03/03/2017

Nacionalismo cofrade

En esta época convulsa en que nos ha tocado vivir, en la que campan a sus anchas por doquier animales políticos a los que, tan solo unos pocos años atrás, no hubiéramos dado crédito; en esta era de los Trump y compañía, del resurgimiento de los populismos y los nacionalismos, quizás pensábamos que la Semana Santa iba a mantenerse ajena a esta marea de agitación y segregacionismo intelectual. Tristemente, al parecer, nos equivocábamos. Estamos presenciado el resurgir de una corriente ultramontana de nuestra comunidad nazarena, de la mano de un discurso que antaño tenía mucho de chovinismo ingenuo, pero que ahora ha tomado unos preocupantes tintes extremistas, y que se acerca demasiado, tanto en el tono como en la verborrea incendiaria, al discurso de algunos de esos animales políticos a los que acabo de aludir. Un discurso falaz, que se construye a base de clichés y lugares comunes tan manidos como carentes de fundamento, y que apela capciosamente al sentimentalismo y al apego a la tierra para alentar el odio a todo lo que existe más allá de Cabrejas.

Me refiero a ese grupo de talibanes del capirote que están aflorando últimamente, muchos de ellos, por desgracia, muy jóvenes, que enarbolan ahora la añeja bandera de la castellanidad y el autoctonismo para iniciar una especie de cruzada beligerante contra lo que llaman la sevillanización de la Semana Santa de Cuenca. Dicen que nuestra magna tradición se está convirtiendo en una copia de Sevilla, a la que presentan como una especie de potencia colonial o de estado opresor que nos ha invadido y que intenta reprimirnos a golpe de ciriazo, o de cirial, quién sabe. Denuncian que esta cruenta conquista se está produciendo con la connivencia de algunos cofrades de aquí, a los que tachan poco menos que de traidores a la patria, o de malvados quintacolumnistas que, con su indolente servilismo, allanan el camino a la satrapía de la saeta, el pan de oro y la flor de azahar. Finalmente, y por si todo esto no fuera suficientemente descabellado, llaman al pueblo conquense a una especie de rebelión, de 2 de mayo de las tulipas, para que se libere de ese yugo andaluz que la Semana Santa de Sevilla, poderosísima metrópoli del colonialismo cofradiero, intenta imponer sobre Cuenca, y aún sobre toda la faz de la piel de toro. Utilizan palabras inéditas en la literatura cofrade, como "autodeterminación", "ocupación", o "independencia". En resumidas cuentas, estamos asistiendo al nacimiento del Nacionalismo Cofrade.

Para construir su retórica secesionista, para justificar el apartheid capirotero que defienden, presentan una imagen distorsionada de la Semana Santa andaluza en la que ésta es dibujada con trazos caricaturescos, y reducida a una suma de ruido, ostentación y excesos. En esa imagen simplista y de trazos sumamente groseros, Sevilla lo ocupa todo, como si al sur de Despeñaperros no existieran otras ciudades y pueblos con una tradición cofrade reseñable y distintiva. No deben saber nada de Málaga, Granda, Córdoba o Jerez, o de la personalísima Antequera, o de Écija,  o de Úbeda y Baeza, o de la peculiar Cabra, por citar solamente las localidades más conocidas en el ámbito cofrade de aquella región. Nada. Es tal su malsana obsesión por la capital hispalense, que lo andaluz queda reducido a lo sevillano en un totum revolutum que nada tiene que ver con la realidad. Esto, de por sí, ya debería hacernos reflexionar sobre la endeble credibilidad de esta caterva de nazarenos separatistas y pseudo-independentistas.

Por supuesto, su discurso está apoyado en los mismos clichés de siempre, en esa panoplia de vaguedades que, desde hace como un siglo, han esgrimido muchos nazarenos —infinitamente más moderados, eso sí, que estos agitadores de tres al cuarto de hoy en día— para erigirse como guardianes de la supuesta esencia conquense de nuestra Semana Santa: el silencio, la austeridad, la sobriedad castellana. Valores intangibles, completamente subjetivos, que se desdibujan cuando el debate entra en el terreno de lo concreto. A la hora de la verdad, cuando llega el momento de definir qué rasgos concretos de nuestra Semana Santa representan su esencia última e irrenunciable, y están amenazados por esa supuesta sevillanización, los nazarenos nacionalistas no saben qué decir. Hablan del silencio, como si en Andalucía no hubiera cofradías que recorren las calles en silencio absoluto. Hablan de compostura, como si en el sur fueran los nazarenos bailando sevillanas en las filas. Hablan de austeridad, como si las andas y los pasos de todas las hermandades andaluzas fueran de oro macizo, y los pasos de madera fueran patrimonio exclusivo de nuestra ciudad. O hablan de sobriedad, como si en Sevilla, o en cualquier otra de las ciudades que he mencionado antes, no hubiera hermandades sobrias, y todas fueran con la cornetería a tope, encadenando petalás cada diez metros de calle y rodeadas de aplausos y envueltas en el griterío del archiconocido ¡guapa, guapa y guapa! que le lanzan a la Macarena a su salida y que, por cierto, a los cofrades de pro de aquella ciudad no les gusta ná de ná.

El Nacionalismo Cofrade no tiene sentido porque, como todo nacionalismo, tiene que reinventar la historia para presentarse como verdad. Tiene que recurrir al sacrosanto mantra del "esto siempre ha sido así", que suele ser sinónimo de lo contrario, dicho sea de paso. O a su variante negativa, el "esto aquí nunca se ha hecho", como el que lanzaban cuando se comenzaron a montar altares de cultos elaborados en algunas hermandades, hasta que las fuentes históricas demostraron que en Cuenca se montaban altares "sevillanos" con cantidades ingentes de cirios hasta principios del siglo XX. Y tiene que eludir el hecho de que la mayor parte de préstamos estéticos de la Semana Santa andaluza hacia la conquense se produjeron en la época de la reconstrucción (a la que tienen mitificada), y que muchos de esos préstamos están hoy asumidos, incluso por los propios nazarenos nacionalistas, como partes indispensables de la Semana Santa conquense. Los nacionalistas cofrades están topándose, continuamente, con sus propias indefiniciones y contradicciones; con la fuerza de los hechos que revela que la Semana Santa de Cuenca era, en tiempos, mucho más barroca —sevillana, que dirían ellos— de lo que están dispuestos a admitir; con la incómoda verdad de que los protagonistas de la reconstrucción de posguerra miraban más al sur de lo que siempre se dijo; o con la evidencia de que algunas costumbres traídas de su odiada Sevilla, como la vestimenta de hebrea para las dolorosas, inciden en esa austeridad y sobriedad que ellos venden como una exclusiva de la rancia Castilla.

La pregunta que debemos hacernos los nazarenos y nazarenas con sentido común, que queremos que nuestra Semana Santa no se convierta en un reducto de ombliguismo y en una isla desconectada del resto del panorama cofrade nacional, no es si estos cofrades recalcitrantes desistirán en su intento por convertirnos en eso. Sabemos que no lo harán. Sabemos que seguirán con su particular make América great again! semanasantero. Si por ellos fuera, propondrían la construcción de un muro en Cabrejas para que no entren más sevillanismos a colonizarlos, pagado, eso sí, por las hermandades de allí que, ya se sabe, se pasan la vida derrochando el dinero en mantos y coronas. La pregunta que debemos hacernos es hasta cuándo vamos a seguir dando crédito a este mito de nuestra Semana Santa y a los que ahora lo quieren convertir en un Nacionalismo Cofrade.

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