22/03/2019
Opinión

El forofo

A la mañana siguiente de la debacle con el Ajax, se despertó con una extraña sensación de ausencia. Tras el pitido final, se había quedado postrado en el sofá, asistiendo aturdido a las declaraciones de los jugadores, a los análisis de los comentaristas, a las ruedas de prensa de los entrenadores. Como siempre que su Madrid sufría una derrota importante, las ganas de cenar se habían diluido entre la tensión previa al partido y la decepción posterior. Se fue a la cama después de consultar el móvil para comprobar si alguien había añadido algún comentario en los grupos de whatsapp donde quedaban los restos de las refriegas libradas con sus amigos atléticos y culés, siempre atentos a hurgar en la herida del derrotado. Antes de conciliar el sueño, aún había apurado los últimos momentos de la vigilia contemplando con sensación de hastío las tertulias televisivas, lo cual no impidió que después de apagar la tele siguiera un acostumbrado ritual que consistía en poner la radio para dormirse con el soniquete de los programas deportivos de la madrugada. Esa noche estaba tan agotado que no aguantó ni cinco minutos despierto desde que escuchó por última vez a Solari decir que el Real Madrid siempre se levanta.

Él también se levantó como siempre a las seis y media de la mañana. Cinco horas escasas de sueño y a la ducha de realidad de toparse con la desilusión de que por primera vez en mucho tiempo, este año no vería la bola de su equipo girando en el sorteo de cuartos. Pese a todo, con el primer café de la jornada, su mente comenzó a experimentar cierto alivio por no tener que prolongar la agonía de la última semana, en la que el eterno rival les apeó de la Copa del Rey sin merecerlo y les puso la liga imposible para unos jugadores cuyo desempeño en la competición que mide la constancia y la profesionalidad del día a día había provocado nueve meses antes que Zidane huyera de semejante tropa, dejando al Madrid embarazado de incertidumbre hasta la culminación de este parto prematuro y fatal.

Cuando llegó a la oficina, sobre su mesa de trabajo yacía una fotocopia con la portada del Sport proclamando el fin de una era en grandes caracteres junto al rostro fantasmagórico de Vinicius llorando como un niño sin consuelo. Por un momento pensó en responder a los autores de la jugada imprimiendo octavillas con el número 13 para convertir la mañana en una pelea de críos, pero enseguida desistió y dedicó una sonrisa radiante y el pulgar en alto a los rostros burlones que solían disfrutar más de los desastres ajenos que de las victorias de su equipo. Él tampoco había sido inocente en el juego de escarnecer al contrario en el pasado reciente de las tres "champions" seguidas, aunque en su fuero interno admirara la capacidad de recuperación de las huestes rojiblancas después de cada eliminación continental y la perseverancia de las estrellas blaugranas capaces de sostener el esfuerzo en las competiciones nacionales durante toda la temporada.

En realidad, si pudiera elegir, si la pasión por sus colores no estuviera grabada a fuego en su corazón desde las brumas de su infancia, un tipo como él, funcionario callado y responsable sin una tacha en su expediente, tan honesto y cumplidor como incapaz de grandes proezas, se hallaba más cercano del espíritu de sus equipos rivales que del hatajo de millonarios que tiraban la liga en invierno y sólo buscaban la excelencia en los siete partidos que conducían al éxtasis primaveral, alcanzado en la mayoría de las ocasiones con admirable brillantez y en alguna otra, con la fortuna que acompaña a los acostumbrados a ganar. Las raíces de su madridismo le nutrían desde los años setenta, cuando los camachos, juanitos y santillanas que nunca ganaron la Copa de Europa, dominaban la mayoría de las ligas que jugaban dejándose la piel hasta el último partido y acababan sus carreras en el club de su vida enseñando las exigencias del escudo a la siguiente generación, aquella quinta del Buitre de los cinco campeonatos ligueros consecutivos.

En la pausa de media mañana, buscó el abrigo de sus compañeros madridistas en la cafetería donde solían almorzar y alimentó la retahíla de lugares comunes habituales en estos casos, estos gandules se han cansado de ganar, hay que echar a medio equipo, nadie ha sido capaz de tirar del carro, a ver si el presidente se rasca el bolsillo y nos trae un crack que meta goles de una vez. No le costó demasiado contribuir a los argumentos de los mismos que el año pasado alardearon de tener la mejor plantilla del mundo, mientras contemplaban cientos de veces las dos chilenas maravillosas que ocultaron la mansedumbre de un vestuario, cuyo líder exigió un entrenador complaciente para que sus muchachos pudieran sestear sin interferencias durante este añito de transición.

La semana siguiente comenzó con el regreso de Zizou al club de sus amores. La sonrisa del ídolo lucía radiante y en sus palabras sencillas se adivinaba de nuevo la eternidad del triunfo. En su primera alineación, volvieron al equipo los jugadores relegados por el anterior entrenador. Todo en orden.    

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