17/04/2019
Cultura y Vida

El brillo vuelve a acompañar a la Kremerata Báltica

Los adjetivos para calificar la Kremerata se agotan. Su paleta de colores no tiene límites

Segundo concierto de la SMR (Fotos Santiago Torralba / SMR)

Tras la primera lección musical de esta agrupación, su segundo concierto se mantuvo en el mismo nivel y en un repertorio similar al del Lunes Santo.  Los adjetivos para calificar la Kremerata se agotan. Su paleta de colores no tiene límites y es muy difícil encontrar cerca de nuestro país unas cuerdas tan absolutamente afinadas y tan perfeccionistas en el fraseo, ataques y matices. Además, la música que interpretan exige una concentración sin pausa y muy poco descanso. Lo resolvieron sin problemas.

WEINBERG, KANCHELLI Y SCHOSTAKOVICH

El pasado Lunes Santo pudimos descubrir la música del judío ruso de origen polaco Mieczyslaw Weinberg. Música de trabajado oficio y que juega talentosamente con las tensiones y distensiones. Ayer, en una abrumadora versión del violinista Gidon Kremer, disfrutamos de su Concertino para violín y cuerdas Op. 42. Es difícil combinar hasta la perfección una afinación exacta y un viaje tan exuberante e intimo al mismo tiempo. Kremer desmenuza las partituras hasta conseguir extraer el último hálito de expresividad. Es tan perfecto que abruma.

La segunda obra del programa  fue "Silent prayer" para violín, violonchelo, vibráfono, orquesta de cuerda y cinta del autor georgiano Giya Kancheli. El programa no avisó del detalle de la cinta y fuimos muchos los que buscamos desesperadamente la voz infantil que sonaba diluida entre las cuerdas. Al poco tiempo descubrimos que tenía origen electroacústico. La obra posee una filosofía similar a las de Artvo Part, es decir, que busca el minimalismo desde melodías diáfanas y armonías claras, con un cálculo muy pausado de la consonancia y la disonancia. El minimalismo recurre a la repetición constante, consiguiendo que el oyente varíe sutilmente la percepción de la misma música. 

La segunda parte del concierto se centró en el último cuarteto de Dimitri Shostakovich, un canto fúnebre de seis tiempos lentos y treinta y cinco minutos de duración pensado para sí mismo.  La orquestación hace perder los momentos más incisivos de la versión original, pero si a cambio podemos disfrutar del color y el sonido perfecto de la Kremerata báltica, merece la pena.

Por último, el concierto volvió a tener un cierre en falso, no tan chocante como el del día anterior, pero igualmente desubicado. El que escribe estas líneas es un admirador casi obsesivo de Astor Piazzolla, pero desde la dirección del Festival se debe guiar a las formaciones sobre la filosofía de las SMR. Los bises han de ser ocasionales y perfectamente justificados. No estamos ante un festival cualquiera. La obra de Shostakovich es fúnebre y encaja perfectamente en el espíritu religioso aunque esté escrito desde una perspectiva atea. Eso sí, un tango lento es moverse en otra dimensión, alejada y desconocedora de las raíces del cuarto festival más antiguo de España.

EL AUDITORIO Y EL PÚBLICO

Tras tres años dirigiendo el festival, creo que Cristóbal Soler debe intentar entender mejor la idiosincrasia del mismo. Debe valorar la proyección de los conciertos, jerarquizar su atención y utilizar con más tino los espacios que ofrece nuestra ciudad. El complejo repertorio y la soberbia forma de hacer de la Kremerata bática tiene otros escenarios más acordes, como la iglesia de San Miguel. No es bueno para el Festival ver tantos asientos vacíos y creo, humildemente, que ahí se debe hacer mucho más hincapié para la próxima edición.

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