12/12/2017

Vivir sin Miedo

Nos quieren domesticados. El poder, esa superestructura carente de ideología que subyace bajo el gobernante de turno, necesita súbditos acobardados para imponer sus dictados sin contestación posible. A esa tarea se aplican sin descanso los que mueven los hilos en la sombra con una técnica basada en la inoculación continua en el cerebro del individuo del miedo a la catástrofe, para conseguir sin duda la falta de respuesta ciudadana a los desmanes perpetuos de los sucesivos gobiernos.

La estrategia del amedrentamiento de la población comienza con la salmodia del telediario, donde la información política hace tiempo que fue desplazada a un segundo plano en beneficio del suceso nuestro de cada día, del temporal en invierno y de la ola de calor en verano y mientras el espectador contempla desde su butaca al reportero enviado de corresponsal a la ventisca, se tienta la ropa, se alegra de su suerte y entona el virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Las noticias de todas las cadenas se contraprograman unas a otras en la lucha por la sacrosanta audiencia, y así han devenido en verdaderas crónicas del apocalipsis al servicio del poder, satisfecho con esta otra clase de censura subliminal que acerca los informativos de esta época al parte que mi abuelo me mandaba poner a las tres de la tarde. 

Aún se recuerda el temblor de aquel efecto 2000 que iba a colapsar el mundo entero, a paralizar las centrales eléctricas y a bloquear las entidades bancarias, un nuevo milenarismo que no se confirmó cuando el primero de enero encendimos nuestros ordenadores temiendo que aquel artefacto se volviera loco y explotara. Un año después, España entera dejó de comer chuletón porque cundió el pánico con el mal de las vacas locas, la enfermedad de nombre impronunciable que a punto estuvo de hundir el sector cárnico y finalmente sólo causó cinco muertes en España, menos que la gripe de cada año, esa entrañable compañera que te procura la delicia de estar levemente enfermo y desconectar de las ocupaciones laborales durante siete días con tratamiento y una semana sin él. Pues también a esa gripe amable la quisieron convertir en una amenaza feroz que a través de sus variedades aviaria o porcina, iba a aniquilar a millones de seres humanos, provocó enormes campañas de vacunación y finalmente no causó mayor destrozo que el de su prima hermana común, pero sí importantes beneficios para la industria farmacéutica.

En la época más democrática de la historia, los poderes fácticos se afanan en acotar nuestro camino, llevándonos de la mano para que no se nos ocurra pensar demasiado por nosotros mismos. Nos imponen las condiciones bancarias, nos colocan un impuesto a cada paso, la publicidad toma nota de nuestros deseos mientras navegamos por internet y todos llevamos en el bolsillo dispositivos electrónicos de localización permanente. Ahora los ayuntamientos ensayan técnicas de amaestramiento de la población que guían la voluntad del rebaño en las calles peatonales y únicamente nos falta que nos graben la matrícula en la frente para que si hacemos algo que moleste al Gran Hermano, salte el radar.  

La última novedad en técnicas de meter miedito al personal tiene que ver con la meteorología, que se nos aparece abruptamente todos los años cuando a los medios les da por adornar el hecho extraordinario de que en invierno nieve y en verano haga calor. Claro que esta psicosis puede llegar a tener efectos positivos como cuando al hombre del tiempo le da por bautizar al fin de semana revuelto de todos los otoños como ciclogénesis explosiva. Entonces, la amenaza de tormenta vacía de tal manera las calles que uno puede pasearlas sin tener que hacerse sitio a codazos entre el gentío habitual, a la vez que la imaginación dibuja a familias enteras refugiadas en sus búnkeres con la despensa rebosante, pensando con satisfacción en los estúpidos que no imitaron a Noé y creyeron que sólo eran cuatro gotas cuando le vieron construir el arca.

Hay que desterrar los temores para alcanzar la libertad plena, el don más preciado que dieron al hombre los cielos. Por la libertad, amigo Sancho, se puede y debe aventurar la vida. El fin del mundo llegará cuando menos te lo esperes, y más vale abandonarse al desenlace que transitar por el planeta eternamente alarmados como si viviéramos dentro del programa de Íker Jiménez. Se avecinan terribles tormentas solares que al menos podremos disfrutar desde la playa y cuando suba la marea, esperaremos el tsunami construyendo un dique de arena a golpe de cubo y pala. Vivir sin miedo sólo podrá matarnos, eso es todo.
 

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