23/10/2017

El artículo 155 y la desorientación de la izquierda

Una persona siempre tiene el deber de poner en duda si está equivocada en una determinada cuestión. A veces las tripas nos engañan. Viendo la reacción de los líderes de Unidos Podemos y de algunos de los líderes del PSC, en cuyo ámbito ideológico me muevo, sobre los graves acontecimientos que se están produciendo en Cataluña, pienso que o ellos o yo nos hemos vuelto locos. De un tiempo a esta parte no me reconozco en absolutamente nada de lo que dicen. Es más, solo siento indignación y decepción cuando les oigo. Lo que daría por poder hacerles las siguientes preguntas para que me dijeran exactamente dónde está mi error.

¿No es cierto que la mayoría independentista aprobó en el parlamento de Cataluña el día 6 y 7 de septiembre dos leyes, la ley de referéndum y la de desconexión, abiertamente contrarias a la constitución y al estatut, provocando, además de una violación de los derechos de la oposición, un golpe al estado de derecho?

¿No es cierto que se celebró un referéndum el día 1:0 prohibido expresamente por el Tribunal Constitucional, referéndum sin garantías del que se deriva un mandato, asumido expresamente por Puigdemont, de acabar con la autonomía de Cataluña para crear una república independiente?

¿No es cierto que la Constitución vigente sostiene que la soberanía corresponde al conjunto del estado español y no a sus comunidades, así como la indivisibilidad del territorio?

¿No es cierto que la creación unilateral de un estado independiente sin haber reformado la Constitución para permitirlo nos niega a 47 millones el derecho a decidir sobre un tema que nos compete y es por tanto una decisión autoritaria y antidemocrática?

¿No es cierto que la única opción que contemplan los independentistas para ese diálogo que invocan permanentemente es la negociación de su desconexión con el estado o un referéndum pactado, y que han dejado claro en mil ocasiones que esto es innegociable?

¿No es cierto que saltarse la legalidad, fruto de un acuerdo democrático, y declararse en rebeldía atenta contra las libertades y derechos de todos los que estamos bajo esa ley, a quienes se nos está tratando de expropiar a la fuerza una parte del territorio y negando nuestra soberanía?

¿No es cierto que la actitud de la Generalitat ha fracturado gravemente la sociedad catalana y está generando una fuga masiva de empresas que no solo perjudicará a Cataluña sino a todo el estado español, especialmente a las pequeñas empresas y trabajadores?

¿No es cierto que Cataluña goza de un nivel de prosperidad superior al resto de comunidades y un nivel de autogobierno superior al de cualquier estado federal del mundo y al que ha disfrutado en toda su historia?

¿No es cierto que la izquierda es por su propia naturaleza internacionalista y debería oponerse a toda forma de nacionalismo separatista, especialmente el de las comunidades ricas que pretenden dejar de colaborar con las pobres?

¿No es cierto que la autodeterminación solo está reconocida por el derecho internacional a países colonizados y que ni la ONU ni la UE reconocen ese derecho a Cataluña?

¿No es cierto que lo único que se le pedía a Puigdemont, y en dos ocasiones, es que aclarara si había declarado la independencia de Cataluña o al menos que convocara elecciones autonómicas, en suma que aceptara la legalidad que todos nos hemos dado libremente, para evitar la aplicación del 155 y comenzar el diálogo?

Y si la respuesta a todas esas preguntas es positiva, ¿con qué razón ponemos el grito en el cielo cuando el gobierno, PSOE y Ciudadanos deciden suspender temporalmente la autonomía con las herramientas que establece la propia Constitución? ¿Qué otras opciones les quedaban? ¿Saltarse la Constitución y rendirse a las exigencias del independentismo, aceptar su chantaje? ¿Es que puede existir un estado de derecho si cualquiera se puede saltar impunemente las leyes? ¿Si dos millones de ultraderechistas reclamaran el derecho a que se reconociera oficialmente la bandera franquista seríamos tan condescendientes en la izquierda con su derecho a decidir? ¿De qué manera Ada Colau o Pablo Iglesias, rendidos incondicionalmente al soberanismo catalán están representando a los que nos sentimos de izquierdas pero nos repugna política y moralmente el separatismo?

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