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02/04/2018 Boulevard literario conquense
Juan Clemente Gómez
Juan Clemente Gómez
Boulevard literario conquense: 'La muerte tendrá mis ojos'

La muerte tendrá mis ojos.-Pilar Narbón.-Colección El Hocino del Huécar.-nº 13.-Edición Raúl Torres

*Juan Clemente Gómez

Llama la atención  de  esta novela su título tan sugerente, inspirado en los versos de Cesare Pavese: una muerte con ojos o los ojos de la muerte que ronda a través de  un   complejo escenario  por el tratamiento del ritmo y del tiempo en su concepción narrativa.

En la primavera de 1936 Kichizo Ishida y su amante Sada Abe,  protagonizaron un maratón orgásmico y pasional–seis días en la cama– que desembocó en la asfixia erótica y consentida de Kichizo y con sus genitales cercenados.  Sada Abe  fue  arrestada mientras vagaba por las calles con los genitales de su amante guardados en  un  bolso, disimulado y envuelto entre os pliegues de su kimono.  La historia   trascendió con míticos matices y   de ahí nació la legendaria película “El imperio de los sentidos”  que adaptó la historia real de la antigua prostituta Sada Abe, arrestada.

Los ojos, aparecen como una obsesión reiterativa,  ojos que subyugan, que escrutan, que atenazan: originando bellas metáforas de gran impacto poético:
–“Los ojos rasgados como almendras, pupilas desafiantes, que despedían chispas como pavesas”.
–“Ojos como imanes  que traspasaban los suyos con dardos al rojo vivo”.
–“La rodeó con sus brazos y se ahogó en el verde lago de sus ojos traspasándolos con el fuego de sus pupilas incendiarias”. 
–“Los ojos tenían la forma y el color de las almendras amargas”.  
–“Ojos dilatados y elocuentes  cuyos iris esmeraldas  chispeaban como el carbón herido  bajo el sol rutilante”. 
–“Sus ojos  parecían bosques emboscados en tenebrosos secretos”. 
–“Sus ojos evasivos parecían haberse asomado  a ese abismo solo accesible a los espíritus selectos”. 
–“Verde lago cernido de tormentas”. 
–“Refrendan tus ojos  un hálito de misterio capaz de detener el aire”.  
–“La mirada de Diana era un bosque en llamas, un vasto incendio en el que  Julio se quemaba “.

Son precisamente las metáforas  la figura de lenguaje que más abunda en la obra no  en vano por  las venas de  Pilar Narbón  corre un tumultuoso torrente de poesía  en estado puro:

–“Cuerpo ondulante, como un campo de mies”.
–“Las fragantes esencias de las flores se enredan en el susurro del céfiro salobre de la costa”. 
–“Entre las ondulaciones que agitan la sobrehaz del mar, revientan blancos remolinos de espuma”.
–“Bajo el ufano platear de la brisa, su piel refulgía bruñida. Reverberaba esquirlas nacaradas”. 
–“En la voz de Alejandro  se había apagado el rescoldo de la ira. Era una voz calcinada a cenizas”.
–“A Paula le sorprendió la hermosura de aquellos ojos envueltos en una telaraña de agua”.
–“Tenía el aire sutil de un océano de flores, la ingravidez   de un mar de nubes y una mirada felina que centelleaba fuego”.
–“Su piel dorada emanaba briznas  nacaradas de nardo y de jazmín”. 
–“El aire incendiaba las bruñidas hojas de los álamos chopos y sauces. Inmisericorde, la brisa rizaba el agua de fosforescentes burbujas”. 
–“Atrás quedaban  los sauces que mecían su quejumbre con sonido de alas rotas”.
–“Sus labios ardían como una  fogata  de hojas secas”.   
–“Bajo la luz nacarada del flexo los logaritmos bailaban un inescrutable aquelarre”. 
–“La alcoba se llenó de reverberos de polvo estelar  y todo el rocío de la mañana estalló en un amanecer  de perlas”. 
Tal cantidad de carga poética solo tiene explicación si es enmarcada en

Goelia, ciudad nacida para coronar el  éxtasis y sumergirse en una espiritualidad alada. Decir Goelia es decir Cuenca, concierto universal, espadaña nítida, ciudad alada:

–“Ciudad somnolienta abandonada a su suerte”. 
–“Ciudad sumida en un soporífero letargo”.
–“Sostenida en un costoso equilibrio sobre una coraza de piedra”.
–“Bella sirena herida de sol sobre una roca”.  
La acción transcurre por  lugares entrañables  conquenses, poetizando calles y rincones:
El Escardillo-Puente de la Trinidad - Cueva de la zarza - Cerro de la majestad - Parque de santa Ana -Río Júcar -Piedra del Caballo-Calle Pilares  Plaza Mayor - Hoz del Júcar - Los Paúles -Recreo Peral –etc…
Convirtiendo  a Goelia en una ciudad esotérica revestida de  misterio:
“El viento silbaba letanías de muerte pausadamente en los cristales y la niebla, que envolvía a Goelia, se convertía en aliento de duendes”.   
El tratamiento lingüístico está salpicado de palabras cuya sonoridad trasciende nuestros oídos:

Inextricable  -  sobrehaz -   reloj de leontina  -  iracundia- camándulas - ojeras lívidas y abohetadas - trémolo de emoción - respiración de sátrapa   aguadillas - temperamento salaz  - arúspice  -pegollo de piedras

Como perla escondida entre los hoyos de las rocas encontramos la palabra sartal olvidada en el vocabulario popular, pero  plena de fuerza semántica, capaz de llenar ella sola una  alacena de poesía esplendorosa:

sartal de preguntas - sartal de desconfianzas - de amargura -  sartal de adversidades  -sartal de recursos básicos para sobrevivir  -  sartal de logros   - de confidencias   - de carencias afectivas

Son precisamente estas carencias afectivas las que van a pulular, como marea envolvente  y obsesiva entre los personajes de la obra, cuyo principal exponente se concentra en  Paula, la dulce Paula: “Dulce  muchacha de lánguida mirada , de curvas suaves y un cuerpo ondulante, como un campo de mies”, ingenua, y melancólica que lentamente se va transformando en Diana, contrayendo un doble papel, un  morboso   desdoblamiento de personalidad : DIANA La cazadora , la ninfómana, la sacerdotisa de la sensualidad, que :  “Se convierte en vengativa y quería vengarse de sí misma pero sobre todo   de los hombres, del dolor que le habían infringido los dos hombres más importantes de su vida”.

Una de las causas principales de este desdoblamiento es el padre de Paula:    impenitente don Juan que iba desperdigando un reguero de bastardos; basten estas líneas para confirmar a Pilar Narbón como pluma magistral  en la descripción de personajes:

“Su  padre era un hombre impulsivo propenso a la exhibición de la ira. Cuando se enojaba sus ojos se inyectaban en sangre. Como un demonio poseído por la rabia secretaba una espumosa saliva que se posaba amenazante en la comisura de sus labios. Proclive a los exabruptos,  vociferaba insultos sin desdeñar un vocabulario prolijo en la blasfemia. Enfadado tenía el aspecto fiero de un orangután, aunque su lengua era ofidia y sinuosa como una víbora. Envilecido por la ira, el sudor le corría por la piel  como gotas de un ácido corrosivo…”

Un padre que en lugar de generar amor, produce a su alrededor   no solo    aborrecimiento sino asco, un asco sublimemente escalonado en progresión geométrica:

Asco de aquel tacto…   asco de aquel rostro…  asco de aquellos ojos…   asco de su cinismo…   

La segunda persona que marca a Paula con dramática impronta es    Alejandro, su primer amor, que rompe en mil pedazos   la esencia   de  un amor puro y sincero.
El fatal comportamiento de estos dos hombres origina un cambio atroz en la protagonista: 
Paula abandonó definitivamente la adolescencia y nació Diana 

En   El laberinto de la soledad, Octavio Paz afirmó que: “Creación y destrucción se funden en el acto amoroso; y durante una fracción de segundo el hombre entrevé un estado más perfecto.”
Nada más cierto, a partir del nacimiento de Diana la novela se   balancea   en  una  sinfonía de amor y muerte y una  abrasiva anarquía de los sentidos.

De forma sutil, se hace extensiva la presencia letal del padre ante el resto de la familia, sus hermanos  “gemían ateridos contra la escarcha de los cristales: vi la consternación y el estupor, pintados en los ojos de mis cuatro hermanos”.

En La muerte tendrá mis ojos  preside  el fatalismo como  tema central   la imposibilidad de escapar del propio destino se cumple fatalmente no solo en Paula, sino en todo lo que con ella se relaciona:

–Javier se ahorca  colgándose de la viga del techo de su habitación.
–Pablo,   su primera víctima planeada  se agitaba con movimientos espasmódicos, como pez fuera del agua. Antes de partir, sus ojos atinaron a mirarla asombrados por el pavor.
–Julio Medina de los Monteros muere en un siniestro accidente.
–Fabián, el hijo de la posadera, muere en accidente de tráfico.
–Germán: Deseó con vehemencia seguir viviendo pero le faltaba el oxígeno. No podía respirar…entregó su alma sin saber que estaba purgando culpas no cometidas, infamias que a otros incumbían…
–Félix: El estertor final del hombre fue apenas un líquido y exhausto gemido. Cuando cesaron las convulsiones de sus miembros, Diana dejó de apretar la garganta con el vistoso foulard…”
–Alejandro: Al acuchillarlo con saña me estaba cobrando, uno por uno, cada infortunio, cada ultraje y cada vileza; los que me habían infligido y los que había perpetrado…
Alejandro y todas las víctimas anteriores  mueren  porque están destinados  a morir, y ese destino es irrevocable.  
El Fatalismo aparece registrado en numerosos párrafos:
–Nadie puede ahuyentar la condena que le ha sido asignada por el destino, la de Alejandro estaba marcada por el fatalismo de  una maldición.
–Estás atrapado en el mismo maleficio  y en él habremos de sucumbir. 
–Consciente del fatalismo que planeaba sobre su existencia  como un buitre carroñero  derivó sus pensamientos…
–Renegaba de su estirpe marcada por el malditismo, no sabía que la fatalidad iba a enseñorearse con ella, no sabía que al otorgar su odio estaba desencadenando el cataclismo que había de condenarla para siempre.
–Me zahería la insensata certidumbre de que había sido maldecida desde el mismo principio de mi alumbramiento una oscura maldición marcaba mi herencia genética.
–Por mi sangre corrían la iracundia, la promiscuidad y la locura.
–Los signos del oráculo oscuro confabulaban para condenar a Paula de nuevo a la postración.
–Antes de nacer supe que el infortunio me estaba reservado. Aguardaba agazapado en el sortilegio impronunciable de un tatarabuelo chamán maldijo a mi padre con el auguro de un castigo que vendría de su propia sangre.  
–Llevaba en las venas el delirio de un desorden psicótivo grave y severo  siguió el dictado de unos genes homicidas.

El rencor atávico y el desprecio a la vida, el amor convertido en odio y el odio convertido en amor, fatal quiasmo, alumbran un ser  innombrable, atroz y trágico el tándem Paula&Diana, ángel y a la vez demonio exterminador, que destrona al propio Dios para erigirse ella en la máxima autoridad divina, hasta decidir quién debe o no vivir, ejerciendo un sacerdocio vocacional de mantis cruelmente religiosa.

Fatalismo literario, sutil herencia de García Márquez, dosificado poéticamente por Pilar  Narbón, en esta novela de gran fuerza narrativa, en la que  el lector se ve embrujado por una implacable  reiteración sintáctica que bien pudiera desgranarse en versos sonoros, convirtiendo a La muerte tendrá mis ojos en una fructífera narración poética o en una interminable poesía narrativa:

–Una sorda zozobra se enredaba en el aire tibio y enlutado de aquel anochecer infausto (pg 231)

Podría convertirse en:

–Sorda zozobra enredada en aire tibio,
–Aire enlutado en anochecer infausto….
En el delirio abrumador de la hirsuta floresta, Paula encontró motivos para seguir respirando libre (Pg 194)

¿Por qué no?:
–Delirio abrumador de la hirsuta floresta
-Donde Paula respira…
Y Pilar habita entre sábanas de ojos, donde la muerte  queda enmudecida.

05/03/2018 Boulevard literario conquense
Juan Clemente Gómez
Juan Clemente Gómez
Boulevard literario conquense: 'La hija del alfarero'

La hija del alfarero.-José Luis Perales.-Editorial Plaza Janés

*Juan Clemente Gómez

1.-LA FORMA

Después de La melodía del tiempo, José Luis Perales  regala nuestra sensibilidad lectora con esta novela ambientada en la España de los sesenta, en la que el telón de fondo se reparte a parte iguales entre el ambiente popular,  que bien pudiera enmarcarse en la alcarria conquense, y una Valencia cercana, prototipo de la gran urbe que en aquellos años recibía ingente mano de obra de nuestros pueblos; hombres y mujeres jóvenes deslumbrados por  las oportunidades de una vida mejor que en su  lugar de origen nunca llegarían a conseguir. Este ambiente popular se ve reflejado en las siguientes  formas literarias y lingüísticas: 

Refranes:

“Lo primero y principal oír misa y almorzar .Y si tienes mucha prisa almorzar sin oír misa”. “Cuando seas padre comerás huevos”. “En la mesa de san Francisco donde comen cuatro comen cinco”. “Dios aprieta pero no ahoga”.

Palabras populares

Abundan palabras con sabor a pueblo - pueblo, palabras ya olvidadas  que nos recuerdan  el contacto infantil de otra  época  ya pasada y que nunca se debería olvidar:  Lendrera  -  sillas de anea  -  pella de barro - buitrera  trébedes- calzoncillos de felpa  -  engrudo  -  poza  -  cochiquera     husmerías …etc… alternan con estas palabras sonidos inconfundibles propios del ámbito rural:  ladridos de perro- pasos de burro y el típico ¡Arre!  de  los arrieros.

Y como buen conquense, José Luis Perales brinda a  sus personajes palabras  y expresiones típicas: como ser un  echao palante ,  jódete que yo he cruzao primero , o eso son   tontás , sin faltar el  hay que joderse  que podemos escuchar en los bares y tertulias, sin ir más lejos.

Le gusta comparar situaciones, hechos, objetos y personas con elementos naturales, así: Como un gato escaldado- Como un sapo - Como un burro- Como la muleta de un torero…

Abundan por toda la obra  numerosas frases hechas que imprimen a la misma un ritmo ágil, revisten de autenticidad castiza a sus personajes y son  prueba de la  aguda observación del autor, como: 

Dar una cal y otra de arena  -  Llevársele a uno los demonios - Andar por  las ramas-  Costar  Dios  y ayuda-  Darle a la lengua  -  Dar un palo al agua-  Traer por la calle de la amargura -  Estar en ascuas - Tomar el toro por los cuernos - Correr a gorrazos  -  Remover las bilis.

Como ropaje literario  nos encontramos gratamente  con dos estampas llenas de colorido y sabor rural:

a) Estampas populares

La vestimenta de Justino, el alfarero, padre de Francisca, la protagonista:  “pantalón de pana negro, aun en el verano, camisa blanca de rétor, chaqueta de pana , abarcas y calcetines de algodón tejidos por Brígida, su mujer en los días de invierno al calor de la lumbre”.

Rito del aseo: Justino y su hijo se turnaban junto a la palangana para lavarse las manos, los brazos, las axilas y  el pecho, después de frotarse la cabeza, peinarse y ponerse colonia barata…en primer lugar el padre, mientras el hijo esperaba su turno sentado en el borde de la cama…”

b) Comidas

Sartén con gachas huevos fritos con patatas a lo pobre - Huevos con puntillas -   Rebanada de pan con aceite y azúcar - Torta dulce de cañamones.
Demuestra su amor por la naturaleza sembrando  flores  y aves en los ambientes adecuados: claveles rojos en la ventana, geranios, alhelíes, glicinias….grullas, gaviotas, cigüeñas…

Escenarios literarios:

a)Destaca  el alfar   como lugar mítico, donde Justino baila ablandando el barro, baila siendo joven y muere estando ya falto de fuerzas, envuelto en el barro, hecho barro en la poza del alfar.

b)El tren juega un papel apenas perceptible, pero de gran emotividad, en él se va Francisca, con el estigma de “Vete pero no vuelvas nunca más a esta casa”; en él llega a Valencia, símbolo del progreso; en él vuelve ya amansadas las aguas del rencor paterno; en él marcha con su hijo a estrenar una nueva vida, abierta a un futuro de mejor fortuna.

El tren, que toma forma casi humana, genial metáfora: “Cansado de atravesar la noche bajo la lluvia, el pequeño tren de madera  saludó al amanecer al llegar a El Espejuelo con un silbido poco habitual…” y sobre todo una de las frases más poéticas de la novela  donde, ahora sí, el tren se personifica: El tren al llegar a la estación silba tres veces como señal de respeto al muerto.

Y como especiales metáforas  costumbristas, propias de una gran capacidad  de observación: 

a.-Sartén con gachas calientes en las trébedes de hierro:  Las cucharas yacían en el suelo bajo la sartén ya lamidas por los gatos para ahorrar agua en el fregadero.

b.- Gafas heredadas de Justino cuyas patillas: en otro tiempo metálicas, habían sido sustituidas por dos hebras de algodón. 

c.-El entierro de Justino: al  que asistieron todos los habitantes de El  Espejuelo y algunos perros que siguiendo a sus dueños llegaron hasta el cementerio.

Abundando en la  recreación costumbrista popular figuran personajes típicos como:
-El cartero: con su cartera de cuero marrón aguarda  en un rincón de la cantina y recoge la saca del correo.
-El pregonero, con el pregón    estrambótico, surrealista y socarrón: Quien haya encontrao un saco con los trastos de amolar se le dará por el saco lo que sea regular…

Y fugaces pinceladas de otra época:

-Escuela mixta-unitaria  a la que asistían seis niños y cuatro niñas  con el crucifijo  y los cuadros de Franco  y José Antonio, presidiendo la estancia.
- Exaltación nacional con las canciones  “montañas nevadas, banderas al viento…”
-Religiosidad popular, con   velas   encendidas ante el cuadro de la virgen del Perpetuo Socorro; Brígida que se acuesta con el rosario en la mano; el tema del luto o    los rosarios por la muerte del difunto que es ateo de nacimiento, para mayor gloria de Dios, así como las procesiones  populares de la época.

2.-EL FONDO

Varios son los temas que subyacen tras los adornos literarios y poéticos:

a.-ACOSO SEXUAL y ELUSIÓN DE RESPONSABILIDAD PATERNAL
Es el tema central de la novela, la aceptación  de una maternidad   prematura   por parte de la hija del alfarero  que rechaza el aborto propuesto y decide tener a la criatura, actitud valiente y comprometida por el rechazo social, el qué dirán y la consiguiente incertidumbre ante  un futuro oscuro.

b.-ROL FEMENINO , PASIVO, DE SEGUNDO ORDEN
“Brígida, que conocía bien a su marido, y percibía el momento en que necesitaba de sus caricias, dejaba de rezar, ponía el rosario sobre la mesilla de noche y se entregaba sin palabras, como el cordero que se ofrece en sacrificio a la forma más primitiva del amor, sin la ternura que le habría gustado encontrar en sus caricias….pero el amor no era protagonista en el corazón de Justino, que solo veía en ella el muro donde estrellar sus iras y sus pasiones más bajas…”
La mujer tiene  escasa importancia social, en El Espejuelo, en un entierro: “Las mujeres no van al cementerio”.

c-CRÍTICA SOCIAL  
Centrada en el pueblo de El Olvido, donde se hace referencia velada  a “alcaldes  que calientan la silla…. meapilas que solo piensan en vaciar las pobres arcas del ayuntamiento y que después de los años, cuando terminan su mandato se van y nos dejan preguntándonos qué es lo que han hecho por el pueblo en  todo ese tiempo y dónde ha ido el dinero de nuestros impuestos…”

Y de una forma directa, en boca del Vinagre, al alcalde Policarpo Anchuelo:

“Estas obras están haciendo rico al novio de tu hija    y también a ti con ese tres por ciento que graciosamente recibes por cada pedido de material que le haces…

Otros temas aparecen en planos más lejanos, levemente tratados, como la diferencia de clases, bien delimitada por  una línea roja, una clase a un lado y otra al otro: al principio de la novela: La línea roja de la frustración por ser pobre, representada  en el alfar de Justino y su familia, y al final de la obra: los privilegios de ser cada vez más ricos, reflejados en la nueva familia del hijo de Justino, el heredero que romperá con la tradición (padre labrador, hijo labrador, padre herrero, hijo herrero, padre pastor, hijo pastor, padre alfarero, hijo alfarero)  pesada losa de siglos que desaparece junto con El ESPEJUELO, pueblo fantasma a favor de El Olvido, encarnación de Villar del Río, el pueblecito protagonista de Bienvenido, Míster Marshall.

“La hija del alfarero” es pues una novela eminentemente costumbrista, delicadamente tratada, con   sensibilidad  y ternura de   poeta,  que refleja problemas desgraciadamente  tan actuales  como la violencia de género, el acoso a la mujer, la lacra de políticos furtivos  y que deja un rictus de simpatía y buen sabor, con un futuro abierto a la esperanza ,especialmente en la consideración de la sociedad ante el sufrimiento de la mujer que se ve abocada al qué dirán y a la indigencia moral: Y aunque no están casados ella le llama marido … me voy acostumbrando  a verles tan felices , que cada vez empieza a importarme menos saber quién es mi verdadero padre. Es cierto que el  amor lo comprende todo. (Fragmento de la carta del  joven Justi a su abuela Brígida)…por cierto, la abuela Brígida  particular personaje  de la novela que muere  mientras leía estas emotivas  líneas de su nieto. ¿Habrá muerte más dulce?

11/02/2014 Boulevard literario conquense
Lucio Mochales
Lucio Mochales
Adiós, Mr. Hoffman

Resulta difícil aceptar que en un suspiro un talento deslumbrante desaparezca de este mundo. Todas las muertes son iguales, suponen el final de una existencia que no volverá a repetirse, el drama humano de la finitud que pasa su inexorable factura. Pero, a qué engañarnos, no todas las muertes las recibimos igual. No es comparable el fallecimiento de una persona anciana que ha vivido largamente y desarrollado todas sus facultades y entendimientos, que la desaparición de quien tiene todavía mucho que ofrecerse a sí mismo y a sus congéneres según los estándares de la longevidad humana.

Por eso hay muertes que a uno le producen un cierto sentimiento de orfandad. El pasado 2 de febrero moría en la ciudad de Nueva York, víctima de una sobredosis de heroína, uno de los actores más extraordinarios que ha dado el cine americano en los últimos 20 años, Philip Seymour Hoffman.

No era una estrella, al menos en ese sentido hollywoodiense que convierte en iconos comerciales a intérpretes en ocasiones intrascendentes dotados de un atractivo físico notable.

Seymour Hoffman era bajito y rechoncho, de ojos pequeños, y con un pelo rubio pajizo que dejaba ver el cuero cabelludo en incipientes entradas, o sea que no era gran cosa físicamente, pero tenía unas dotes interpretativas difícilmente igualables por cualquier actor de su generación, eso que los ajedrecistas llaman un “natural”, alguien a quien no le costaba ningún esfuerzo enfrentarse a papel alguno, fuera cual fuera el registro requerido.

Nacido en 1967 en el seno de una familia de clase media-alta del estado de Nueva York (su madre es juez y su padre ejecutivo de una compañía multinacional) Hoffman se decantó por la interpretación desde muy joven y fue construyendo una sólida carrera fundamentalmente en producciones de cine independiente estadounidense. Su gran talento le llevó a trabajar con algunos de los más notables nombres del panorama cinematográfico indie americano: Todd Solonz, Cameron Crowe, Anthony Minguella, Spike Lee, Robert Benton, David Mamet o los muy consagrados hermanos Coen fueron algunos directores con los que trabajó a lo largo de su carrera. Pero además de todos estos y algunos más, hay un director indefectiblemente ligado al actor neoyorquino, Paul Thomas Anderson, que contó con él en cinco de sus seis películas: “Sydney”, “Boogie Nights”, “Punch, drunk, love”, “Magnolia” y “The Master”. Rara vez soy capaz de elegir una película cuando me preguntan cuál es mi favorita, pero sí tengo claro que hay algunos títulos que me han marcado especialmente; “Magnolia” es uno de ellos. En ella Seymour Hoffman interpreta a un enfermero que cuida de un enfermo terminal de cáncer (el no menos  magnífico Jason Robards) con el que se implica emocionalmente hasta el punto de buscar al hijo no reconocido del agonizante y propiciar su encuentro.

Aun así, su cénit interpretativo no lo alcanzó con Anderson, o al menos desde el punto de vista de los premios recibidos, porque es muy posible que sea por su magistral interpretación de Truman Capote por la que Seymour Hoffman sea mayoritariamente recordado. Pocas veces se ha aprehendido psicológicamente a un personaje tan poliédrico como el escritor americano como en el maravilloso rol que lleva a cabo Hoffman en “Capote”. La película cuenta la gestación del más conocido libro del escritor de Nueva Orleans, “A sangre fría”, y la dicotomía entre el trabajo periodístico de Capote sobre un asesinato de una familia completa en una pequeña ciudad de Kansas y la magnética atracción que ejerce sobre el escritor el principal acusado del crimen, detenido en la cárcel local. La gesticulación, la impostación de la voz, la manera de dominar el plano y una extraña sencillez interpretando a un personaje histriónico hasta la exageración, convierten el papel de Seymour Hoffman en “Capote” en algo más que un biopic al uso, dotándolo de identidad propia, más allá de la celebridad a la que representa. Un trabajo tan magnífico no podía pasar desapercibido para la Academia de Cine de Hollywood, que lo premió con el Oscar al mejor actor principal del año 2006. Además de este premio, fue nominado en otras tres ocasiones al Oscar al mejor actor de reparto por “La Guerra de Charlie Wilson”, “La duda” y “The master”.

Aunque su filmografía se ha interrumpido tan dramáticamente, resta el consuelo de que en breve podremos ver sus dos últimos proyectos aún no estrenados: “God’s pocket” y la que se dice que es una fabulosa interpretación “A most wanted man”, un thriller dirigido por Anton Corbijn.

Debo confesar que cuando conocí la noticia de su muerte sentí una sincera sensación de pérdida. Uno, que como cualquier cinéfilo tiene sus fetiches, esperaba recibir todavía un buen puñado de momentos inolvidables ante una pantalla de cine de alguien con tanto talento como Hoffman, y de pronto me di de bruces con la inalterable certeza de que eso no volvería a ocurrir. Quedan sus trabajos anteriores, suficientes para recordarlo como un auténtico fenómeno de la interpretación, pero también el regusto amargo de ver cómo una carrera a la que le faltaban todavía muchas etapas queda truncada e incompleta. Philip Seymour Hoffman no se convertirá en un mito popular por haber muerto joven, como James Dean o Kurt Cobain, ni en un icono de una generación, pero en cualquier escuela de cine, un día, cuando un profesor quiera mostrar a sus jóvenes pupilos cómo es una interpretación a imitar, escogerá una de las innumerables secuencias magistrales de Philip Seymour Hoffman y no tendrá que añadir ni una sola palabra más para enseñar a sus alumnos lo que es un actor.

28/12/2013 Boulevard literario conquense
Lucio Mochales
Lucio Mochales
El topo

Confieso que desde hace unos años me resulta difícil emocionarme en el cine. No me refiero a la emoción lacrimógena que hace que uno derrame un tierno sollozo ante un amor imposible, una sentida muerte o un nacimiento deseado, una secuencia épica o un discurso que llega al corazón. Me refiero a lo que hace al gran cine diferente del buen cine a secas, a esa sensación de que cada fotograma está en su sitio, de que cada personaje, por pequeño que sea, es imprescindible, de que la banda sonora se funde con las imágenes hasta crear un todo indisoluble, de que cada línea del guión tiene su sentido, de que cada plano es una imagen que habla por sí misma y, por supuesto, a la sensación de que además de todo eso, y con carácter imprescindible, detrás de la cámara hay alguien que ha nacido para contar historias a través de ese arte que los anglosajones llaman “motion picture”.

Insisto, me cuesta emocionarme, quizá mi disco duro de emociones cinematográficas está a punto de completar sus gigas de memoria ram, hasta el punto de que hay años en los que cuando hago memoria recapitulativa no encuentro una película que realmente considere digna de estar junto a las realmente buenas, o a las que a mí me parecen realmente buenas.

Pero de vez en cuando ocurre, a veces sin esperarlo, que te encuentras frente a una peli que deja una muesca en tu memoria, que se abre paso en esa atiborrada base de datos para situarse al lado de las que te marcan, para siempre.

Eso me ocurrió con “El topo”. Para quien no la conozca debo indicar que es la quinta película del director sueco Tomas Alfredson, aunque en realidad sea la segunda para el gran público ya que las tres anteriores sólo tuvieron repercusión mediática en su país natal. Alfredson ya me había deslumbrado con la extraordinaria “Déjame entrar”, una historia sobre la amistad entre una niña vampira y un chico inadaptado sin amigos y perseguido por una panda de energúmenos en el colegio.

“El topo” es la adaptación de “Tinker, tailor, soldier, spy” (“Calderero, sastre, soldado, espía”) una de las novelas más célebres del escritor por excelencia del género de espías, John Le Carré. Eso sí, quien esperara una película de espías al uso pinchó en hueso. No hay escenas de acción especialmente reseñables y su ritmo es calmado de principio a fin. Sin embargo no recuerdo haber visto en mi vida una película sobre el mundo del espionaje tan veraz, y desde luego ninguna en la que me haya implicado sentimentalmente tan a fondo. La película es una reflexión magistral sobre el bien más preciado que puede existir en un mundo como el del espionaje dual por naturaleza, la lealtad. Y ahí Alfredson nos demuestra su verdadero calibre como director, porque rápidamente teje un argumento en el que se trenzan la búsqueda de un topo en el servicio de contraespionaje británico con las circunstancias personales de los personajes más significativos del film. No es mi intención revelar en este artículo ni los detallas del argumento ni por supuesto el desenlace final, porque si alguno de los que lo lean no han visto la película lo que tienen que hacer es correr a verla en el formato que sea, pero no me queda  más remedio que señalar las bondades de esta magnífica cinta, aquello por lo que la considero una obra extraordinaria.

En primer lugar su director, Tomas Alfredson (Suecia, 1965). Hay que seguirlo porque es canela en rama. Y además va sin prisa, de momento esta es su última película estrenada, aunque ya se ha confirmado que dirigirá una nueva, “The Brothers Lionheart” una adaptación de un cuento de Astrid Lindgren, sí la de Pippi Calzaslargas. Se espera su estreno a finales de 2014.

Es increíble cómo Alfredson, aun siendo sueco, construye una película británica por los cuatro costados, cómo es capaz de revestir a las imágenes de un feísmo que las hace pura verdad (ayudado en ello por la extraordinaria fotografía de Hoyte van Hoytema), cómo combina momentos pasados con presentes en impecables jump cuts para construir una acción que atrapa al espectador sin escapatoria posible. Pero sobre todo demuestra una extraordinaria maestría a la hora de contar una historia de sentimientos tan universales como personales y de convertirlos en el centro de la acción y en la razón última de todos los comportamientos de los personajes por el encima del tronco argumental que se presume fundamental, la caza del topo, o quizá porque dicha caza implique desnudar emocionalmente a cada personaje que tenga cierta transcendencia en el argumento. Del escandinavo se ha dicho que recuerda a Bergman, pero no sé por qué tengo la impresión de que cada vez que un director sueco despunta le cargan el sambenito de parecerse a Don Ingmar.

Y qué decir de la dirección de actores. Es cierto que cuando se cuenta con una nómina como la que tiene Alfredson puede parecer sencillo que las interpretaciones resulten bordadas, pero estoy harto de ver supuestos repartos de lujo que acaban naufragando porque cada uno hace la guerra por su cuenta. En “El topo” cada uno borda su papel, y eso es mucho decir cuando en la película aparecen Gary Oldman, un crepuscular pero no por ello menos atrayente Smiley, el personaje fetiche de Le Carré, Colin Firth, magnífico, elegante, ambiguo, John Hurt, breve pero impactante, Toby Jones, sólido como una roca, Mark Strong, contenido pero brillante como el diamante, y dos jóvenes que deslumbran junto a tanto actor consagrado, Benedict Cumberbatch, leal hasta las últimas consecuencias, y Tom Hardy, el único que realmente interpreta a un espía de los que estamos acostumbrados a ver en el cine, y que nos muestra la cara más vulnerable de los que parecen hechos de hielo.

La banda sonora del español Alberto Iglesias introduce un tono sosegado que le va como anillo al dedo a le película, mientras que algunas canciones escogidas con un enorme acierto ponen el contrapunto en algunos momentos del metraje.

No sé si les he convencido, pero mi intención es que, si todavía no lo han hecho, vean esta película como sea, véanla y disfruten con ella, no tengan prejuicios y saboréenla despacio, tranquilitos, y sobre todo no se pierdan ni una décima de segundo del desenlace, la última secuencia es de lo mejor que he visto en mucho tiempo, quizá desde el día en que vi en un cine perdido de Madrid “Muerte entre las flores”, y eso es mucho decir.

17/12/2013 Boulevard literario conquense
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El pueblo de El hombre tranquilo

El título de este blog es una declaración de intenciones. Para los que no lo sepan Innisfree es el pueblo donde se desarrolla El hombre tranquilo, mi película favorita del más grande, John Ford. En realidad Innisfree no existe, ni existía cuando Ford rodó la película. Es un lugar imaginario, una arcadia feliz, el recuerdo de un paraíso perdido, la idealización de la Irlanda en la que Ford no nació pero en la que le hubiera gustado nacer. Un lugar idílico que reúne todas las virtudes del amable pueblo hibernio, poblado por personajes arquetípicos de los que resulta inevitable enamorarse desde el primer fotograma. Por eso es la mayor creación de John Martin Feeney, el auténtico nombre de Ford, un lugar que no era tal y que desde entonces es tan real como los recuerdos y la imaginación del ser humano.

Así que Innisfree será un reducto personal; que nadie espere un blog de actualidad cinematográfica, dedicado exclusivamente a analizar los últimos títulos de la cartelera nacional e internacional. Naturalmente habrá espacio para lo más importante de la cinematografía actual, o al menos si así se lo parece a mis cortas entendederas, pero Innisfree será una proyección de mis gustos, de mis odios, de mis alegrías y mis decepciones relacionadas con el arte que más obras maestras ha regalado a la Humanidad desde que se creó allá por el final del siglo XIX. Un homenaje a los odeones de un níquel, esos mágicos lugares donde millones de personas, han reído, llorado, gritado, cantado, aplaudido y que sé yo cuántas cosas más durante más de un siglo.

Por estas páginas pasarán, sin orden ni concierto ya les aviso, títulos, directores, actores y actrices (no siempre grandes celebridades), guionistas, directores de fotografía, bandas sonoras, diseñadores, o cualquiera que de una u otra manera haya supuesto una influencia en mi ya largo viaje de la mano del cine. Así que podremos pasar sin solución de continuidad de una entrada sobre el último blockbuster de las taquillas americanas a una reseña de una película muda de Eisenstein, Griffith o Gance. O de la biografía de Lillian Gish a la banda sonora de la última película de los hermanos Coen.

Confío también en que este sea un lugar de encuentro con todos ustedes, que aporten cualquier opinión que les venga en gana, elogiosa (algo que agradeceré sinceramente) o ácidamente crítica (que apreciaré todavía más por lo que supone como acicate para mejorar)
Pero sobre todo Innisfree será un lugar para los que aman el cine, para los que todavía no pueden, ni quieren, evitar que un pálpito de emoción les asalte cada vez que se apagan las luces de una sala de proyección, para aquellos cuyos recuerdos están salpicados de películas que han marcado su vida, para los que no reprimen un aplauso al final de una de esas proyecciones que te dejan boquiabierto.

Hoy no les abrumaré más, no fuera a ser que huyeran despavoridos el primer día, pero prometo volver pronto y entrar en materia sin más preámbulos que esta presentación que aquí termina.

Saludos.
 

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