11/02/2014 Innisfree
Lucio Mochales
Lucio Mochales
Adiós, Mr. Hoffman

Resulta difícil aceptar que en un suspiro un talento deslumbrante desaparezca de este mundo. Todas las muertes son iguales, suponen el final de una existencia que no volverá a repetirse, el drama humano de la finitud que pasa su inexorable factura. Pero, a qué engañarnos, no todas las muertes las recibimos igual. No es comparable el fallecimiento de una persona anciana que ha vivido largamente y desarrollado todas sus facultades y entendimientos, que la desaparición de quien tiene todavía mucho que ofrecerse a sí mismo y a sus congéneres según los estándares de la longevidad humana.

Por eso hay muertes que a uno le producen un cierto sentimiento de orfandad. El pasado 2 de febrero moría en la ciudad de Nueva York, víctima de una sobredosis de heroína, uno de los actores más extraordinarios que ha dado el cine americano en los últimos 20 años, Philip Seymour Hoffman.

No era una estrella, al menos en ese sentido hollywoodiense que convierte en iconos comerciales a intérpretes en ocasiones intrascendentes dotados de un atractivo físico notable.

Seymour Hoffman era bajito y rechoncho, de ojos pequeños, y con un pelo rubio pajizo que dejaba ver el cuero cabelludo en incipientes entradas, o sea que no era gran cosa físicamente, pero tenía unas dotes interpretativas difícilmente igualables por cualquier actor de su generación, eso que los ajedrecistas llaman un “natural”, alguien a quien no le costaba ningún esfuerzo enfrentarse a papel alguno, fuera cual fuera el registro requerido.

Nacido en 1967 en el seno de una familia de clase media-alta del estado de Nueva York (su madre es juez y su padre ejecutivo de una compañía multinacional) Hoffman se decantó por la interpretación desde muy joven y fue construyendo una sólida carrera fundamentalmente en producciones de cine independiente estadounidense. Su gran talento le llevó a trabajar con algunos de los más notables nombres del panorama cinematográfico indie americano: Todd Solonz, Cameron Crowe, Anthony Minguella, Spike Lee, Robert Benton, David Mamet o los muy consagrados hermanos Coen fueron algunos directores con los que trabajó a lo largo de su carrera. Pero además de todos estos y algunos más, hay un director indefectiblemente ligado al actor neoyorquino, Paul Thomas Anderson, que contó con él en cinco de sus seis películas: “Sydney”, “Boogie Nights”, “Punch, drunk, love”, “Magnolia” y “The Master”. Rara vez soy capaz de elegir una película cuando me preguntan cuál es mi favorita, pero sí tengo claro que hay algunos títulos que me han marcado especialmente; “Magnolia” es uno de ellos. En ella Seymour Hoffman interpreta a un enfermero que cuida de un enfermo terminal de cáncer (el no menos  magnífico Jason Robards) con el que se implica emocionalmente hasta el punto de buscar al hijo no reconocido del agonizante y propiciar su encuentro.

Aun así, su cénit interpretativo no lo alcanzó con Anderson, o al menos desde el punto de vista de los premios recibidos, porque es muy posible que sea por su magistral interpretación de Truman Capote por la que Seymour Hoffman sea mayoritariamente recordado. Pocas veces se ha aprehendido psicológicamente a un personaje tan poliédrico como el escritor americano como en el maravilloso rol que lleva a cabo Hoffman en “Capote”. La película cuenta la gestación del más conocido libro del escritor de Nueva Orleans, “A sangre fría”, y la dicotomía entre el trabajo periodístico de Capote sobre un asesinato de una familia completa en una pequeña ciudad de Kansas y la magnética atracción que ejerce sobre el escritor el principal acusado del crimen, detenido en la cárcel local. La gesticulación, la impostación de la voz, la manera de dominar el plano y una extraña sencillez interpretando a un personaje histriónico hasta la exageración, convierten el papel de Seymour Hoffman en “Capote” en algo más que un biopic al uso, dotándolo de identidad propia, más allá de la celebridad a la que representa. Un trabajo tan magnífico no podía pasar desapercibido para la Academia de Cine de Hollywood, que lo premió con el Oscar al mejor actor principal del año 2006. Además de este premio, fue nominado en otras tres ocasiones al Oscar al mejor actor de reparto por “La Guerra de Charlie Wilson”, “La duda” y “The master”.

Aunque su filmografía se ha interrumpido tan dramáticamente, resta el consuelo de que en breve podremos ver sus dos últimos proyectos aún no estrenados: “God’s pocket” y la que se dice que es una fabulosa interpretación “A most wanted man”, un thriller dirigido por Anton Corbijn.

Debo confesar que cuando conocí la noticia de su muerte sentí una sincera sensación de pérdida. Uno, que como cualquier cinéfilo tiene sus fetiches, esperaba recibir todavía un buen puñado de momentos inolvidables ante una pantalla de cine de alguien con tanto talento como Hoffman, y de pronto me di de bruces con la inalterable certeza de que eso no volvería a ocurrir. Quedan sus trabajos anteriores, suficientes para recordarlo como un auténtico fenómeno de la interpretación, pero también el regusto amargo de ver cómo una carrera a la que le faltaban todavía muchas etapas queda truncada e incompleta. Philip Seymour Hoffman no se convertirá en un mito popular por haber muerto joven, como James Dean o Kurt Cobain, ni en un icono de una generación, pero en cualquier escuela de cine, un día, cuando un profesor quiera mostrar a sus jóvenes pupilos cómo es una interpretación a imitar, escogerá una de las innumerables secuencias magistrales de Philip Seymour Hoffman y no tendrá que añadir ni una sola palabra más para enseñar a sus alumnos lo que es un actor.

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