11/05/2019
Opinión

El pensamiento Disney

Noviembre de 2018. Decenas de activistas del PACMA se manifiestan delante de un restaurante de la Puerta del Sol de Madrid, llamando criminales a los comensales que en ese momento degustan las especialidades del establecimiento. Al parecer difieren del genial Manuel Alcántara que consideraba al jamón como el mejor amigo del hombre, por encima de cualquier animal de compañía.

Diciembre de 2018. Adelante Andalucía propone en su programa electoral para los comicios autonómicos, jornadas laborales de ocho horas para los animales, dentro de las cuales dispondrán de sus correspondientes intervalos de descanso. El orwelliano escenario de "Rebelión en la granja" está más cerca de convertirse en realidad, siendo deseable que no se materialice también su alegoría estalinista.

Enero de 2019. Grupos de animalistas practican vigilias veganas para detener momentáneamente a los camiones de terneros camino del matadero con el fin de reconfortarlos en los instantes previos a comparecer ante el cadalso. Los conductores acceden y contemplan atónitos cómo esas atribuladas criaturas lagrimean desconsoladas mientras acarician tiernamente el hocico de las reses desconcertadas.

Abril de 2019. Se inaugura en Bilbao un bar para perros, donde se celebran "perricumples" con pizza, tarta y cerveza degustada por los animales mientras socializan con otras mascotas jugando alegremente a tirarse por el tobogán de una piscina de bolas. Sus dueños los miran arrobados y se declaran partidarios del modelo familiar interespecie, en el que personas y bichos gozan del mismo nivel jerárquico dentro del hogar.

En el escenario de una sociedad infantilizada y hedonista, la humanización de los animales provoca estas y otras escenas bufas como la del activista iluminado que se encadena al paso del toro de la Vega o irrumpe en un ruedo como acción de protesta, para acabar siendo volteado por un Miura que no entiende de derechos. Al contrario de los turistas que son devorados cada cierto tiempo por animales salvajes que no respetan su adanismo, los antitaurinos patrios tienen la suerte de ser salvados de estos trances por los toreros presentes en el ruedo a los que previamente habían acusado de asesinato.

El desencuentro entre ambos mundos impide cualquier posibilidad de  acuerdo y los derroteros de una sociedad cada vez más narcotizada contra el dolor, nos conducen a un futuro en el que la subversión de los valores tradicionales en esta materia provoca escenarios como el de los alumnos de la facultad de psicología de la Universidad de Oviedo que preguntados por sus sentimientos sobre la pelea taurómaca, dos tercios prefieren la muerte del torero a la del toro y a continuación se les permite seguir estudiando para ser candidatos a encontrar luz en las tribulaciones humanas. Es de esperar que en su maduración académica lleguen a entender que en la corrida no se maltrata al toro, se le lidia conforme a su condición indómita, siendo el único escenario de la convivencia humana con animales destinados al sacrificio en el que se les ofrece la posibilidad de defenderse, la opción de subsistir en la batalla y se les concede una muerte con honor.   

Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia la ineludible distopía de una tauromaquia abolida, donde el espectáculo que un día fue glorioso quede como triste recuerdo en un mundo raro en cuyos ríos se perseguirá a los pescadores como genocidas y en el que se habrá prohibido el chuletón por las hordas veganas que desconocen la cantidad de bichos que hay que cargarse para que crezca sana una lechuga. En ese mañana no tan lejano, las últimas caravanas circenses transitarán de incógnito nuestra geografía con el temor a ser linchadas por comandos animalistas que estarán a un paso de lograr que aquellos elefantes que hace un año sufrieron un aparatoso accidente de tráfico sean incluidos entre las víctimas de la operación retorno. Será el triunfo definitivo del pensamiento Disney, capaz de enajenar las mentes de varias generaciones con el recuerdo de la madre de Dumbo llorando tras los barrotes de su vagón. Entonces, resultará ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del toro bravo confinado en un zoo.   

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