05/10/2018
Opinión

Ejercicio breve

Imaginemos un modelo político determinado, el que a ustedes les plazca, al que llamaremos "A". Imaginemos un modelo político distinto de A, tan distinto como ustedes quieran, al que llamaremos "B", ambos mutuamente excluyentes.

Definamos un territorio cualquiera regido según el modelo político A y compuesto por "n" ciudadanos. Supongamos que todos los ciudadanos tienen opinión política y que no existen más modelos de organización social que A y B.  Sea "m" igual al número de ciudadanos partidarios del modelo político en vigor, A, y "n-m" igual al número de ciudadanos partidarios del modelo político alternativo, B. Dadas estas premisas, cabría decir que el sector de población m goza de libertad, en tanto que vive bajo el régimen político deseado. De igual modo, cabría decir que el sector de población n-m no goza de esa libertad.

Podemos pensar que los partidarios del modelo político A obtienen satisfacción y que, por tanto, como medio de mantener esa satisfacción, mostrarán algún grado de resistencia al cambio. Sin embargo, los partidarios del modelo político B estarán insatisfechos y, en consecuencia, mostrarán cierto grado de apoyo al cambio. Sobre quién tiene razón no cabe preguntarse dado que los modelos políticos definidos como A y B son subjetivos y no admitiremos aquí juicios de valor, ni en un sentido ni en otro. Para nuestro desarrollo, baste con asumir que ambas opciones son legítimas. Por lo mismo, habremos de aceptar que tanto derecho tienen los ciudadanos de m a resistirse al cambio como los de n-m a intentar provocarlo. Comoquiera que, sea cual sea el modelo político resultante, habrá siempre un determinado número de ciudadanos insatisfechos, conviene encontrar una fórmula de arbitraje que minimice, en lo posible, el nivel de insatisfacción general. La solución que esta fórmula proporcione deberá ser aceptada por todos, a priori e independientemente de la opción política particular.

 

La única vía sensata que se me ocurre para resolver el conflicto planteado en este supuesto es la de pedir la opinión de los n ciudadanos a través de una consulta reglada, contar sus votos e instaurar en el territorio el modelo político que obtenga el mayor número de apoyos. El hecho de que algunos ciudadanos de n-m desatiendan, eventualmente, normas y leyes como medio de provocar el cambio no altera ni debe alterar la cuestión de fondo del supuesto: hallar el sistema político que menor insatisfacción produzca. Como tampoco debe alterar esta cuestión de fondo el hecho de que algunos ciudadanos de m, eventualmente, utilicen torticeramente órganos e instituciones como medio de resistencia al cambio. 

Si esta situación imaginaria llegara a plantearse alguna vez sobre algún territorio concreto, compuesto por una determinada población, perfectamente asentada y democráticamente madura, alguien, en algún momento, estoy seguro, propondría una solución similar a la mía. Llegado el caso, aquéllos que se opongan a la consulta serán precisamente aquéllos que teman perderla. Y es bastante probable que, llegado el caso, en efecto, pierdan.

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