27/07/2017

Castillos, molinos, arte sacro y avifauna en el corazón de La Mancha

Belmonte, Villaescusa de Haro y Mota del Cuervo regalan al viajero la magnificencia de sus soberbias joyas artísticas y el sabor de la arquitectura tradicional en una ruta repleta de evocaciones literarias e históricas

La villa de los obispos, Villaescusa de Haro

Villaescusa de Haro es uno de esos lugares que, más de una vez, hay que repetir y casi deletrear al interlocutor sorprendido, para el que esta localidad conquense es uno de esos núcleos ignotos que no sabrían colocar en un mapa. Sin embargo, a pesar de su tamaño, muestra ufana el legado de otros siglos, de un pasado más glorioso. Y sorpresas dignas de ser subrayadas en cualquier manual de Historia del Arte. Es conocida como la villa de los obispos porque en ella nacieron catorce mitrados. Otro ilustre hijo fue el cervantista Astrana Marín, el primer traductor de la obra de Shakespeare al castellano.

Uno de prelados locales, Domingo de Ramírez, encargó construir la espectacular Capilla de la Asunción de la iglesia parroquial de San Pedro para el enterramiento de sus padres. La joya del municipio y una de las joyas del patrimonio provincial, de estilo gótico-isabelino. Para visitarla lo mejor es llamar antes al 650518744. 

Al espacio se accede mediante tres arcos góticos y se organiza en una planta cuadrada reducida a octógono bajo una brillante bóveda estrellada. El elemento más llamativo es su retablo, a caballo entre los estertores góticos y los balbuceos renacentistas, que linealmente relata la vida de la Virgen desde su nacimiento hasta la dormición. Impresionan también las estatuas orantes de la familia fundadora. El resto del templo no escatima esfuerzos para sorprender al visitante, ocasional o recurrente, como el retablo gótico de la Capilla de los Coronados o su exterior, del mismo estilo, que evoca el aspecto de grandes iglesias y catedrales castellanas.

El muestrario de arquitectura religiosa traslada hasta el antiguo convento de los Dominicos (siglos XV-XVIII),  interesante y valioso edificio que fue recuperado y cubierto gracias al Plan de Mejora de Infraestructuras Turísticas (Plamit) de la Diputación Provincial, que le ha otorgado un aspecto romántico y nostálgico.

La universidad que no lo fue

La nostalgia es un buen término para encuadrar la historia del Colegio Universitario No-Nato, un edificio renacentista de grandes dimensiones que se emplea ahora como alojamiento y se ubica en la Plaza Gil Ramírez. Empezó a construirse en la centuria del XVI con la intención de convertirse en la primera universidad de la zona centro pero en el empeño de don Diego Ramírez, otra vez Diego Ramírez, se cruzó otro eclesiástico: el Cardenal Cisneros. Éste promovió simultáneamente la Universidad de Alcalá  de Henares, que terminó por imponerse, frustrando allí el proyecto conquense que hubiese cambiado radicalmente la historia de este municipio en el que ahora hay censados medio millar de habitantes. "No hay nada más bello que lo que nunca he tenido", como cantaba Joan Manuel Serrat.

La visita a Villaescusa no debe obviar la iglesia del Convento de la Justiananas, el Pósito y el Palacio de los Ramírez

La visita a Villaescusa no debe obviar la iglesia del Convento de la Justinianas, el Pósito y el Palacio de los Ramírez (siglo XVII), con un original patio porticado y que es sede del Ayuntamiento y otras dependencias municipales. No hay que irse sin ver tampoco el rollo de justicia (uno de los siete que perviven en tierras de Cuenca) o el llamado lavadero romano, que en realidad es del siglo XVIII, y traslada a esa época no tan remota en la que electrodomésticos como la lavadora eran objetos de ciencia-ficción.

En el término municipal está también el Castillo de Haro: recia construcción militar de alzado rotundo y torres circulares edificado en el siglo XIII y reconstruido, con criterios del Renacimiento, en el XV por la Orden de Santiago.

Belmonte, "el pueblo más bonito"

Muy cerca de Villaescusa de Haro -a 6,5 kilómetros por la N-420- está Belmonte.  "El pueblo más bonito de Castilla-La Mancha".  Ese es el título que consiguió en la primera edición del concurso homónimo organizado por Castilla-La Mancha Televisión. Uno puede pensar que se trata de una exageración, uno de esos eslóganes grandilocuentes tan habituales en los espacios catódicos, pero basta un paseo por las calles de esta localidad manchega para disipar inmediatamente cualquier sospecha de hipérbole.

Belmonte es un pueblo bonito, sí. Como suma de hitos monumentales, pero también como conjunto. Como un todo que impregna de un halo especial su expansión urbana, donde convive la arquitectura popular de la comarca, con sus arquetípicas casas de labranza,  y una estética señorial, histórica.

Un dibujo urbano que se despliega al cobijo de la sombra de su Castillo (calle Eugenia de Montijo, s/n), tan imponente como elegante, erguido en el Cerro de San Cristóbal. Esta fortaleza-palacio de estilo gótico, con elementos mudéjares y platerescos,  comenzó a edificarse a mediados del siglo XV y es una de las mejor conservadas y más hermosas de España. Los cineastas, que algo saben de identificar la belleza visual, eligieron su inconfundible silueta como decorado para películas como ‘El Cid' o  ‘El Caballero Don Quijote'.  Por cierto, la ruta del ingenioso hidalgo cervantino pasa también por aquí.

Los cineastas, que algo saben de identificar la belleza visual, eligieron su inconfundible silueta como decorado para películas como ‘El Cid' o  ‘El Caballero Don Quijote

Son, no obstante, personajes más reales los que las almenas y piedras del castillo evocan. Como Juan de Pacheco, primer marqués de Villena y uno de los hombres más poderosos de la Castilla de su tiempo, que ordenó su construcción. O Juana ‘La Beltraneja', a la que la tradición sitúa custodiada en la fortaleza en la guerra sucesoria con Isabel La Católica.  También moró aquí Eugenia de Montijo, emperatriz consorte de Francia por su matrimonio con Napoleón III.

La apasionante vida de esta española puede recrearse en las salas ambientadas al estilo del gusto de la otrora propietaria. Son una de las señas de identidad del edificio, como también lo son su original patrio triangular de rojos ladrillos o sus espectaculares artesonados policromados. Una advertencia para el visitante, producen efectos secundarios: su boca se abrirá en señal de admiración y padecerá un síndrome de Sthendal aderezado con tortícolis. Merece la pena.

El recorrido por el Castillo también incluye el acceso a las mazmorras y sótanos y a las salas con armaduras que chiflarán a los más pequeños y a más de un adulto.  Inolvidable  es el paseo por el adarve, entre torreones y almenas. No hay que perderse la maravillosa vista del casco antiguo belmonteño y de la imponente muralla que lo abraza o constriñe, según se prefiera, y que es horadada por soberbias puertas. Otra muralla, la propia de la fortaleza, rivaliza en magnificencia.

El monumento, propiedad actualmente de la Casa Fitz James-Stuart, abre normalmente de martes a domingo aunque en agosto amplía su apertura también a los lunes. Hay entradas reducidas para grupos y niños. Lo mejor es visitar su página oficial para estar al tanto de todas las modificaciones de horarios y tarifas y de las numerosas actividades que se organizan en el recinto: mercados, pasajes de terror, ferias, conciertos…y, sobre todo, eventos de recreación histórica y de combate medieval. Un deporte con todas las letras, con contacto real, que ha celebrado en Belmonte su campeonato mundial y competiciones análogas como un torneo internacional. Conviene no perderse esas citas, toda una experiencia.

Una catedral en pequeñito

El otro gran símbolo de Belmonte es la Colegiata de San Bartolomé (calle José Antonio González, 4), el único templo de la Diócesis con esa catalogación. El tópico popular dice de ella que es "una catedral en pequeño" y, como tantas otras veces, el tópico acierta y se convierte en un lugar predilecto de los interesados en el arte sacro.

Está datada en el siglo XV, cuando se construyó sobre una iglesia visigoda, y despliega un delicioso gótico.  Aquí fue bautizado Fray Luis de León, natural de la villa, cuyos abuelos están enterrados en la Capilla de la Asunción sepultados bajo el conmovedor relieve de ‘El Entierro de Cristo'.

El coro, elaborado por Egas Cueman y Hanequín de Bruselas, fue el primero historiado de la Península Ibérico allá por 1454. Procede de la Catedral de Cuenca capital, con la que comparte también muchos arquitectos, tallistas y rejeros que dejaron su arte en uno y otro templo: Esteban Jamete, Juan de Borgoña y Diego de Tiedra, entre otros grandes.  Merece una visita sosegada para disfrutar de sus capillas, lienzos y retablos. Para descubrir las figuras de alabastro del Marques de Villena y sus parientes. O del retablo mayor,  los cuadros de Alonso Cano, y un Amarrado a la Columna de Francisco Salzillo, por citar unos ejemplos que podrían ser mucho más.  Conviene reservar cita previa en el teléfono 967 170 208.

El Palacio del Infante Don Juan Manuel, esn antiguo convento de arenisca del siglo XIV erigido sobre un alcázar y reconvertido en hotel tras su restauración

Las evocaciones literarias no se agotan en el humanista agustino del ‘Decíamos Ayer', al que el entramado urbano belmoteño dedica varios guiños, como su casa familiar. Muy cerca de la Colegiata está el Palacio del Infante Don Juan Manuel, un antiguo convento de arenisca del siglo XIV erigido sobre un alcázar y reconvertido en hotel tras su restauración.

Para saciar la adicción a los edificios notables, Belmonte reserva más dosis a los incondicionales: el Convento de los Trinitarios, el de los Jesuitas, los restos del Hospital de San Andrés, la Ermita de la Virgen de Gracia y las edificaciones de la Plaza del Pilar. Abundan también casonas ilustres y blasonadas, varias de ellas adaptadas para servir de hospederías,  casas rurales y restaurantes.  La oferta gastronómica de la localidad es amplia, variada y contundente. En un enclave con tantos reclamos para alimentar el alma no se descuida el avituallamiento del cuerpo.

Y, especialmente si se viaja en familia, opciones curiosas  son la Casa Bellomonte, que recrea la vida real de una familia del siglo XV (reservas y horarios en el 659 32 16 96) y el Molino El Puntal (635 41 10 43), con demostraciones en directo. Dicen que desde su ubicación se otean los mejores atardeceres de la zona.

Cualquier época es buena para adentrarse en este rincón de La Mancha de Cuenca aunque si se busca fiestas las citas imprescindibles son las de San Bartolomé, en torno al 24 de agosto. Muy curiosas son las cañas musicales, en noviembre, cuando decenas de jóvenes recorren diferentes bares de la localidad con una charanga como cicerone por el trayecto.  La Semana Santa es otro reclamo en el calendario por la calidad y antigüedad de los pasos que conforman sus procesiones.

Molinos, chozo y una nevera sin enchufe

Quince minutos en coche se requieren para alcanzar Mota del Cuervo. El municipio posee el mejor conjunto de molinos de todo el territorio conquense y uno de los mejores de toda la región, que compite sin sonrojo con los de Campo de Criptana y Consuegra. Siete ejemplos de estas edificaciones inmortalizadas por El Quijote se distribuyen por la serrezuela bautizada como el Balcón de La Mancha por sus privilegiadas vistas de la comarca y de las provincias limítrofes. En los días en los que el horizonte queda límpido y el cielo claro se puede llegar a distinguir Despeñaperros, según aseguran algunos lugareños.

La más conocida de las grandes moles es ‘El Zurdo', recién declarado bien de interés cultural y que debe su nombre a que sus aspas giran al revés. Otras tres de ellos son visitables: El Gigante (oficina de información turística, donde se realizan moliendas semanalmente); el Goethe (con un pequeño alfar) y ‘El Piqueras' (sede de un pequeño museo costumbrista). Las visitas y actividades se pueden concertar en el teléfono 697 733 683.

La Mota, como le llaman sus vecinos, es generosa en testimonios de arquitectura vinculada a oficios tradicionales. Los Chozos son túmulos de piedra y arena de planta circular que servían de refugio a los pastores. Muy similar en el aspecto exterior es el Pozo de la Nieve, aunque encalado, y aunque con una función diferente.  Dotado de cuatro metros de profundidad, en él se acumulaba la nieve en invierno y luego se usaba el resto del año para conservar alimentos o refrescar bebidas. Hasta se le daba uso terapéutico. Una cámara frigorífica sin enchufe alguno.

La Mota es generosa en testimonios de arquitectura vinculada a oficios tradicionales

También pervive el Horno de la Cruz Verde, que se ubica en el pintoresco Barrio de las Cantarerías. Es el único horno de cocer cántaros a la manera tradicional de la alfarería moteña, una modalidad autóctona que bebe de culturas como la celta y la musulmana y donde las mujeres son las protagonistas. El pueblo cuenta con un museo dedicado a esta disciplina.

Aspas, chozos, alfares y un conjunto urbano lleno de tipismo y salpicada de casas señoriales de los siglos XVII al XIX, donde no faltan escudos nobiliarios. Espacios con especial encanto son la Plaza de Cervantes y la de la Tercia, donde domina el edificio de tal nombre. También la Plaza del Verdinal, con los vestigios del Convento de los Trinitarios, y la Plaza Mayor, dominada por la recia torre del Ayuntamiento porticado. Un buen lugar para tomarse uno de los vinos de la tierra o una de las cervezas artesanales de la zona, que han conseguido premios internacionales.

Reserva de la Biosfera

No muy lejos queda la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, iniciada en el siglo XV aunque con elementos de épocas posteriores. Su portada plateresca destaca por calidad y originalidad. Y no acaban ahí las opciones de patrimonio religioso: las ermitas de San Sebastián, Santa Ana, Santa Rita, Nuestra Señora del Valle y, sobre todo, la Ermita de Nuestra Señora de Manjavacas.  Un enclave a siete kilómetros del casco urbano que es el epicentro de la popular, ajetreada y fervorosa "traída y la llevada de la Virgen" que se celebra el primer y tercer domingo de agosto.  Los fieles  llevan a la imagen mariana en hombros y corriendo desde la Ermita a la villa y la devuelven a su origen con el mismo sistema.

Manjavacas da nombre al complejo lagunar ubicado en el término, que es uno de los mejores ejemplos de la llamada  Mancha húmeda, declarada reserva de la Biosfera. Destaca por su avifauna, por la importancia como punto de unión entre los dominios ecológicos de Europa y el Norte de África que la convierten en una referencia internacional.
 

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