31/10/2018
Opinión

El relevo

Los jóvenes que tienen que darnos el relevo son los "millennials" que pasean su ignorancia por las redes sociales mientras miran pasar la vida al abrigo del calor familiar, que ahora es el "wifi". El problema de tener desde tan tierna edad una plataforma virtual en la que manifestarse públicamente a diario es que todo el mundo puede ser testigo de tu estupidez. Probablemente nosotros éramos igual de tontos a su edad, pero sólo lo sabía nuestro círculo más íntimo.

El incidente surgido en Operación Triunfo, programa en el que una pareja de aspirantes a estrellas se escandalizaban por tener que cantar una de las letras más inofensivas del grupo menos transgresor del pop español de los ochenta, es un ejemplo de cómo pretendiendo revisitar los lugares comunes de la progresía, en realidad esos jóvenes dizque artistas exhiben un conservadurismo atroz, incapaz de destrozar las ataduras de lo políticamente correcto.

Con esa impunidad que proporciona haber prolongado la adolescencia hasta la treintena, los que heredarán nuestro tinglado carecen casi por completo de la rebeldía necesaria para abrirse paso a codazos frente a los instalados, para subvertir un sistema que los tiene sometidos a la dictadura de la comodidad. Entre el narcisismo del "selfie", la tiranía de "instagram" y el machismo del "reggaetón", se van conformando nuevos usos sociales en los que la estética es más importante que la ética, la popularidad del "like" se prefiere al talento y la música de fondo esconde letras procaces donde la dignidad de la mujer queda rebajada a la de un mero objeto sexual, sin que ello impida a la muchachada seguir quejándose de la opresión del "heteropatriarcado".

El instinto de rebaño de nuestros jóvenes no sólo uniformiza los cuerpos sino también las mentes, y así lo que ahora se lleva es el laicismo huérfano de compromiso y el infantilismo animalista, señas de identidad de un nuevo hedonismo del que ni siquiera ellos tienen la culpa, anestesiados como están por la protección que sus familias les procuran frente a la vida y sus heridas, y la intolerancia a la frustración que genera crecer entre algodones. Si a eso le añadimos que el conocimiento de nuestros muchachos no se desarrolla en sus cerebros sino en el marasmo de internet al que pueden acceder en cada instante, para obtener el placebo de creer saberlo todo sin profundizar en nada, se entiende perfectamente que los científicos hayan alertado de que el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones desciende un poco más cada año, debido a factores ambientales que tienen que ver con el progreso tecnológico y las técnicas de enseñanza.

Desnortados por la insolvencia política para hallar consenso sobre el sistema educativo e hipnotizados por el brillo de las pantallitas, nuestros hijos se encaminan sin remedio a un horizonte de mileurismo y dependencia de sus mayores, parecido a esas distopías que nos estremecen en "Black mirror", donde el abuso de la tecnología nos augura a todos un futuro con menos libertad. No intenten soltarles este discurso a esos extraños que viven en nuestra casa, atrincherados en el confort de sus habitaciones. Si pudieran hacerse oír entre las soflamas de los líderes de opinión que ellos veneran, que ahora responden al nombre de "youtubers", no podrían convencerlos de que la juventud es una enfermedad que consiste en hacerse cada día una pregunta y comprender la respuesta cuando ya es demasiado tarde.    

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