10/06/2017

El Madrid es ganar en primavera

Mi primer recuerdo futbolístico va ligado a una camiseta de Amancio con la que mi padre me sorprendió después de uno de sus viajes a Madrid cuando yo debía tener no más de cinco años. Me la puse pocas veces en mi afán de preservar su blancura resplandeciente de los primeros días, el rutilante número siete azul de la espalda, su mítico escudo dorado sobre el pecho. Mi padre acompañó el regalo con una fábula que incluía un encuentro casual con el mítico extremo en el Bernabeu, en donde el propio Amancio le había dado la camiseta exclusivamente para mí y no tuvo que emplearse mucho en aderezar el cuento para hacer de aquel niño, un devoto madridista para siempre. Desde entonces, cada cita con el Madrid era un acontecimiento al que yo asistía desde el reclinatorio, cautivado por la dignidad de aquellos héroes sin estridencias, fascinado por el esplendor en blanco y negro que llegaba desde el televisor, por el fulgor de aquellas camisetas no mancilladas por marca alguna. Los jugadores que las vestían aún no estaban más pendientes de su imagen que del honor del escudo y consagraban cada partido a correr más que el contrario, a poner sus cinco sentidos al servicio de su calidad innegable, a defender a toda costa la máxima no escrita de dejar todo en el campo hasta el último aliento del encuentro. Así era como Pirri imponía su ley en cada esquina del terreno, a Camacho no le hacían dos veces el mismo regate y Santillana se elevaba sobre las defensas desde su físico mediocre, convirtiendo aquel vuelo inolvidable en el milagro de cada tarde.

En el Madrid de mi infancia ganar la liga era una costumbre heredada a partir de la llegada de Di Stefano veinte años atrás, una obligación que se celebraba desde el comedimiento de la satisfacción con el deber cumplido. Era la justa recompensa para el trabajo diario, el salvoconducto necesario para perseguir el sacrosanto grial blanco, la Copa de Europa, a la que se optaba en cada ocasión con humildad y orgullo, con once jabatos de la fábrica y alguna incrustación foránea que a menudo alcanzaban la proeza de plantarse en semifinales, llegando incluso a rozar la gloria en el inicio de la siguiente década en la final perdida de París, en donde la realidad de los García se estrelló contra la solidez inglesa de los diablos rojos.

En lo que llevamos de siglo, la leyenda de Don Santiago arengando a sus hombres tras la derrota y apagando la luz de la última estancia del vestuario había sido sustituida por la abundancia de medios no siempre al servicio de un proyecto deportivo coherente. La imagen del canterano corriendo la banda con el brazo en cabestrillo que consideraba su pertenencia al Madrid como un privilegio sólo al alcance de los elegidos había dado paso a la foto de la estrella que pedía aumento de sueldo tras haber marcado un gol histórico y luego acostumbraba a sestear la mayor parte del año con la esperanza de hallar de vez en cuando un triunfo deslumbrante con el que seguir engrasando la maquinaria del star system.

Por fin este año, la excelencia. La vuelta a los orígenes llega de la mano de un mago marsellés en cuya sonrisa humilde se atisba la eternidad del triunfo. Sesenta años después del nacimiento del mito del Madrid avasallador en Europa, se está configurando otro equipo quizá destinado como aquél a encadenar títulos sin pausa. Su dimensión depende del tiempo que permanezca en Cristiano el hambre insaciable de Don Alfredo, de las veces que Marcelo se acuerde de las galopadas de Gento corriendo por la banda, de que Bale se convierta en un Puskas del siglo XXI y siga destrozando redes a pesar de su condición física. Mientras Modric se vista de Velázquez tirando líneas entre las defensas contrarias y Benzema repita la del Buitre pespunteando las costuras del campo, todo estará a salvo porque Casemiro guarda la casa como un cruce perfecto de Seedorf y Stielike.


La excelencia es necesaria ya que el Madrid no sólo juega frente al equipo rival sino contra el odio universal a su grandeza. Cualquiera de sus derrotas alcanza el nivel de cataclismo y se organizan debates maratonianos sobre quién debe jugar de lateral derecho. Sus debacles son tan celebradas por los contrarios que se olvidan de su propio y legítimo orgullo para alardear falsamente de no querer ser como el vecino. Sus fichajes millonarios les parecen inmorales a los hipócritas que gastando lo mismo encubren sus manejos financieros bajo el disfraz de los valores, y no les basta ganar más que nadie en una década para seguir enarbolando la bandera del victimismo.


Ladran luego cabalgamos. Es divertido ser del Real Madrid y dejarse llevar por la emoción de un equipo que cuando toca a rebato se siente invencible, poder sentir todavía la alegría del niño en aquellos días gloriosos en que juega su Madrid, cerrar los ojos y ver a Juanito saltando camino del vestuario, a Casillas tapando un balón imposible, a Raúl mandando callar. El Madrid es alcanzar la cima doce veces y no conformarse. El Madrid es ganar en primavera.

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