05/04/2018

Buscando la luz

La indiferencia es una forma de pereza, y la pereza es uno de los síntomas del desamor. Nadie es haragán con lo que se ama.   Aldoux Huxley.

La ausencia de vida  de una anodina tarde de sábado se apodera,   en forma de espesa y agobiante  neblina,  sobre Carretería,  la más emblemática vía urbana;   objeto  pasivo de una ofensa a ese   mundo  cultural del que Cuenca pretende ser estandarte, con los destrozos causados hace unos días en la muestra fotográfica de  Sebatiao Salgado que la Fundación La Caixa instaló  en aquélla; desde hace tiempo ninguneada por una serie de juegos infantiles merecedores de una ubicación  que no sea incompatible  con su historia y significado.

Las luces de las tulipas nazarenas actuales iluminan las mismas calles de hace  40 o 50  años, cuando existían comercios tan entrañables para los que llegamos a conocerlos, como la  fábrica de helados de Víctor Velasco, cacharros de loza de Luis Castillo, afilador con taller en Jajeya, compostura de relojes de León Arroyo, anteojos portátiles en Sinforoso Donate, fábrica de hielo de Juan A. Martínez, o  venta de juguetes en Azorín, Caracena, Chamón, Redondo, Domínguez).... En todos ellos, la elección  de los puestos de responsabilidad venía determinado, sin necesidad de solemnidad alguna, por la entrega de las llaves del comercio, o de la chaquetilla de camarero, a los hijos que se iban incorporando al negocio familiar; la delimitación de las políticas de dividendos y financiación se hacía, al final de la jornada, cuando se cuadraba la  caja o se tomaba una cerveza en familia…

El tejido económico conquense,  confeccionado por esos modestos comerciantes de hace casi medio siglo que, con ilusión y cariño hacia su tierra, fueron mejorando sus locales y sus instalaciones  para transmitir un negocio digno a sus hijos y nietos, y crear la suficiente riqueza en su ciudad para que ésta dotara de un futuro esperanzador a tantas y tantas empresas familiares conquenses,  está desapareciendo, a pesar de las campañas y  viveros de emprendedores que se proyectan.

Cada año, parece más patente que la única luz que ilumina nuestra ciudad es la de las velas semanasanteras; mientras que, en el resto de las jornadas, la niebla del melancólico sábado siegue reinando en pacífica convivencia con la indiferencia ciudadana.  En estas fechas, somos testigos del desgarro de los conquenses afincados en otros lugares al ver la decrepitud del escenario de su infancia y juventud, pero, ni los que se fueron, ni los que nos hemos quedado, o regresado a ella, hemos sabido mostrar por Cuenca ese amor del que tanto presumimos, y dotarle de energía para augurarle algún futuro.

En la casa Zavala, con motivo del montaje de " La piel de la tierra", de Gustavo Torner, se podía ver un documental sobre la llegada de Fernando Zóbel a Cuenca, gracias a la propuesta que le hizo Torner, para que descartara Toledo en favor de la ciudad donde Torner vivía;  y que llevó a Cuenca, desde el año 1966,  a ser conocida mundialmente por el Museo de Arte Abstracto que se instaló en las Casas Colgadas. En el mismo, protagonistas del mundo cultural conquense, como Jose María Lillo, Nicolás Mateo, o Jose Luis Muñoz, entre otros, van desgranando la inmensa influencia que la extraordinaria personalidad de Zóbel, unida a la genialidad  de Torner, tuvieron para  crear en Cuenca un maravilloso mundo pictórico. Y son el relato admirado de estos intelectuales, junto al apasionante libro  de Pedro M. Ibáñez Martínez "Las Casas Colgadas y el Museo de Arte Abstracto Español", donde el autor recoge los diferentes proyectos de sucesivas  corporaciones y técnicos,  para  la reconstrucción y  destino de los que el edificio medieval fue objeto, los   que me llevan  a reflexionar sobre lo importante que puede ser para una comunidad la confluencia de las voluntades de los  conquenses dispuestos a facilitar la creación del Museo, con  dos grandes artistas, Torner y Zóbel. Es indiscutible que  la reconstrucción de las Casas Colgadas y la acogida del Museo  dieron un impulso inimaginable a la ciudad.

Cuenca sólo podrá sobrevivir con nuevas ideas, tan brillantes e imaginativas como aquélla. Tal vez, si encontráramos la misma pasión de los intelectuales de entonces, o de la que ponemos en nuestra Semana Santa, surgiría  una auténtica luz que llevara a nuestra ciudad a poder asomarse al final del túnel. 

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