13/10/2018

La lucha de la mujer rural, jamás contada

Decía Emilia Pardo Bazán, que para poder elevarla posición de la mujer en la sociedad hay que educarla, todo ello lo decía entre finales del siglo IXX y principios del siglo XX.

Hoy estamos en el siglo XXI, las mujeres no solo nos hemos educado, también nos hemos especializado en todas las ramas universitarias y profesionales. Hemos llegado a ostentar presidencias de gobierno, igualando incluso superando a los hombres.  Hemos adquirido la madurez que, según Victoria Kent y Margarita Nelken, nos faltaba. Hemos dejado de estar influenciadas por nuestros confesores, padres y maridos tenemos opiniones y decisiones propias y es aquí donde "surge el problema".

Yo vivo en el mundo rural, todavía dirigido y dominado por hombres como lo estaba en el pasado; solo hace falta mirar las fotos o consultar las estadísticas de consejos de administración de las empresas y de consejos rectores de las cooperativas del mundo agrario: mas de un 90% son hombres.  

 

En nuestra sociedad agraria las mujeres lo tenemos muy difícil porque, aunque somos nosotras quienes realizamos la mayoría de las faenas manuales del campo, son ellos los que dominan el mundo de la pequeña empresa agraria. A las mujeres nos tienen como peón en el campo y moza en casa; trabajamos en el hogar y para la unidad familiar sin sueldo ni cotización durante toda la vida y 365 días al año y ¿qué derechos laborales tenemos? Ninguno.

Los presidentes de los sindicatos agrarios son hombres, los presidentes de las grandes cooperativas agrarias son hombres, la mayoría de las mesas de las lonjas están compuestas por hombres; sin embargo, en las empresas de manipulación y envasado de alimentos, la mayoría de los trabajadores somos mujeres.

Soy de un pueblo de Castilla-La Mancha en el que las mujeres hemos trabajado y seguimos trabajando a lo largo de todo el proceso de producción: desde la siembra de nuestros productos hasta dejarlos preparados para la exportación y, siendo protagonistas del proceso y fuente de riqueza, nos vemos limitadas al papel de manipuladoras y rechazan nuestra participación en los puestos de poder y de toma de decisiones. El mejor ejemplo es el de las grandes cooperativas que, además, comercializan los productos: es un ambiente masculinizado con muy poca presencia de mujeres presidentas o consejeras y las pocas que, como yo, hemos tenido la osadía de querer entrar y participar lo hemos pagado muy caro.

Voy a relatar mi experiencia en este mundo agrario en el que están entrando muchos jóvenes con una mentalidad anclada en el pasado, cuando los hombres ejercían de machos y, como reyes del corral, imponían sus ideas. En este contexto, la lucha de las mujeres por conquistar su sitio es muy dura y a veces llega a tener, como única recompensa, insultos, degradación y sanciones.

La mayoría de los hombres de mi pueblo consienten en que estemos en el consejo rector mientras seas la típica mujer florero que queda muy bien en las fotos y hace que se cumplan las cuotas de paridad, pero, a la hora de la verdad, te quieren para limpiar los vasos del vino que toman después de las reuniones de Junta Directiva. El conflicto llega cuando las mujeres exigimos que se escuchen nuestras ideas (tan buenas o mejores que las de ellos) y que sean tenidas en cuenta; entonces el rey del corral siente amenazada su posición, aflora su ego masculino y empiezan las zancadillas, las humillaciones y las violencias psicológicas y hasta físicas.

Yo sufrí todo esto cuando quise tener voz propia y estar al mismo nivel que ellos: fui sancionada y la sanción fue apoyada por el 99% de los socios varones, no recibí ayuda de instituciones ni de políticos; los mismos que se hacen fotos anunciando a bombo y platillo los derechos de la mujer y pregonando igualdad, miran hacia otro lado cuando una mujer es insultada por sus compañeros de su mismo partió político.

A finales de los años 70, cuando yo tenía 20 años, fui la primera mujer que pidió ser socia de una cooperativa, he sido la única mujer que ha ocupado el puesto de secretaria durante 8 años en un consejo rector y he sido la única persona, en los 60 años de vida de la cooperativa, ha redactado las actas de mi puño y letra, al contrario que los demás secretarios que delegan su redacción en el gerente. Por esta dedicación y compromiso, mis compañeros socios me premiado con una sanción de 300 euros cuyo importe va a estar destinado, a efectos contables, para formación y promoción. Tres veces he solicitado (dos por escrito y una verbal) que el importe sea donado a una asociación de apoyo a los niños con cáncer y tres veces ha sido desoída mi petición. Hasta este nivel los hombres desprecian las ideas de las mujeres.

Por todo ello, estoy desencantada, desilusionada y desmoralizada al ver que, en el mundo de la agricultura, aunque parezca mentira y los medios de comunicación digan lo contrario, prevalece el machismo, la desigualdad.

Pero esto no me va a vencer. Soy mujer, soy fuerte. Nací en los 60 y vine a al mundo con mucho empoderamiento, nieta e hija de mujeres fuertes, seguiré adelante, tengo la convicción de que todas las personas somos iguales y, aunque me empujen, insulten o degraden, seguiré luchando por los derechos de la mujer y de todas las personas. Jamás, jamás me prestaré a ser mujer florera, aunque me cueste sanciones y el rechazo del 99% de los hombres socios de mi cooperativa.

Como decía Isadora Duncan: "el acto más valiente sigue siendo pensar por ti misma en voz alta". Yo lo seguiré haciendo y seguiré pregonando la verdad en este mundo donde triunfa la mentira.

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