31/07/2017
Opinión

Montesquieu no resucita

Viene siendo un lugar común que en las postrimerías del curso político, el presidente del Gobierno se vea obligado a comparecer públicamente para dar explicaciones sobre la financiación de su partido. Don Mariano ha tenido que acostumbrarse a la fuerza a estos exámenes veraniegos con los que el sistema se justifica a sí mismo, propinando al líder máximo arañazos controlados que incluso le permiten reforzar su imagen de agudo opositor que se sabe la materia. Don Mariano ya está sentado a la derecha del paternal tribunal que lo trata con deferencia y un sí es no es de mala conciencia al haber tenido que hacerle pasar por este trance, y su atribulado presidente acota el interrogatorio de las acusaciones pero no los chascarrillos del testigo, que prodiga ironías sobre los letrados con su conocida retranca, como si tuviera tras de sí a la bancada popular celebrando sus ocurrencias, al tiempo que las defensas apenas pueden reprimir sus mohines de satisfacción por la habilidad dialéctica del prócer. Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento un mes de agosto de hace cuatro años, para mentir sobre los manejos de su tesorero con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

Hoy como entonces ha vuelto a decir que a pesar de la elocuencia de los mensajes enviados a Bárcenas, no hizo nada en su favor, cuando es un hecho que lo amparó en el partido a pesar de las evidencias de fraude. Hoy como entonces se ha vuelto a jactar de haber sido él quien dejó de contratar a los miembros de la trama cuando supo que algo olía a podrido en la Comunidad de Madrid, pero no ha dado explicación alguna de por qué no denunció aquellos hechos ni profundizó en la investigación del asunto como era su obligación. El sistema ha quedado satisfecho, se completó la comedia y los palmeros del líder se aprestan a glosar la normalidad democrática de lo sucedido, pero Montesquieu no resucita por más que la apariencia triunfe sobre la verdad. El Barón ilustrado parecía estar pensando en nuestras cuitas cuando dijo que no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia.

A pesar de todo, debe reconocerse que de un tiempo a esta parte la historia de las farsas presidenciales ha perdido truculencia si consideramos que hace casi veinte años otro prohombre era citado para ser preguntado sobre muertes y secuestros. Las cloacas insondables han pasado de albergar sicarios a ocultar el latrocinio permanente, algo es algo. La esperanza en la regeneración del sistema se antoja una quimera si la natural tendencia del españolito metido en política por llevárselo muerto no se ataja con la independencia y el recíproco control de los poderes del Estado. La desolación es inevitable si echamos un vistazo a la alternativa circundante, en donde ningún partido de la oposición lleva en su programa la separación de poderes y a la fuerza que sustenta al Gobierno se le ha olvidado reclamar en este punto el cumplimiento del pacto de investidura. Don Mariano afronta las vacaciones con una sonrisa en los labios.

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