25/04/2019
Opinión

Votar en vano

Los tres son hombres, bien parecidos, hablan muy rápido, visten igual. Los tres comparten similar trayectoria de familia acomodada, educación privada y nula o escasa experiencia profesional, que se diluye pronto en una temprana vocación política y en el ascenso rápido a la cúspide de sus organizaciones, aprovechando la coyuntura de la crisis de los partidos tradicionales y su desplome electoral. Son gente osada de sonrisa fácil y pensamiento débil que apenas disimula la ambición. 

Los tres son hábiles, debaten con soltura, lucen fotogenia ante las cámaras, mienten muy bien. Los tres compiten en una danza perpetua de piruetas falaces, en donde bailan al son de los asesores de imagen y de los gurús de las encuestas. Si toca perfil bajo, el candidato se abstendrá de hacer declaraciones no vaya a cometer el error de mostrar su verdadera faz, si conviene crispación, se suceden las baladronadas en los discursos por ver quién es el que la tiene más grande, la propuesta nuestra de cada día al servicio de su impacto en la campaña del competidor. Los principios quedan aparcados porque el consejero aúlico del líder rampante ha detectado pérdida de votos hacia uno u otro lado del espectro político.

Y así el presidente que anduvo en pactos con sediciosos, ahora dice no es no al desafío independentista, avisado por su desastre andaluz. El que fue portavoz del partido de Rajoy se reencarna en hijo póstumo de Aznar para pelearle la primogenitura de la derecha al nuevo mesías, con el que comparte la crianza a los pechos del Estado autonómico en uno de sus chiringuitos compatibles con el ultraliberalismo a tiempo parcial. Y el adalid de la igualdad de derechos del ciudadano en todo el territorio nacional se abraza al foralismo por un puñado de votos mientras acoge en su seno a los restos de serie del bipartidismo profesional.

Aficionados a la inveterada costumbre de maquear el currículum, los tres son expertos en el arte de camuflarse a la búsqueda del voto. Si pretenden el apoyo de la España vacía, saludan exultantes a bordo de un tractor, si está de moda la sensibilidad animalista, posan sin complejos acariciando un perrito, si se trata de excitar las esencias patrias, se hacen acompañar en las listas de toreros fracasados para revisitar la evolución de aquel banderillero de Belmonte que según el Pasmo de Triana consiguió llegar a gobernador civil, como no podía ser de otra manera, degenerando.

Los nuevos próceres que se avecinan parecen empeñados en enviar al limbo de la abstención al españolito hastiado de aguardar comportamientos coherentes guiados por el respeto a la palabra dada. Esperar, por ejemplo, que la crítica de la corrupción ajena y la condescendencia con la propia no convivan en el mismo discurso. Esperar, si no es mucho pedir, que el presidente que exigía debates cuando era líder de la oposición no trate de eludirlos manipulando la televisión pública cuya neutralidad pone en entredicho. Esperar en vano que en esos debates, los intervinientes no se comporten como tertulianos grandilocuentes cabalgando sobre hipérboles efectistas y hablen sobre la necesidad de acordar políticas comunes que erradiquen para siempre la dependencia del populismo y del nacionalismo, de manera que el espectáculo ofrecido en la búsqueda del gráfico más resultón o el "gadget" más ocurrente, no convierta en moderado a quien sigue persiguiendo la liquidación del espíritu de la transición mientras enarbola una Constitución en la que no cree.

Cuando cesa el griterío, el español sentado ante su futuro no ha escuchado una palabra sobre la independencia judicial, ni un compromiso acerca del necesario pacto educativo, ni una verdad sobre el futuro de las pensiones, nada sobre la crisis que viene. Es preciso desdeñar las romanzas de los tres tenores huecos y continuar trabajando sin estridencias para no perder el estado de bienestar y el nivel de convivencia del que disfrutamos y votar, pese a todo, aun sin esperanza en que la urna sirva para algo más que para guarecerse ante tanta impostura.

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