28/12/2013 Innisfree
Lucio Mochales
Lucio Mochales
El topo

Confieso que desde hace unos años me resulta difícil emocionarme en el cine. No me refiero a la emoción lacrimógena que hace que uno derrame un tierno sollozo ante un amor imposible, una sentida muerte o un nacimiento deseado, una secuencia épica o un discurso que llega al corazón. Me refiero a lo que hace al gran cine diferente del buen cine a secas, a esa sensación de que cada fotograma está en su sitio, de que cada personaje, por pequeño que sea, es imprescindible, de que la banda sonora se funde con las imágenes hasta crear un todo indisoluble, de que cada línea del guión tiene su sentido, de que cada plano es una imagen que habla por sí misma y, por supuesto, a la sensación de que además de todo eso, y con carácter imprescindible, detrás de la cámara hay alguien que ha nacido para contar historias a través de ese arte que los anglosajones llaman “motion picture”.

Insisto, me cuesta emocionarme, quizá mi disco duro de emociones cinematográficas está a punto de completar sus gigas de memoria ram, hasta el punto de que hay años en los que cuando hago memoria recapitulativa no encuentro una película que realmente considere digna de estar junto a las realmente buenas, o a las que a mí me parecen realmente buenas.

Pero de vez en cuando ocurre, a veces sin esperarlo, que te encuentras frente a una peli que deja una muesca en tu memoria, que se abre paso en esa atiborrada base de datos para situarse al lado de las que te marcan, para siempre.

Eso me ocurrió con “El topo”. Para quien no la conozca debo indicar que es la quinta película del director sueco Tomas Alfredson, aunque en realidad sea la segunda para el gran público ya que las tres anteriores sólo tuvieron repercusión mediática en su país natal. Alfredson ya me había deslumbrado con la extraordinaria “Déjame entrar”, una historia sobre la amistad entre una niña vampira y un chico inadaptado sin amigos y perseguido por una panda de energúmenos en el colegio.

“El topo” es la adaptación de “Tinker, tailor, soldier, spy” (“Calderero, sastre, soldado, espía”) una de las novelas más célebres del escritor por excelencia del género de espías, John Le Carré. Eso sí, quien esperara una película de espías al uso pinchó en hueso. No hay escenas de acción especialmente reseñables y su ritmo es calmado de principio a fin. Sin embargo no recuerdo haber visto en mi vida una película sobre el mundo del espionaje tan veraz, y desde luego ninguna en la que me haya implicado sentimentalmente tan a fondo. La película es una reflexión magistral sobre el bien más preciado que puede existir en un mundo como el del espionaje dual por naturaleza, la lealtad. Y ahí Alfredson nos demuestra su verdadero calibre como director, porque rápidamente teje un argumento en el que se trenzan la búsqueda de un topo en el servicio de contraespionaje británico con las circunstancias personales de los personajes más significativos del film. No es mi intención revelar en este artículo ni los detallas del argumento ni por supuesto el desenlace final, porque si alguno de los que lo lean no han visto la película lo que tienen que hacer es correr a verla en el formato que sea, pero no me queda  más remedio que señalar las bondades de esta magnífica cinta, aquello por lo que la considero una obra extraordinaria.

En primer lugar su director, Tomas Alfredson (Suecia, 1965). Hay que seguirlo porque es canela en rama. Y además va sin prisa, de momento esta es su última película estrenada, aunque ya se ha confirmado que dirigirá una nueva, “The Brothers Lionheart” una adaptación de un cuento de Astrid Lindgren, sí la de Pippi Calzaslargas. Se espera su estreno a finales de 2014.

Es increíble cómo Alfredson, aun siendo sueco, construye una película británica por los cuatro costados, cómo es capaz de revestir a las imágenes de un feísmo que las hace pura verdad (ayudado en ello por la extraordinaria fotografía de Hoyte van Hoytema), cómo combina momentos pasados con presentes en impecables jump cuts para construir una acción que atrapa al espectador sin escapatoria posible. Pero sobre todo demuestra una extraordinaria maestría a la hora de contar una historia de sentimientos tan universales como personales y de convertirlos en el centro de la acción y en la razón última de todos los comportamientos de los personajes por el encima del tronco argumental que se presume fundamental, la caza del topo, o quizá porque dicha caza implique desnudar emocionalmente a cada personaje que tenga cierta transcendencia en el argumento. Del escandinavo se ha dicho que recuerda a Bergman, pero no sé por qué tengo la impresión de que cada vez que un director sueco despunta le cargan el sambenito de parecerse a Don Ingmar.

Y qué decir de la dirección de actores. Es cierto que cuando se cuenta con una nómina como la que tiene Alfredson puede parecer sencillo que las interpretaciones resulten bordadas, pero estoy harto de ver supuestos repartos de lujo que acaban naufragando porque cada uno hace la guerra por su cuenta. En “El topo” cada uno borda su papel, y eso es mucho decir cuando en la película aparecen Gary Oldman, un crepuscular pero no por ello menos atrayente Smiley, el personaje fetiche de Le Carré, Colin Firth, magnífico, elegante, ambiguo, John Hurt, breve pero impactante, Toby Jones, sólido como una roca, Mark Strong, contenido pero brillante como el diamante, y dos jóvenes que deslumbran junto a tanto actor consagrado, Benedict Cumberbatch, leal hasta las últimas consecuencias, y Tom Hardy, el único que realmente interpreta a un espía de los que estamos acostumbrados a ver en el cine, y que nos muestra la cara más vulnerable de los que parecen hechos de hielo.

La banda sonora del español Alberto Iglesias introduce un tono sosegado que le va como anillo al dedo a le película, mientras que algunas canciones escogidas con un enorme acierto ponen el contrapunto en algunos momentos del metraje.

No sé si les he convencido, pero mi intención es que, si todavía no lo han hecho, vean esta película como sea, véanla y disfruten con ella, no tengan prejuicios y saboréenla despacio, tranquilitos, y sobre todo no se pierdan ni una décima de segundo del desenlace, la última secuencia es de lo mejor que he visto en mucho tiempo, quizá desde el día en que vi en un cine perdido de Madrid “Muerte entre las flores”, y eso es mucho decir.

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