30/03/2018

El Jueves Santo en que la belleza y el amor fueron capaces de sobreponerse a la crueldad de la condena

Cuenca ha disfrutado de la Procesión de Paz y Caridad con unas filas pobladas de numerosos hermanos, muchos de ellos niños

Procesión Jueves Santo 2018.Fotos:Esteban de Dios

Llega el Jueves Santo a Cuenca y la ciudad se vuelca, como en todas sus procesiones, con sus queridas imágenes. La tarde rezuma reencuentros y las inmediaciones de la iglesia de la Virgen de la Luz son territorio neutral ajeno al resto del mundo. Un oasis de Paz y Caridad libre, aunque solo sea por unos minutos ¡y qué minutos!, de todo el mal que a veces se empeña en mostrarnos la vida. Ya se podía presagiar el Lunes Santo en la puesta en andas de estas hermandades que el Jueves Santo solo podía dejarnos recuerdos cálidos y reencuentros bonitos, de esos que llevan bien guardados en la cartera, junto con el DNI conquense.

El corazón nazareno latía al unísono cuando ha comenzado a sonar la Banda de Trompetas y Tambores de la Junta de Cofradías con Javier Poyatos al frente. De la puerta de la iglesia han empezado a salir hermanos multicolor para acompañar al Cristo de las Misericordias. Y aprovechando las fisuras en el portón templo, se han escapado también a desfilar los recuerdos de los que no están, que han procesionado cerca de sus seres queridos: algunos han ayudado al nieto que se estrena de bancero, otros no han faltado a la cita de llevar algún enser, de ayudar con las horquillas o las velas o simplemente han estado presentes para ver su procesión.

Después ha salido a la calle Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto de San Antón, cuya plataforma sobre la que van las imágenes ha sido restaurada y ha estrenado faroles de acompañamiento, réplica de otros que ya existían, pero más ligeros. Le ha seguido Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna y Nuestro Padre Jesús con la Caña, cuyas andas han completado la segunda fase de su restauración en el taller de Mar Brox.

Tres representaciones del inicio de la condena. En Cuenca no ha dejado Jesucristo pasar su cáliz y ha asumido la voluntad del Padre. Por eso, Jesús fue condenado a morir crucificado como un ser despreciable, como un ladrón, un delincuente. Sin embargo, a pesar de ser azotado y ridiculizado, las tallas son tan hermosas que saben sobreponerse con belleza serena a tanta crueldad.

Carretería con mucho público como siempre ha recibido al Santísimo Cristo del Ecce-Homo de San Gil y a Nuestro Padre Jesús Caído y la Verónica. Grandiosa estampa ver esta calle llena de pasos. El alentador Auxilio de un niño que no comprende lo que está pasando y detrás, la armonía de Nuestro Padre Jesús Nazareno del Puente con sus nuevas gualdrapas, que han sido donadas por un hermano que quiere seguir en el anonimato y diseñadas por Adrián López Álvarez y realizadas por el bordador de Écija Jesús Rosado.

Al llegar a la Puerta de Valencia nadie duda ya del dolor de una Madre, Nuestra Señora de la Soledad del Puente, que a pesar de todo, nunca abandona a su hijo. Y así ha comenzado el trayecto hacia la parte alta conquense, la ascensión de colores, el llanto policromático. Nutridas filas de hermanos han acompañado a sus cofradías y han engrandecido la subida.

¿Hasta cuándo podré llevarte, Señor, sobre mis hombros?
Sorteando desniveles, ángulos imposibles, y tramos donde arrimar el hombro se ha hecho más que imprescindible, el cortejo ha ido ganando metros y sumando 'jueves santos' para el álbum de fotos familiar. En cada golpe de horquilla hay un hueco para la misericordia, en cada sonar de la campana que abre el desfile una nota de generosidad y gratitud a los que nos precedieron.

Y cuanto más compleja y dura es la cuesta, más se han acordado los banceros de las ausencias que sustentan. Algunos incluso se han atrevido a preguntarse hasta cuándo podrán seguir llevándote en hombros, Señor; hasta cuándo podrán portar a la Madre. En el Escardillo se juntan generaciones actuales y antiguas para hacer el relevo de la historia, para aprender unos de otros y para maravillarse con la tradición conquense.

El tránsito por la calle del Peso ha sido una vez más el rito que no deja a las almas indiferentes. Un antes y un después para banceros sobre todo y también para espectadores. Y sorteada esta vía, ha quedado disfrutar en la medida de las fuerzas y las posibilidades de la llegada a la Anteplaza, atravesar los Arcos del Ayuntamiento como quien traspasa la meta de su carrera más preciada y dejarse llevar por la Plaza Mayor como si de repente los pies tuvieran alas.

Una bajada para disfrutar de las pequeñas cosas
Ya con la noche sobre los banzos el Jueves Santo es más Jueves Santo que nunca y qué importa si ha relucido más o menos que el sol, lo importante es que el desfile ha podido salir a la calle y los nazarenos han acompañado a sus imágenes. La bajada hasta San Antón es para el disfrute, para la intimidad y para saborear los pequeños detalles que a veces pasamos por alto.

El Miserere marca un antes y un después en el camino, una parada obligada y marcada, una llamada de atención que nos recuerda la grandeza de lo que estamos viviendo. Después, el itinerario ha continuado y ha hecho breve, como si ya no pesara el cansancio, como cuando es consciente de que tiene que aprovechar cada metro porque el final está cada vez más cerca.

En la fría noche las tulipas marcan el recorrido y las velas aportan algo de calidez para alcanzar un barrio de San Antón que cuida y profesa devoción a sus imágenes. En el puente, unos metros antes de la iglesia de la Virgen de la Luz, uno siente que ha cumplido un año más y se siente en gratitud con quien todo lo hace posible.

Y una vez en San Antón, en torno a las 12:30 horas, todo está cumplido. Cuenca trata de dormir ahora. Lo intenta pero se oye desde las entrañas de la ciudad un latido ronco que va ganando presencia. Cuenca sabe que en pocas horas comenzará un camino hacia el Calvario que no dejará indiferente a nadie y mientras cierra los ojos, se adormece.

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