15/01/2017

Aurelio Cabañas: Cruz de Corazones

Cuenca. Música. Nazarenos. Arte. Cabañas. Cinco palabras para enunciar en quintaesencia la misma idea, bendita gloria de necesaria enseñanza. Para siempre. Y más ahora mismo que nuestro hermano y paisano, amigo y maestro, Aurelio Cabañas Cabeza, blanca su túnica como su capuz y su conciencia, camina ya, pausado y elegante, al son de las mejores melodías, por la perenne Procesión de nuestros Padres. Con ellos y con Él.  

Contemplo la muy añeja foto familiar de hace casi un siglo: sentado, Don Nicolás, padrazo y patriarca, acaso inusualmente de paisano, acostumbrados como estamos a verlo retratado con el uniforme de Director de la Banda Municipal; rodeándolo, sus hijas e hijos, y entre ellos, con una vestimenta como de marinerito y pantalón corto, el niño más pequeño, Aurelio, nacido el 3 de Marzo de 1920. Fácil hacer hoy, con asombro, la cuenta de su edad, real y poco aparentada. Muy difícil intentar resumir, siquiera en escasos y torpes trazos, al menos algo de una vida tan intensamente apasionada, y apasionante, tan rica y prolongada, como la por él vivida. E imposible para mí, atenazado como estoy por una tristeza honda y por esa veraz sensación de desamparo que sólo sientes cuando se te van tus seres más queridos, los mejores, los más grandes.

Y es que Aurelio, marchados mi padre Miguel y mi suegro, y segundo padre, Pedro, era mi último gran referente en una relación mutua que fue avanzando desde la estrecha amistad, antigua y renovada, siempre admirativa por mi parte y muy cariñosa por la suya, hasta devenir pleno padrinazgo de él para conmigo, humano y, con la venia, sacramental, que para eso además somos y seremos cofrades; nazarenos de Cuenca   

Tiempo y ocasiones habrá para volver a extractar por lo menos lo más brillante y notorio de su legado vital. Ya lo ha hecho, también y tan bien como suele, José Javier en este medio digital que nos acoge, dando puntual noticia del fallecimiento de quien por derecho, por edad, por galones y por méritos bien ganados, era nuestro decano supérstite, rector moral y presidente de honor en el pequeño gran mundo de nuestra real Cuenca del Arte y la Cultura (que incluye las artes bellas y las Bellas Artes, lo abstracto y lo concreto, lo terrenal y lo divino, lo precioso y lo preciso, lo trémulo y sublime; también, indiscutible e incontenible, la Semana Santa que amamos).

Así es que haré un poder para contar aquí, a modo de fogonazos de flash y de flashback, algunos recuerdos personales, íntimos, que se agolpan en manojo con urgencia en mi perecedera memoria.

Y lo veo, pues así lo conocí en persona, un Miércoles Santo de hace más de cincuenta años: yo de la mano de mi padre, su amigo, y él ya revestido, con la capa morada y el cetro grande de la Junta, minutos antes de un incierto inicio de Procesión, porque chispeaba a ratos como tantas, demasiadas, veces. Entonces no había ni Maldonado, ni Aemet, ni internet; sólo Mariano Medina, que no era poco, y, claro, el calendario zaragozano. Aurelio se lió el capuz a la cabeza y ordenó que salieran, desde lo que era entonces sede provisional de San Esteban, donde ahora se ubica el Edificio Vergel frente al costado de la Diputación, en espera de la nueva futura Iglesia parroquial. Y sonaron los tambores. Y resonaron, por dentro, los latidos, al compás de las horquillas. Gracias a él.

Luego vinieron incontables reuniones, juntas, conversaciones, visitas; lecciones magistrales a la vera de Miguel y Aurelio; después ya sólo, solos, a la vera de éste y a la memoria de aquél. Y, entremedias, la primera exposición pictórica pública del pequeño de los dos hermanos Cabañas Cabeza. Porque el pintor famoso, consagrado, desde luego que extraordinario, era Alfonso, el mayor, a quien idolatraba, y por eso, y por la modestia abrumadora que lo rigió hasta un exagerado extremo, Aurelio no se atrevió a manifestar su arte urbi et orbi hasta bien cumplido el medio siglo de su vida: increíble, pero cierto. Aquella muestra fue un éxito absoluto, al que seguirían muchos otros, y yo tuve la suerte de escribir, a orden más que petición suya, el texto del catálogo: me regaló dos aguatintas que dieron lustre al comedor de mi vieja casa de Carretería, muy próxima al antiguo lar familiar de los Cabañas, y ahora lucen clamores en la de Maestro Pradas, que es nombre de calle como Maestro Cabañas, pues a veces, así para ambos músicos nuestros, también sabemos hacer bien las cosas en Cuenca.

 Y avanzando a zancadas, paso a la Música. Se repitió la historia: Aurelio, pudoroso, humildísimo, siempre ponía el foco de la gloria en su padre (el gran autor de numerosas piezas musicales de diversos géneros, y, sobremanera, de marchas procesionales como la celebérrima "San Juan") y en su hermano Alfonso (virtuoso intérprete del oboe, tenaz investigador del folklore conquense hasta rescatar e instrumentar canciones populares tan emblemáticas como en riesgo de olvido; casi al fin de sus días, compositor de la sentida marcha fúnebre "Marco Pérez ha muerto"). Ellos, decía, eran los artistas. Pero hubimos de corregirlo a la fuerza, porque él también y por igual. Y sinigual.

Me quedé a cuadros, hace ya mucho tiempo, cuando una tarde me pasó a su habitación de trabajo, en la casa del Parque de San Julián, y se arrancó a tocar en el piano, discreto y glorioso como él, como los propios ángeles: aquello fue una epifanía en do-re-mi-fa-sol. Y el comienzo de un cerco constante, agobiante para él, casi como el de Alfonso VIII, casi como el que busca a tope el gol de la victoria y, más, de la justicia: "Aurelio, tienes que componer una marcha". Y para ponerlo en el brete ineludible, sí que me las compuse, con la complicidad nada punible de Javier Vidal, cofrade vallisoletano y alma mater de la "Junta Pro Semana Santa de España". Se vino de Pucela y en "La Constancia" la nuestra tuvo, obtuvo, el premio gordo: Aurelio cedió y aceptó. Y además, es que la tenía casi hecha, según yo había ya podido constatar. Lo demás es sabido: Óscar Contreras le ayudó en la instrumentación, Aurelio eligió definitivo título y la marcha fue estrenada, el día 1 de Abril de 2006, en el Concierto Sacro "Gregorio Fernández" celebrado en la Iglesia de San Miguel y San Julián de Valladolid, a cargo de la Unidad de Música de la Guardia Civil.

Esa hija musical de Aurelio se llama "Semana Santa en España" y se subtitula "Marcha-Himno", pues lo es. Respeta la ortodoxia clásica (introducción, primer tema, segundo tema, puente, trío). Es sobria, suavemente melodiosa, serena y equilibrada en su tempo para el paso de nuestros banceros. Es digna de un Cabañas. De él. La hemos escuchado, como él anhelaba, en un Concierto del Huerto, por su tan querida Banda de Cuenca: lo hicimos, por aclamación, salir a saludar, él con su abrigo de gala y su escudo del Prendimiento en la solapa, nosotros soñando bien despiertos. De cuando en vez la disfrutamos en cualquier momento de cualquier Procesión; él también lo pudo hacer y ahora ya lo hará, Dios mediante, en todo tiempo y lugar.

Tengo que terminar, para que esto salga publicado cuanto antes. Escritas quedan estas pinceladas, a toque de teclado y de rebato, ofrenda del todo insuficiente dedicada a quien, creo que fue Goliardo, definiese como "el hombre del Renacimiento" entre nosotros: nada más certero. Él está en esta hora corpore insepulto, pero eso, ahora y siempre, ya da igual, porque su alma, como la verdad, está y nos hace libres.

Hace escasos días, una de sus hijas le acariciaba los oídos: "Papá, tienes que llegar a cumplir los cien". Aurelio tiró de ese insuperable vitalismo suyo, jovial y joven, innato y cultivado: "¿Los cien?. Pero si esto no es una competición deportiva…". Y, de inmediato, añadió el remate del humor magistral, colosal, insuperable: "Bueno, pero puede ser, porque me habéis regalado una colonia que se llama Eternity".

Pues eso eras, eres y serás. Así en la tierra como en la inmortal eternidad. No nos vas a dejar nunca. Allí, como aquí, no sabemos en qué forma, llevarás prendido, acaso de la vestimenta alba y purísima que vislumbrase el apóstol Juan en su Apocalipsis, el hermoso escudo de tu Hermandad del alma: esa cruz de corazones, negro sobre blanco, del Beso de Judas.

Y, cuando te venga bien, feliz, triunfal, ya nos contarás cómo de bien te suena, eternamente, la música celestial.

 

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