16/01/2014 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Ladrón, capítulo 2

Todo se había convertido en una sombra. La oscuridad reinaba a mi alrededor y no podía vislumbrar nada, ni tan siquiera era consciente de tener ojos. Alcé las manos pero la sensación que me acompañó fue de vacío. No tenía cuerpo que mover, estaba encerrado en mi propia mente. Imaginé una luz y apareció suspendida y flotando sobre mi.

Giré con la libertad de no tener un cuerpo que entorpece los movimientos. Lancé luces con mi mente en todas direcciones, pero ante mi solo se abría un abismo sin final. Estaba suspendido en la más absoluta oscuridad. Sin forma y probablemente muerto, sentí miedo. La sensación me congeló el pensamiento y no pude cerrarme a ella, pues era todo lo que tenía.

Me aferré con todas mis fuerzas a los recuerdos de mi vida. Era un ladrón, había un hombre con capucha y una pequeña caja que al abrirla se había estallado en la cara. Después de eso, ya no había nada más. Solo el vacio donde me encontraba ahora.

Una cuchilla apareció en lo que supuse era arriba, pues sin nociones espaciales es muy difícil orientarse. El miedo que me había atacado antes, se hacía sólido. Lo primero que apareció fueron mis pies descalzos, igual a como los recordaba. Las piernas y el resto del cuerpo llegaron un instante después. Bajó mi cuerpo se materializó una carretera embarrada, con un bosque impenetrable a los lados.

La cuchilla apareció a mi espalda. Pasé las manos por mi pelo y lo acerqué a los ojos, seguía siendo de un rojo fuego imposible de disimular, algo que había sido un quebradero de cabeza para alguien como yo.

Sin espera respuesta alguna comencé a correr, lo más rápido que mis pies pudieron soportar. El barro me salpicaba por todo el cuerpo, pero no avanzaba. Me encontré prisionero de mi propia pesadilla. La guadaña que me perseguía cada vez estaba más cerca. Cortaba lentamente el aire que me envolvía, partiendo los árboles como si fueran espigas de trigo.

Respiré un aire cálido y cuando giré mi cabeza para contemplar mi muerte, encontré al mismo hombre encapuchado que recordaba. Alto y vigoroso, con una media sonrisa oculta tras las sombras.

- Es hora de despertar – Tocando mi hombro, tal y como había hecho antes del sueño, me susurró al oído.

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