22/06/2019
Opinión

Menores acosados y que no encuentran ayuda

Prefiero  la paz eterna al infierno cotidiano.  ( Palabras a una amiga de Jokin Zeberio, menor acosado, poco antes de lanzarse  al vacío desde las murallas de Fuenterrabía )

Invisibles, náufragos en un mar de dolor por un  acoso escolar permanente, no encuentran, no saben cómo llegar a su tabla de salvación.

Y sigue sucediendo. Ahora, ante la imagen del cuerpo despeñado de un niño de trece años en Guecho, sometido a bullying, muchos  recordarán al vasco  Jokin Zeberio;  a Carla, menor gijonesa a quien llevaron al suicidio las continuas mofas en Facebook de sus compañeras;  a Diego, once años, de Leganés, quien se despidió de sus padres antes de buscar desesperadamente la solución en una muerte de la que pidió perdón a sus padres en su emocionante  carta de despedida…

Es hora de  ser más resolutivos ante un drama como éste. Entiendo que, a diferencia de lo que sucede ante un caso de violencia de género (independientemente de las distorsiones que, a mi juicio, existen, principalmente respecto a la necesidad de una mejor coordinación entre las  oficinas de atención a la víctima de las diferentes administraciones), cuando se trata de  un supuesto de acoso escolar no se ponen en marcha, de forma inmediata, los necesarios y urgentes mecanismos para paliar y detener,  primero, y resolver después, este gravísimo problema.

En primer lugar, porque en muchos  centros escolares no existen los debidos protocolos;  y cuando los hay, se manifiestan como notoriamente insuficientes, bien por ausencia de formación al respecto, bien por no querer enfrentarse al problema, o bien por carecer de medios suficientes.  Un ejemplo: cuando se impone a un menor acosador  la  medida de alejamiento respecto a la víctima, hay grandes  dificultades para su aplicación, en los supuestos de poblaciones con un solo centro escolar, o, peor aún cuando se deben trasladar  al acosador o acosadores en un mismo autobús escolar donde ha de viajar también el menor humillado y agredido. La madre del escolar de Guecho ha escrito: "¿Cómo expresar cómo me siento? Tras siete años viendo como pegan, insultan y humillan a tu hijo en el colegio sólo escuchan mis oídos, ¡¡es cosa de niños!!! ¿Total? ¿Y qué quieres que haga? ¿No te gusta? Ya sabes... y un sinfín mas de excusas para llegar de nuevo al mismo punto de partida año tras año". Los  responsables docentes  optan por ofrecer el traslado al acosado de centro escolar, como si el culpable fuera él y no los delincuentes compañeros de aula.

En segundo lugar, no debe esperarse a que la situación de la víctima llegue a ser insuperable. Al menor atisbo de acoso escolar, cualquier funcionario, policial, educativo, o del mundo de la justicia, debe poner todos los medios para impedir que una joven vida quede marcada para siempre. Los centros no pueden esperar a que la víctima acuda a ellos, entre otras cosas, por el miedo a que los agresores lo tengan por delator, y redoblen su acoso. Así mismo, sería deseable que se estableciera legalmente  que los equipos técnicos de  los juzgados de menores no sólo realizaran la función de proponer,  en los casos que procediera,  una solución extrajudicial entre delincuente y víctima, ambos menores, sino que asistieran profesionalmente a la víctima más allá del intento, generalmente infructuoso en este tema, de un compromiso  de disculpa y de  no volver a delinquir por parte del menor expedientado. Como mínimo, es imprescindible que  la oficina de atención a la víctima y los psicólogos adscritos a la misma examinen su caso y propongan soluciones. Creo que un menor acosado iría más dispuesto a exponer su caso a un profesional ajeno a su centro educativo, por lo antes expuesto. Además, es infrecuente el que, ante un caso  de acoso escolar, donde haya recaído condena judicial para el autor, el menor acosado obtenga de la administración el debido apoyo psicológico; por variadas razones que deberían ser objeto de estudio por  quien tiene competencia para ello.

En tercer lugar,  los propios padres, tanto del acosador como del acosado, tienen mucho que decir en el tema. Respecto a los primeros, es frecuente que su reacción ante el anuncio  de que su hijo fuera un  acosador sea la de minimizar el problema, cuando no negar la realidad. Muchas veces, sólo cuando se enteran de que la conducta de su vástago podría  acarrear  una merma en la  cuenta corriente de los progenitores, como responsables civiles solidarios, parecen reaccionar. Respecto a los segundos, el dolor ante el sufrimiento del hijo, máxime si adopta la drástica solución de los menores que se quitan la vida por el acoso, se intensifica  por el sentimiento de culpa ante su falta de conocimiento o de reacción adecuada  ante el acoso a su hijo. Un programa de interacción padres e hijos, respecto al acoso escolar, e incluso para educar en materia de violencia doméstica, se manifiesta como imprescindible.

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