16/04/2019
Cultura y Vida

Una luminosa Kremerata Báltica inaugura la 58 Semana de Música Religiosa

En el descanso del concierto inaugural hubo una conmoción generalizada en el patio de butacas al conocer la noticia del incendio de la catedral de Notre Dame

Concierto inaugural SMR (Fotos Santiago Torralba / SMR)

Los dos primeros conciertos se presentan como los más prometedores de esta 58 edición de las SMR. Los responsables de los mismos son una formación que aglutina a jóvenes profesionales de las tres repúblicas bálticas, todos ellos de cuerda, dirigidos –pero no desde la tarima— por el violinista Gidon Kremer.

ARVO PART Y MIECZYSLAW WEINBERG.

La Kremerata báltica está especializada en el repertorio de los siglos XX y XXI, apostando por la nueva creación y por dar cabida a autores que han tenido peor suerte en este peculiar merchandising de la historia de la música. En el concierto inaugural pudimos escuchar ambas apuestas. La primera mitad estuvo copada por el compositor estonio Arvo Part –que además recibió el premio individual del Festival y que no pudo venir a recoger por su delicado estado de salud—. Part, como Glass, Taverner o Preisner, ha gozado del reconocimiento del mundo de la música contemporánea y del favor casi unánime del público. De alguna manera, guiado por su profunda espiritualidad, el uso de modos antiguos, la armonía diatónica y principalmente triádica y un minimalismo depurado, ha conseguido una capacidad de comunicación elevada y  una religiosidad esencial y austera.

Las dos obras de Part fueron dedicadas al director de la Kremerata: Gidon Kremer. Además, también participó la segunda dedicataria de "Tabula rasa", la también violinista Tatiana Grindenko. Intérpretes excelentes y en contacto directo con el espíritu creativo de Part. Los quince años de distancia entre "Tabula rasa" y "Fratres" no mostraban ningún cambio estético, ya que ambas obras son consecuencia del giro radical que acomete el compositor en los años 70, en los que abandona definitivamente cualquier influencia del serialismo y de otros movimientos de las vanguardias occidentales (abrazando, además, la fe ortodoxa oriental). Incluso el piano preparado huye de las sonoridades buscadas por otros contemporáneos como John Cage.

Para casi todo el público del auditorio –que llenó la mitad de las butacas del mismo— la música de Part era conocida o por lo menos cercana, puesto que ha sido utilizada en varias películas, como Soldados de Salamina de David Trueba o La grande belleza de Sorrentino. Mucho más distante es la música del compositor soviético de origen judío polaco Mieczyslaw Weinberg (1919-1996). Hijo de la desgracia, perdió a casi toda su familia en el campo de concentración de Trawniki. Huyó en un triste periplo de ciudades y recaló en la Unión Soviética, país donde conoció la amistad de Shostakovich y cierta animadversión del régimen por sus posturas occidentalizantes. La Sinfonía nº2 Op. 30 es una partitura sublime, muy en la línea de las partituras soviéticas de la década de los 40. El uso de recursos de la cuerda es infinito y los contrastes perennes y sorprendentes, que esconden a un autor de gran talento y oficio.

LA KREMERATA BÁLTICA.

Las importantes grabaciones de esta agrupación ya mostraban el elevadísimo talento de esta formación. Es difícil encontrar una cuerda tan precisa y con tantas posibilidades de matiz. Sorprende la profesionalidad y la concentración absoluta desde el inicio. Son un auténtico soplo de luz y color. Los solistas –Gidon Kremer y Tatiana Grindenko— cautivaron con una técnica tan prodigiosa como retrospectiva, mirando hacia el interior desde el dominio y conocimiento absolutos.

La noche de ayer fue extraña. En el descanso hubo una conmoción generalizada en el patio de butacas al conocer la noticia del incendio de la catedral de Notre Dame y durante uno de los momentos más íntimos del concierto un aguacero interrumpió con un ruido molestísimo, que jamás he sentido por inclemencias climatológicas en los 25 años de vida del Teatro Auditorio.

Esa extrañeza se convirtió en estupefacción cuando el director del Festival anunció el "bis" de la formación tras la entrega de los premios individuales y colectivos de la presente edición de las SMR. Una pieza casi cómica y circense de Weinberg, que es absolutamente contraria al espíritu de este festival sacro, en el que durante sus primeros años estaba prohibido el aplauso  y en el que yo mismo, muchos años después,  he experimentado absolutamente  conmocionado el silencio casi hiriente tras una monumental Pasión según San Juan dirigida por Gustav Leonhardt. Confío en que jamás vuelvan a suceder meteduras de pata como esa.

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