06/06/2017

Luz del Zóbel

Agradecer el esfuerzo de las personas que nos acompañan hoy es algo que se da por sentado, por eso me gustaría alejarme del típico discurso formal para conocer los verdaderos motivos por los cuales debemos sentirnos orgullosos de una serie de profesionales, que se han entregado plenamente por convertirnos en lo que somos, personas capaces de integrarnos en el mundo que nos rodea.

Nuestra historia en el Zóbel, aunque suene pretencioso, se asemeja a uno de los grandes clásicos de la literatura española. Aquel 15 de septiembre de 2011 se abrían las puertas del instituto para dar la bienvenida a una serie de quijotes indefensos, llenos de fantasías y dispuestos a afrontar todo tipo de aventuras. Se apreciaba el miedo y el nerviosismo, al fin y al cabo éramos niños de 12 años que abandonamos nuestro refugio en el colegio para afrontar una realidad totalmente nueva, rodeados de gigantes y cargados de ideas preconcebidas. Además, muchos de nosotros no habíamos solicitado el Zóbel como primera opción o ni tan siquiera lo habíamos elegido. No tardaríamos mucho en darnos cuenta de lo acertada que fue aquella decisión, ajena a nosotros. En ese bienestar fue clave el cariño y apoyo recibido por una serie de personas que no conocíamos y que acabarían convirtiéndose en nuestra familia durante estos 6 años. Supieron unirnos y crear un buen ambiente en clase. Los pequeños quijotes fuimos despertando poco a poco de nuestra inocencia y conociendo el mundo que nos rodeaba de la mano de las figuras que hoy nos ocupan. Crecimos y nos convertimos en sanchos, conscientes de la realidad, pero sin perder la ilusión característica de un niño.

En este proceso de adaptación, lleno de ilusiones, desengaños, tristezas y alegrías, nos gustaría agradecer en primer lugar, y en orden inverso a como lo haría el político de turno, a los conserjes; por su paciencia y vigilancia de pasillos. Todavía recordamos un desesperado intento de justificar el por qué debíamos salir al patio aunque hiciese frío, y no era otro que tomar el sol para producir vitamina D. Probablemente tenía razón.

También queremos agradecer a todo el personal que comienza su jornada cuando nosotros volvemos a casa, imprescindible para impartir clases en condiciones óptimas, a pesar de que a menudo se olvide su importante labor.

Por último, reconocer la dedicación y entrega de todos y cada uno de los profesores que nos han acompañado en nuestra aventura y que no son una figura distante, como a veces se piensa, sino alguien cercano y que quiere lo mejor para nosotros. Gracias por vuestros consejos, experiencias y por todas esas horas extra preparando prácticas de laboratorio o clases intentando complacernos en la medida de lo posible. Lo académico sin duda tiene un valor, pero lo verdaderamente importante es el atractivo humano que habéis sabido transmitir, los consejos extraescolares sobre todo aquello que nos preocupaba y que nos ha animado a seguir adelante.

Mención especial merecen aquellos profesores que nos acompañaron hasta que un día llegó la esperada jubilación. Marcharon dejando huella y habiendo influido en nuestro presente. Miguel Ángel,  Silvia, Carmen, Carlos Ramón… Gracias.

Por último agradecer al equipo directivo por el apoyo y las últimas iniciativas que permiten al instituto progresar e innovar.

En definitiva, todos formamos parte de la familia Zóbel y, aunque marchemos, seguiremos manteniendo un vínculo común que nos une a través de los recuerdos. Múltiples emociones y experiencias conforman una pequeña historia que, sin duda alguna, ha sido coloreada por todos los que hoy nos acompañáis. El estar agradecidos se debe a ese paso del blanco y negro del papel y la tinta a la luz y el color de vuestras acuarelas, acuarelas del Zóbel que seguirán pintando el blanco lienzo de la nueva etapa que hoy comienza. Gracias.

Enrique Serna Valverde, 2º Bachillerato A

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