12/05/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
“Hiperpaternidad”

Quizá hayáis leído un artículo cuyo título era toda una advertencia: “¡Cuidado! Llega la hiperpaternidad”. Si no lo habéis leído, os lo recomiendo, pues invita a la reflexión sana, a la autocrítica constructiva sobre lo que estamos haciendo con nuestros hijos, o incluso alumnos, pues también podemos pecar de “hiperdocentes”.

Es la primera vez que oigo denominar de esta manera al estilo de padres, modelo de crianza, o como queramos llamarlo, que parece caracterizar a las familias del siglo XXI. Un “hiperpadre” vendría a ser aquel que ejerce casi en exclusiva de chófer y secretario de sus hijos en su tiempo libre, carga con sus mochilas de camino al colegio, y otra serie de detalles, tareas y responsabilidades que, aun siendo capaces de hacerlas los propios niños, es el padre, la madre, el abuelo, la tía, el maestro, etc., quien se encarga de realizarlas. Por eso, creo que esta reflexión nos viene bien a todos, puesto que corremos el peligro de convertirnos en un “hipereducador” casi sin llegar a ser conscientes de ello.

Es precisamente esto último de la inconsciencia una de las cosas que más me han hecho pensar, puesto que muchos de los planteamientos subyacentes a comportarnos de esta manera son buenos, o al menos, bienintencionados. Veamos un ejemplo: un padre que apunta los exámenes de sus hijos en su propia agenda o que manda un mensaje a otro padre para saber los deberes que llevan para casa, lo hace porque quiere estar informado de lo que pasa en el cole, quiere echarle una mano, ponerse a estudiar con él, que lo lleve preparado, etc. ¿Cómo puede ser esto negativo? Pues esto, poco a poco y sin darnos cuenta, puede estar obstaculizando que nuestros hijos sean responsables de sus cosas, aprendan a organizarse y gestionar su tiempo.

No quiero decir con esto que no haya que estar al tanto de lo que sucede en las aulas, nada más alejado que eso. Pero puede que sea más sano para todos interesarnos por lo que están aprendiendo, sus amistades, intereses  y gustos, y no sólo en convertirnos en los secretarios que llevan al día sus agendas, aunque eso traiga de la mano algún suspenso o descuido en aquello que es su responsabilidad.

En edades más tempranas es muy común ver a unos padres quitar y poner abrigos, desenvolver bocadillos, dar de comer, recoger, preparar mochilas, tirar papeles a la papelera,…, cosas que sus hijos ya están sobradamente preparados para hacer. La autonomía y responsabilidad empiezan a cultivarse en tareas como éstas. Entristece ver cómo se presume de lo bien que un niño de tres años maneja una tablet, en lugar de valorar que ya se viste solo, por ejemplo.

Una de las propuestas que se mencionaban en  el artículo para no caer en esto de la “hiperpaternidad” sorprende nada más leerla: no hacer tanto caso a los niños. Esto puede sonar disparatado pero si se profundiza en la respuesta, quizá no sea tan descabellado. Definamos “caso” como esa atención desmesurada que puede llevarnos a ocuparnos de cosas que son responsabilidad de nuestros hijos, y no nuestra; que nos llevan a diseñar y cumplir horarios imposibles en los que encajar todas las actividades extraescolares con las que les desbordamos y que llegan a requerir nuestra ayuda para poder afrontar todas sus obligaciones; a desentenderles de pequeñas tareas domésticas y/o hábitos que han de ir adquiriendo poco a poco, etc. Y esta solución desembocaba en la idea, en mi opinión, estrella del artículo: relajémonos. Los niños necesitan padres relajados, que disfruten de su paternidad. A lo que añado: necesitan profesores que disfruten de su profesión, monitores que transmitan la pasión por lo que enseñan; y no tanto alcanzar la perfección, ni por ellos mismos, ni a través de unos padres que así lo sean, midiendo todas y cada una de nuestras acciones.

No, no llegamos a todo. Hay cosas que se quedan por hacer, actividades que se pierden porque no da más de sí el día, cumpleaños a los que no van porque se tienen otros compromisos, trabajos que no se entregan porque no se apuntaron debidamente en la agenda, exámenes que se suspenden, ropa que se mancha porque comen solos, abrigos puestos del revés, cosas que se olvidan en casa porque se preparan ellos solos el material para el día siguiente,… Y no pasa nada, porque lo mejor no es que nuestros hijos sean los mejores, sino que lo hagan lo mejor que puedan; lo mejor no es que tengan los mejores padres, sino que lo hagamos lo mejor que podamos. ¿Y tú en qué crees que consiste hacer lo mejor?

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