26/09/2017 Despacito y buena letra
Ana Bordallo
Ana Bordallo
Validación emocional

A veces cuesta volver a la rutina; otras, en cambio, casi que estamos deseando retomar el ritmo del día a día. Sea como sea, cualquiera de esas dos opciones es igualmente válida, porque es algo que sin más nos sucede, que realmente no elegimos. Si bien, a partir de ahí, lo que hagamos con ello sí que es nuestra responsabilidad. Y es precisamente este tema con el que me propongo estrenar nuevo curso en el blog: la validación emocional.

Comencé el verano leyendo un libro “Aprender a educar” de Naomi Aldort, el cual me decepcionó, en líneas generales, bastante. Así que no voy a hablaros del libro, ni os lo voy a recomendar, aunque sin embargo, sí que rescato y comparto el concepto de validación emocional, que tanto me ha hecho reflexionar y que a partir de ahora me gustaría tener en cuenta a la hora de relacionarme con mis hijos, con mis alumnos y, por supuesto, con los adultos que me rodean.

¿Qué es eso de la validación emocional? La definición como tal no viene dada en el libro, simplemente habla de ella. Y sobre eso, he elaborado mis propias conclusiones del concepto. Por lo que aviso de que este artículo no pretende dar una explicación exacta del concepto, sino más bien, una aproximación a una herramienta para gestionar nuestras propias emociones y las de los que nos rodean de una manera asertiva. Y es que la validación emocional es precisamente eso, no es una técnica en sí misma, sino más bien una herramienta en nuestras manos, una habilidad emocional que nos ayude a mejorar nuestras relaciones con los demás, niños y adultos, desde el respeto, la comprensión y el amor. Básicamente consiste en validar las emociones que estamos sintiendo o que están sintiendo otros, como primer paso para solucionar el problema si lo hubiera, hacer las paces con la realidad y poder avanzar. Yo desde el primer momento le he encontrado mucha relación con la aceptación de las emociones o sentimientos que nos vienen al practicar Mindfulness o la Conciencia o Atención Plena, de la que ya he escrito en otras ocasiones.

Veámoslo con un ejemplo: nuestro hijo o alumno se enfada (llegando incluso a coger una buena rabieta) porque le prometimos ir al parque o salir al patio y resulta que se ha puesto a llover y, desgraciadamente, no hace día para salir fuera. Nuestra primera reacción, o al menos la mía, solía ser decirle que el tiempo no está en nuestras manos y que no puede enfadarse por eso. Normalmente lo que consigo con eso es que el enfado del niño vaya a más y ahora comprendo por qué: además de no poder ir al parque, que era lo que más deseaba en ese momento y lo habría estado esperando, yo no le muestro mi comprensión, le niego la posibilidad de expresar esa desilusión y el enfado que le ha supuesto, y el sentirse comprendido. Como adultos, ya hemos aceptado que los planes pueden cambiar repentinamente por las condiciones meteorológicas y que no depende de nosotros. Aún así, quién no se ha desilusionado porque llueva cuando querías ir a pasar el día en el campo, no nieve cuando querías irte a esquiar, etc., cosas así. ¿De verdad no tiene el niño razones para enfadarse o sentirse desilusionado? Las tiene y debemos validarlas. Que eso no significa que justifiquemos su rabieta, sus malos modos si los hay, o un mal comportamiento. No, necesitan nuestra guía y orientación para gestionar esas emociones negativas que pueden llegar a sacar lo peor de nosotros. Pero hay que hacerlo desde la aceptación de esa emoción, nuestra comprensión desde el respeto y el amor. Cuando hemos podido expresar lo que sentimos, nos sabemos comprendidos, cuando se nos valida lo que estamos sintiendo, ya sólo con eso, nos comenzamos a sentir mejor, más capaces de aceptar lo que no se puede cambiar, afrontar lo que sí y damos los primeros pasos en la búsqueda de alternativas.

Sé que el ejemplo ha sido demasiado sencillo, pero esto es extrapolable a situaciones más complejas. Además, creo que quizá en asuntos más intensos estamos más sensibilizados y concienciados, afortunadamente. Pero en lo pequeño, en lo más cotidiano, esto también pude servirnos a sentar las bases de relaciones más sanas, fuertes y positivas con los que nos rodean. No nos engañemos: los celos, la envidia, el miedo, la frustración, la desilusión, el agobio, la tristeza…, nos pasa, a pequeños y mayores, con más frecuencia de la que quizá nos gustaría; negarlas no hace más que alimentar el malestar. Validémoslas y aprendamos a conocernos mejor a nosotros mismos, a ayudar a que se conozca  y conocer mejor a ese alumno que se enfada continuamente, a nuestro hijo, que nos parece tan sensible y tememos que sufra por ello.

A veces la validación, pasa por el silencio, y sólo podemos ofrecer nuestra compañía y atención. También eso es aceptación y respeto, es un acompañamiento silencioso en momentos especialmente complicados que requieren su tiempo.

Antes de terminar, sí que me gustaría aclarar que validar no significa no hacer nada al respecto cuando las conductas o reacciones de nuestros hijos y alumnos merezcan ser orientadas y corregidas. Tenemos la responsabilidad de educarles, de ayudarles a encontrar alternativas saludables para gestionar esas emociones. Mi propuesta parte de la validación emocional como un primer paso, no como objetivo final, como podría serlo si se tratase de un amigo. Para nuestros hijos y alumnos, somos eso y algo más.

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