, es asunto de todos. Por eso, sea cuál sea nuestro rol o papel en la sociedad no debemos mirar hacia otro lado, pero si encima somos padres y/o trabajamos en el ámbito educativo, nuestra responsabilidad es aún mayor.

No podemos mirar hacia otro lado si en clase pasamos por alto algún conflicto surgido a raíz del egoísmo o el engaño porque si dedicamos tiempo a esas cosas no avanzamos. Avanzar es  afrontar el reto y trabajar con nuestros alumnos medidas de reconciliación, en las que haya justicia y solidaridad, en la que todos  seamos respetados y tratados con dignidad.

No podemos mirar hacia otro lado ante ciertos comentarios y comportamientos basados en el egoísmo, en el desprecio al otro y hacer como si no hubieramos escuchado nada porque estamos cansados o porque, abatidos creemos que lo que digamos por un oído les entra y por otro les sale. Bien sabemos que en el fondo esto no es así.

No hay que esperar a que se conviertan en adultos para llevarnos las manos a la cabeza y decir lo mal que está la sociedad para identificar actitudes, comentarios y comportamientos que no son sanos y que, de no ser corregidos y reconducidos, se convertirán en patrones de conducta establecidos, cuyas consecuencias son las que ya hoy podemos apreciar con tan sólo encender la tele, leer un periódico, escuchar la radio u observar con detenimiento la realidad más cercana que nos rodea. Todos somos conscientes de que darles todo lo que piden, enseñarles a que el engaño o la mentira pueden estar justificados en algunas ocasiones, pasar por alto detalles que no son nobles ni respetuosos con el prójimo, alimentar la competitividad no deportiva, transmitirles que han de pensar sólo en ellos mismos si quieren llegar a ser algo en la vida  y dejarse de compañerismos que no les llevarán a nada, escucharles criticarse unos a otros y no hacerles ver que es una falta de respeto, si no decimos nada cuando por la calle vemos que no respetan la naturaleza, ni a las personas mayores… Si ante estas situaciones, miramos hacia otro lado, ¿de qué nos sorprendemos?

Esos niños y adolescentes serán mañana los adultos que nos representan, compañeros de trabajo, ciudadanos, y no se habrán convertido en personas generosas, amables, solidarias y respetuosas por arte de magia, a no ser que en su camino se haya cruzado  alguien que con valentía y dedicación haya decidido no mirar hacia otro lado y hacer algo por ellos.

 

03/09/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
La vuelta al cole

Entendamos “cole” en un sentido amplio, que abarque el conjunto de nuestras obligaciones y rutinas, porque llega septiembre y todos, de una manera u otra, sentimos que con este mes llega también el punto y final de los placeres veraniegos: las largas siestas o ratos de lectura cuando el calor no nos permite ni movernos, chapuzones en la piscina el río o el mar, escapadas, viajes, sobremesas que se juntan con las cenas, paseos cuando cae el sol, buenas risas nocturnas en alguna terraza, etc. Pero no todo es malo, septiembre también pone fin a ciertos excesos y desórdenes de horario que más de uno agradece, al menos  en parte, que terminen.

Sea como sea, septiembre ya está aquí y si hay algo que no nos puede faltar en la mochila de este nuevo curso es la ilusión. Dejemos a un lado los típicos comentarios que pintan un verano azul y dejan a los días que nos vienen por delante teñidos de un triste gris. Esos comentarios no ayudan ni a los niños que en unos días vuelven a las aulas, ni a los no tan niños que ya han retomado su trabajo. Hay que aprovechar el aire fresco que gracias a las vacaciones ha llenado nuestros pulmones y empezar con energía renovada, nuevas metas y retos… ¡motivación!

Hay varias cosillas que pueden ayudar a nuestros hijos y/o alumnos para empezar motivados e ilusionados: participar en la preparación y puesta a punto del material necesario para volver a empezar: mochila, ropa, estuches, libros, etc. Si además, les hacemos ver lo que cuesta también les ayudaremos a tomar conciencia y ser más responsable con sus cosas.
A partir de ahora, nos centraremos en comentar lo bueno que tiene volver a clase: reencuentros con amigos y compañeros, retomar esa actividad que tanto nos gusta, etc. Identificar aquello de nuestra vida cotidiana que más nos gusta y nos hace feliz y poder dedicar tiempo a ello puede ser un motor que nos mantenga firmes todo el curso.

Yo, por ejemplo, me alegro de haber retomado el blog que tan abandonado  he tenido estos dos meses. Y es que a pesar de tener más tiempo, en vacaciones parece que cunde menos y al final acabamos haciendo mucho menos de lo que en principio nos habíamos planteado. Pero, claro, para eso están las vacaciones. Ahora es otro momento, es tiempo de ponernos en modo “on” y comenzar de nuevo… ¡Mucho  ánimo a todos!

19/06/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Un verano a estrenar

En estos días de final de curso, me viene a la memoria la sensación que me invadía en mis años de estudiante cuando llegaban las esperadas vacaciones: ¡la libertad! No entendida como si fuera presa del curso escolar, como si me sintiera encarcelada en las aulas… No, se trataba de la sensación de saber que ante ti se abría un periodo lleno de tiempo que llenar con personas, actividades y momentos mágicos, propios de los días y las noches de verano,  que hemos de reconocer, tienen un encanto especial. Por eso, no nos deprimamos si como educadores vemos también ese deseo de liberación en nuestros alumnos; es cierto que algunos sí que querrán perdernos de vista, pero la gran mayoría simplemente desean que llegue el verano porque tienen a su disposición un montón de tiempo libre a estrenar…

De hecho, creo que es señal de buena salud física y mental que por mucho que nos guste lo que hacemos a lo largo del año, bien sea como trabajadores o como estudiantes (desde preescolar hasta la educación superior), estemos deseando tener vacaciones. Por mucho que pretendamos organizarnos mejor y tener tiempo para todo, en el día a día cuesta sacar tiempo para muchas cosas a las que siempre nos gustaría poder dedicarle más tiempo: hacer deporte, leer, viajar, pasar tiempo con la familia, con los amigos, desarrollar esa afición que tenemos algo olvidada, etc. Además, necesitamos descansar no sólo nuestro cuerpo, sino también nuestra mente, y desconectar. Así que aunque nuestras vacaciones ya no son tan largas como cuando éramos niños, tratemos de juntar unos días y olvidarnos de nuestras obligaciones, que nos alejemos de móvil, de e-mails, etc.

Pues bien, esto mismo es lo que creo que muchas veces necesitan niños y adolescentes. Soy consciente que desde el centro educativo les habrán dejado deberes para el varano, o les habrán recomendado algún cuadernillo, para reforzar lo aprendido durante el curso. Sin embargo, yo propongo desde este espacio otras alternativas que también sirven para reforzar y enriquecer lo trabajado en las aulas. Además, es precisamente en este momento cuando disponemos de ese tiempo tan deseado para hacer cosas diferentes con nuestros hijos, sobrinos, hijos de nuestros amigos, etc. Podemos tratar de inculcarles un buen hábito lector que, como ya dije en otro artículo, será un regalo muy valioso para toda su vida y que, sin duda, les ayudará a mejorar el rendimiento académico que tanto nos preocupa. O también despertar nuevos hobbies que contribuirán a su pleno desarrollo. Es momento de probar, de atrevernos, de descubrir...

Por otro lado, sería muy enriquecedor procurarles un aprendizaje significativo que potencie sus competencias (ya que están tan de moda) y habilidades. ¿Cómo? Sencillamente involucrándoles en actividades y tareas más cotidianas, pero que para ellos puede ser toda una aventura: hacer la lista de la compra, comprobar los tickets,  cocinar, planear y preparar algún viaje, etc. Debemos ser creativos y ofrecerles retos y responsabilidades acordes con su edad.

En definitiva, tenemos el verano en nuestras manos y es el momento de hacer todo aquello que precisamente dejamos para cuando tenemos más tiempo. Es ahora, ¿cómo vas a aprovechar tú estas vacaciones?

29/05/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Las cosas claras

El pasado sábado, tuvimos la suerte de poder escuchar en vivo y en directo a Emilio Calatayud en Cuenca. Este juez de menores se ha hecho famoso en el terreno educativo gracias a sus conocidas “sentencias ejemplares”, con las que pretende ante todo, dar al menor la oportunidad de reparar el daño causado, de aprender de sus errores asumiendo las consecuencias coherentes de sus actos.

Quería compartir en este espacio mis reflexiones tras haberle escuchado durante dos horas. Sí, sí, dos horas, sin más recurso que sus palabras (no utiliza power point ni otros medios para atraer la atención de los asistentes), sus ideas, sus propuestas y, por supuesto, sus experiencias, que como podréis imaginar, siendo juez de menores, son, en muchas ocasiones, muy amargas. Y sin embargo, una de las cosas que más me gusta a mí de este hombre es su optimismo. Me impresiona ver cómo, a pesar de estar frente a frente a diario con la cara más cruel de nuestros adolescentes, sigue creyendo en ellos como personas capaces de aprender, de mejorar, de reparar y cambiar el rumbo; y apuesta firmemente por la educación como herramienta indispensable para propiciar y hacer posible ese cambio. Pero no os confundáis, cuando habla de educación no habla sólo de los colegios e institutos, ni tampoco se refiere exclusivamente a los padres, habla de la sociedad en su conjunto, aunque eso sí, en este gran reto, padres y profesores jugamos un papel crucial.

Es frecuente escuchar a los profesores lamentarnos de “lo mal” que están los niños de hoy en día, y los adolescentes mejor ni hablamos… Y sin embargo, llega este juez y no sólo no llora, sino que además construye… Cuando utiliza alguno de los casos que lleva entre manos como ejemplo, se deja ver una realidad muy dura, mucho más, de la que cotidianamente vemos nosotros en las aulas, por suerte, claro está. Además, comentaba que en la mayoría de los casos de menores delincuentes suele haber detrás una historia a sus espaldas bastante complicada, y que de llevar él o cualquier adulto esa historia, a saber lo que seríamos capaces de hacer… De todo esto, saqué mi primera conclusión: antes de juzgar o soltar la crítica fácil, conozcamos de fondo a nuestros alumnos. Pueden tener a veces malos comportamientos, pero eso no quiere decir que sean o vayan a ser malas personas. Igual que alguien ha podido cometer un acto delictivo y no por eso, convertirse ya en un delincuente irremediable.

Puede parecer que en este optimismo no hay cabida para las desgracias que, con mayor frecuencia de la que nos gustaría, escuchamos en los medios de comunicación: asesinatos, violaciones, acosos, robos, etc. También nos habló de ello y de las medidas que se toman en estos casos, tratando de desmentir el mito de que “a los menores no les pasa nada”.  Y creedme, fue bastante duro escuchar cómo cuando las luces de los centros de internamiento de menores se apagan, lo que se oyen son llantos, llantos de niños… Sí, hay casos, conocidos por todos, que merecerían el peor de los castigos, en los que el agresor no muestra ni pizca de arrepentimiento, pero nos aseguró que ésos son, gracias a Dios, muy poco frecuentes.

Al hilo de esto, nos llamó la atención como padres diciéndonos que teníamos que educar a nuestros hijos para evitar con todas nuestras fuerzas que fueran las víctimas, pero sin olvidarnos también de que los agresores también son hijos de sus padres, y que por tanto, también debíamos tratar de evitar con el mismo empeño que se convirtieran en los posibles agresores. Lo cual, me dejó muy pensativa sobre todas las implicaciones educativas que tanto una cosa como la otra conlleva y que, sin duda, trataré en otro artículo. De momento, baste nombrar el papel que las redes sociales, las nuevas tecnologías, los medios de comunicación, y la relación entre hijos- padres, profesores y alumnos, juegan en esta tarea.

Es aquí justo donde quiero detenerme porque también me pareció especialmente interesante. Denunció con gran tesón la falta de respeto que hoy en día tienen los menores hacia sus padres y profesores. Y veía que en esto también debíamos mirarnos un poco el ombligo: profesores criticando a las familias de hoy en día, permisivas y faltas de valores y tiempo; padres, a su vez, que cuestionan a la primera de cambio la autoridad del profesor de su hijo… Así, ¿cómo van a aprender a respetar a sus padres y profesores? Los niños no están sordos, oyen todo este tipo de comentarios y les empujamos a considerarse iguales a sus padres, que en palabras de la sociedad no saben educar a sus hijos, e iguales a sus profesores, que son unos vagos y cogen manía a “mi chico”. O paramos esto, o esto pude irse aún más de las manos… Y éste es justo uno de mis temas favoritos: la buena relación familia- escuela o instituto, que no somos rivales, sino compañeros. No somos amigos de nuestros hijos o alumnos, sino sus padres y profesores, y ambos buscamos lo mismo: su educación.

Como veis, dos horas que dieron para mucho, que han reavivado grandes temas de reflexión y diálogo, que inspirarán, o al menos eso espero, interesantes conversaciones con un buen café, y más reflexiones para poder compartir con vosotros. ¿Quién se apunta?

16/05/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Educando personas resilientes

Como madre y educadora, leo prácticamente cada artículo que cae en mis manos, o más bien, aparece de alguna manera en la pantalla de mi tablet. Las redes sociales, google, internet, en general hacen posible que conozcamos opiniones, noticias, información… Es cierto que muchas veces esa información carece de un rigor científico, pero al fin y al cabo refleja de un modo u otro una realidad que puede ser útil e interesante. Es en este marco, en el que me he encontrado con una afirmación que se repte una y otra vez: parece ser que uno de los principales errores que cometemos los padres de hoy es proteger en exceso a nuestros hijos del fracaso, las malas noticias, la frustración… Queremos , al igual que supongo que han querido los padres de todos los tiempos, que la vida de nuestros hijos sea maravillosa, una vida en la que siempre salen las cosas bien, en la que siempre serán los ganadores, conseguirán siempre lo que se propongan y nunca habrá contratiempos que oscurezcan su trayectoria de vida.

Esto es una opinión, como otra cualquiera, que de primeras negaría en rotundo con un “eso no es verdad, ni lo queremos ni lo pretendemos”. Pero mi experiencia me lleva de algún modo a corroborar en parte esa opinión. Como monitora en cumpleaños o comuniones me he encontrado en más de una ocasión con padres que te dicen que procures que su hijo gane en los juegos, que es un día importante para ellos… ¿Acaso perder en un juego puede enturbiar la  auténtica felicidad de un niño? Pueden sentirse decepcionados, enfadados por un rato pero no debería pasar de ahí, ¿no os parece? Como profesora, he de reconocer que a veces me siento forzada a maquillar una mala calificación, o corrección, a evitar cierto tipo de actividades en las que sé que puede haber ciertos fracasos. Podríamos pensar que esto está justificado por la búsqueda de motivación en los alumnos, por la firme creencia en el refuerzo positivo (que en mi opinión es, sin duda, el que mejor funciona). Pero, ¿por qué un fracaso tiene que ser sinónimo de desmotivación? ¿No se ha dicho siempre de que de ellos se aprende incluso más que de los éxitos? ¿Está reñido el refuerzo positivo de nuestros hijos y alumnos con el reconocimiento de sus fallos, limitaciones y errores? La verdad es que no. Sin embargo, confieso que hay cierto miedo como madre y profesora de que así pueda ser, y no niego que por eso a veces evite ciertas actividades, maquille ciertos errores,… No estoy orgullosa de ello.

Por otro lado, esta realidad que puede apreciarse en diversos contextos educativos choca frontalmente con otro concepto que está muy de moda: la resiliencia. La resiliencia podría definirse como la capacidad que tiene el ser humano de afrontar situaciones traumáticas, dolorosas, problemáticas o adversas, e incluso, de salir fortalecido de ellas. Se ha demostrado que esa capacidad puede tener repercusiones positivas a la hora incluso de superar ciertas enfermedades. Por tanto, se convierte en un objetivo educativo, una meta nada desdeñable; dotar a los niños de esta capacidad puede ayudarles a superar los obstáculos que vayan encontrándose a lo largo de su vida, que como lamentablemente sabemos, pueden ser muchos.

Sin caer en un pesimismo fácil, es cierto que la situación de crisis económica que vivimos actualmente, el desarrollo de determinadas enfermedades que parecen afectar cada vez a más personas a nuestro alrededor y diversas situaciones a las que día a día nos enfrentamos, unido a la relevancia de ser una persona más o menos resiliente es lo que ha despertado esta reflexión: ¿cómo podemos ser de un lado conscientes de la importancia de desarrollar esa capacidad en los niños y a la vez tratar de evitarles,  saltar por ellos obstáculos y dificultades, negarles o esconderles la existencia de problemas o adversidades? A ver, no nos vayamos al caso extremo: los niños son niños, no se trata de cargarles con situaciones que les superen o de cosas que no les tienen que preocupar a ellos, sino a los adultos. Me refiero a no hacer nuestros sus obstáculos, acompañarles para que los superen, pero no quitárselos de en medio, escondérselos o maquillarlos. Son parte de su educación, de su formación como personas. Como educadores, debemos enfocar sus problemas o dificultades como trampolines para su crecimiento. No les hacemos ningún favor pintándoles de rosa una vida que a veces no muestra sus tonos más pastel; y no pasa nada, habrá caídas, baches, no siempre nos saldrán las cosas como esperamos, pero lo importante es levantarse y seguir con la mejor versión de nosotros mismos.
Eduquemos, pues, para la resiliencia, para un optimismo realista pero esperanzador. Aunque para ello, debemos serlo nosotros primero, ¿cómo afronto yo mis problemas? ¿Me pierdo en las quejas o encamino mis esfuerzos en averiguar la forma de reponerme y seguir avanzando?

 

29/04/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Un regalo para toda la vida

Sé que el tema de los beneficios de la lectura, tanto para niños como para adultos, es un asunto bastante conocido y difundido. Pero no podía dejar pasar la oportunidad que nos brinda la reciente celebración del Día del Libro para aportar mi pequeño granito de arena a esta causa. Así que, querido lector, una vez más reflexionemos juntos sobre las maravillas de adquirir un hábito lector.

Los días previos al 23 de abril es bastante frecuente ver las librerías llenas de padres buscando cuentos para sus hijos, de amigos y parejas pensando qué libro esconde la historia más adecuada para esa persona con quien quieren celebrar este día tan especial. Las bibliotecas se llenas de actividades, murales, stands, cuentacuentos, etc.;  y las librerías recobran un ajetreo que quién lo quisiera a diario… Incluso, hay grupos de amigos y compañeros que organizan “el libro invisible”, y como el juego en el que está inspirado y que seguro que conocéis, por medio de un sorteo se regalan libros de manera anónima. Es una divertida forma de fomentar la lectura entre amigos y compañeros de trabajo, ¿no os parece? Yo, por mi parte, me muero de ganas por participar algún año…

Sin embargo, todo ese entusiasmo parece agotarse el resto de días, y aunque todos conocemos lo bueno que resulta leer, este hábito queda relegado solamente al tiempo libre, aquel que justamente más escasea con este ritmo frenético de vida que solemos llevar. Y nos cuesta mucho sacar tiempo a diario para leer. Escucho comentarios de muchos adultos que sólo leen durante las vacaciones, ni siquiera los fines de semana porque “cuando no tenemos una cosa, tenemos otra…”. Y decimos esto, realmente apenados, pero no le podemos solución. Por eso creo, que aunque somos conocedores de los beneficios de la lectura, no acabamos de ser plenamente conscientes de su importancia. Si no, creo que haríamos una reorganización de horarios para dejarle un espacio diario, o al menos semanal, al igual que lo dejamos para andar, estar con amigos, ir al gimnasio, etc. Quizá muchos de vosotros al leer esto estéis pensando que tampoco sacáis tiempo para esto, pues os invito a que lo hagáis, porque tanto leer, como hacer ejercicio, y pasar tiempo con nuestros seres queridos son necesarios para nuestra salud física y mental.

Leer nos ayuda a desarrollar muchas habilidades cognitivas, no sólo durante la infancia, sino a lo largo de toda la vida: ejercitamos la memoria, la imaginación y la creatividad, incrementamos nuestro vocabulario, mejora nuestra ortografía, la fluidez verbal y la agilidad mental, etc. A nivel psicológico también supone una vía de escape, nos ayuda a superar miedos, disgustos y dificultades, o incluso hasta inspiran alguna solución a nuestros problemas. Además, de desarrollar habilidades sociales tan de moda como son la empatía y la solidaridad, ya que nos ofrecen distintas perspectivas y puntos de vista.

Como padres y educadores, andamos muchas veces desesperados buscando cmo superar determinadas dificultades de aprendizaje de nuestros hijos y/o alumnos, cómo motivarles, cómo ayudarles a mejorar su rendimiento, a superar ciertas cosas… Estaríamos dispuestos hasta a desplazarnos semanalmente a otra ciudad con tal de encontrar la solución. Y es cierto que muchos problemas requieren algo más que un buen hábito lector como solución, pero está claro que en numerosas ocasiones, tanto a nivel preventivo como resolutivo, la lectura puede ser la pieza clave, el mejor antídoto. Por eso, y quizá suene a más de lo mismo, pero un consolidado hábito lector, más allá del gusto por la lectura, puede ser un regalo que nuestros hijos y alumnos aprovecharán toda su vida.

03/04/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Semillas

Una vez leí que educar era como sembrar, uno planta las semillas, las cultiva, las riega, las pone en un lugar donde las condiciones de luz y temperatura sean las más adecuadas según las necesidades específicas de cada especie. Sin embargo, a veces, los frutos tardan en hacerse ver o incluso, pueden no llegar a salir… Pero que sembrar, había que sembrar, con ilusión, con empeño, con la esperanza de que esa semilla será algún día un árbol fuerte, una hermosa flor, un rico cereal,…

Hace unas semanas estuve dando una charla a los padres de una escuela infantil. El tema a tratar era las necesidades y retos de desarrollo de los niños de cero a tres años. En primer lugar, he de confesar que el tema me encanta, porque a esa edad, todo está a estrenar: la afectividad, los hábitos, etc. Y sientes que esa metáfora de sembrar es más real que nunca: es el momento de plantar con mucha delicadeza las semillas, que serán las bases de lo que esos bebés, serán en el futuro. No quiero decir con esto que los niños sean libros en blanco que podamos escribir a nuestro antojo, o pequeños moldes de arcilla fácilmente moldeables. Nada de eso, quien tenga hijos de esa edad o trabaje con estos niños, bien sabrán que ya tienen su carácter, sus propios intereses y necesidades, sus gustos, e incluso, sus manías. Pero también, reconocerán que a esa edad son pura apertura al mundo que les rodea, libres, despiertos, sin miedo a aprender, a dejarse enseñar,… Aparte de la plasticidad neuronal que caracteriza esta etapa. Sin duda, es el momento ideal de la siembra.

Tampoco quiero decir con esto, que no se pueda seguir sembrando más adelante años más tarde. No sólo se puede, sino que se debe, por supuesto. Pero no quiero desviarme del tema. Mi reflexión iba a encaminada a compartir la experiencia vivida en ese encuentro concreto con los padres de los niños de esa guardería. He trabajado más veces con padres, pero esta era la primera vez que los participantes eran exclusivamente padres con hijos tan pequeños. Y me quedé tan sorprendida con la participación… No sólo en número de asistentes, que fueron casi todos, ¡hasta hubo que ir añadiendo sillas! Sino también por la atención, la interacción, el interés. Podía ver en sus ojos esas ganas sinceras de querer colaborar con los educadores de sus hijos, de querer saber más, tener en cuenta otras perspectivas, escucharse unos a otros, etc. En definitiva, querían empaparse de lo que allí se estaba hablando para luego, en casa, poder hacerlo mejor con sus hijos.

Sin embargo, cuando hablas con maestros de Primaria, profesores de Institutos, padres de hijos más mayores, cuesta encontrar a alguien que siga manteniendo esa confianza recíproca, ese respeto, esa certeza de que ambos están ahí para educar a hijos y a alumnos, esas ganas de aunar objetivos y metas, de colaborar… ¿En qué parte del camino se ha perdido todo eso que yo vi en educadores y padres de la primera infancia?

Todavía no tengo hijos que sobrepasen esa franja de edad, así que el ejercicio de reflexión y autoevaluación lo hago como profesional, y no tanto como madre. Pero invito a todos, padres y profesores, a mirarnos un poco a nosotros mismos, una vez más, y valorar qué estamos haciendo. Quizá el riego de esas semillas que queremos plantar en hijos y alumnos, el abono que necesitan, la luz y la temperatura, también pasen por cuidar  y cultivar la relación que tenemos con sus familias o maestros, profesores y demás educadores. 

19/03/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¡Feliz Día del Padre!

No puedo dejar pasar este día sin felicitar a esos personajes que llenan de juego, risas, seguridad, protección, humor y amor la vida de niños, y si eres afortunado y aún te acompaña en el camino, de adultos: los padres.

Y les quiero felicitar no sólo por su imprescindible y esencial labor educativa, sino porque además, a los padres no siempre se les ponen las cosas fáciles. En primer lugar, ellos tienen que prepararse a su nuevo rol, así, sin más, de golpe, sin cambios físicos que os vayan preparando el proceso. Porque sí, las mujeres vivimos el embarazo, con sus molestias y cambios duros en nuestro cuerpo, pero también con la ventaja de ir sintiendo la nueva vida paso a paso, día a día, siendo gradualmente conscientes de que los cambios físicos que vamos experimentando son la antesala de los cambios que han de venir tras la llegada del bebé. Pero ellos, no pueden experimentar esos cambios físicos, han de hacer un esfuerzo por ir tomando conciencia sin ninguna ayuda, esperando además que cuiden especialmente de nosotras en esos meses en que cuidarnos significa empezar a cuidar ya de sus hijos… Felicidades por recorrer ese camino algo a oscuras, sin la luz que a la mujer le proporciona el embarazo.

Pero es que nada más nacer se enfrentan de lleno a un ser diminuto que demanda su cuidado y al que no sabemos ni por dónde coger. Además, tras el parto, las mujeres necesitamos recuperarnos, como es natural, y también se espera de ellos que suplan con su esfuerzo nuestra condición física, que vistan y cambien pañales con soltura y de sopetón. No olvidemos, por otro lado, que ellos no han jugado, como probablemente nosotras sí hemos hecho en nuestra infancia, a vestir muñecos, a dormirlos, a peinarlos… Quieras que no eso nos da una práctica nada desdeñable para nuestra futura labor como madres, salvando las evidentes diferencias, claro está. Además, estamos acostumbradas a lidiar con nuestro pelo, a hacernos coletas, ponernos horquillas, diademas, a combinar colores, estampados, etc. Felicidades, papás, porque de la noche a la mañana aprendéis a vestir, conjuntar, cambiar pañales, peinar, a matizar colores, etc., intentando que esos años de desventaja que en estas habilidades os llevamos por delante se noten lo menos posible.

Y todos estos nuevos retos, afrontados con grandes dosis de paciencia y humor, que para cambios de humor hormonales, depresión postparto y demás altibajos que puedan surgir, ya estamos nosotras.

Y felicidades, por todos aquellos padres, que rescriben la historia, que han roto y rompen estereotipos y estadísticas, que leen sobre educación de los hijos, que van a las reuniones del colegio, que hablan con los maestros, que juegan, cocinan, curan heridas, limpian, bañan,… Porque ser padre es algo más que ser compañero de juegos, ser padre lo es todo en la vida, hay que aprender a hacer cosas que jamás imaginasteis que tendríais que hacer, pero que, sin duda, no os queréis perder por no intentar ser lo mejor para vuestros hijos.
¡Feliz Día del Padre! Os lo merecéis.

06/03/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Los buenos modales

Si hace unos cuantos años preguntabas a cualquiera qué era un niño educado, probablemente te respondería que aquel que tiene buenos modales: que saluda al llegar a los sitios y se despide al irse, que pide las cosas por favor y contesta con gracias cuando algo se le ofrece, que sabe comportarse en la mesa, etc. Pues bien, años después, ¿creéis que podríamos decir que nuestros niños están bien educados? Es cierto que ante esa pregunta, nuestra respuesta a día de hoy sería algo más completa y. por ejemplo, podríamos añadir a los buenos modales, que un niño bien educado es aquel que tiene las competencias necesarias para desenvolverse de manera autónoma en el entorno en el que vive, que conoce sus mecanismos e autorregulación y acceso al conocimiento, lo que le permite aprender a aprender, etc. Pero que seamos capaces de enriquecer nuestro concepto de “buena educación” no quiere decir que descuidemos lo básico.

Quizá en momentos puntuales somos conscientes de ello y tratamos de ofrecer a nuestros hijos y/o alumnos las pautas de los buenos comportamientos o buenos modales. Por ejemplo, quizá una de las normas de nuestra casa o clase sea no hablar a gritos o no satisfacer demandas cuando éstas no son seguidas de un por favor. Pero en el día a día, ¿pedimos nosotros las cosas por favor, damos las gracias, saludamos al pasar a una tienda, nos despedimos cuando nos vamos,…? Últimamente he estado observando a mi alrededor y estas pequeñas conductas parece que nos cuestan: es raro que alguien legue a un sitio y diga “buenos días” si no conoce a alguien (de hecho si saludas puedes notar que la gente se mira entre sí, extrañada, algo confundida, pensando “a quién habrá saludado, yo no la conozco”…); también parece que el “por favor” y “gracias” no son de uso frecuente en el día a día de familiares, amigos y compañeros ( sin más acompañamiento pedimos el pan, que nos acerquen una carpeta o cualquier otra cosa). Con estos modelos, los niños de hoy, tienen difícil encontrar un buen referente de buenos modales, ¿no os parece? 

Esto sin meterme en situaciones y conductas algo más complejas como puede ser comportarse en la mesa  (con todo lo que eso implica: no levantarse de la mesa mientras se come, masticar con la boca cerrada,…), respetar los turnos de palabra, no alzar la voz, saber esperar, hablar con respeto, preguntar a qué piso se va si se coincide con alguien en el ascensor, responder cuando alguien te hace una pregunta, etc. No puedo evitar tener la sensación de que a veces camuflamos estos comportamientos de nuestros hijos y/o alumnos justificándolos por su timidez, la edad, el estado de ánimo… Y aunque creo que esos factores sí que influyen, también creo que sin más, hemos descuidado un poco todo esto y los niños no lo hacen porque ni lo ven en los adultos de su entorno, ni le dedicamos tiempo y esfuerzo a educar también en buenos modales.

El artículo de hoy no es más que una reflexión sobre una realidad en la que, por supuesto, me incluyo y que os invito a mejorar: hagamos uso de los buenos modales a diario, aunque al principio nos cueste o incluso nos miren raro, y trabajémoslo en casa y en las aulas. La vida diaria nos ofrece muchas oportunidades de trabajarlo de manera natural. Y para empezar desde este mismo momento, me despido deseándoos a todos un buen día. ¡Hasta luego!

20/02/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¿Estamos educando a todos?

El artículo de hoy quiero dedicarlo a una pequeña reflexión tras el cortometraje ganador de un Goya hace unos pocos días: Cuerdas. La tierna historia que en él se cuenta está emocionando a muchas personas, yo entre ellas. Por eso, me gustaría compartir mis pensamientos tras ver este corto, y recibir también los vuestros, puesto que es evidente, no nos ha dejado indiferentes.

En primer lugar, aplaudo la temática abordada en este corto, ya que acerca una realidad muy poco conocida y valorada: la vocación al cuidado, educación y amor a aquellos que son diferentes, que presentan unas necesidades “especiales”. Desde aquí quiero reconocer la labor de esos cuidadores y maestros  que lejos de ver en esos niños una carga, los ven como seres extraordinarios, un verdadero motor para dar lo mejor de sí mismos y poder satisfacer así esas necesidades llamadas especiales.

Aparte de la bonita amistad que nace entre estos dos niños, yo no he podido evitar fijarme en el papel del centro educativo al que asisten. Se deja entrever que no es el sitio más adecuado, que se carecen de los recursos necesarios para poder atenderle bien, se ubica al niño con la parálisis al final del aula, en el patio se le coloca “para que al menos le dé el sol”… Pero, ¿es esto suficiente? Parece que si no llega a ser por María, la niña que se hace su amiga, ese niño estaría solo, quizá asistencialmente atendido, pero no educado…. Quiero pensar con esto, que el corto también supone una crítica a los recortes en educación, a la situación actual de muchos centros educativos, que aunque acojan, incluyan y quieran, realmente no pueden ofrecer una auténtica y completa  atención a la diversidad.

No quiero caer en lamentaciones económicas o políticas. Propongo mirarnos el ombligo y reflexionar sobre lo que está en nuestras manos, lo que podemos hacer con los recursos de los que disponemos, aunque estos sean evidentemente insuficientes. Que cada vez que nos encontremos un niño con ciertas dificultades pensemos en que el mejor recurso del que disponemos somos nosotros mismos, la entrega personal en una profesión que es más que un trabajo, que es un modo de ver a los demás, de ver la vida, y que además, seamos creativos y nos acordemos de esta historia y de todo lo que se puede hacer con tan sólo una cuerda…

06/02/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Referencia social

Hace unos pocos días tuve que estudiar para unos exámenes y entre todo el material interesante en el que te “obligas” a profundizar, me gustaría compartir con vosotros el de la “referencia social”, por varias razones: la primera de ellas porque me parece un aspecto que como educadores debemos tener en cuenta, por su trascendencia en el desarrollo humano (no sólo en las primeras etapas sino, en mi opinión a lo largo de nuestra vida) y también porque, sin tratar exactamente del mismo tema del artículo anterior, sí considero que guarda relación, puesto que el miedo puede transmitirse por referencia social. Pero no adelantemos acontecimientos, primero os pongo en situación:

El tema a estudiar era el desarrollo afectivo emocional del niño en la edad temprana (de 0 a 6 años de edad), concretamente se estaba tratando el aspecto referido a los procesos de regulación emocional que posee el niño y que va adquiriendo conforme va creciendo. Entre estos mecanismos se han estudiado con especial atención dos fenómenos que facilitan ese proceso de regulación emocional, necesario para el correcto y equilibrado desarrollo afectivo- emocional del niño: el entonamiento emocional y la referencia social. Centrémonos solamente en éste último para no convertir esto en una extensa explicación teórica. Si el tema interesa, podemos reflexionar sobre el entonamiento emocional en el siguiente artículo.

La referencia social es el proceso por el cual el niño “mira” al adulto con la intención de  saber a qué atenerse con respecto al entorno. Surge cuando el niño, en una situación no familiar para él, toma como referencia al adulto para extraer información sobre su entorno y actuar en consecuencia, una vez ha conseguido una valoración positiva o negativa de él. Esto se ha comprobado con el experimento conocido como del “precipicio visual”; en él se sitúa a un niño de un año en un lado de lo que parece un precipicio, (aunque hay un cristal, el efecto visual es de ausencia de base), mientras que al otro lado se sitúa un robot de juguete. El niño tentado por él comienza a gatear, pero cuando llega a lo que sería el borde del “precipicio” mira a la madre buscando referencia. Si a esta se le ha dado instrucciones de que sonría y se muestre tranquila, el niño cruza el aparente precipicio. Si por el contrario la madre se mostraba cautelosa o con gesto de temor, el niño daba la vuelta y quedaba algo agitado. En estas edades tan tempranas, el niño espera de la madre que valore afectivamente su mundo.

Hay miedos que surgen como resultado del desarrollo sano y normal del individuo, como puede ser el miedo ante los extraños (que aparece de forma universal en torno a los 7-8 meses), pero la reacción que la madre o figura adulta de referencia tenga en esas situaciones condicionará la superación o no de ese miedo.

Poco a poco, el niño va creciendo y ganando en autonomía e independencia, reconociéndose como un ser diferente a la madre o figura adulta de referencia, y quizá en otras situaciones a lo largo de nuestra vida, ya no miremos a nuestra madre para extraer información sobre el entorno, pero sí nos fijamos en un maestro, profesor, educador, o incluso, nuestros amigos para conseguir esa valoración positiva o negativa del entorno que nos lleve a actuar de una u otra manera. Habrá quienes sean más independientes que otros, pero ¿no os parece que esa referencia social está presente en nuestros procesos de regulación emocional a lo largo de toda nuestra vida? Ante un entorno desconocido, una situación no familiar, miramos a nuestro alrededor y nos contagiamos de la tensión  o la seguridad, del miedo o la confianza, de la prudencia o el atrevimiento, …

No quiero negar con esto la autonomía individual de cada uno a la hora de enfrentarse a retos o nuevas situaciones, nada más lejos de eso. Simplemente, quería compartir esta reflexión, para que como educadores lo tengamos en cuenta y controlemos nuestras emociones, que transmitamos prudencia pero también coraje y que no transmitamos nuestros prejuicios y miedos a nuestros educandos.

22/01/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¿Prudencia o miedo?

El tema de hoy despierta en mí cierta incertidumbre, el desasosiego de no saber qué dirección tomar en este asunto. He compartido esta inquietud en varias conversaciones, mantenidas con gente que me ha aportado diferentes puntos de vista: padres y madres, profesores, policías, psicólogos… Y lamentablemente no he encontrado un punto de unión que aportara luz en este asunto: Con nuestros hijos o alumnos, ¿somos excesivamente protectores o simplemente prudentes tal y cómo están las cosas hoy en día? ¿Es prudencia o miedo?  Ese miedo que paraliza, que bloquea y que puede llegar a limitar nuestra autonomía, o en este caso, la de los niños y adolescentes que tenemos a nuestro cargo.

No sólo nos preocupan los nuevos peligros que han surgido en los últimos años: internet y las redes sociales especialmente, sino que éstos parece que han agravado aquellos riesgos que desde siempre podían encontrarse en la calle: peleas, robos, o incluso secuestros, entre otros. Y ahora tenemos miedo, pánico  a que a los niños les pase algo cuando se desplazan solos de un sitio a otro, cuando se bajan a jugar a la plaza o al parque, cuando salen a dar una vuelta con sus amigos. Si hablas con gente de más edad, padres que ahora son abuelos, profesores y policías jubilados, te comentan que ese miedo ha estado siempre y que antes también había padres excesivamente protectores o excesivamente descuidados. Sin embargo, yo creo que ese miedo, se convierte ahora en pánico cuando escuchas ciertas noticias en la televisión, y ese pánico nos bloquea como educadores, sin saber qué dirección tomar: ¿qué estamos haciendo? ¿Proteger en exceso o simplemente limitar cierta autonomía de los niños por prudencia? Definitivamente, estos casos, lamentablemente demasiado frecuentes en la actualidad, de abusos, palizas, secuestros, etc., no nos dejan indiferentes. ¿Qué podemos hacer? ¿Dónde está ese término medio, ese punto de equilibrio entre proteger y cuidar a nuestros hijos y alumnos sin dañar con ello la necesaria autonomía e independencia necesaria para seguir creciendo?

Hay que ser prudentes, no olvidar una de nuestras principales labores: cuidar y proteger a la infancia, pero sin descuidar otra función esencial como educadores: ayudarles a crecer, a ser cada día más autónomos, a que sepan valerse por sí mismos. No se puede vivir con miedo…,  pero la situación asusta. Supongo que éste, al igual que ocurre con otros miedos, será algo que tenemos que superar…

08/01/2014 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Propósitos

Y cómo no, este blog no iba a ser menos… También quiero plantear desde aquí posibles propósitos que como padres, maestros o profesores, podríamos plantearnos para el Año Nuevo. El primero de todos ellos sería que precisamente dejaran de serlo, es decir, que pasaran de ser propósitos a realidades, que pasaran a la lista de nuestros logros personales, esos que nos hacen sentirnos satisfechos con nuestra labor.

Siempre me cuesta reincorporarme al trabajo después de las vacaciones de Navidad y entonces me pregunto dónde habré puesto ese espíritu renovador que me acompañaba en Noche Vieja y Año Nuevo, con el que estreno agenda y miro esos 365 días con entusiasmo y optimismo. Pero este año ha sido distinto, cuando protestaba por incorporarme a trabajar el día después de Reyes, alguien dijo “yo me iría de buena gana a trabajar”… Tal y como están las cosas, tener trabajo es todo un regalo, valorémoslo. Repensémoslo como una oportunidad de desarrollo, de crecimiento, de darse a los demás; comencemos la jornada con el firme propósito de darnos al 100% y hacerlo lo mejor que podamos.

En el caso de aquellos que trabajamos en educación o a los que tenemos hijos, seamos conscientes, además, de que los niños no esperan, crecen cada día que pasa y lo que no hayamos hecho, aprovechado, estimulado, enseñado, corregido, disfrutado,…, se lo lleva la corriente del río del tiempo, que no echa marcha atrás. Dediquemos tiempo a su hoy, sus necesidades e intereses de ahora y saquémosle partido. Relativicemos las prisas del día a día: terminar esta unidad, recoger la casa, preparar un examen, etc., y pensemos en la educación como el proyecto a largo plazo que es. Hoy son bebés, niños o adolescentes, mañana serán adultos que dedicarán su tiempo a otras cosas. Y si lo hemos hecho bien, sabrán hacer de ese tiempo, vida.

Sólo un último propósito más (para no caer en esto de abarcar mucho y apretar poco…): centrarme en lo que puedo hacer, cambiar o mejorar yo. En estos momentos, criticar es fácil: parece que todo está en crisis. La política, la economía, la educación, la sanidad,… Y corremos el riesgo de perdernos en un círculo de pesimismo que nos impide ver lo que está en nuestra mano. Esta es nuestra situación, ¿qué podemos hacer con ella? Sí, si hubiera más recursos podríamos hacer mucho más, pero, ¿qué está en nuestras manos? En peores situaciones han estado maestros que han dejado una gran huella en sus alumnos, padres que han hecho de sus hijos muy buenas personas… ¡Nosotros también podemos!

30/12/2013 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¿Qué estamos haciendo bien?

Debo reconocer que el primer título que me ha venido a la cabeza para este artículo ha sido precisamente el contrario: ¿Qué estamos haciendo mal? Y esto era justo lo que quería evitar: ese pesimismo que contagia el ámbito educativo, que nos hace hablar una y otra vez de todo lo que estamos haciendo mal padres, educadores, la sociedad en general, en lo que se refiere a educación de niños y adolescentes.

Ahora que termina el año y que todos nos sentimos inclinados de manera inevitable y natural a hacer balance del año que termina, de lo vivido a nivel personal y profesional; es un buen momento también para reflexionar sobre lo que estamos haciendo como padres, maestros, profesores o educadores. Pero para evitar caer en el foso de lo negativo, quiero centrarme en aquello que considero que sí estamos haciendo bien, que es positivo, para que sirva de base para nuevos propósitos educativos del año que empieza.

En primer lugar, resalto el papel protagonista, prioritario, que se da al niño a día de hoy. No digo que los niños no fueran lo primero y más importante para padres y educadores de años atrás, pero las actuales corrientes educativas hacen mucho hincapié en esto: situar al niño en el centro del proceso educativo, protagonista de su propio aprendizaje. Por otro lado, los niños en la familia también ocupan un lugar especial: son lo primero, adaptamos nuestros horarios, costumbres, mobiliario del hogar, etc., para poder satisfacer sus necesidades. Por tanto, si nuestros hijos y nuestros alumnos son lo más importante, esto nos llevará a querer darle lo mejor de nosotros mismos, a mejorar, a esforzarnos, a formarnos; en definitiva, a ser mejores padres, educadores, personas.

Además, el ritmo de vida rápido y cambiante al que nos han acostumbrado los rápidos avances tecnológicos, entre otros factores, nos han hecho más conscientes de la necesidad de seguir formándonos a lo largo y ancho de nuestra vida. Nuestra formación inicial es un recurso base, la llave que nos abre una puerta al conocimiento, pero pronto descubrimos que tras esa puerta que conseguimos abrir al terminar un módulo formativo, una carrera universitaria, la decisión y el regalo de ser padres, aparecen ante nosotros muchas más puertas que abrir, surgen nuevos interrogantes a lo largo de nuestra tarea educadora que necesitamos ir resolviendo, nuevas situaciones en las que las herramientas que poseemos no nos dan buen resultado. Esto nos convierte en mentes más inquietas, capaces de aprender con y junto sus hijos y alumnos.
Otro aspecto que resaltaría como positivo es que nos hemos dado cuenta de la necesidad de colaboración entre las diferentes instituciones educativas. Vayas teorías educativas confirman esta hipótesis. Baste como ejemplo la Teoría Ecológica de Bronfenbrenner, quien sostiene que el individuo se desenvuelve en diferentes contextos (sistemas): la familia, el colegio, el parque, etc., y que no sólo todos ellos influyen en su desarrollo como persona, sino que además la interacción entre dichos sistemas también influye en dicho proceso. Por ello, es necesario que caminemos todos en la misma dirección, que colaboremos mutuamente en esta difícil tarea de educar. Hoy en día se cuida la relación familia- escuela, existen diferentes alternativas de educación no formal que tratan de fomentar una sociedad educadora.

Con este artículo no quiero decir que todo se esté haciendo bien en materia educativa, ni mucho menos. Sólo pretendo resaltar aspectos positivos que pueden animarnos a empezar el 2014 con muchas ganas de seguir educando, de esforzarnos por hacerlo cada día mejor apoyándonos en nuestros puntos fuertes. Ya habrá tiempo de hablar de lo no tan bueno…

16/12/2013 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Despacito y buena letra

Es frecuente escuchar quejas entre los profesionales del ámbito educativo: “De educación, opina todo el mundo”. Incluso yo misma lo habré dicho en un par de ocasiones. Y es que, de educación todos sabemos algo, todos hemos sido educados, en casa (educación doméstica), en el cole (educación formal), y en otros servicios y experiencias que la sociedad nos ha ofrecido y ofrece (educación no formal). No quiero decir con esto que justifique ciertas desconfianzas o intromisiones a los educadores de hoy en día. Nada más alejado de ello, pero sí que me gustaría que la educación fuese realmente un diálogo en la que todos, profesionales y no profesionales, podamos aportar nuestro granito de arena, una anécdota que nos marcó, una teoría que nos sorprendió, un método o estrategia que funcionó,... Porque, para bien o para mal, todos hemos vivido experiencias educativas que nos han formado como personas, que nos han marcado y definen gran parte de lo que somos hoy en día.

Por eso, te invito a que hagamos de este blog una tertulia entre apasionados de la educación. Sea cuál sea tu oficio o formación, la edad de tus hijos, o tus inquietudes. Aprendamos y crezcamos juntos.

Por mi parte, este blog supone la oportunidad de parar, reflexionar y encontrarme con las palabras,  para a su vez encontrarme conmigo misma (mis preocupaciones, fallos y aciertos) y contigo, de quien seguro tengo mucho que aprender.

Despacito, con calma, con serenidad para dedicarle tiempo a cosas que realmente merecen la pena; y buena letra, con seguridad, respeto y coherencia.
¿Comenzamos?

Mostrando 45 resultados.
Resultados por página 75
de 1