17/11/2017
Opinión

Universidad enjaulada

No confío más en alguien porque sea de derechas o de izquierdas. De hecho, siempre he pensado que más allá de cualquier ideología existe gente horada y sinvergüenzas, personas generosas y egoístas, alegres y avinagrados, personas positivas y gente muy tóxica, educados y zafios y, por supuesto, personas inteligentes y otras que no lo son. En la universidad pública también existe, cómo no, toda esta tipología de gente y, por supuesto, también los hay que se sienten de izquierdas o de derechas. Hay de todo pero, sin embargo, no existe una representación ideológica colectiva porque la universidad se mantiene independiente. Diría más, la universidad pública tiene su propia política universitaria que estructura la gestión cotidiana de la institución. El rector es elegido por la comunidad universitaria formada por alumnos, profesores y personal de administración y servicios, y ellos son quiénes pueden cesarlo, si así lo deciden; y lo mismo ocurre con los decanos y directores de departamento, que son elegidos por los miembros de esos centros. En esto se basa, precisamente, la autonomía universitaria. La universidad pública se gestiona a sí misma, con la participación de todos los que forman parte de la propia comunidad universitaria. Resulta que en esta institución académica los políticos no pueden tomar decisiones, ni en su organización, ni en su funcionamiento. Y les gustaría. A unos y a otros. A los políticos les cuesta entender que no puedan meter sus narices en una institución que se financia con dinero público. Y aquí es donde está la clave. Cambia el contexto político, cambian los protagonistas y el color de las fichas sobre el tablero, pero el pensamiento que subyace a las decisiones que se toman son las mismas. Una y otra vez vuelve a repetirse la misma situación. No se trata de no reconocer el importante servicio que realiza la universidad, ni el papel relevante de la educación universitaria en nuestra región, ni la calidad de la formación de los alumnos…; se trata, sencillamente, de un ejercicio de canibalismo de la política (y de lo políticos) con la universidad. Un lugar sabroso al que les apetece hincar el diente y al que solo pueden acercar sus colmillos a través de la financiación o, mejor dicho, de la infrafinanciación. Con distintas estrategias ajustan a la baja el presupuesto que la universidad necesita para sobrevivir con dignidad, porque así intuyen que pueden agrietar la autonomía universitaria y colarse para tomar decisiones internas. La universidad no confía en general en los políticos, aunque mantenga su lealtad, por ello se retuerce y lucha por su autonomía porque sabe que aceptar la situación en los términos marcados por los políticos supone mucho más que la sumisión, supone la abdicación de las convicciones de lo que ha de ser una verdadera institución universitaria. La larga mano de la política nos ha hecho mucho daño en la crisis y ha fundido instituciones significativas como la Caja de Castilla-La Mancha; pero durante todo este tiempo la universidad se ha mantenido firme en sus convicciones, aunque con la zozobra del movimiento pendular de unos presupuestos insuficientes. Hasta aquí hemos llegado con nuestras ideas y nuestro trabajo; sabiendo que solo se conecta con nuestros jóvenes desde la honestidad y que ellos son lo más importante que tenemos en nuestra región. De nuevo, alguien ha pensado que se puede enjaular a la universidad y buscar su docilidad por inanición, privándola de los recursos económicos que alimentan los sueños de miles de hijos e hijas de castellano-manchegos. No hemos llegado hasta aquí para rendirnos, por eso no dudamos que defender nuestra universidad es defender nuestro futuro. #UniversidadAmenazada

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