04/06/2018

Carta a un anciano

Querido héroe cotidiano (pues así fuiste definido por un lector de mi anterior artículo):

Nunca había  visto en tí a un anciano, hasta que la médico internista, con esa  naturalidad propia de los grandes profesionales,  hizo ver la realidad de tu calendario : " así como, con el tiempo,  nos salen arrugas en la cara,  el corazón se nos van cansando…".

Y eso, al parecer, es lo que te está pasando,  querido cuidador transformado, bien a tu pesar,  en actual receptor de cuidados.  Que tu mente, y tu fuerte voluntad no se acompasan  con  un enorme y generoso corazón, y éste  les pide un poco de reposo.

Solamente ahora, en este momento, nunca antes, me atrevo a tomar conciencia de tu edad, de tus limitaciones, y de tu fragilidad.

Escribía Julián Marías en La Felicidad Humana sobre la vejez, diciendo que estaba generalizada la opinión de que aquélla produce mucho malestar, porque la gente piensa que los viejos son un estorbo, una complicación y perturban todos los planes…. Tal vez esa sea una parte de la realidad, no voy a contradecir al gran filósofo, pero  creo que si la vejez  produce malestar,  es porque, cuando aquélla alcanza a nuestros seres queridos, el olvido pretende apoderarse de  los   momentos infantiles compartidos, convierte  las fotografías de hace un par de años en amarillentos decorados  de polvorientas vitrinas  y en argumentos para la nostalgia, y nos hace sentir que con su  senectud, a  nuestra puerta  está llamando una más que  complicada madurez, anunciadora de múltiples achaques propios.

Nos da miedo, temblamos, salimos de nuestra artificial seguridad del día a día para combatir, sin armas, a pecho descubierto, contra ese monstruo interior que es la mente, que nos hace sus prisioneros, llevándonos a campos donde el lamento de no haber pasado más tiempo en familia, no habernos dicho más frecuentemente gracias o no ser capaces de ser más expresivos en nuestros afectos, son armas letales que minan nuestra paz.

Lamentablemente, con frecuencia, el acercamiento a la vejez se realiza  de forma bufonesca, en televisiones autonómicas con guiones más propios de adolescentes analfabetos y salidos que de gentes cultas, donde se falta al respeto a los ancianos; o insultando a su inteligencia, con  anuncios en los que basta una pomada en las rodillas para que el abuelo salte a la comba con los nietos…

Surge nuestra aversión a la vejez de los nuestros porque entendemos que aquélla nos arrebata a la persona querida; sin darnos cuenta que, en realidad, el ser amado es el mismo, permanece; tan sólo se encuentra en un recodo diferente de ese río de la vida donde las aguas se remansan, se aquietan, pero discurren aún más claras, más limpias, ajenas ya a toda egoísta pasión, a todo aquéllo que, con los años, muestra su ligereza y ausencia de importancia. Su banalidad.

Desde el pasillo, oigo cómo sueñas,  hablas en voz alta, y   tus palabras   llevan  nuevas ilusiones, nuevos proyectos, impropios de un anciano. O, mejor aún, propios de un anciano ilusionado.

Y mi inquietud se transforma en gratificante calma, desde la que te envío   toda  mi admiración y mi cariño.

Ps: Mientras te escribo,  anuncian el fallecimiento de Juan Evangelio, tan estimado por  tí; a quien recuerdo detrás de su  mostrador, cual púlpito, mientras te envolvía   con delicada  liturgia alguno de los  libros  de la biblioteca de autores cristianos, con esa  bondad que tal parecía que nos  impartía la bendición papal, en vez de realizar una venta. Ahora estará contándole  al sacerdote y periodista  José Luis Martín Descalzo que aún sigue siendo un autor  muy solicitado en su librería.

Sonriendo, como siempre.
 

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