07/04/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
¿Amor o miedo?

En el mes de febrero volví a tener la oportunidad de colaborar en una de las charlas para padres y educadores que el Centro de Atención a la Infancia de Aldeas Infantiles organiza cada curso. Una vez más el tema a abordar era el de los límites, las normas, los problemas de conducta, etc. Y es que éste es un aspecto que se nos resiste, tanto a padres y educadores, unos por exceso y otros por defecto, cuesta encontrar el equilibrio entre el permisivismo y el autoritarismo.

Comenzamos la intervención compartiendo los aspectos básicos a la hora de plantear y mantener normas y límites de una manera sana, activa y colaborativa. Así hablamos de fijar las normas y límites que se consideren convenientes de manera previa, consensuados, dialogados, compartidos y conocidos por todos; al igual que haremos con las consecuencias que de su incumplimiento se derivarán. Estas consecuencias, a su vez, habrán de ser claras, coherentes y lo más inmediatas posible y nunca establecidas “en caliente”. Además, trataremos de no llenar nuestra aula u hogar de normas y límites, sino que reflexionaremos y seleccionaremos las que verdaderamente sean necesarias.

Éste ha sido un resumen quizá demasiado escueto, por lo que animo si a alguien le interesa el tema o está en una de esas situaciones de “reforma interna”, por necesidad o por deseo de mejora, y le vendría bien más información o material, sólo tenéis que pedirlo, ya que llevo ya unos años recopilando bastantes cosillas, de las cuales, algunas me han resultado bastante útiles e interesantes.

Y es que en esta entrada del blog, quería reflexionar junto a vosotros precisamente sobre este último punto: los límites verdaderamente necesarios. Cuando estaba preparando este tema, cayó en mis manos una propuesta que abordaba el tema desde una perspectiva diferente, lanzando la siguiente pregunta a padres y educadores: “Límites: ¿desde el amor o el miedo?”. La pregunta desencadenó en ese mismo momento que comenzara a replantearme las normas que vertebran mi casa y el aula, tanto las que considero más esenciales o básicas, como aquellas que en determinados momentos podrían saltarse sin ningún cargo de conciencia. Así que con el interés a flor de piel, ya toda mi búsqueda de información y lectura fue por esa línea.

La propuesta ponía de manifiesto que muchos límites que marcamos a nuestros hijos o alumnos, pese a estar definidos de una manera coherente y son, por así decirlo, buenos y positivos de una manera muy obvia, no siempre son planteados de la manera correcta. La motivación que nos lleva a establecerlos es más miedo que amor (aunque se parte de la base que siempre estamos movidos por el amor a nuestros hijos y alumnos, indudablemente) y ahí puede ser la raíz de por qué no funcionan, no logramos que los niños los hagan suyos y los cumplan. Es decir, que aunque nuestras normas sean coherentes, concretas, claras, comprensibles, consensuadas y dialogadas, respetuosas, equilibradas, etc., si no partimos desde el amor desde su planteamiento, es probable que  no lleguemos a buen puerto. Pongamos dos ejemplos para trasmitiros mejor la idea, uno de  matiz más familiar y otro más propio del contexto escolar:

- Norma: “Comer de todo”. ¿Quiero que mis hijos se coman el puré de verduras porque les quiero y sé que una dieta sana y equilibrada es lo mejor para su salud, nutrición y crecimiento? ¿O quiero que se lo coman porque tengo miedo a que cada vez que haya algo que no les guste me monten el número y siempre me van a pedir que les ponga de comer sólo lo que les gusta?

- Norma: “Escuchamos sin interrumpir”. ¿Quiero que se escuchen unos a otros sin interrumpirse porque es una forma de respeto al prójimo y una forma saludable y esencial de convivencia? ¿O quiero que lo cumplan porque si no tengo miedo al alboroto que se puede liar en el aula, es imposible explicarles nada, ni yo, ni el profesor con que les toque clase, etc.?

Sé que esto de primeras puede sonar simplón y absurdo, porque aunque evidentemente la primera respuesta es la que de fondo nos convence, y con la que sin dudar yo, al menos, me identificaría de base siempre, sí que es verdad que a veces puedo verme identificada con la segunda opción. Y eso, aunque parezca mentira, lo cambia todo.

Desde hace meses me repito esta pregunta cuando entra en juego algún límite o norma, tanto si es de nueva fijación, como alguna que haya surgido sobre la marcha, o si alguien no los ha cumplido; y me he sorprendido de las veces que, en el ajetreo de cada día, aunque el amor siempre está en la base, he tenido que reconducir mi planteamiento, pues en ese momento me he identificado más con el miedo que con el amor. ¿Quién se atreve a preguntar? ¿Amor o miedo?

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