06/05/2017
Opinión

Medio siglo

Llegar a los cincuenta es un triunfo que no se valora debidamente en estos tiempos extraños en los que a la edad de las sopitas y el buen vino, la gente corre maratones y se viste con la ropa de sus hijos en edad de merecer. Aunque la vida suele ser una sucesión tal de decepciones que sólo cabe acoger el final con cierto alivio, he conseguido llegar al medio siglo sin que la vejez que poco a poco va invadiendo mi osamenta  se convierta también en ese estado mental que amenaza tu futuro cuando presientes que ya has recorrido la mayor parte del camino que se te ha otorgado transitar. Antes de traspasar la frontera que parte tu senda por la mitad, todavía la cabeza hace planes como si uno no tuviera hijos adolescentes a los que dar ejemplo. El espíritu juvenil que habita tu cuerpo desvencijado aún se empeña en empresas imposibles a pesar de que desde hace tiempo advertiste que más vale salir de fiesta los viernes para tener así dos días por delante de recuperación y que los partidos de tenis que antes te hacían sentir Federer por unas horas te dejan ahora tan baldado que la mayor victoria es poder levantarte de la cama a la mañana siguiente.

Sin embargo, cumplir los cincuenta es hundirse en una dimensión nueva. Justo cuando creías haber alcanzado el secreto de la clarividencia que da la madurez, cuando las dudas que te hicieron sentir inerme para enfrentar los embates de la existencia habían quedado superadas, llega la barrera inclemente del cambio de década y sin saber por qué, vas notando ese cansancio raro que te hace sospechar que jamás volverás a soportar los empujones de la primera fila de un concierto, que deberás conformarte con mover levemente la cadera desde la barra, contemplando la batalla desde la retaguardia de la frustración. Ya lo dijo Balzac, el anciano es un hombre que ya ha comido y observa cómo comen los demás.

Es la vejez, amigos, la dama humillante e inhóspita del verso de Cernuda, el único argumento de la obra que Gil de Biedma interpretó cuando se dio cuenta de que las dimensiones del teatro no daban más de sí. Ese estado de cosas que va instalándose en tu cuerpo cuando no pasa un solo día sin sentir alguna clase de malestar físico y el desgaste de los materiales hace de tu espalda un lugar propicio para el dolor, pies y rodillas comienzan a claudicar antes de tiempo, las digestiones dejan de ser fáciles y los ojos miopes de siempre transitan alevosamente hacia la presbicia para que las embestidas del destino te pillen medio ciego y desnortado.

 

La cosa se complica cuando uno siente que ha llegado tarde a casi todo en esta vida y necesita seguir en este valle de lágrimas al menos otro medio siglo para colmar sus expectativas. Soy de los que tuvo un vídeo beta, hace poco júbilé la televisión de tubo y sigo usando el windows vista en mi ordenador. Cuando por fin me aboné al canal plus, ya habían quitado el porno, así que necesito imperiosamente que sea verdad esa patraña que nos vende la ciencia prometiendo para un futuro no tan lejano una esperanza de vida que llegue a los cien años y aunque para entonces habitemos en la indigencia y no haya plan de pensiones que resista nuestra longevidad, es peor dejar de quejarse e ingresar para siempre en el corral de los quietos y tener que darle la razón personalmente al espectro de Óscar Wilde que aunque no pudo alcanzar siquiera el medio siglo, enseguida se dio cuenta de que envejecer no tiene importancia, lo terrible es seguir sintiéndose joven.

 

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