17/05/2017

El penalti

Ah, si el invierno triste de la vida,
como tú de las flores y los céfiros,
también precursor fuera de la hermosa
y eterna primavera de mis sueños.

Rosalía de Castro.

Señalaron penalti y todos, a una, miraron al banquillo,  donde  no se sentaban   ni  los suplentes ni entrenador alguno; pues nada de esto había en el humilde patio escolar. En el alejado banco, aislado por un autismo diagnosticado a los tres años y medio,  estaba Hugo, un niño lucense que, a sus nueve años, no era partícipe de los juegos de sus compañeros. Y allí donde el normalizado egoísmo humano hubiera hecho que señalaran al mejor del equipo para tirar la falta máxima, esos infantiles futbolistas nos dieron una espectacular lección de generosa integración de alguien que sólo es diferente: le pidieron a Hugo que ejecutara el penalti…

Y la vida de Hugo empezó a cambiar; sus condiscípulos, desde aquél día,  le hicieron partícipe de sus actividades tanto dentro como fuera del colegio; y aprendieron que Hugo no era raro ni poco capaz; que tenía los mismos sentimientos que ellos; que sufría y disfrutaba  como cualquier otro,  si bien lo expresaba de forma diferente, apretando las manos cuando se alegraba o llevándoselas a los oídos y encogiéndose cuando había ruidos que le molestaban. Y a través de pictogramas reflejados en un cuaderno.

A veces, los patios escolares son, desgraciadamente, escenarios donde se desarrollan denigrantes acosos que llevan a las víctimas a sufrir auténticas torturas; pero en otras ocasiones, afortunadamente para Hugo, en aquéllos pueden contemplarse lecciones magistrales donde los infantiles protagonistas nos enseñan a los adultos que el ser distinto, el tener dificultades para expresarse o para entendernos, o realizar movimientos repetitivos no puede ser justificación para marginar a nadie; y menos a un niño que nunca tuvo más compañía que su propia soledad, paliada por el inmenso cariño de su familia.

A la noche de aquél afortunado día, mientras los compañeros de Hugo contaban a sus padres que tenían un nuevo amigo, desde adolescentes dormitorios en el resto de España, los teléfonos de sus ocupantes  enviarían mensajes denigrantes, acosadores, provocativos de actitudes vergonzantes a cientos de destinatarios ….

Nadie sabe en qué se convertirán en el futuro aquéllos escolares compañeros de Hugo que, ahora, cinco años después, ya son adolescentes que harán el viaje de fin de curso a Cantabria. Con Hugo, naturalmente. Pero no importa; sea lo que sean, sanitarios, docentes, panaderos o pescadores, es difícil que estos niños realicen en su vida algo de mayor transcendencia que la efectuada en ese humilde patio escolar, de forma espontánea y sin darle la menor importancia: el dar sentido a la existencia de otro ser humano, de un igual que sufría y que con la actitud de quienes percibía en principio como extraños, puede gozar en la actualidad de un mundo que, siendo duro y agresivo, también puede constituir una maravillosa experiencia.

Pues depende, en una grandísima medida, de que la suerte o el destino nos depare compartir nuestra vida con gente como los escolares gallegos; y que nosotros sepamos apreciarlo.

Como Hugo ha hecho.

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