30/09/2017
Opinión

Los mercaderes en el templo

Y les dijo: "Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones."
(Mateo 21:12-17).


Hace más de veinticinco años,  dejé de confiar en el clero catalán. Yo estaba destinado en Tarragona y mis padres fueron a visitarme. Mi madre, mujer de fe, que extiende  incluso  a los curas catalanes, que ya es decir,  tuvo la paciencia de esperar al sacerdote que ofició la misa íntegramente en catalán para, tranquila y sosegadamente, decirle que no se había enterado mucho del oficio sagrado  y preguntarle si  se celebraría  la misa en esa iglesia en castellano en otra hora diferente.  El curita, con un ego sólo superado por su vocación catalanista, le contestó a su interlocutora, sin ningún atisbo de contrición, pero con una  soberbia pareja a su iluminado  sentido de superioridad,  que  buscara otra parroquia donde oficiaran en español. El problema del  pobre  clérigo era, en palabras del Padre Brown, protagonista de las novelas de Chesterton, que carecía de  la madre de los gigantes:  humildad.

Y a mí me sorprendió, porque ese desplante yo no lo había recibido nunca  de otros colectivos; y percibía  cómo, cuando los catalanes que eran mis compañeros de trabajo, y otros  profesionales del Derecho  con los que me relacionaba sabían  que  era castellano parlante (aunque llegué a entender, que no hablar, bastante decentemente  el catalán), se dirigían a mí sin ningún problema, obviando su lengua materna.

Sin embargo, la tibieza o simple indiferencia de toda la sociedad civil española, que, a lo largo de estos años,  ha  ido calando en  los diferentes  poderes del Estado, ha hecho que los radicales en Cataluña hayan impuesto sus dogmas y sus falacias al resto de sus conciudadanos, lo que   nos ha abocado a la actual situación,  en la que en el burgués barrio de Gracia, pleno centro de Barcelona, se coloca una estelada en el acceso al altar de la iglesia parroquial antes de la misa, y, después de la misma, se reparten   entre  los asistentes las papeletas para el ilegal referéndum del 1 de Octubre; cuando los abades de los Monasterios de Poblet y de Montserrat, desde sus respectivos púlpitos, y en un comunicado conjunto, defienden el 1-0 como un derecho a la participación en la vida social y política, o cuando, en esta vorágine de despropósitos, envueltos en eslóganes a favor del derecho  a decidir y petición de libertad ( sólo para los catalanes, claro, pero no para el resto de los españoles), surgen manifiestos de mas de 300 sacerdotes catalanes apoyando la independencia y cartas al Papa Francisco, cuyos remitentes, religiosos independentistas, solicitan del Obispo de Roma que interceda ante el Gobierno español para que permita el referéndum. Insultos a la inteligencia, todos ellos, cuyo precedente más lamentable y cercano radica en la carta de Monseñor Novel, obispo de Solsona (Lérida), en septiembre del 2015, por la que instaba a todos sus feligreses a votar a favor de las candidaturas independentistas, y ordenaba a todas las iglesias de sus diócesis que tocaran las campanas a las 9 de la mañana del día de la votación, "llamando a votar y anunciando el día de la libertad". Al día de hoy, no sólo sigue siendo obispo, sino que el jueves pasado manifestó que si el domingo había urnas, él iría votar. Y todo ello en su pastoral semanal a los feligreses.

Nada dicen sobre la suspensión del Tribunal Constitucional,  ni que han evitado pedir una reforma de nuestra Ley Fundamental, para lograr aquéllo  para lo que los independentistas saben que no tienen mayoría,  ni en sede  parlamentaria ni en la sociedad española. Posiblemente, ni entre la catalana; pero las presiones, intereses de baja estofa  y miedos creados son enormes. Muestra de esto es la actitud de la propia Conferencia Episcopal Española, que recientemente ha solicitado diálogo ante la postura secesionista del Gobierno catalán, calificada  sorprendentemente  por el Pleno de la Conferencia Episcopal como "conflicto catalán".

Numerosos curas catalanes han hecho de sus templos un  mercado de la ideología separatista, un retablo donde la ficción histórica sobre la unidad de España se entremezcla con una idea de edén independentista,  donde todo será paz, felicidad y fraternidad. En ese zoco en que han convertido los templos, se vende barato la idea de que  bastará la celebración del ilegal referéndum para que la privilegiada tierra de Cataluña se mute en terreno celestial.

A pesar de todo, sigo manteniendo un entrañable recuerdo y  cariño hacia la cuna de Casals  y de  Albéniz   y, cuando vuelva a recorrerla, no dudaré en pasar a su bellísimos templos católicos. Sin embargo, con tristeza, pero con determinación, esperaré  para recogerme en el silencio de la oración a que el párroco retorne a su sacristía, donde, posiblemente, tendrá colocada en lugar preferente su particular y venerada trinidad: Pujol, Mas y Puigdemont.
 

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