19/03/2017

Cuenca en una canción de Chuck Berry

Si las canciones de Chuck Berry tuvieran Cuenca como escenario los enamorados compartirían una hamburguesa y un helado de bourbon en la Remo y después irían a un autocine situado en el descampado situado entre La Fuensanta y el hospital para hacer manitas bajo un manto de estrellas. Al salir de clase los alumnos de los institutos saldrían corriendo a los recreativos Carrusel para echar una moneda y que el Roll Over Beethoven  sonara en la máquina de discos. El bueno de Johnny se llamaría Juanito y tocaría su guitarra apoyado en un árbol del parque San Julián y jóvenes impetuosos con el carné recién sacado harían carreras y trompos con sus coches nuevos en el entorno del Bosque de Acero. Bueno, eso ya se hace y en realidad no mola tanto…

No estoy capacitado para entrar en el debate sobre  si Chuck Berry, fallecido a los noventa años de edad este sábado, se puede considerar el padre del rock'n roll. Pero creo que no es descabellado hablar de que ha sido uno de los músicos más influyentes de todos los tiempos, tanto para los grupos que han seguido sus pisadas como para la propia sociedad que eclosionó cuando ‘Maybellene' comenzó a sonar en las radios. El crítico musical de The New York Times Jon Pareles afirma con contundencia que Berry creó la actitud de los adolescentes americanos de la década de los cincuenta. Un negro con guitarra eléctrica puso patas arriba el puritanismo estadounidense y abrió una despreocupada época de Cadillacs, chicas coquetas y  bailes salvajes con los discos de rock, rythm y jazz almacenados en las Jukebox. Me parece divertido pensar en qué hubiera pasado si esa explosión de música y despreocupación se hubiera producido en Cuenca, donde aparentemente la única concesión al ‘American way of life' que hay en la actualidad es comer en el McDonalds.

Si ponemos a examen su título de leyenda atendiendo a la vida personal de Chuck Berry, encarcelado varias veces y por variados motivos, el repudio estaría garantizado. Si aplicamos el estricto canon moralizante que se lleva en estos tiempos, al que probablemente no sobreviviríamos si nos exigiésemos a nosotros su cumplimiento de la misma manera que se lo exigimos a los demás, también sería crucificada su música. Lo único que podríamos escuchar sin pasarnos por la piedra nuestros firmes principios éticos es a las almas puras de Flos Mariae y al único ídolo al que podríamos admirar porque no tiene mancha es al osito de Mimosín. ¡Y ni eso, que nos está intentando colar un detergente engatusándonos con su dulzura! A veces es mejor aparcar los pecados del plato. No se trata solamente de su propia música, es que de los pechos de Chuck Berry se amamantaron The Beatles, The Rolling Stones y The Beach Boys. Si eso no es suficiente razón para canonizarlo yo ya no sé…

Decía Pepe Risi que un buen concierto de rock'n roll no termina hasta que se toca Johnny B. Goode. No sé si eso es aplicable a las columnas de opinión pero no creo que haya mejor manera de terminar esta.

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