29/12/2018
Opinión

EL ÚLTIMO DE CARRETERÍA. (Casi).

En memoria de Juan Evangelio, y  Librería la Católica. A quienes los  lectores conquenses  les debemos tanto.

 

Miguel, tercera generación de libreros conquenses, miró, a través de su mostrador, hacia el escaparate, en el que mañana, allí donde amorosamente venía  depositando los magníficos ejemplares  de la editorial Siruela, se asomarían a los paseantes conquenses, unos  chillones paraguas y peines hechos en Taiwan; o tal vez, conservas chinas con rótulos indescifrables.

Con razón, Argimiro, " el Rey de las estrellas lucientes", le había dicho hace años, mientras recogía con arte su capa, y desaparecía  por la puerta, que en Cuenca, un establecimiento donde  no se  pusiera aperitivo  con el producto, ni dejaran  jugar al cubilete, no tenía mucho futuro.

El librero, que había dejado su infancia en el barrio de los Moralejos, que veía a su abuelo saludarle desde el ventanal del Café Colón, y que había ido con su padre, los domingos, a comer ensaladilla rusa en La Martina, y manitas de cordero en el Torremocha, no reconocía la Carretería actual. Todo había cambiado; y él ya no tenía ni fuerzas ni ganas para seguir.

Recuerda cuando los comerciantes, que ni siquiera empresarios, y menos aún se denominaban emprendedores, abrían a primera hora sus establecimientos, mientras se daban los buenos días y compartían, mientras que comentaban la última victoria del Real Madrid, un café con leche y bollería en Ruiz, o se llevaban un pastel recién hecho de la cercana confitería Egido…

Aquéllos colegas, amigos, ya no están al frente de sus negocios, y, muchos, ya han desaparecido, entre el olvido y la nostalgia. Fumando un  cigarrillo entre sus amados libros , se asoma a una Carretería, antes Avenida de Jose Antonio, que no es la suya: el tiempo, junto con los árboles que flanqueaban las aceras, se ha llevado establecimientos como la de textiles de Díaz Recuero, las de ropa de Arturo y Julián  Forriol,  de Bernabé Yébenes, y Galerías Cuenca; de  prensa como El Quiosco del Niño, droguerías como la de Narciso Redondo, la Farmacia de Rafael Mombiedro, la Joyería Monjas, el comercio de venta de motocicletas y bicis de Pedro Alegría, las jugueterías de Domínguez,  de los Azorines, y de Agustín Millán; el cine España…

Y piensa en Martín, su nieto mayor que ha comenzado este curso a estudiar  Administración de Empresas, y al que, ante la avalancha de palabras por aquél usadas, como fortalezas y debilidades de la empresa, marketing, management, optimización de los recursos, etc…le aconsejó que, antes  de pasarse por un vivero de emprendedores que iría a visitar con compañeros de la facultad, se diera una vuelta por alguna junta de Acreedores de una empresa en suspensión de pagos, o, mejor aún, que asistiera a la celebración de una subasta judicial de los bienes de un "emprendedor", en la que, de forma totalmente legal, el banco se quedará con el patrimonio ejecutado  del deudor por una mísera parte de su valoración, y aún podrá seguir sacando a subasta los bienes que el comerciante pudiera tener en un futuro. Esto-le dijo a  Martín- enseña más que un Master en la más prestigiosa escuela de negocios.

Después de tantos años, tantos esfuerzos y tantas ilusiones perdidas, pensó Miguel que el dinero mejor invertido fueron los cuarenta duros que le dejó al Zorris para que pudiera irse  de capea a las Pedroñeras. El novillero no se los devolvió, pero el relato de sus hazañas, las invenciones y, sobre todo, las versiones  de las cogidas y zarandeos de la vaquilla,  realizado por su protagonista, le hicieron entender que los duros habían sido bien destinados.

Mientras procede, por última vez, al cierre de su librería, y rinde honor a las lejanamente desaparecidas Román, Machetti, Lerma,…socarronamente deja escrito en la factura impagada de la luz: Carretería, una librería menos y una frutería más; mientras va tarareando la última estrofa de la canción "Pueblo Blanco"  de Serrat:

Si yo pudiera unirme/ 
a un vuelo de palomas,/ 
y atravesando lomas /
dejar mi pueblo atrás,/ 
os juro por lo que fui /
que me iría de aquí... 
Pero los muertos están en cautiverio /
y no nos dejan salir del cementerio.

 

Nota del autor: El artículo EL ÚLTIMO DE CARRETERÍA  lo escribí hace cuatro años; y, si bien en modo alguno inmaginaba su cierre ni la enfermedad que causó el fallecimiento de su propietario, sí es verdad que en mi mente la librería en la que figuré mi escenario era la de Juan Evangelio, por su tradición, figura de Juan, ubicación, etc..

Por ello he pensado que esta republicación del artículo podría ser un honroso homenaje.

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