15/06/2017

La tristeza (entre la ficción y la realidad)

Afortunadamente, sus ojos permanecen cerrados, y así, quien se asome a la Unidad de Urgencias del Hospital no alcanzará a ver  que, más allá de  su  piel y huesos,  los escasos cabellos blancos despeinados y una barba de días, reina una profunda tristeza que inunda la habitación donde permanece el anciano que ha sido abandonado por su  familia: cuando le dieron el alta hospitalaria, los familiares se negaron a llevárselo a casa…

No; José no quiere abrirlos y prefiere permanecer en esa artificial obscuridad, y pensar en las razones que le han llevado a convertirse en un paria hospitalario; en alguien que, hace una semana estaba con su familia (eso pensaba que eran para él  su hijo, nuera y nietos) y ahora no sabe cuál  será su próximo destino. Ni tampoco quién es su familia, la verdad.

No quiere terminar como su primo Tomás, que murió alejado de sus nietos y nietos, en un Hogar de las Hermanitas, donde sólo se acercaron sus hijos, una vez se les notificó el fallecimiento, para preguntar dónde estaba la cartilla de ahorros, y si tenía en su habitación algo de valor…Ni siquiera fueron el mismo día del fallecimiento, a pesar de que la nueva casa que se había hecho en el pueblo el hijo mayor ( con la inmediata venta de las tierras que padre les había regalado para que siguieran con su cultivo, como tradición familiar) estaba a media hora de la capital, incluso a menos tiempo, sobre todo con ese coche japonés, adquirido gracias al negocio que el hijo montó en Valencia con los diez mil euros que Tomás le prestó, y que nunca se atrevió a pedir al hijo que se le los devolviera: " Cuando no me los devuelve, será que al muchacho le harán más falta que a mí, un pobre e ignorante viejo". Sólo más tarde, bastante más tarde, preguntaron a sus  cuidadoras  " de qué había muerto padre". Como si no supieran que había sido de soledad; o, como cuentan que les contestó un empleado de la empresa de suministros que solía echarse todas las mañanas un cigarro con Tomás, y que oyó la pregunta: "Su padre ha muerto  por la amargura de saber que ha criado a unos  hijos tan desagradecidos…"

De vez en cuando, José se da la vuelta, se encara a la pared de la habitación, y, como una pantalla de cine, utiliza el muro  para la proyección de sus recuerdos: el día de la boda con su Mercedes, el nacimiento de los tres muchachos y la chica, tan espabilados, como su madre…, y el fallecimiento de ésta, ahora va  a hacer tres años. A partir de esta escena, las imágenes corren muy deprisa y confusas, como desenfocadas: una temporada viviendo sólo en casa, hasta que una operación grave le hizo necesitar convivir, cada cierto tiempo, en las casas de los diferentes hijos.

Hasta el abandono actual; con la excusa de que su mente desvaría, tiene manías y la edad le impide manejarse por sí mismo. Vamos, como les pasaba a sus chicos, cuando eran mozalbetes.

Tristeza, ah, bendita tristeza: es su única compañía; la que le saluda con el sol de la mañana, y le da las buenas noches, cuando sigue rezando una salve por su Mercedes, y a la que le pide que jamás le abandone.
Y esa tristeza, que se mantiene en sus cerrados ojos, le promete que nunca le abandonará.
Sabe que es lo único que le queda a José.


Hoy, 15 de Junio, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su resolución 66/127, designa este día como Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, la consejera de Políticas Sociales de Canarias declara que el número de personas en una situación de abandono en centros hospitalarios, porque las familias se niegan a llevárselos a sus domicilios casi llega al centenar este año en el archipiélago
 

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