22/03/2018

El cartel

La impresión que hace cincuenta años debió causar en la ciudad de nuestros padres la instalación dentro de las Casas Colgadas de unas pinturas que casi nadie entendía, permanece intacta en el impacto que el cartel anunciador de la Semana Santa de este año ha provocado en el alma de una tierra que a pesar de su eterna sed de atención, parece varada en la obsesión por encerrarse en sí misma y no avanzar. Lo ocurrido en los días pasados tuvo su primer capítulo hace dos años con la tormenta de críticas que recibió el privilegio de que nuestra semana grande tuviera como emblema un óleo de Zóbel y es la metáfora perpetua de ese espíritu intangible que atenaza la capacidad de progreso de un rincón tan preñado de magia como de olvido.

Quizá el primer paso para salir de ese ostracismo sea que al margen del legítimo debate sobre una obra discutible, logremos aceptar un cartel que se enmarca con naturalidad en la tradición de la Cuenca abstracta que siempre fue refugio de artistas, esos impagables lunáticos que tuvieron la osadía de establecer su arte entre las hoces desafiando las estructuras opresivas de la sociedad de la época, convirtiendo el abandonado interior de aquellas moradas imposibles en el museo más bello del mundo. Aquellos cuadros extraños pusieron a Cuenca en el mapa de la cultura universal, realzaron la maravilla de un lugar que esperaba en letargo más allá de los muros vestidos por la sorpresa de Saura, de Chillida o de Canogar. La ciudad que según Lorca, labró el agua en el centro de los pinos, se integraba en aquel espacio insólito como un lienzo más colgado en cada uno de sus ventanales, como un apunte magnífico del natural fundido ya para siempre con la novísima propuesta del interior.    

A veces parece que sigamos instalados en la prehistoria del roquedal que nos circunda sin darnos cuenta de que la naturaleza ya se decantó por la abstracción cuando esculpió las formas asombrosas que hacen de nuestro entorno, un territorio único. A imagen y semejanza de los políticos que comprometen el futuro de la ciudad, enfrascados como están en sus peleas partidistas de patio de colegio, el personal que hoy inunda las redes sociales compitiendo en chanzas a propósito del talento del cartelista, es el mismo que quizá en su día, hubiera apedreado las vanguardistas vidrieras de Torner, impidiendo así que la catedral albergara cada atardecer el milagro de la luz del otoño en sus paredes.

Nuestra Semana Santa es tan importante que admite la grandilocuencia y el minimalismo, el fragor de los tambores y el rumor de las horquillas, el exceso del viernes y la intimidad del lunes, la evidencia de una foto y el esbozo de un dibujo, las Turbas de Halffter y el San Juan de Cabañas. Más allá de las preferencias estéticas de cada cual, el garabato de Jesús Soriano encierra en su desnudez la sobriedad de nuestras formas, insinúa más que enseña el ascetismo de nuestro peculiar modo de representar la pasión cada primavera. El fulgor de esa cruz rodeada de capuces integra todas las maneras de sentirse nazareno aunque por desgracia no haya sido capaz de impedir el eterno cainismo que sin duda ha de ceder cuando Cuenca despierte y deje de ser para siempre la que un día Eugenio D'Ors describiera como bella durmiente del bosque. De nosotros depende.

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