14/01/2018 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Actitudes contagiosas

Aprovecho la ilusión que nos trae estrenar un nuevo año para abordar un tema que particularmente, me apasiona: la actitud. Si yo pudiera pedir esos tres famosos deseos que conceden los genios de las lámparas maravillosas, ser capaz de mantener una actitud positiva durante toda la vida, sería, sin duda,  uno de ellos. He visto superar retos que parecían inalcanzables gracias a una actitud invencible, donde la capacidad no llegaba, ahí estaba la actitud para seguir adelante.


Sé que ahora mismo todos estáis tratando de pensar ejemplos en los que por muy buena actitud que se tenga, hay metas imposibles. si no se parte de base con cierta aptitud, habilidad, capacidad, don, o como queramos llamarlo. Me viene a la cabeza ese dicho popular de “de donde no hay, no se puede sacar” que tantas veces habré escuchado. Si bien, es cierto que he de reconocer que unas “buenas cartas” de inicio de partida son una gran ayuda, no es lo que finalmente y en esencia  acaba determinando nuestro éxito o fracaso. También he de reconocer la existencia de ciertos retos, que quizá por mucho que se aborden con una actitud fuerte y decidida, son realmente  inaccesibles; pero en nuestras vidas diarias, creo que se podrían contar con los dedos de una mano. Por lo general, nuestros propósitos, metas y sueños, son de alguna manera u otra cercanos a nuestra realidad, y con esfuerzo y actitud positiva, lograremos alcanzarlos tarde o temprano.

Una buena actitud puede marcar la diferencia entre un buen o un mal día, no sólo porque nos tomaremos las cosas de otra manera, sino por lo que se genera a nuestro alrededor gracias a ella. Y es que no sólo las enfermedades pueden ser contagiosas, las actitudes también lo son. Yo lo he comprobado con mis niños del cole y con mis hijos en casa. He mostrado interés y satisfacción por algo en concreto, o por el contrario, he estado algo más neutra y en ambos casos, a nivel general, se lo he contagiado a ellos. Pero es que yo misma me he dejado invadir por la actitud arrolladora de un/a compañero/a que plantea nuevas propuestas con entusiasmo, que en su día a día siempre está tratando de hacer algo nuevo, de crecer y mejorar, y sin darme cuenta me he sumergido yo también en esas ganas de innovar. O me he dejado contagiar del sentido del humor de otra persona, abordando las cosas con risas y tratando que primen los comentarios agradables frente a borderías o tan solo lo políticamente correcto. Una buena actitud es un valor añadido a todo lo que hacemos, a todas las interacciones que el día a día nos brinda. Una buena actitud, marca una diferencia.

Escribo esto y pienso en los días malos, en los que te levantas con el pie torcido, que sin más, estás más abatido y parece que la vida te arrastra y te limitas a sobrevivir. Supongo que esos días también son necesarios, también nos hacen crecer, y negar su existencia sería un absurdo. Pero si tenemos la actitud bien entrenada, por muy grises que veamos las cosas en determinados momentos, sabremos encontrar la razón, la chispa que nos haga cambiar la mirada y salir adelante.

Y aquí viene otro aspecto que también me apasiona del ser humano: nuestra capacidad de aprender. Podemos aprenderlo todo, y a tener mejor actitud, también. ¿Nos animamos a hacerlo? ¿Nos lo planteamos como objetivo para trabajar con nuestros hijos y/o alumnos?

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