21/12/2016 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
A sus Majestades los Reyes Magos de Oriente

Es tiempo de escribir la esperada carta a los Reyes Magos y me está costando más de un dilema... No es que no sepa qué pedir, que creedme si os digo que tengo una lista bastante larga, mi problema es precisamente ése: ¿pido demasiadas cosas? ¿Incito a que mis hijos y alumnos pidan sin medida? Sí, he leído sobre “la regla de los cuatro regalos” (1. Algo que sirva para llevar, es decir, ropa, zapatos o complementos; 2. Algo para leer; 3. Algo que realmente deseen; y 4. Algo que realmente necesiten), y aunque sin duda estas cuatro categorías aparecen en nuestras listas de deseos, y me atrevo a profetizar que estarán representadas casi con total seguridad tanto en los regalos que yo reciba como en los que, al menos, reciban mis hijos; seamos sinceros, no sólo mis hijos, sino la inmensa mayoría de los adultos y niños de mi entorno más cercano, recibirán más de cuatro regalos.

Por mis creencias, para mí la Navidad es mucho más que regalos, luces y comilonas, incluso algo más que reencontrarse con la familia y los amigos, que ya de por sí es algo maravilloso. Además, yo le añado el valor que como cristiana tiene para mí esta celebración. A esto hay que sumarle, que lo que más me gusta regalar y que me regalen son presencias, momentos compartidos que llenan de luz y amor mis días, y no sólo durante estas fechas, sino todo el año. Y, sin embargo, el 6 de enero, mi hogar amanecerá repleto de regalos para mis seres queridos, que se sumarán a otros tantos que otros reciban en otras casas y a otros tantos que recibamos nosotros en otros lugares, rompiendo en mil pedazos esa regla de la que os hablaba al principio y que tan bien suena.


Por supuesto, que quiero educar a mis hijos en la solidaridad, en la generosidad, en los valores profundos que sustentan el mundo y que hacen valiosas a las personas, por encima de lo que materialmente se posea, y que, aunque esto es algo que se trabaja durante todos los días del año, durante todos los meses del año, y durante todos los años de nuestra vida, la Navidad ablanda nuestros corazones y hay que aprovecharlo para hacer un poquito más de lo que deberíamos hacer por costumbre, siendo Reyes Magos no sólo para amigos y familiares, sino para aquel que lo necesite, tanto a nivel material como emocional, como humanos.

Al menos, honestamente, así trato de vivirlo. Y sin embargo, el 6 de enero ya sabéis como acaba la historia en mi entorno inmediato. Y me siento afortunada por ello, no por el número de regalos, ni por lo que cuesten económicamente, ni siquiera por lo que es, sino por todo lo que implica hacer un regalo. Me parece un acto tan bonito, que andemos todos locos tratando de sorprendernos los unos a los otros, independientemente del presupuesto, no está en eso el secreto, sino en la intención. Y qué queréis que os diga, es que no puedo sentirme culpable por ello, quiero transmitir esa ilusión que haga creer que los Reyes Magos existen, los vemos a diario.

Sí, ya sé que esta moneda tiene otra cara, amarga, oscura y peligrosa: la saturación de juguetes, el no valorar lo que tenemos, una avalancha de regalos que no podemos ni asimilar, el consumismo, el materialismo, etc. Y estoy completamente de acuerdo: con esto no le hacemos ningún favor a los niños, y añado, tampoco a los adultos que “tenemos de todo y no sabemos ya qué pedir”. Pero me pregunto, ¿realmente esto es culpa de los Reyes Magos? Porque me temo que no, o al menos en mi opinión,  no solamente por su culpa. Y con una buena educación y bien afrontado el tema, los Reyes Magos no son un problema sino algo de lo que podemos aprender mucho, prácticamente todo lo contrario de lo que a primera vista puede parecer… Así, para empezar, nuestra capacidad de ilusionarnos, de soñar, ¡¿cómo no se nos va a ocurrir qué pedirles a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente?!

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