22/08/2018

Maximino Pérez, el empresario

Me confieso un perfecto ignorante- o casi- del mundo de los toros; no obstante, mantengo mis abonos en la plaza de toros de Cuenca tanto por respeto a mi suegro como por acompañar a mi hijo, que son quienes me introdujeron en este mundo tan complejo. Esta circunstancia me ha permitido compartir buenas tardes de charla y merienda con algunos amigos durante la feria y visualizar también desde una perspectiva sociológica este microcosmos que es también la plaza de toros.

Estas mismas expectativas son las que me llevaron el pasado 21 de agosto al coso conquense del paseo de Chicuelo II, pero que se vieron enriquecidas con algunos acontecimientos inesperados que paso a relatarles a continuación; todos ellos contemplados desde la perspectiva privilegiada que permite la Andanada del 2, con un ángulo de visión de 360 grados, protegido con un paraguas y con la plaza absolutamente vacía; contexto este que permitirá comprender mejor esta crónica que no pretende ser taurina sino reflejo de la vida misma.

"Imagen de la vida es la novela" escribiría otro Pérez, por Galdós más conocido; pues bien, con el permiso de don Benito, quiero darle la vuelta a su aserto y demostrar cómo, a veces, la vida debiera ser también imagen de la novela si entendiéramos que este mundo de los toros tiene algo de novelesco. Me explico, con la ayuda de los acontecimientos que a continuación le relato, paciente lector.

Hora y media después de que fueran las cinco en punto de la tarde, se mantenía sobre el cielo de Cuenca la lluvia pertinaz que amenazaba con hacer inevitable la suspensión del festejo anunciado; a los escépticos de los toros, este hecho nos creaba cierta inquietud, que no llegaba a preocupación pues sabíamos que esta lluvia casi reconfortante haría posible la germinación del micelio que aflorará justo en cuarenta días.

Se escucha por los altavoces el aplazamiento de treinta minutos para el inicio de la corrida, persistencia de la lluvia, el orinal de Jábaga que no termina de aclarar, impaciencia… De pronto, y acaso sobrepasando los límites del Reglamento, un ciudadano vestido de corto y con playeras desafía la lluvia, da una vuelta por el ruedo y comienza a desatascar desagües, hacer canaletas para evacuar los charcos y maneja con soltura los rastrillos que han dejado inertes los ausentes operarios. Mi escasa agudeza visual no me impide constatar que se trata de Maximino, el empresario, a quien rápidamente sale a ayudar un joven que mis convecinos reconocen como hijo del mismo y también torero. Al instante, veo que aparece Susi, reparador de catástrofes pluviales, el hijo de Félix, los operarios al completo y algunos civiles que se suman a las labores reparadoras.
El trabajo en el patio de cuadrillas por parte del propio Maximino parece que ha dado sus frutos y hace posible una primera inspección ocular  de los diestros y de la autoridad gubernativa. División de opiniones en las gradas, unos con silbidos pidiendo la suspensión y otros con aplausos para que todo continúe con normalidad; discusiones también en el callejón…

Finalmente se escuchan clarines anunciando el inicio del festejo que, por cierto, se desarrolla con notable éxito. Pero, como les decía, esta no es una crónica taurina sino que quiere ser una imagen de la vida- o debiera de serlo- a través del espejo de un personaje tan denostado como es el del empresario, en este caso el empresario taurino.

Maximino, con esa  actitud tan valiente que yo he dejado solo esbozada, supongo que defendía sus intereses legítimos - si es que no le interesaba materialmente la suspensión por la cobertura de los seguros- pero defendía también el desarrollo de la vida con normalidad, luchando contra los elementos y no dejándose vencer por ellos hasta la extenuación; poniéndose a la cabeza de las actuaciones, sin dar órdenes explícitas. Como empresario, pisando el barro el primero- y en este caso en sentido literal-, acercándose a los cuernos, arriesgando… en beneficio propio sí pero también en beneficio de la comunidad. Con la ayuda de su joven vástago y sus auxiliares y amigos nos ha demostrado a todos los que hemos querido verlo cómo es posible vencer a la adversidad.

Yo he recibido una verdadera lección de categoría empresarial y, por ende, humana por cuanto me ha demostrado que la voluntad de superar las dificultades es la primera condición para el éxito, que el movimiento se demuestra andando, que hay que predicar con el ejemplo y que también hay jóvenes ejemplares a los que habría que ofrecer como modelos; me ha demostrado, en fin, que una sociedad bien motivada es capaz de conseguir los logros más insospechados.

Gracias por todo ello, Maximino, por tu lección humana, y ojalá que sirva de ejemplo para quienes silban desde las gradas y, sobre todo, para quienes permanecen silentes en los palcos. En todo caso, ya sabes aquello de "perro cobarde…"

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