04/02/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Cada caso es un fracaso

Realmente me gustaría no tener que escribir sobre esto, pero los últimos acontecimientos no me dejan indiferente: una nueva víctima mortal alimenta el lamentable fenómeno del acoso escolar. Una frase que resuena en mi cabeza una y otra vez: “no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir”.  Del acoso escolar me duele todo: por supuesto los acosados, pero también los agresores que llegan a comportarse de esa manera y las razones o situaciones que les llevan a ello (la agresión es la punta del iceberg de muchos problemas subyacentes: baja autoestima, posibles víctimas de otros abusos, falta total de valores, límites y buenos modelos, etc.); me duelen los testigos- cómplices pasivos que adormilados con la misma anestesia que parece entontecer también a la sociedad adulta, son y somos capaces de mirar hacia otro lado una y otra vez; me duelen los padres de todos ellos, sea cual sea el papel de nuestros hijos en este drama, sobrepasados con la situación, desorientados sin saber qué hacer, cómo ayudar, cómo evitar, a quién acudir; y me duele el profesorado, todos aquellos que hacemos de la educación nuestra vocación y profesión, y vemos como nuestro lugar de trabajo es el infierno para quienes deberían ser los protagonistas de nuestra labor, a quienes deberíamos ser capaces de ofrecer un espacio de aprendizaje en el que se sientan seguros, cómodos y valorados. ¿No resulta frustrante? Cada caso de acoso escolar, grave o leve, salga o no en los periódicos, se comente o no en la sala de profesores, alerte o despreocupe a los padres, es un verdadero fracaso para la toda la comunidad educativa. Y lo es desde muchas perspectivas, por los daños personales y los colectivos, desde una dimensión afectiva, psicológica, física, académica y social. Así que, en mi opinión, hay que hacer algo desde ya, no sólo a nivel institucional o de centro, con planes y normas de convivencia, sino cada uno en su aula, cada uno en su casa y desde lo cotidiano.

Los últimos programas de prevención e intervención contra el acoso parecen centrarse en el papel de los alumnos como testigos que pueden frenar estas situaciones, actuando como radar de posibles situaciones de abuso o maltrato (siempre incluyendo tanto el verbal como el físico) y frenando con su intolerancia este tipo de conductas. Por lo que he leído, la última propuesta de Finlandia en su lucha contra el acoso va en esta línea y están viendo cómo los casos se reducen. Sin embargo, creo que a este tipo de tumor hay que atacarle desde diferentes frentes para su auténtica erradicación. Por un lado, deberíamos trabajar la autoestima de nuestros hijos y alumnos para fortalecer su autoconcepto y alimentar su resiliencia. No somos perfectos pero nos queremos a nosotros mismos sin fisuras, complejos ni inseguridades por las que se pueda colar el maltrato y acabar convirtiéndonos en víctimas.

El otro día, hablando con varias personas sobre esto, casi todas eran capaces de reconocerse a sí mismas en situaciones desagradables a lo largo de su infancia y adolescencia, en las que han sido insultadas o ridiculizadas por razones todas ellas injustificadas, pero que ahí están: aspecto físico, personalidad, forma de vestir, algún incidente desacertado, etc. No podemos evitarles esas cosas a nuestros hijos o alumnos, pero sí podemos dotarles de herramientas para que se conozcan y valoren, se sientan cómodos y seguros consigo mismos y no consientan que se les trate de cualquier manera. En mi opinión, ésta es la mejor prevención, que nadie sea “carne de cañón”, que nadie concuerde con el perfil de víctima.

No obstante, y aunque creo en la bondad del ser humano, aún así habrá quienes den rienda suelta a su agresividad, inseguridad, a su falta de moral, a su necesidad de imponer, dominar o ridiculizar a otros para sentirse bien. Por lo que una educación emocional y en valores que no mire hacia otro lado en las pequeñas situaciones cotidianas, nos permitirá educar personas tolerantes, respetuosas, capaces de solucionar conflictos internos y externos sin dañar a otros. Cada vez estoy más convencida de que todo surge con pequeños gestos y concesiones en lo poco, pasar por alto un conflicto en el aula, en el patio o fuera del recinto escolar, permitir ciertos motes en clase, detalles de rechazo, una mala contestación… Conductas y actitudes a las que hay que prestar tolerancia cero y atajar cuando son granos de arena y no grandes montañas, ante las que nos sentimos desbordados e ineficaces.

Y por supuesto, necesitamos despertar de nuestro aletargamiento, todos, pequeños y mayores y dejar de sentirnos cómodos en ese “si yo no hago mal a nadie”, porque no hacer el bien ya está mal. ¡Reaccionemos! Que niños y adolescentes vean en nosotros gente comprometida, coherente e implicada con el que tiene al lado.

Lo reconozco, no estoy siendo amable en el texto y lo siento. Que nadie se sienta ofendido por mi crítica, me la hago a mí la primera, porque un niño de 11 años se ha suicidado como única vía para no ir al colegio, y eso es un fracaso absoluto…

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