23/03/2018

Cristillo del Jueves Santo

Acudir a San Antón siempre me conforta en cuerpo y alma. Es una apoteosis para los sentidos y una sutil claridad que ilumina el espíritu. Ahí, en ese pequeño e íntimo relicario, al otro lado del Puente, al pie del viejo Barrio, el Júcar a sus pies, se atesoran eternos los amores nuestros.

 Entras a Misa un domingo cualquiera y te cuesta elegir un lugar a la vera de tus Pasos, todos muy queridos. El azar y los hermanos fieles suelen ayudar y decidir por ti: hay sitio debajo de La Caña, o del Huerto; de pie con Las Angustias y La Luz enfrente; en la esquina del Amarrado; delante de La Soledad o del Jesús y el Ecce Homo. A veces alzo la mirada hacia las añejas celosías laterales altas de mi niñez, arcanas y desapercibidas, oculto refugio y singular tribuna, desde donde vislumbraba, achicado, al gran Don Amadeo, el de la voz tonante y vehemente, oficiando en latín y ritual preconciliar: "Et introibo ad altare Dei: ad Deum qui laetificat juventutem meam". Añoro y rezo.

Y cuando nos toca junto al Cristillo, tan de cerca y tan frágil en su hornacina humildísima, clavo en Él, sin dañarlo, cuanto me queda de vista: lo miro y lo admiro. Me emociona en lo hondo. Y acaso sean mis pobres latidos propios, pero percibo, soñados y nítidos, los familiares sones de la campanilla prologal del Jueves.

Y recuerdo. Exacto y antiguo. Más de medio siglo atrás, de la mano de mis padres: "¿Ves ese Cristo tan pequeño?. Pues el Jueves Santo manda en la Procesión". Así era. Y así es y ha de ser, ahora con más visibilidad abriendo el masivo cortejo. Pero ya entonces me sorprendía agradable ese caleidoscopio especialísimo de túnicas y capuces en mixtura bajo sus andas livianas: morados, rojos, negros, un toque de beis y otro de hoja seca del otoño; en primavera. Era impar e imparable; un mosaico ideal de teselas brillantes, polícromas; un arco iris en el cielo y en la tierra. Al fin, mostrando la esencia de lo que significa la Semana Santa: una suma de muchos diferentes caminando juntos, unidos por un corazón limpio y en pos de una bendita Cruz.

 Sigo evocando la infancia vivida y pervivida. Me costó entender el sentido profundo de la Historia. Más bien, no quería. Eso de la pena de muerte ligada a Paz y Caridad no me casaba nada con el Quinto Mandamiento: "No matarás". Demasiado abismo oscuro y tétrico, apenas paliado por la compaña del Cristillo a los ajusticiados en su terrible fin.

Muy pronto estudié con curiosidad el articulado estatutario de la Archicofradía aprobado en 1865 y que mi entusiasta padre había transcrito a máquina para tenerlo en casa (no existían las fotocopias), a partir de un cuadernillo impreso que le pasó su amigo Manolo Sáiz Abad, el gran factótum nazareno de mediados del Veinte. Y, claro, me llamó la atención el entero rito cívico y sacro, penal y penoso, en torno al reo, a cargo de los cofrades. Así, lo de alimentarlo con "cocido de gallina, chocolates y vinos generosos, todo ello condimentado en casa del presidente"; efímero y postrer disfrute para el desgraciado en vísperas de fenecer. Peor aún, leer el orden procesional hacia el patíbulo, hasta la ejecución atroz.

Todo, y del todo, opuesto a mis valores, bien inculcados en el lar familiar por quienes, y por cierto, venían de sufrir una guerra incivil y crudelísima. Esa es mi herencia; éste es mi credo: nunca el odio y sí el perdón; no a la guerra y sí a Cristo. Amén.

Me sitúo ahora en nuestro Puente, apoyado en su pretil, contemplando el reflejo de Mangana y el Seminario en el húmedo cristal verde que tirita. Y recito, con unción, los versos clarividentes de Federico Muelas: "Agua lenta del dolor / monte arriba, penitente. /  Y en hombros de la corriente / crucificado, el Amor.". Y un haz de luz todo lo alumbra. Es Cuenca. Es Jueves Santo.

Y comparto otra vivencia del gran Día central de la Semana. Fue hace veintiséis años. En mi estreno de bancero me presenté impaciente, recién comido y revestido, en la puerta de la Iglesia. No eran ni las tres y, por eso, aún estaba todo cerrado y quieto, sin nadie y como si nada fuese pronto a suceder. Me gustaban esas exageraciones mías, como la de subir a Las Angustias el Viernes de Dolores todavía en plena noche, con los primeros trinos de los mirlos anunciando el alba. Vuelvo al relato del Jueves: llegó Don Ángel para abrir y pasé con él. Entrando al Templo la sensación fue mística e inefable; salvando siderales distancias, invoco la expresión del Apóstol: "Vio y creyó". Ahí estaban, expectantes, yo entreví que anhelantes, los Pasos sobre sus bancos y andas. Desde la Soledad del Puente hasta el Cristillo de las Misericordias. Los recorrí uno a uno, cara a cara. A corazón abierto.

Estábamos a solas, aunque notase en mí la caricia y presencia de los nazarenos del Cielo, custodios y garantes. No temí. Amé.

Algunas veces más pude repetir este preludio; ya no ahora, obediente a las reglas acordadas. Y como la Semana Santa, en otra paradoja suya, es aquí intemporal, busco esa misma intimidad visitando la Iglesia, Dios y el Párroco mediante casi siempre abierta, en horas raras, perdidas y encontradas, de penumbra y sosiego.

Hoy, que en ello ando, me acerco al pequeño Cristillo. Y gracias le doy, por darnos y darse a Marco Pérez. Ante el Crucificado enjuto y perfecto, memoro a dos maestros. Así, a José Ortells, el que orientase a nuestro paisano Luis, ya escultor laureado, para estudiar Osteología y Miología en la Facultad de Medicina de la Central madrileña. De ahí, y de su talento, esas anatomías insuperables que humanizan a Dios y divinizan el arte: en el Yacente, en Los Espejos, en el Cristillo; en Él. Y a mi inolvidable Profesor Portela, el gran reivindicador de Marco, más que todos nosotros juntos. Cito, literales, mis notas manuscritas de su última lección conquense, Febrero del 2010, a propósito del Cristillo: "Me gusta verlo en la Virgen de la Luz. Lo talló a la antigua y se sirvió de virutas para hacer las heridas…".

En retorno infinito, mi reloj de pulsera (precioso regalo de la Soledad del Puente) marca puntual las cuatro y media del Jueves Santo. Metidos en faena, en plena talla y alineados en la común terraza trasera, nos acallan de golpe las primeras notas del Himno Nacional de España, ésas que muy mucho nos emocionan por todos los conceptos. Brillan nuestros ojos en el trance: ya está saliendo el Cristillo; ya está fuera. Entre las ramas tiernas de los trémulos chopos, de lejos mas muy cercano, lo vemos avanzar, cruzar el Puente; en su Cruz clavado, con los brazos extendidos y las manos laceradas pero abiertas, en un inmenso abrazo de Perdón, de Amor Fraterno, de Paz y Caridad. Como hace setenta y cinco años. Eternamente.

Entro, conmovido y tenso, por la Sacristía, rodeado de hermanos, bordeando el Altar, y casi ciega el chorro de luz recortado en la gran puerta abierta que al poco habremos de atravesar. Rutila al fondo la enramada verde de las Ollerías. Ya estoy en mi sitio trasero con el Jesús, enfilados y a punto de partir.

Y es entonces, en ese crucial momento de trascendencia máxima, cuando cumplo, feliz y fiel, mi rito personal definitivo: me vuelvo hacia La Soledad, me santiguo; le pido ayuda. Y rozo sus andas con un beso.

Recuerdo lo que le tengo escrito y dicho: "Lo verás caminar ante tus ojos, mientras se pone el sol bajo tu palio y el corazón se llena de tristeza". Así será en la tarde. Hasta la medianoche.         

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