12/12/2013 Relatos de Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Víctor M. Parreño
Premio a la eficiencia

Estaba sentado en una boya, a unos doscientos metros de la playa. Al igual que el protagonista de Murakami, le gustaba nadar, pero él lo hacía por la noche. La placidez de un mar en calma y el ejercicio necesario le ayudaban a serenarse. Cuando acababa la jornada, se atrevía a ponerse el bañador y caminar hacia la playa. Disfrutaba con el tacto de la arena en sus pies, y la tranquilidad que ofrecía una playa desierta, sin aglomeraciones.

Una semana de “vacaciones” no sería suficiente para conseguir detener el mundo, disfrutando del simple hecho de vivir, pero hace tiempo había aprendido a conformarse. Desde pequeño la educación le enseñó a no quejarse, a ser complaciente y servicial, un perfecto engranaje, sustituible en el entramado de la sociedad. Con la libertad justa para no rebelarse, y la presión global suficiente para no atreverse a disentir, salvo en lo más intrascendente.

Un buen ciudadano acepta cualquier situación imposible siempre que el resto de la sociedad lo haga. Puede ser un auténtico esclavo dentro de un entramado mayor, pero asume su condición como natural. Una sola vez se había atrevido a levantar la voz de manera voluntaria y original, el premio, una semana sin empleo y sueldo a manos de su jefe.

Ahora nadaba bajo el pálido reflejo de la luna. Una brazada tras otra, sin detenerse ni perder el ritmo. Disfrutaba de la sensación de soledad, alejado del ruido y del ajetreo de aquella ciudad costera. Durante un momento pensó en la extraña condición del ser humano, que huye de su trabajo y las aglomeraciones, para dirigirse a un lugar más superpoblado. Quizás por eso él dormía durante el día y vivía por la noche.

Tumbado sobre la boya y flotando en la placidez del mar, recordaba la discusión con su jefe y su posterior suspensión. Todo porque en su insensata devoción hacia el trabajo, había pedido las cuentas para ponerlas al día. Durante meses solicitó una revisión de las facturas y los gastos sin resultado, hasta que un día le llamaron al despacho. No recordaba bien la conversación, pero sí la sonrisa taimada y recelosa de un hombre sentado tras una mesa, sin papeles ni llamadas constantes, como la suya.

Durante aproximadamente una hora, recibió quejas sobre su obsesivo comportamiento y absoluta eficiencia, que desmoralizaba a los compañeros. Nada parecía tener sentido en la conversación. Lo que sí consiguió recordar fue la última frase que su jefe le dijo, junto antes de invitarle a una semana sin empleo y sueldo.

- No necesita usted saber de dónde sale el dinero que paga su sueldo. A no ser que no quiera seguir cobrándolo. ¿Me ha entendido?

Porque ya no se amenaza como antes, ahora hemos aprendido y lo hacemos de manera sucinta, avergonzándonos y eludiendo nuestra propia responsabilidad. Somos una buenas ovejas fieles a su pastor y temerosas del perro. Lo extraño es que ni somos ovejas, ni el pastor sabe dirigir, y sobre todo, el perro no tiene dientes. Como decía Erick Fromm nuestro mayor miedo es la libertad, demasiado amplia y llena de posibilidades para comprenderla. Con el tiempo llegó a preferir su pequeña jaula, segura y fiable.

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