18/06/2018

La princesa está triste

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa casóse con su apuesto plebeyo,
se prendó la infantita del brillante destello
que colgaba del cuello del impar jugador.

Vinieron después mieles, embarazos y halagos.
La pareja perfecta navegaba por lagos
encalmados y plenos de inmensa virtud.
Mas algo incomodaba a los Duques de Palma,
no bastaba la dicha ni la paz en el alma
del vivir regalado hasta la senectud.

Para ir amueblando su palacio de cieno,
nuestro Iñaki trincaba cantidades sin freno
que Cristina gastaba en su humilde rincón,
sin saber, pobrecita, el origen del lodo,
su marido era el amo, se encargaba de todo,
y ella sólo firmaba algún que otro talón.

En la España del pille y el llevárselo muerto
con la triste certeza de que vale ser tuerto
si te llevas al huerto la platita del rey,
el Urdanga medraba persiguiendo el ejemplo
del monarca que fuera mercader en el templo
del país de los ciegos, sin justicia y sin ley.

El yernísimo entraba en las consejerías
como Pedro en la casa de las autonomías,
recibiendo agasajos de salón en salón.
Si comía con Rita, le vendía un proyecto,
si cenaba con Paco, encontraba el afecto
y empalmaba gabelas hasta de Gallardón.
  
Mas el trepa pensaba con fatal desaliño
que a sus torvos manejos los cubría el armiño
del mantón coronado de ignorante altivez.
Cuanto más se enfangaba en sus turbios negocios
y creíase impune con tan célebres socios,
más cercano se hallaba del acecho del juez.

No contaba el muchacho con que el sátrapa isleño
que trepaba una mata de habichuelas sin dueño
era un torpe corrupto que le hablaba de vos,
al que el buen justiciero le seguía los pasos
y queriendo cobrarse la verdad y sus atrasos
descubrió el entramado y topóse con Noos.

Ahora todo es desdicha en el cuento de hadas,
proliferan corinas, se suceden trompadas
y hasta los cortesanos hablan de abdicación.
Cambiar quieren la historia con el listo heredero,
borbonean sin tregua amañando el postrero
artificio inventado para su salvación.

Pero el jefe no ceja, su tinglado peligra,
rememora el pasado de un abuelo que emigra
y pronuncia tres frases que devuelven la paz
a su dormido reino, me equivoqué, lo siento,
mientras reprime un gesto, ¿advertirán que miento?,
y al pueblo llano oculta su verdadera faz.

En Zarzuela el ministro de Justicia promete
con Rajoy de testigo y el fiscal de grumete,
navegar a Mallorca para hablar con Horrach.
Entre todos constatan que a una infanta de España,
el banquillo le causa depresión y migraña.
Gallardón vuelve oyendo un concierto de Bach.

El juez Castro resiste al complot de palacio,
manos limpias acusa, el fiscal es reacio,
siempre puede aplicarse la doctrina Botín.
El Estado no quiere reclamar lo que es suyo
si la hija del Rey va a acabar en el trullo,
todos somos hacienda menos Urdangarín.

Con la nena imputada, el final se complica,
Campechano se raja, el emérito abdica,
la hermanita abandona la familia real.
Caminito de Suiza marcha el duque empalmado,
con Cristina del brazo aunque ya sin ducado,
el peligro de fuga no lo advierte el fiscal.

La justicia es igual pero no para todos,
la de los poderosos se oscurece en recodos,
donde a veces se esconde el presunto favor
que el Juez Castro desvela acusando a su amigo
de brindar a la infanta un insólito abrigo,
el fiscal convertido en sutil defensor.

En el juicio su alteza no contesta, no sabe,
no le constan las cuentas, ni siquiera le cabe
un poco de vergüenza en su pobre actuación.
Su letrado protesta, ella está enamorada
y por eso jamás se enteraba de nada,
aunque luego firmara en las juntas de Aizoon.

La sentencia la absuelve, eso estaba cantado,
pero su maridito es por fin condenado,
le han caído seis años de los que hay que cumplir.
El Supremo confirma la opinión de la Audiencia,
la justicia ha llegado siempre que la indulgencia
del gobierno de turno no le ayude a salir.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
El cuitado cuñado en la cárcel ingresa,
hoy el sexto Felipe goza de inmunidad.
¿Para cuándo el sistema dejará que una infanta
por sus actos responda sin que surja la manta
ignominiosa y lúgubre de la impunidad?

 

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