28/04/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
A flor de piel

Sin caer en utilizar el blog a modo de diario personal en el que descargar mi más profundas inquietudes, sí que el artículo de este mes lo escribo con las emociones a flor de piel. He estado tentada a no hacerlo, a pensar en otro tema que me toque menos y me dejara un margen de distancia más cómodo sobre el que escribir con cierta neutralidad emocional, si es que eso es posible. Pero no, precisamente eso sería incoherente conmigo misma y con la reflexión que hoy me gustaría compartir con vosotros.

¿Quién no ha oído hablar hoy en día de la importancia de la educación emocional? ¿Quién no ha participado en alguna conversación más o menos formal entre padres y/o profesores debatiendo el papel que ésta debería jugar en las aulas frente a aquellos que lo ven como algo exclusivo del hogar? Pues bien, tanto como madre como maestra, me he dado de lleno con una oportunidad, para nada deseada, pero inmensamente enriquecedora, para poner en práctica eso sobre lo que tanto he buscado, leído y tratado de hacer realidad en el día a día con mis hijos y con mis alumnos.

No hace falta entrar en detalles, baste decir que un suceso muy triste ha irrumpido en nuestra vida, afectando por supuesto a todo y todos los que me rodean. Sin generalizar, porque para nada ha sido así la reacción de la mayoría, algunos comentarios y consejos con los que me en encontrado han sido estos: “Ana, ¿se lo vas a decir a tus niños del cole?, ¿Y a tus hijos qué les has dicho?, “Quítale importancia y pasa página cuanto antes, por su bien y por el tuyo”.  Y confieso que en algún momento hasta yo misma me he sorprendido pensando por unos instantes de esa manera, como tratando de proteger del dolor y la tristeza a mis hijos y mis alumnos: “si al menos se hubieran quedado al margen de esto”, “quizá podría no contarles lo sucedido, darles otra razón, otra explicación”… ¿Acaso había otra opción auténtica y coherente que decir la verdad? Por supuesto, esa verdad, adaptada a la edad de con quien hablo, pero verdad al fin y al cabo, aunque esa verdad sea triste, duela, cueste comprenderla y nos deje con las emociones a flor de piel, porque eso es, en mi opinión, educación emocional de la que deja huella, la que nos proporciona un aprendizaje de ése que perseguimos, significativo, que nos acompañe a lo largo de nuestra vida.

Todo esto me ha llevado a la reflexión de que a la hora de la verdad, trabajar las emociones auténticas, ésas que nos ponen todo patas arriba, asusta; precisamente por eso, porque ponen al descubierto que somos vulnerables, niños y mayores, y que gestionarlas es algo realmente complicado. Pero, pese a que habrá quienes me tachen de poco profesional quizá en mi trabajo, y de madre poco protectora para con mis hijos, no le he cerrado la puerta a mis emociones y sin más, les he hecho partícipes de ellas, porque no podía negar el golpe… Eso sí, en todo momento he tratado, estoy tratando más bien, de poner en práctica todo eso que pretendo enseñar, no perder de vista la resiliencia, la visión optimista y esperanzadora, la confianza en uno mismo, la sabiduría de pedir ayuda y apoyarte en lo que tienes a tu alcance para levantarte.

¿Y sabéis qué? Estoy aprendiendo mucho de esto y estoy muy orgullosa de los niños, porque me están demostrando lo emocionalmente inteligentes que son y que, aunque los cuentos, los cortos, las películas, y otras actividades o dinámicas que podamos realizar son un buen recurso; las emociones reales a las que nos enfrentemos en nuestro día a día también son una fuente de aprendizaje principal, a las que no le quiero cerrar la puerta, aunque sean demasiado intensas. Yo opto por abrirles la puerta,  evidentemente de mi casa, pero también de mi aula, porque está claro que en mi opinión (y es sólo una opinión), no pueden dejarse fuera si lo que buscamos no sólo es enseñar, sino educar.

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