05/12/2019

La prohibición

Antes de la prohibición, Las Ventas era mi casa, su andanada, mi atalaya, el privilegiado balcón desde el que me asomaba, cada tarde, a la alegría. Solía llegar a la plaza unos veinte minutos antes de la corrida, el tiempo necesario para degustar los ambientes dispares que se encerraban en el añorado microcosmos de un coso taurino. Me gustaba entrar por la puerta del desolladero y demorarme en el patio de arrastre unos momentos, consultando la tablilla donde se exponía la relación de toros aprobados y su orden de lidia. Si el día era bueno, resultaba una delicia dejarse acariciar un instante por el sol que se filtraba por entre las hojas de los árboles, mientras contemplaba los azulejos que allí mismo recordaban la gloria de las ganaderías triunfadoras en las ferias pasadas. En ese lugar, reconvertido ahora en la terraza triste de una franquicia de hamburguesas, se hallaban las dependencias donde los destazadores harían más tarde su trabajo sobre las reses lidiadas, y por allí acostumbraban a llegar a la plaza los que eran algo en el mundillo taurino, los aficionados de postín y el último famoso televisivo que aún acudía sin complejos a las corridas, para ser visto disfrutando del espectáculo de moda.

Después de mezclarme con ellos en el patio, me gustaba cambiar la luz por la penumbra de la amplia galería principal, superar los empujones de la gente que competía por recoger el programa de mano de esa tarde y echarle un primer vistazo antes de caminar sin prisa por los bajos del tendido diez, compartiendo espacio con los abonados más pudientes. En la barra del bar del uno, justo donde hoy puede usted comprar el último terminal de telefonía móvil que haya salido al mercado, el político de turno encendía su veguero de veinte euros con la misma displicencia con la que apenas unos años después contemplaría el asesinato de la fiesta. Después era el momento de rendir pleitesía a Manolo Vázquez y a Pepe Luis, a Paco Camino y a su majestad el Viti, al paso por las paredes que guardaban su recuerdo azulejado, hoy vencido por la acción de la piqueta insensible e incapaz de respetar el pasado, siquiera como vestigio kitsch. Si había alguna exposición interesante en la Sala Bienvenida o en la Sala Antoñete, allí donde ahora dos restaurantes de comida rápida ocultan la memoria de los ídolos más queridos de la afición de Madrid, la visita era obligada no sólo por la mayor o menor calidad de las obras allí dispuestas sino por la oportunidad de sustraerse unos instantes al tumulto de los pasillos atestados y a las voces estridentes de los vendedores de almohadillas y así hallar la paz, por ejemplo, plantado frente a una fotografía en blanco y negro de Ava Gardner, hermoseando la plaza desde una localidad de barrera.

De regreso al bullicio, tocaba ascender por la escalera hasta llegar a la claridad magnífica de la galería que daba acceso al tendido alto y allí era inevitable salir a contemplar desde la terraza el gentío de última hora que apretaba el paso con la inquietud en el rostro ante la perspectiva de perderse el primer toro o caminaba con parsimonia si se trataba de un abonado conocedor de los caminos hacia su lugar en el olimpo. Ya en los últimos tiempos surgían en esos miradores, chiringuitos premonitorios de la actual devastación, pero aún confiábamos en que la esencia taurómaca del templo permanecería intacta mucho tiempo. Después había que afrontar los últimos tramos que conducían hacia la grada, lugar adecuado para tomar aire un momento y descansar levemente las rodillas desgastadas por la edad. Aún no habían sido construidas las escaleras mecánicas que hoy permiten alcanzar la cima en un par de minutos, para acceder al inmenso hipermercado en que la convirtió la reforma ganadora del concurso de ideas convocado a toda prisa para acabar con nuestros sueños e impedir que un posible cambio político diera marcha atrás al latrocinio perpetrado con el emblema de la fiesta. El receso era breve, pues el influjo de la localidad reservada en el paraíso imantaba ya los pasos hacia el doble portón en cuyo dintel figuraba la leyenda ANDANADA 9ª, hasta que aquellos muros fueron derribados por exigencias de la construcción de la cubierta del moderno centro comercial que desterró del lugar la lidia de reses bravas para siempre.

Antes del cambio legislativo que provocó el desafuero, el cénit del día llegaba en el momento exacto en el que se atravesaba la bocana de aquel gallinero excelso y uno se dejaba cegar un instante por la inmensidad del escenario, contemplando el panorama espléndido de la conjunción entre la arena rutilante, el público miniado sobre la piedra y el cielo por horizonte. El último trayecto consistía en caminar los metros restantes procurando no tropezar con las espaldas de los habitantes de la delantera, saludar cortésmente a las caras conocidas que salían al paso y encaramarse por fin a la localidad nº 9 de la primera fila, tratando de encajar de la mejor manera la propia anatomía con las piernas del espectador de atrás, en armónico y acostumbrado puzle si era el abonado de siempre o en incómoda pugna si tocaba soportar a un visitante ocasional poco avezado. Desde aquel trono en peligro, a despecho del frío de la primavera temprana o de los rigores de la canícula estival, el verdadero aficionado encontraba la felicidad sólo con paladear la ilusión encerrada en cada paseíllo, abandonado al bienestar de comprobar que allí abajo todo estaba en orden, que su mundo seguía intacto entre los últimos retoques de los areneros, el tiempo detenido mientras esperaba a que los alguacilillos completaran su habitual ceremonia, y el presidente sacara el pañuelo blanco para dar comienzo al espectáculo. Nada era capaz de igualar aquel deleite aunque después la corrida se deslizara por el territorio de lo anodino. Si además alguna tarde insospechada, un hombre citaba a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparecía el milagro del toreo, la conmoción era inigualable.

De todo aquel esplendor, sólo queda la fachada. La monumentalidad neomudéjar que hace más de un siglo ideara Gallito para que accedieran al rito las clases más humildes, el mágico entorno que permitía al campo invadir la ciudad por unas horas, el coliseo único donde la vida y la muerte se citaban con la belleza y la armonía, sirve ahora exclusivamente al capital. Antes de la prohibición, Las Ventas era mi casa, su andanada, mi atalaya, el privilegiado balcón desde el que me asomaba, cada tarde, a la alegría.

Más del autor en su blog

Promedio (0 Votos)
La valoración media es de 0.0 estrellas de 5.
comments powered by Disqus